La arquitectura de los recuerdos

Foto: Jaume Prat

     En noviembre de 2020 se pudo visitar en Olot la instalación Habitare, o la llar sense casa (Habitare, o el hogar sin casa), que el arquitecto Xevi Bayona promovió, produjo y montó con un grupo de familiares y amigos demasiado largo para listarlo aquí. Esta instalación forma parte de la historia de Lluèrnia, el festival de arquitectura efímera local, y, quizá, el mejor certamen de esta clase que se celebra en el país.

     Lo que Xevi ha hecho se resume rápido: toma la estructura de acero que, a modo de andamio reforzado, apuntala unas casas de pisos entre medianeras y suspende de ella unos muebles que, sin necesidad de ningún otro elemento, reconstruyen los hogares que hubo allí. El conjunto se ilumina con las lámparas que existían. La instalación se concibe para reflexionar sobre aquello que conforma nuestros hogares. Quería escribir este artículo para extender esta reflexión. Pero no. No después de la visita.

     Es que, veréis, esta instalación tiene magia.

     Sigo: Olot es una ciudad de fundación romana ubicada en el corazón de una zona volcánica, ahora un parque natural que envuelve completamente la ciudad, que tiene tres volcanes como centro, volcanes que en el siglo XV protestaron por última vez arrasando la ciudad, que, de fundación romana, se ubicaba entonces en la ribera del Fluvià. Por temas fiscales (siempre por temas fiscales) la ciudad no se reconstruirá. A cambio se construirá otra justo al lado, más alejada del río, en la parte baja de la falda del volcán central, el Montsacopa. Esta ciudad nueva, que ahora es el casco antiguo, tendrá uno de los primeros trazados ortogonales de la Edad Media europea. En ella los nobles y los menestrales vivirán mezclados. Esta misma jerarquía conformará los propios edificios desde un principal con un jardín donde viven los propietarios hasta la buhardilla, donde vive el servicio.

     El edificio que había en la parcela donde se ubica Habitare, o la llar sense casa ocupaba el testero de una de estas pequeñas manzanas medievales. Siempre fue una casa de pisos para gente menestral. Lo que ahora llamaríamos vivienda social. Cada uno de los pisos tiene historias de todo tipo: alegres, tristes, dramáticas, intensas. El edificio, y ahora el vacío que éste ocupa, están empapados de recuerdos. Son estos recuerdos los que, representados por los muebles, conforman de veras la instalación. En la planta baja encontraréis unos marcos dispuestos como para venderlos. Es porque ahí hubo un taller de marcos. En la planta segunda hay un espejo contra la medianera. Es el mismo espejo en la misma posición dado por la misma persona que nació y vivió en esta casa, una modista que lo usaba para que sus clientas se probasen los vestidos. En la planta primera hay una Cama de Olot que Xevi encontró tirada en la calle. Las Camas de Olot eran las camas de los ricos de Olot, con los cabezales dorados con pan de oro porque, ubicados como estaban en alcobas sin luz natural, brillasen en la penumbra como signo de riqueza. Esta cama está en el principal, como le toca a una Cama de Olot. Y es una Cama de Olot de imitación. No una Cama de Olot noble, sino una Cama de Olot menestral, colocada no en una alcoba, sino en una habitación convencional, enfrentada a una ventana. Una cama de Olot para quien no se podía pagar una cama de Olot. Una Cama de Olot es, en el fondo, una lámpara. Y esto, como instalación de Lluèrnia que es, va de luz. La casualidad y la sensibilidad de Xevi ha hecho que todo se alinee.

     Es magia.  

     Y es la vida. Las luces están programadas según la secuencia de Monsieur Hulot subiendo a su casa en Mon Oncle. Tati es un cineasta que jamás me ha hecho reír. En cambio me hace sonreír. De oreja a oreja. Tati me hace feliz. No me gusta el Tati irónico. No me gusta el Tati que denuncia. Lo entiendo, pero lo encuentro afectado, superficial, estridente. Me gusta el Tati que celebra. El que monta en bici por un pueblecito francés gritando rapidité, rapidité! perseguido por los niños. El Tati que refleja la vida. El Tati imperfecto. El desordenado.

Foto: Jaume Prat

     El Tati moderno sólo me gusta a través de los ojos de Iñaki Ábalos, que, en su libro La buena vida (por favor, buscadlo y leedlo) lo compara con Le Corbusier, porque en realidad ninguno de los dos, ni Tati ni Corbu, fueron jamás modernos. Fueron la parodia de una modernidad en la que jamás llegaron a creer. El Tati de la casa de Monsieur Hulot, el Tati popular, el de las escaleras absurdas y los pisos contrahechos, es un arquitecto de primera: entrópico, vibrante, orgánico. Vivo.

     Esto, exactamente esto, es Habitare, o la llar sense casa. Imperfecto. Vibrante. A la instalación no le hace falta ni estar diseñada. El uso, la vida, provocan la arquitectura. Los rastros hacen la arquitectura. La música, los sonidos, hacen la arquitectura. La música explica la instalación. La música suple cualquier explicación. No hay que pensar. Sólo se tiene que vivir. Sólo se tiene que sonreír y disfrutar. Enseñar arquitectura así es más eficaz que mil artículos. Visitas Habitare, o la llar sense casa como si fueses un niño. Con ilusión. Con los ojos brillantes.

     Hay que conseguir que el Ayuntamiento de Olot prorrogue esta instalación, y todo Lluèrnia, hasta navidad: cuatro garlandas de los chinos, las mismas luces baratas que cualquier casa, un tió cutre comprado de segunda mano colgado como el resto de muebles y ya tienes el mejor reclamo de navidad desde el Gulliver que se montó en 1986 en el Corte Inglés de Barcelona.

     Y ya no se puede pedir nada más.

Foto: Jaume Prat

(Acceso a un video sobre Habitare https://vimeo.com/499703853)

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