­­Reinventar el Corintio

Notas sobre la obra publicada en los Croquis de Manuel Cervantes.

Apoyada sobre civilizaciones previas con sentido de la monumentalidad propio, sobre unas riquísimas arquitecturas vernáculas, sobre un barroco y un neoclasicismo mutados en contacto con la cultura local, sobre al menos dos maneras diferentes de entender la modernidad —Pani y O’Gorman— y sobre Luís Barragán, único Premio Pritzker nacional, poseedor de una de las obras más internacionalente reconocibles incluso para el público general, la arquitectura mexicana —de una bastedad y amplitud de espectro casi inabarcables— es, desde hace tiempo, una de las más sólidas del panorama global, una arquitectura no de hitos, sino de un nivel alto rico y diverso.

La primera noticia que tuve de la obra de Manuel Cervantes es una foto de su Orquideario. La obra, sin ser un manifiesto, resume toda la arquitectura en la que creo: interior y exterior se suceden en continuidad, sensible al medio ambiente porque el proyecto es el medio ambiente, configurado desde el paisaje, es decir, desde las relaciones que crea una lectura intencionada y optimista del territorio. Y bello, muy bello. Bellísimo: unos pilares-caja que contienen una vegetación exuberante que los desborda y que, gracias a este recurso, consiguen parecer lo contrario de lo que son. Las hojas filtran la luz. El conjunto no pesa. El techo levita sobre este artificio. La contención formal es extrema: un pabellón rectangular, un abrevadero, un camino de aproximación y ya, resuelto de la manera más sencilla posible. Esta misma contención formal deja la expresión del conjunto en manos de los detalles. La relación del techo con las cajas, tangencial, delicada, de una geometría sutil proveniente de expresas la construcción sin tensarla artificialmente con entregas forzadas que distraigan la vista. Algunas viguetas acortadas para producir luz cenital. La mirada se focaliza sobre la vegetación. El rasgo más distintivo es la marca de cualquier buen arquitecto: el uso virtuoso, sensible, delicado, desacomplejado, potente, de las proporciones. Todo está maravillosamente medido. El pequeño pabellón se convierte en un mediador entre la escala humana, la del caballo y la del bosque. Adicionalmente, se desarrolla el rasgo más importante de las primeras obras de Cervantes: una exaltación del formato apaisado, un convertir el espacio arquitectónico en una especie de pintura tridimensional donde, más que mirar aquello que el edificio enmarca, nos convertimos en parte de ello. En un tiempo donde muchos chillan para hacer notar su edificio, el Orquideario se convierte en un espacio de silencio, en un espacio sereno. En arquitectura en mayúsculas.

Orquideario. Manuel Cervantes, arq. Foto: Rafael Gamo.

El orden corintio debe su origen mitológico a una cesta de mimbre olvidada a los pies de un templo griego. En su interior ha crecido una planta de acanto. Las hojas la han reventado, saliendo por sus juntas. Luego, eso se transporta a la piedra. A Manuel Cervantes no le ha hecho falta. Plantas dentro de cajas soportando un techo. El Orquideario es un templo corintio.

El origen del orden corintio.

Luego lo conocí. Manuel Cervantes es una de las personas con más curiosidad por la arquitectura con quien haya hablado, con unos gustos que van de lo más rabiosamente comercial hasta el tracista Fra Josep de la Concepció1. Fiel al dicho de José Ramón Hernández Correa2, Manuel posee enormes inquietudes culturales focalizadas en —como mínimo— la literatura, el cine y la fotografía. Todo esto queda digerido en una arquitectura sintética, poderosa, que ha encontrado una voz propia que, sólidamente enraizada tanto en su cultura como en sus intereses, es capaz de perfeccionarse, adaptarse, diversificarse y evolucionar.

