Espacios sagrados, 3_7: El Pilar

Fijarse en la Zaragoza actual es asistir a un hecho interesante: la redefinición de la identidad urbana de una ciudad básicamente conocida como centro de peregrinaje a fin de que devenga la gran conurbación de todo el este de la España interior. Esta redefinición, si lo pensamos bien, es tan sólo un simple cambio del foco de atención, que sigue incidiendo en el carácter de cruce de la ciudad. De lugar de intercambio, de paso obligado en la ruta más directa entre Madrid y Barcelona.

Hasta hace poco el Pilar era el faro de casi la totalidad del turismo que viajaba a Zaragoza, una estructura enorme, completamente ciega con cuatro altísimos campanarios en sus cuatro extremos de su perímetro que constituían (que constituyen) el elemento identitario más característico de la ciudad. Actualmente la basílica del Pilar es, todavía, el monumento más conocido de la ciudad. El Pilar es uno de los lugares de peregrinaje más importantes de la cristiandad, la religión hegemónica en España a lo largo del último milenio y medio. He escogido escribir unas líneas sobre el Pilar para incorporar un par de elementos estructurales para reflexionar sobre los espacios sagrados, a saber:

-La vulgaridad.

-Su promoción como lugar de culto mediante una potente maniobra política.

Primero: La vulgaridad. En un podcast, Josep Lluís Mateo(1) expresó su admiración por el Panteón, que considera uno de los grandes edificios de la historia, aunque no por la idea que tenemos convencionalmente del Panteón basada en estas representaciones que lo muestran aislado, grave, solitario, sino por el Panteón que vamos a visitar actualmente, lleno de turistas que hacen selfies, con las palomas que entran por el óculo del techo y se cagan. Es decir, para Mateo la capa de vulgaridad es esencial para comprender aquello que es el Panteón para nosotros. Mateo no apuesta por platonismos que puedan frustrar al visitante o al habitante de un edificio, sino que se lo plantea tal y como es, sin adulterarlo, poniéndolo en valor desde su condición de hito turístico y destilando sus valores a través de él. Lo que constituye, por cierto, uno de los valores de su propia arquitectura. La vulgaridad es aquella pátina de muchas capas (restauraciones fallidas, añadidos desafortunados, falta de mantenimiento, suciedad, presencia de turistas) que aparece cuando el lugar pierde sentido, pátina que puede desaparecer total o parcialmente de manera que puede ofrecernos una cierta revelación de lo que había y/o de la calidad arquitectónica subyacente.

Segundo: la maniobra política. Muchos regímenes escogen la promoción de un lugar sagrado para potenciar, significar y dar dirección a su ideología. Esta maniobra, si somos sinceros con nosotros mismos, no es sólo privativa de las dictaduras. Las democracias la realizan constantemente, y estudiarlo (lo que no es el objeto de este artículo) nos diría muchas cosas sobre la naturaleza de la comunicación política. La Basílica del Pilar es un caso paradigmático de la escenificación de una maniobra política de exaltación de un régimen. El trazado moderno de la Basílica del Pilar es barroco. En el siglo XVIII se amplía su perímetro hasta llegar a las dimensiones actuales. Después será reformado y reorganizado diversas veces. Las cúpulas características son decimonónicas. Así, la Guerra Civil encuentra el Pilar convertido ya en un importantísimo centro de culto que coloniza una enorme basílica que desde el siglo XVII es también Catedral para consolidar a los fieles locales, una basílica desproporcionada, aunque ni de lejos todavía eso que encontramos ahora cuando viajamos a Zaragoza.

La dictadura del general Franco hará cuatro cosas: consolidará y armonizará el paisaje de cúpulas (primera). Todo el resto de actuaciones serán paisajísticas. Se construirán (segunda) las cuatro torres de las esquinas, absolutamente decisivas para otorgar a la Basílica esa visión lejana que ha gobernado la ciudad en exclusiva hasta hace pocos años, torres que no se terminarán hasta 1961. Se construirá (tercera) la fachada sur, que no se terminará hasta 1969 cuando se monte el gigantesco (gigantesco a escala humana, relativamente importante para la fachada en tanto que ocupa el eje central pero no tan grande para el edificio) relieve de Pablo Serrano, un relieve no lo suficientemente estudiado ni valorado, y (cuarta) se consolida el vacío, la plaza ubicada ante la Basílica, elemento clave para entender el conjunto.

