Un bosque en una casa

Sobre una vivienda unifamiliar aislada proyectada por Joan Puigcorbé y Maria K. Hawkins.

Foto: Jordi Miralles.

Un bosque puede ser una casa. No lo pregunto, lo afirmo. Un bosque se puede habitar si le construyes un refugio que te abrigue y te proteja. Entonces la casa no será el refugio, sino que será el bosque que la rodea y le da razón de ser. Un espacio relativamente pequeño puede ser muy grande si es capaz de domesticar su entorno. De extraer de él, ni que sea por oposición, su belleza. Sus cualidades como lugar doméstico.

                  También puede suceder que quieras vivir en un bosque y no tengas ninguno a mano. Cuando pasa esto no te has de dar por vencido, porque siempre puedes contratar a unos arquitectos que se inventen cómo conseguirlo. La tarea de estos arquitectos no será entonces la construcción del refugio que permita habitar el bosque, sino la construcción del propio bosque. O de la ilusión de un bosque que pueda ser habitado. Porque se puede conseguir construir una casa que sea un bosque donde puedas sentirte refugiado y elevado, donde puedas estar dentro y fuera a la vez, donde haya privacidad sin necesidad de cortinas ni porticones. Es el caso de la Casa Negra del Boque que han construido los arquitectos Joan Puigcorbé y Maria K. Hawkins.

                  Este bosque del que hablo, si se emplaza en una parcela concreta con una normativa concreta, un volumen edificatorio concreto, unas alturas reguladoras y unas superficies a cumplir, puede no parecer un bosque, pero lo será igualmente en virtud de la abstracción, concepto sin el que la humanidad no sería humanidad. La Casa Negra del Bosque de Joan y Maria es una composición muy potente que saca partido de esta abstracción para crear un hogar casi salvaje, primitivo.

                  La Casa Negra del Bosque es muy especial por diversas razones complejas. Intento resumirlas.

Foto: Jaume Prat.

                  Joan y Maria han proyectado la casa con total confianza en el Movimiento Moderno, corriente de arquitectura que, a pesar de su nombre, cuenta con más de un siglo, y que se define, a raíz de las influencias del calvinismo salvaje de donde proviene, por una fe casi religiosa en la arquitectura como instrumento regenerador de la sociedad, como vehículo transformador del mundo y de las personas. Vaya si lo hizo. Pero como la arquitectura es contradictoria, esto salió bien y fatal a la vez. O catastróficamente bien, si queremos: a pesar de mejorar objetivamente las condiciones de vida de millones y millones de personas, las máquinas para vivir funcionan mejor en las dictaduras que en democracia. El corsé de la vivienda mínima puede llegar a asfixiarnos. Su concepción del espacio habitable como una burbuja individualista aislada del medio, siempre a 21º haga el tiempo que haga, nos hace perder el recuerdo que vivimos inmersos en el medio ambiente. A pesar de todo esto, Joan y Maria siguen creyendo en los aspectos positivos de este movimiento, pero también saben que el sueño de la razón produce monstruos. Y que el medio ambiente es frágil y hay que cuidarlo. Y que no hay planeta B. La respuesta a esto no es la sostenibilidad, aunque esta casa lo sea. O no sólo. Demasiado simple, demasiado directa. Si se quiere tomar consciencia del medio ambiente no sólo hay que respetarlo. Hay que vivir en él.

Foto: Jordi Miralles.

                  Es por eso que la casa es un bosque, un bosque de pilares de ladrillo negro, por aquello de la abstracción, todos los pilares diferentes en geometría, tamaño, posición y orientación hasta el extremo que algunos de ellos casi parecen paredes, y otros puros troncos. Todos ellos tienen en común tener idéntica altura y dar una acusada sensación de verticalidad. La casa es un bosque de pilares diferentes entre los que la casa simplemente sucede. Huelga decir que el bosque que es la casa crece en medio de un bosque de árboles que Joan y Maria han plantado en el resto de la parcela, particularmente sobre sus dos límites a la calle. Lo natural y lo artificial están en perfecta continuidad. El bosque deja de tener troncos de celulosa para tenerlos de ladrillo, aunque en algún momento del proceso de proyecto llegó a haber algún árbol vivo creciendo dentro de la casa. Que es algo así como una sucesión de pequeños claros en este bosque. Estos claros, que podrían ser una metáfora banal, toman sentido y se domestican y vuelven habitable el bosque.

Foto: Jordi Miralles.

                  No vivimos, representamos la vida. Esto es verdad en todas las casas, desde la mansión más grande y excesiva hasta la vivienda más humilde, y también las viviendas temporales. Si hay espacio doméstico hay escenografía. Vayamos al extremo. Spectre (2015) es uno de los mejores Bond jamás filmados. En la película, nuestro comandante, abatido y abandonado por casi todos, se ha de recoger en su casa. Aparece por primera vez el hogar del héroe y, cuando lo hace, descubrimos que no es ningún hogar, tan sólo un apartamento vacío, cajas de cartón sin abrir, wiski, una tele, una butaca, unos libros. La sensación de provisionalidad, de un espacio transitivo que no ha sido jamás habitado, es total. James Bond no existe fuera de sus aventuras. Su apartamento explica esto de un solo vistazo. Lo representa para el espectador, que se siente más voyeur que nunca, ya que su casa es el refugio, literalmente un refugio, donde no va a entrar nadie más que él. Este es el secreto del personaje: James Bond no es bueno haciendo su trabajo. James Bond es su trabajo. Si no hay trabajo no hay individuo.

