Charla de Sevilla 3/3: sobre el blog

A los 16-17 años decidí que, con un poco de esfuerzo, podía llegar a ingresar en alguna facultad de arquitectura en lugar de buscar alguna profesión alternativa más acorde con mi escaso nivel académico. Desde una perspectiva sesgada e inmadura empecé a fijarme en lo que me rodeaba y a verlo como arquitectura. Tenía una suerte que, en parte, sigo conservando: ver las cosas descontaminadamente, con frescura. No hay arquitectos en mi familia, ni gente dedicada al negocio de la construcción. Así que miraba, aprendía y, a veces, escribía y dibujaba. Seguí haciéndolo después de entrar en la facultad. A partir de 1996 empecé a guardar mis fotografías. A partir de 1999 o 2000, las libretas. En 2006, aprovechando la estructura de los blogs, empecé a publicar observaciones dispersas sin método alguno: había nacido el blog.
Siempre había querido escribir en revistas. Nunca lo había conseguido, en parte porque acostumbro a ir por libre sin dar demasiado mi brazo a torcer: me gusta poco, muy poco, la manera de publicar de las revistas. Que, a menudo, es también responsabilidad de los arquitectos publicados:
Las memorias de proyectos son, a veces, pobres. Las revisiones críticas, banales. Se abusa de las metáforas, o no se da suficiente información, o se confía demasiado en las fotos, y muchas, demasiadas veces, no se conoce bien el edificio publicado. Se pide que se redibujen los planos, cuando, a veces, los del proyecto ejecutivo son más expresivos. Se falsean croquis iniciales. Se usan diagramas de una banalidad insultante. No siempre los que construyen son capaces de explicarse bien. Lo jodido es que no siempre los que explican son capaces de explicarse bien, tampoco.
Las fotos: he tenido la suerte de hablar (y ver trabajar) a fotógrafos de arquitectura que me han comentado (más de uno, en circunstancias diferentes) que se ven obligados a un tipo de fotografía determinado, casi un cliché: una esquina, o un alzado, un edificio exhibido impúdicamente, lejos de la crítica que puede significar una buena fotografía con autonomía formal. También he presenciado, en diversos estudios en los que he colaborado (o que, sencillamente, he visitado), cómo algunas buenas fotos eran recortadas, casi censuradas, quintando un contexto que el arquitecto quería obviar porque difuminaba su edificio, aun cuando el tema de la fotografía era, precisamente, explicar lo bien integrado que estaba.
Así que el blog nació con varios propósitos simultáneos:
-ordenar, fijar, explicaciones (que me hacía a mí, en un principio. Sigo así: soy mi primer cliente) sobre edificios o situaciones que producen arquitectura y me interesan. Darme armas para proyectar mejor, en suma. Para crecer personalmente.

Dibujo de arquitectura pre-blog: el bar del Foment de Molins de Rei.
-contar la arquitectura a mi modo. De la manera que creo que se tendrían que contar. Hay un uso intensivo y deliberado de la primera persona. Buena parte de la crítica debería de hacerse así. No estoy intentando contar verdades absolutas, sino dar explicaciones consistentes que organicen y fijen toda la información de la que dispongo. A veces hasta llegar a reproyectar el edifico para hacerlo mío. Para poderlo contar con una cierta propiedad.
-disciplinarme: pasar dichas reflexiones a limpio, producirlas regularmente, fijar, pulir. Exigirme. Escribir con regularidad. La que sea. La que pueda: semanal, mensual. Pero jamás dejar de hacerlo.
-obligarme a seguir practicando disciplinas alternativas que tienen cabida en el blog: fotografía y dibujo, principalmente. Y escribir bien, claro.

Fotografía del Kunsthal de Rem Koolhaas, hecha expresamente para el blog./span>
Este proceso acabó atrayendo lectores. Muchos. Las redes sociales (Facebook, Twitter) y los enlaces de otros blogs hicieron que el interés de los arquitectos que me leen subiese. Y con él, nuevamente, el nivel de exigencia. Esto es lo mejor de los lectores. Al menos de los míos: son exigentes. Duros, a veces. Lo que se agradece muchísimo, porque es una buena manera de crecer.
Estos lectores, eventualmente, se han convertido en protagonistas del blog y en amigos personales: arquitectos que, con interés, con entusiasmo, te abren las puertas de sus obras y te las enseñan. Ceden material. Explican y aceptan, con muchísima generosidad, las explicaciones posteriores, a menudo alejadas de su discurso. Aunque cualquier artículo que produzca deberá (como regla de juego) tener en cuenta, necesariamente, sus explicaciones.