Relieve de Pablo Serrano en la fachada principal del Pilar montado en 1969 en el eje de la fachada. El resto de la fachada es apenas unos años anterior. Foto: Jaume Prat
Primera imagen conocida del Pilar. Desafortunadamente desconozco la existencia de imágenes con las casas pegadas a la Basílica.
Fotografía de 1945 con la fachada en construcción. Los dos primeros campanarios ya han sido terminados. La fachada al río podía esperar. Notad la formalización de la plaza ante la basílica.

La plaza no tiene proporción. Su formalización es pobre. Sólo se puede recorrer o entender episódicamente desde el momento en que también se le asoman los juzgados, la Seo (la otra Catedral) y el Ayuntamiento, entre otras piezas importantes. La plaza es la responsable definitiva de que el Pilar se haya convertido en la monstruosidad que es actualmente. La plaza se entrega mal con el tejido circundante, un trazado romano alterado en la Edad Media, más o menos regularizado en el XIX, que vuelca calles a un vacío requemado por el sol, imposibilitado de contar con pérgolas o elementos urbanos que puedan hacer la vida agradable a los que la cruzan desde el momento en que le quitarían su carácter de vacío que dé proporción, o desproporción, a la fachada. La plaza es el instrumento de intimidación definitivo del conjunto, hostil y agresiva, error sobre error desde el momento en que los edificios que forman su perímetro se ven incapaces de competir con los órdenes gigantescos de la fachada de la basílica, con elementos urbanos como las fachadas o las gigantescas farolas que necesitan tener treinta o cuarenta metros de altura para alcanzar una mínima entidad, convirtiéndose en algo parecido a las torres de iluminación de un estadio de fútbol o de una cárcel o de un campo de concentración. La plaza del Pilar es un no-lugar de libro, un instrumento de control social, una gran maniobra publicitaria que no impone respeto ni llama al recogimiento, sino que intimida e incomoda. Para hacerse una idea de su tamaño hay que entender que el conjunto basílica-plaza-edificios circundantes se comen como un 20% de la ciudad romana de Cesaraugusta, una de las mayores de toda la Península Ibérica.

El interior de la Basílica tiene exactamente el mismo carácter de no-lugar que el exterior, lo que otorga al conjunto una continuidad espacial sorprendente, más teniendo en cuenta que no hay ningún tipo de contacto visual ni auditivo entre este interior y el exterior. La planta del conjunto es muy clara: un gigantesco muro de ladrillo del grueso de una crujía reforzado con piedra en los puntos clave define el perímetro. El interior está formado por dos esquemas nine-grid (es decir, un cuadrado perfecto dividido en nueve cuadrados perfectos) simétricos separados por una crujía central más ancha cubierta por la cúpula principal. Cada esquema nine-grid está cubierto por una cúpula secundaria. Las cuatro torres de las esquinas quedan soportadas directamente por el muro perimetral. Todo esto queda anulado, imperceptible al interior, porque este interior queda marcado principalmente por las treinta y dos columnas que soportan este esquema, columnas que dividen crujías cubiertas por naves y cúpulas. De las treinta y dos columnas sólo dieciséis son realmente columnas. Las otras son, en realidad, pilastras que refuerzan el muro perimetral.

El interior del Pilar. El grosor de los pilares impide la percepción global del espacio. Foto: Jaume Prat.

Todo es grande, demencialmente grande. Las columnas exentas, grosso modo, medirán sus buenos quince metros cuadrados en planta. Quince metros cuadrados de grueso de columna. La altura es considerable, como veinte metros, pero aun así la esbeltez no es demasiada a causa de este grueso brutal, un grueso tan brutal que da al interior su característica principal: no puede ser observado en toda su dimensión, ya que la superposición visual del bosque de columnas llega a anular el espacio. Cada columna y cada pilastra están profusamente acanaladas, trabajadas con una reiteración de centenares y centenares de aristas verticales vivas. Son estas las que dan a este interior su carácter de bosque, de laberinto, una especie  de bosque iluminado cenitalmente con suficiente luz gracias a que todo el conjunto está enyesado. El interior de la Basílica del Pilar posee una extraña belleza producto directo de esta confusión: su enorme tamaño deja en realidad la mayor parte de su volumen intacto La capa antrópica ocupa una capa tan pequeña que se sitúa en el límite de la bidimensionalidad. El contraste es extraño y fascinante.