El Orquideario como obra primeriza es un buen punto de partida del que se pueden extraer algunas conclusiones más: su amor por la horizontalidad y la continuidad lo lleva, en este primer momento, a resolver las obras en planta yuxtaponiendo estratos estrechos y largos —sucesiones de pórticos de crujía corta— que se deslizan entre ellos tanto para articularse como para dinamizar los espacios conectándolos mejor tanto entre ellos como con el exterior. Las crujías cortas lo llevan a trabajar con espacios pasantes cuando ello es posible, como sucede en las salas comunes o en los grandes dormitorios principales de sus casas.

Pabellón El Mirador. Manuel Cervantes arq. Foto: Rafael Gamo.

Este mecanismo de deslizamiento articula también parte de sus secciones, estiradas hasta el límite, comunicando los diversos niveles mediante escaleras tan horizontales como sea posible. Este método de composición crea bellísimas plantas que no interesarán aquí más que por su valor instrumental: la arquitectura no se dibuja, se construye, y la de Manuel Cervantes —dibujante excepcional como es— es un gran ejemplo al respecto. La materialidad, las texturas, el aire atrapado, el entorno convocado son su fuerte. La parte diagramática es el esqueleto.

Toda arquitectura necesita un centro. Los de Manuel Cervantes consisten en el cruce de una sola franja transversal que discurre por algún punto de su sistema de bandas paralelas, definiendo una cruz con un corazón. Su Proyecto ecuestre es un ejemplo paradigmático de ello. Gran casa para personas y caballos, consta de dos pabellones paralelos que se estrellan contra un galpón a dos aguas cavernoso y diáfano, de altura generosa. La sección transversal interior de este galpón clava el espacio y lo vuelve estático. Si abrimos plano, esta misma sección conecta el jardín entre los dos pabellones paralelos con un gran espacio circular de doma a través del estar, marcando este centro con un marcado carácter ambivalente. La cubierta lo afirma. El estrato inferior —a la altura de la vista— deja pasar el espacio: deslizamiento, horizontalidad, el aire y la penumbra complejizando el espacio.

Proyecto Ecuestre. Manuel Cervantes arq. Foto: Rafael Gamo.

Luego, Manuel invertirá esta sección. El Orquideario, proyecto estrella de su primer Croquis, se transforma en la Casa Club Cardo Santo en el segundo. El cambio implicará también el paso del primer fotógrafo, el sensei Hisao Suzuki, a Jesús Granada, dos profesionales de referencia dotados de voz propia. Donde Suzuki-san se retira, Jesús se asuma. El primero deja respirar. El segundo se implica y se convierte en parte de la acción. Si Suzuki-san es Miyazaki dibujando un paisaje que se inunda lentamente, Jesús es el Glenn Gould del Malogrado, alguien que no toca el piano, que quiere ser el piano3. La Casa Club Cardo Santo invierte la cubierta del Proyecto ecuestre y, con este gesto, unifica los espacios. El interior es una anécdota, un lugar de estar que toma sentido únicamente a través de su bellísima proporción, del tamaño de sus faldones, del dimensionado de los pilares de, las crujías estructurales interpuestas marcando ritmos contrapuestos —puro math rock arquitectónico— que abren el edificio, que pasa a ser no tanto un espacio definido como un exterior convocado.

Casa Club Cardo Santo. Manuel Cervantes arq. Fotos: Jesús Granada.

Adicionalmente, Mazava se convierte en el proyecto donde más continuidad de vegetación hay, lo que permite a Manuel definir algunos pabellones como interiores con condición de exterior, sin vistas, que terminan pareciendo más una habitación exterior de la misma familia que la cubierta de La Tourette o el Jardín del Exilio  del Museo Judío  de Berlín, de Daniel Libeskind4, sin que se les deba nada en el terreno flrmal. Esta pequeña reseña no se quedaría completa sin mencionar la casa San Martín, quizá su proyecto más complejo en sección de todos los publicados, que abre nuevas vías de trabajo a sumar a las existentes.

Mazava. Manuel Cervantes arq. Foto: Jesús Granada.
Jardín del Exilio, Daniel Libeskind.
Casa San Martín. Manuel Cervantes arq. Foto: Jesús Granada.