Foto de la plaza del ábside de la catedral de Tortosa, Arquitecturia arqs. Amigos que protagonizan el blog y que, a través de él, se van al ciclo de conferencias NOON de la ETSA de Sevilla.
El uso de la primera persona ha dado lugar a una derivada curiosa: la página de Facebook que funciona, donde se dan los debates, no es tanto la del blog como mi página personal, donde todo está mezclado: familia, obsesiones varias, reflexiones, tonterías y, de vez en cuando, arquitectura. Mi pasión. Tampoco es extraño: al final se trata de un blog personal centrado en arquitectura y temas aledaños que ofrece, desde una visión subjetiva, explicaciones que pretendo que sean útiles para quien las lea.
El título del blog derivó des del primer “Arquitectura, entre otros problemas” (una broma personal sin más) hasta el “Arquitectura, entre otras soluciones” definitivo, a sugerencia del pintor madrileño Jack Babiloni, lector entusiasta al que nunca le podré agradecer lo suficiente la observación que, en realidad, el tono del blog es demasiado optimista como para pensar que sólo denuncio: intento, como regla general, mostrar buena arquitectura. Y, cuando es así, ésta es más una respuesta, una solución, que un problema.
La base del blog
El método del blog se ha ido depurando desde sus inicios, pero sigue basado en una premisa inicial invariable que me he saltado muy, muy pocas veces: la visita al lugar. Un edificio respira. Tiene vida propia. El espacio te envuelve, y cuenta no sólo lo que ves sino también lo que pasa a tu lado, o tras de ti.
Un ejemplo: visité por primera vez la iglesia de Marco de Canaveses, de Alvaro Siza, el año 1999, en una excursión organizada por la ETSAB, a segunda hora de la mañana, quizá las nueve y media. Gran parte de mis compañeros había salido la noche antes, y había un buen número de resacosos. Algunos seguían bebidos. Me levanté del asiento del bus antes que nadie. Tras de mí preguntaron cómo se entraba (sabiendo que conocía los planos). Giré la mano noventa grados y guié a todo el grupo por el camino más largo. Desaparecí y conseguí estar veinte minutos, quizá media hora, completamente solo dentro de la iglesia, mientras los otros decidían organizarse, encontrarse y, finalmente, entrar: siempre he sido un gamberro.

Alvaro Siza, iglesia de Marco de Canaveses.
La iglesia es la que se ve en las fotos. Pero el espacio no tiene nada que ver. Una de las capillas laterales, la de la izquierda conforme se entra, contiene la pila bautismal. La capilla tiene la misma altura exacta que el campanario, y, cuando la visité esta primera vez, todavía no tenía colocado el mural cerámico realizado por el propio Siza, que hoy en día se puede ver en la pared este, un dibujo esmaltado que muestra un bautizo.
Esta capilla queda a nuestras espaldas si miramos hacia el altar. La pila bautismal propiamente dicha está esculpida en un bloque de mármol único, vaciada, torneada. Se hunde quizá un par de centímetros en el suelo, creando una oquedad perfectamente circular, como la propia pica. No es un depósito de agua bendita: es una fuente de agua bendita. El agua sale por el centro de la pila, y, a través de un agujero practicado en un lateral, cae en la oquedad del pavimento. La caída será de unos sesenta o setenta centímetros. El chorrito de agua provoca un ruido constante, suave, que llena completamente todo el espacio. Este ruido es la iglesia. Antes que las investigaciones formales de Siza. Un simple agujero en una pila bautismal, un ruidito. Espacio lleno.
Sencillamente, no te lo pueden contar. Tienes que haber estado ahí sentado, tranquilamente, solo, con el pueblo a tus pies, el espacio inundado de luz, con el patio de butacas entero a tu disposición. Lo demás, a posteriori.
Visitar un espacio también sirve, si ello es posible, para documentarlo. Aunque puede haber excepciones: una de ellas anticipa un artículo que saldrá próximamente, sobre la nave 16 del Matadero de Madrid, realizada por Iñaqui Carnicero y su equipo. La pésima gestión de la nave ha alterado el espacio y su percepción de un modo que, espero, no sea irreversible. Y, por tanto, el artículo se hará con fotos proporcionadas por Iñaqui, tanto de su autoría como de Roland Halbe.
Después de la visita viene la documentación. Bien, generalmente, antes también: uno tiene que saber qué va a visitar, y las visitas completamente vírgenes sirven para poco. Aunque las he realizado, cautivado por algún edificio que no conozca de nada y que valga la pena documentar. Hay que tener los ojos abiertos siempre.
La crítica, finalmente, se realiza como una cebolla: por capas. Capas de información. Niveles de profundidad, intentando transcender la mirada cuando ello es necesario. Generalmente, intensificándola. Sin más: no es tanto lo que miras como el cómo; intensamente, sin perder detalles, de la globalidad a las anécdotas y viceversa. Poniendo énfasis en lo que caracteriza los edificios. En su construcción, en sus materiales. En la percepción, que intento que sea siempre compleja. Cambiante. Las perspectivas centrales no funcionaron ni en el renacimiento.