Tan inhóspito es este interior que el culto queda sectorizado por la estructura. Bajo una de las cúpulas laterales, la este, está la Capilla de la Virgen. En el otro extremo, bajo la última crujía (dejando libre la cúpula) se dispone un coro medieval heredado de la catedral precedente. Bajo la cúpula mayor se dispone el altar mayor, enfrentado con el de la capilla. El interior de la basílica fue ordenado por el arquitecto Ventura Rodríguez a finales del XVIII disponiendo estos elementos. El resultado es asimétrico y episódico en una disposición que podríamos pensar que es pionera de los grandes edificios infraestrucutrales del siglo XX. El Pilar se puede relacionar sin problemas con el Palacio de Congresos de Estrasburgo de Le Corbusier, con el Palacio del Pueblo tristemente derribado en Berlín o incluso con iglesias de otros cultos como la Catedral de San Basilio de Moscú: edificios dentro de edificios.

La Capilla de la Virgen inserta en un módulo del Pilar. Foto: Jaume Prat.

La propia Capilla de la Virgen (finalmente la pieza más interesante de todo el conjunto, como no podía ser de otro modo) tiene mucho que ver con el famoso cuadro de Antonello da Messina: la domesticidad, un cierto sentido de la intimidad, de la presión, del calor que debería ser propio de un lugar de culto, se conquista crujía a crujía.

San Gerónimo en su estudio, de Antonello da Messina (1475): la pequeña construcción coloniza el espacio.

La interpretación más interesante del edificio, sin embargo, nace cuando consideramos juntas la plaza de nueva creación, el vacío, y la Basílica, el lleno, y cruzamos este conjunto con las referencias que Félix Arranz suministra en un artículo como elementos identitarios de Zaragoza: la Alfajería (el modelo que inspiró la Alhambra de Granada) y la Seo, la primera Catedral de la ciudad, en realidad una mezquita reconvertida con unas interesantes planta y sección de salón. Es decir, Zaragoza, hasta el Pilar, era una ciudad de trazado romano marcada por la arquitectura islámica, abstracta, carente de fachadas, con una espacialidad amplia y serena.

El Pilar es una mezquita.

Es decir: el vacío y el lleno. El patio y el interior por el que se deambula, donde se está y donde se reza, orientado por las zonas de culto. Abstracto. Abierto. El Pilar es la versión cristiana de una mezquita que funciona exactamente igual a una mezquita. Como a muchas mezquitas modernas le falla, no obstante, la proporción, la formalización de la plaza, la relación entre el vacío y el lleno. Como una mezquita clásica está inserta en un entorno urbano que la deja sin fachada. Tampoco la necesita. Las cuatro torres adquieren, leídas de esta manera, el mismo carácter que los minaretes musulmanes: los faros, la orientación, el reclamo. Lo que recinta el lugar. Lo lo que lo recintaría si los arquitectos hubiesen atinado a mover los dos campanarios al extremo de la plaza, no al de la Basílica. Entonces el símil hubiese sido perfecto.

La Mezquita de Córdoba. En la parte superior, el patio. La estructura no tiene espacios de respiro. Notad, aunque no venga a cuento, el estupendo paralelismo con el centro de arte, la mejor obra de de toda la carrera de Nieto-Sobejano hasta la fecha.
El Pilar con su trozo de plaza adyacente incorporado a la construcción. Su inserción en el tejido, así como su relación con el río que obliga a desorientar el complejo, presenta ciertos paralelismos con la Mezquita de Córdoba.

A la vista de esta descripción que culmina remarcando una desproporción que banaliza el edificio la pregunta es fácil: ¿Qué tiene de sagrado todo esto?