En el episodio 35 del podcast El punto gordo, que dedicamos a la figura de Álvaro Siza, Carmen Figueiras y yo hablamos del rol estructural de la vivienda social y los proyectos públicos en el éxito del arquitecto. Es absolutamente imposible entender su obra —y que se le haya galardonado con un Pritzker— sin mencionar su papel en el SAAL, sus equipamientos públicos municipales o la reconstrucción del Chiado. Del mismo modo, la obra de Manuel Cervantes queda incompleta sin recordar su arquitectura social. Sus dos intercambiadores en Ciudad de México, que canibalizan estructuras existentes dotando de identidad dos áreas con una enorme densidad y complejidad de funcionamiento, son dos intervenciones de primerísima categoría, evidenciando su talento —y su comodidad— al tratar con la escala metropolitana.

Intercambiador Cuatro Caminos, CDMX. Manuel Cervantes arq. Foto: Hisao Suzuki.

Sus Viviendas para temporeros en Palenque, Chiapas, son una de las piezas más interesantes de toda su carrera, pura comprensión del lugar arquitecturizada del modo más directo y emocionante posible, donde el trabajo por franjas de la planta se traslada directamente a la sección al darse cuenta que el lugar es una plantación de caucho: plantas a dos niveles diferentes —los árboles y la vegetación rastrera del lugar— a los que se suman dos niveles más: la plataforma que forma la vivienda y su cubierta, que crean un volumen  tan compacto como poroso que recoge toda la inteligencia ya ensayada en programas más lujosos.

Viviendas para temporeros. Manuel Cervantes arq. Fotos: César Béjar.

En este contexto, el proyecto Kon-tigo, realizado conjuntamente con su esposa, se convierte en un inventario de todos sus recursos arquitectónicos. Ideado como respuesta a la catástrofe humanitaria creada por el huracán Otis de 2023  en Acapulco, un sistema constructivo basado en unos prefabricados ensamblados con hormigón proyectado sirven de carcasa a una batería de viviendas unifamiliares aisladas, casi 100 construidas a día de hoy, proyectadas a medida para las familias damnificadas a base de definir servicios, refugios, espacios semiexteriores y una colocación ideal en la parcela. En su conjunto, Kon-tigo representa un catálogo de casas como pocos arquitectos puedan ofrecer, siempre la misma, siempre diferente, definidas no en función de un tipo, sino de la pura tectónica. Los resultados son emocionantes.

Kon-tigo. Manuel Cervantes arq. Fotos: César Béjar.

La Capilla de Fátima, también en Acapulco, merece mención aparte. El edificio, que sustituye a un templo existente derribado a causa del mismo huracán Otis, es un espacio central totalmente isótropo, el corazón de una de las casas de Manuel Cervantes, un punto de intervención autónomo, aislado, tan centrípeto —por la capacidad de reunión de la fe— como centrífugo —al igual que la Iglesia de Marco de Canaveses, de Siza, que mira el municipio al que sirve a través de su poderosa ventana horizontal a la altura de una persona sentada—, toda relaciones con el lugar y penumbra, que tiene algo de la Torre de las Sombras  de Le Corbusier con, nunca mejor dicho, alma. La capilla es reloj, centro ecuménico, cívico, identidad del lugar. Una verdadera catedral en todo menos el nombre.

Capilla de Fátima. Manuel Cervantes arq. Fotos: César Béjar.
Torre de las Sombras, Chandigardh. Le Corbusier.
Iglesia de Marco de Canaveses. Álvaro Siza. Foto: Joao Vitor Sarturi.

Manuel Cervantes sigue trabajando. Resulta reconfortante escribir sobre alguien del que sabes que todavía ha de construir su mejor edificio. Cuando llegue, a pesar de haber enunciado algunas de sus claves, seguro que nos seguirá sorprendiendo.

Mazava. Manuel Cervantes arq. Foto: Jesús Granada.