                  La casa cuenta esto porque es la escenografía de un cuento. Y no, no está escenificada para una película. La gracia de esta escena es que es absolutamente real.

                  ¿Qué representa, pues, la Casa Negra del Bosque como escenografía? Su nombre lo dice: la vida en este bosque. La casa es el medio acondicionado para vivir en él, un espacio más encontrado que diseñado. Los arquitectos le han dado vida y han desaparecido. Luego sólo queda la condición natural, esa vida insuflada. El resto es cuestión de los habitantes. Si seguimos esta reflexión nos surgirá otra pregunta: ¿qué se necesita para vivir en un bosque?

El grabado de Charles Eisen para el Abate Laugier que prepresenta la Cabaña Primitiva.

                  Conocemos la respuesta desde el siglo XVIII. El bosque se habita en un refugio, y este refugio, curiosamente, representa el origen mitológico de la arquitectura: La Cabaña Primitiva, que, en la versión de su autor, el Abate Laugier, la versión más interesante de un mito representado decenas y decenas de veces, se construye a base de cosas vivas: ramas y troncos de un árbol vivo, y otros que, apoyados sobre él, forman, simbolizan, representan un hogar. Más allá de la metáfora, esto se ha ensayado multitud de veces, siendo una de las más interesantes de ellas las cabañas de Tham & Videgard para un hotel en Suecia: se niega el exterior de la cabaña mediante un espejo mientras que el interior es un lugar secreto más relacionado con la ciudad que con el entorno.

Interior i exterior de la Cabaña en el Bosque de Tham & Videgard. Fotos: Ake E:son Lindman.

                  Nuestra casa es otra cosa: no refleja el entorno, lo absorbe. La casa es un cubo básico, severo, rotundo, formado por este bosque de pilares, un bosque perimetral que, lo mires desde donde lo mires, atraviesa la casa. Rara es la visual que no lo permite. Rara es la visual que no permite entender que el bosque de pilares ocupa toda la altura de la casa, que siempre parece verse entera. Que siempre se entiende entera. Unas simples plataformas, todas ellas de diversa condición y geometría, forman habitaciones como refugios individuales, habitaciones como las cabañas de Tham & Videgard, excepto que no necesitan fachada para distinguir el interior de su exterior, sólo una danza de los siete velos. Los espacios comunes son, en esta casa, lo que ocupa el suelo del bosque. La casa es un lugar. Los refugios garantizan la domesticidad, la privacidad, el sentido de todo.

El refugio superior. Foto: Jaume Prat.

                  Joan y Maria sofistican la casa hasta el extremo que parece que no ha sido diseñada. Pero sí lo ha estado. Los forjados que pisamos son de hormigón, que se combina maravillosamente con el ladrillo de los pilares-tronco, o de vidrio, que juega a estar y no estar a la vez, creando una capa evanescente a media altura. La cubierta parece ser una simple lámina sin grosor aparente, casi como la copa de un árbol o unas hojas, que recupera el hormigón en su interior, un hormigón poroso que deja pasar la luz natural en lugares escogidos, una luz que penetra el espacio y parece venir de todas direcciones. El camino de acceso es tortuoso para hacer recorrer la mayor cantidad posible de bosque antes de entrar en la casa, así como para magnificar las dimensiones aparentes de la parcela: si caminas mucho es que es grande. Al interior hay un refugio para cada miembro de la familia, que varía según las demandas de privacidad y de intimidad de cada uno de ellos. Alguno de estos refugios es simplemente una plataforma elevada entre verde. El claro es el espacio de encuentro, aquello que todos los habitantes tienen en común.

Joan Puigcorbé y Miquel Subiràs subidos a la casa. Foto: Jaume Prat.

                  Y la casa ya estaría.

                  Luego, el material que tiene textura y que va a envejecer bien. El interior es crudo, sordo, y quita profundidad al espacio que, se mire por donde se mire, remite al bosque exterior: la casa como teleobjetivo que aplana el fondo contra el primer plano. Excepto que la casa, desde dentro, no es una casa. Desde fuera es esa especie de cubo que no es un cubo porque está formado por pilares que soportan casi nada, pero de hecho esto no importa. El oficio de arquitecto consiste en llevar la belleza incluso en los elementos y las vistas más banales. La razón de ser de la casa es su interior. Pero desde fuera es bella. Defino belleza en este caso: visuales largas, elementos a toda altura. Cualquier parte remitiendo al todo. Con un fragmento se entiende la casa entera, porque está pensada así, y funciona.

Las texturas. Foto: Jaume Prat.

                  Esta casa, pensada para una familia concreta en una parcela concreta, propone un acercamiento al medio, una comunión con él, netamente socializable: una vivienda social podría ser así: células en contacto con el bosque. O con un jardín urbano: casas, pisos, equipamientos que se diesen de tal manera a la calle, al espacio urbano, que lo hiciesen cambiar. Nada nuevo bajo el sol. Si pasamos a la altura del número 71 de la calle Rodríguez de San Pedro de Madrid y miramos a la derecha sabréis de qué hablo. También si lo hacéis a la altura del número 46 de la calle de la Maquinista de Barcelona, donde por desgracia para el arquitecto que lo proyectó, discípulo del primero, hay que mirar a la izquierda. De un ejemplo concreto y definido se extrae una manera de entender la arquitectura sin que renuncie a su naturaleza. Sin que deje de ser lo que es.

                  Estaré encantado de visitar esta casa en diez años, con el vosque verdaderamente crecido y, con suerte, algún otro árbol más plantado. Se podrán escribir muchas historias.

Foto: Jordi Miralles.