El Pilar sacraliza la fascinación que nos provoca un lugar de paso convertido en una especie de panóptico que recibe gente de los cuatro puntos cardinales para brindar un homenaje rápido y marcharse. El Pilar es un humilladero, una especie de máquina de vending de la fe: llegas, te arrodillas, enciendes un cirio que ya ni se enciende porque ahora son eléctricos, te vas. La capa humana es literalmente un mercado, uno de los máximos referentes de la esa vulgaridad que mencionaba al principio: gente que vende cosas, gente que hace fotos(2), sobre todo gente que hace fotos, gente sobrepuesta o recogida o exhibiéndose o aburriéndose. La fascinación es el último reducto de aquello que había sido sagrado, que va decididamente a la baja.

Félix Arranz nos remarca el Pilar como otro de los precedentes del metaedificio que da a Zaragoza su dimensión de lugar de paso contemporáneo. Me refiero a la estación del AVE local, una gigantesca infraestructura con una superficie interior equivalente a cuatro basílicas juntas obra de Carlos Ferrater, Félix Arranz, José María Valero y Elena Mateu. La estación del AVE de las Delicias, la más singular de las que se han construido en España, es un enorme espacio basilical que puede entenderse como un eco de la Basílica. La diferencia, sin embargo, es que en esta estación todo está mejor: el interior no presenta ningún tipo de estructura, ya que la caja perimetral soporta unas potentísimas cerchas que definen un cielo raso plano que, al interior, no da ningún tipo de información de cómo se aguanta al visitante casual(3). El interior de esta caja, un espacio poderoso, casi en bruto, iluminado (de nuevo) cenitalmente, organizado con la misma lógica de capillitas y episodios, aquí dispuestos con bastante más armonía y gracia al ser un proyecto de nueva planta. Al exterior el perímetro estructural de la fachada se asimetriza, se deforma, toma el tamaño de edificios enteros y abre más que cierra y abremás que cierra relaciones con una nueva manera de entender la ciudad que, cuando esté listo el parque que ha de ir sobre las vías del tren (la parte de la estación que fue completada incumpliendo el proyecto original y los deseos de los arquitectos), será capaz de tejer buenas relaciones con el casco antiguo y de crear una nueva ciudad que conviva con la vieja. Lo que ya sucede en estos momentos con no pocas intervenciones de gran mérito que extienden el perímetro del conjunto y, en algunos puntos, lo funden con el tejido existente.

Estación de Delicias de Zaragoza (Ferrater-Arranz-Valero-Mateu arqs): Zaragoza como lugar de cruce. Foto: Alejo Bagué.

Un apunte más todavía: Carlos Ferrater suele explicar el hotel Juan Carlos I como un proyecto de arquitectura islámica: una fachada de hormigón ciega tas la cual se esconde un atrio del que cuelgan las habitaciones del hotel. Sólo un promotor musulmán, declara Ferrater, es capaz de entender que la fachada principal de un hotel de cinco estrellas puede ser una pared ciega. Este bagaje, sumado a las consideraciones sobre la ciudad que Félix menciona en su artículo, ha permitido al equipo de arquitectos entender las Delicias como un proyecto de arquitectura islámica que, acertando (esta vez sí) en las proporciones, o en las desproporciones, si se quiere, entronca más con la Seo y la Aljafería que con el propio Pilar.

Detrás de este muro ciego se esconde un hotel de cinco estrellas. Foto: Lluís Casals.

La nueva estación del AVE(4), sin embargo, ni es ni está concebida como lugar sagrado. El Pilar sí. El Pilar que conocemos es la versión fracasad de un Frankenstein(5) que juntamente con lugares como el Valle de los Caídos o el Monumento a los Caídos de Pamplona (el segundo en importancia del país, por fin en proceso de desmantelamiento) exaltase los valores espirituales de una dictadura. Digo versión fracasad porque este carácter acumulativo de capilla-dentro-de-la-capilla, de infraestructura imperfecta, de lugar más colonizable que habitable, y, sobre todo, su funcionamiento (involuntario) como mezquita cristiana impidió esta total apropiación adel lugar alargando su vida hasta la actualidad. Mi opinión, sin embargo, es que estamos ante un cadáver, o un organismo en los últimos estertores de la agonía. Tengo una viva curiosidad por saber cómo será el pilar del siglo XXI, o XXII. Con todas las reservas sobre predicciones que en estos tiempos inciertos y un tanto reaccionarios, creo que será otra cosa. Nadie sabe qué será de estas paredes. Asistir a su transformación será interesante, porque, entre otras muchas cosas, permitirá comprobar la resiliencia de los lugares sagrados

Fotos: Alejo Bagué.
Los dos hitos de Zaragoza como lugar de paso. El Pilar, a pesar de todo, conserva su fascinación.

(1) Una fabulosa conversación de Scalae que no pierdo la esperanza que algún día termine convertida en libro. Obviamente la conversación fue liderada por Félix Arranz. Ni recuerdo si jugué en ella algún papel aparte del de espectador alucinado.

(2) La fe 2.0 se hace con el móvil. Mi última visita a la basílica me resultó traumática. Se tiene tan asumido el uso de este instrumento que ya ni se censura ni se recrimina. El móvil es el intermediario de las miradas: del peregrino, del fiel, de quien lleva los niños a bendecir, del turista ocasional, del viajero despistado. El móvil es la herramienta que une a los fieles y a los no-fieles en su atomización definitiva de la colectividad a favor de una reunión de individuos (ni tan sólo una comunión) que tienen en común estar pendientes de gente que no está allí.

(3) No hay que olvidar que gran parte de los que leeréis esto sois arquitectos y sabéis perfectamente que esos triángulos y esos lucernarios marcan las cerchas y que, por tanto, somos capaces de leer bien qué pasa. No así los visitantes que no son arquitectos. Comprobadlo preguntando.

(4) Nueva en comparación con el Pilar, se entiende.

(5) Para entendernos entre nosotros. Dos apuntes sobre la novela: Uno, no os leáis la edición revisada por el imbécil de Percy Shelley, que suavizó las intenciones iniciales de Mary Wolstonecraft S. Dos, en ningún momento se habla de monstruo. La denominación es la Criatura. A falta de leer la obra es su edición original en su inglés decimonónico, podría ser que ni tan sólo su sexo estuviese claro.

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Espacios sagrados 2_7: la permanencia.

Planteé mi proyecto final de carrera en los términos más indolentes y acomodaticios posibles: un edificio aislado en un campo arruinado (por aquello de que pusiese lo que pusiese no podía dejarlo peor de lo que estaba) con las mínimas preexistencias posibles a dos quilómetros del pueblo más cercano. El programa era lo más parecido a no hacer nada que se me ocurrió: un centro de investigación que permitiese preservar el paisaje agropecuario a base de conseguir que las explotaciones fuesen rentables y sostenibles. Cuando me lo empecé a tomar en serio me di cuenta de que había cometido un terrible error de cálculo, situándome en un paraje bastante más complejo que un solar urbano, pero como ya me había enamorado seguí investigando, analizando la distribución de centros de investigación en el territorio catalán, su relación con alguna facultad de agrónomos, con los agricultores, investigando su accesibilidad, etcétera. Paralelamente empecé a entender el significado de aquel paisaje que quería proteger. Un paisaje agropecuario es mucho más que unos campos de cultivo. Es un sistema complejo de producción, procesamiento y distribución del que vive una gente con voluntad de representarse a sí misma. No es posible hablar de paisaje sin una mirada humana que valore un territorio como tal. Mi sorpresa fue darme cuenta que los lugareños tienen perfectamente claro que habitan un paisaje.

El territorio que controla Granollers de la plana (con mi PFC dibujado a la izquierda). Dibujo: Jaume Prat, 2001.

La manera ancestral de hacer aparecer el paisaje es sacralizarlo. El foco de la sacralización se ubica en medio de la nada a dos quilómetros de Manlleu y cuatro de Vic en una trama agrícola producto de la colisión de una primera trama romana de parcelas cuadradas a 45º respecto del norte y de una segunda trama medieval generada a partir de los vectores que comunicaban por la vía directa las diversas partes del territorio. El lugar sagrado es la ermita de Sant Esteve de Granollers de la Plana, en la cima de una loma redondeada en una posición canónica para las ermitas cristianas consistente en cabalgar uno de los márgenes que limitan esta cima. Esto se hacía con el doble criterio de maximizar la visibilidad de la ermita y de generar un espacio para la sagrera. Una sagrera, palabra catalana sin traducción conocida al castellano, no es solo un topónimo. Es el nombre con que se conocían en Cataluña los silos de grano comunales ubicados en el único lugar indiscutible para los villanos: el terreno sagrado que rodea la iglesia. El carácter agrícola del lugar aparece incluso en el nombre de la ermita: Granollers, otro nombre recurrente en el territorio catalán, de a raíz latina (Granularios: graneros), que remite al grano depositado en las sagreras.

Darnius, municipio ampurdanès que debe la posición de su iglesia a la sagrera de treinta pasos que la rodeaba.

El lugar más visible del territorio era el lugar que lo sacralizaba y el lugar que guardaba el bien común. También señalaba todos los momentos de paso de la vida de sus habitantes: nacimientos, tránsito a la madurez, matrimonios, muertes. Era el punto que generaba el paisaje. Mientras investigaba para el proyecto tuve oportunidad de hablar con diversos expertos locales que me comentaron que Granollers de la Plana ya era un lugar sagrado para los celtíberos, una civilización que sacralizaba los puntos de control. Estos expertos discrepaban sobre la manera en que el Imperio Romano significó arquitectónicamente el lugar. En lo que sí estaban de acuerdo era en que jamás había dejado de ser sagrado, por lo que el cristianismo se limitó a edificar una ermita para controlar la sagrera y mantener el estatus del lugar.

Esta manera de operar es recurrente en muchas civilizaciones. Gran parte de los lugares sagrados han sido sagrados literalmente desde siempre. Y los que no han sido ancestralmente sagrados se sacralizan convirtiéndolos en paisaje. Se suele comentar que los templos sintoístas japoneses dejan siempre un vacío al lado del templo donde éste se reconstruirá para evidenciar que lo sagrado es el lugar, no la construcción, siempre transitiva. Occidente no trabaja así, sino con construcciones con voluntad de permanencia. El vacío, sin embargo, sigue estando. Es aquello que solemos llamar plaza de la iglesia, que sirve tanto de espacio de respeto como de marco que convierte lo sagrado en paisaje. Pasaba igual en Grecia y Roma.

Plaza de la iglesia de Ullastret. Josep Lluís Mateo, arquitecto. El lleno y el vacío.

Granollers de la Plana se puede entender como una maqueta del Partenón. O, siguiendo la broma, el Partenón se podría entender como una maqueta de Granollers de la Plana, porque la construcción es obviamente más moderna pero la sacralización del lugar fácilmente podría ser contemporánea o incluso más antigua. Este carácter sagrado funciona por capas superpuestas.

Granollers de la Plana como lugar en alto que controla un territorio. Dibujo: Jaume Prat, 2001.

Bajo la catedral de Tarragona encontramos el templo principal de la Tarraco romana dedicado a Júpiter.

Bajo la Mezquita de Córdoba encontramos un templo cristiano. Para construirla se reusaron piedras provenientes de templos griegos, algunas de las cuales ya podían haber sido reusadas en el templo cristiano previo. Y no, no es una medida de dominación: es una medida de respeto. Lo más sagrado de una construcción, su base, su cimiento, aquello que soporta la fe, es el legado de sus antepasados. Son las construcciones sagradas ancestrales. La catedral de Córdoba posterior… bien, me ahorro los comentarios.

Esta lógica de superposición hace pensar que lo sagrado es una invariante apriorística más antigua que el propio Homo Sapiens. Cada época la manifiesta como puede. Lo interesante es buscar esta invariante en aquello en lo que menos atención prestamos, en aquello que hacemos colectivamente de modo inconsciente, porque es lo que tenemos grabado indeleblemente en nuestra consciencia. Es la manera de no equivocarse.

(1) Granollers, sagreras, silos. Imaginad la cantidad de topónimos y patronímicos que ha dado el paisaje agropecuario. Y más que debe haber.

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