Emplazamiento y detalle constructivo de la casa Sonneveld, Leendert van der Vlugt, arq. El ciclo se cierra.
La figura del arquitecto


La crítica es, también, sobre la figura del arquitecto. La arquitectura tiene, siempre, autor. Aun cuando lo desconozcamos. Aun cuando ésta parezca anodina. Contextualizarlo debidamente no es ajeno al proyecto: éste sale de un momento concreto de la vida de un colectivo de personas. La estructura del proyecto es jerárquica, y demasiadas veces sólo miramos lo que está arriba de este vértice. No es así: la arquitectura es una obra colectiva, suma de diversos niveles de esfuerzo y dedicación. Cuando más arriba se está del vértice de pirámide jerárquica el nivel de intensidad suele aumentar. También el de la atención que merecen los autores. Su biografía. Y, cuando ello es posible, se deben de contextualizar con la debida perspectiva histórica.
Instrumentos de trabajo
La crítica se fija en los instrumentos de trabajo: qué miramos y cómo miramos. Cómo dibujamos. Con qué materiales se realizan las maquetas. Si éstas son de trabajo o finalistas. Si son arquitectura en sí mismas o no. O si lo son los dibujos. Su número. La presencia en la obra del arquitecto o de sus colaboradores, o su ausencia. Todo es importante. La tecnología es una parte más de nuestro cuerpo. Su nivel afecta al proyecto. No es lo mismo un lápiz que un ordenador. Un cutter sobre cartón de milímetro y medio que un plotter tridimensional.
La música no se reduce a los Beatles. El sintetizador no la mató. Ni el sampler. La llegada del sonido no afectó al cine, como no fuese para mejorar su calidad. Ni el 3-D. Ni el Photoshop a la fotografía. Sencillamente las disciplinas cambian de escala. Se redefinen a ritmo de la tecnología. De su elección consciente. De su presencia o ausencia. Desde siempre. Lo mismo la arquitectura.
Otras disciplinas
En el blog caben otras disciplinas: pintura, música, escultura, cine, literatura. La base es, siempre, la percepción. Luego, lo que pueda averiguar sobre ello. La razón para hacerlo es doble: disfrutar de una serie de obras con dignidad, con sentido, y acentuar rasgos del proyecto que pasan más desapercibidos en una obra de arquitectura. A menudo (casi siempre) la lógica de proyecto es la misma, pero éste se va deformando de acuerdo con la lógica que impone la disciplina a que va dirigido. Analizar estas deformaciones, tenerlas en cuenta, comparar (a menudo indirectamente, dejando al lector esta tarea, de artículo a artículo, sencillamente describiendo) pone de manifiesto rasgos de la arquitectura que, de otro modo, podrían pasarnos por alto.
También permite provocar con las obras reseñadas. Usar las que están alejadas del canon no porque no quepan en él, sino porque el canon es, necesariamente, lento. A veces demasiado para que éste sea pedagógico, incluso considerando que una de sus funciones es proporcionarnos perspectiva sobre lo que hacemos hoy en día.
Un ejemplo: considero que la obra estrictamente contemporánea de Rem Koolhaas y sus OMA (la que ahora mismo está en sus talleres de maqueta y almacenada en sus servidores) es la más madura e interesante que ha salido del estudio. Pero, con suerte, las universidades mostrarán los trabajos preparatorios para el Delirious New York o, como mucho, el Nexus World de Fukuoka. Lo que es interesante, excepto si se hace de modo que los edificios posteriores aparezcan esclerotizados, meras excrecencias de estos proyectos iniciales. Que es la manera en que he visto que lo enseñan. Espero estar equivocado y que estas cosas no sigan sucediendo.
Segundo ejemplo: el director de cine Michael Mann no aparece en ninguna lista de directores célebres. Su cine está calificado como “comercial”, lo que significa, a la práctica, que quiere (que necesita) de un buen taquillaje para funcionar. De entrada, discutir esto: todo el cine es comercial. Incluso una película independiente (de qué?) necesita exhibirse, distribuirse. Venderse. Cuestión de proporciones, de equilibrio. Michael Mann ilumina mejor, mueve mejor la cámara, dirige mejor a los actores, que muchísimos (que la mayoría, de hecho) directores de cine independiente. Incluso sus guiones son más inteligentes. Siempre dentro de lo que se llama “cine de género”. De lo que, efectivamente, es cine de género. Eso sí, sus argumentos pueden llegar a ser banales: policía-persiguiendo-ladrones. Asesino-al-que-hay-que-atrapar. Hombre-recto-al-que-se-le-tuerce-todo. Cuestión de estilo. Sin más. Como la arquitectura. No es lo que se filma: es cómo se filma. Pero ¿qué diferencia de programa hay entre las viviendas de Ávila o de Sabadell de Rafael Moneo o cualquier edificio promovido por Paco el Pocero? ¿Por qué estudiamos la Ville Savoye y no cualquier vivienda unifamiliar anodina de la periferia de una gran ciudad, cuando puede ser que contengan exactamente lo mismo, cuando la segunda puede que esté, seguro que está, mucho mejor construida? La arquitectura es una cuestión de estilo. Como esta clase de cine.

Fotograma de “Miami Vice”. Michael Mann, director. Más detalles, el propio blog.
El blog como proyecto
El blog pretende ser un proyecto. Un proyecto de proyectos, como la obra construida de cualquier arquitecto. Cada crítica es, en sí misma (o quiere ser) una obra autónoma, terminada, con una cierta consistencia formal. Con un ritmo. Con unas imágenes seleccionadas ex profeso, a menudo realizadas expresamente.
Cada obra quiere ser mejor que la anterior. Y el propio blog va avanzando por etapas. A veces por instinto, otras de un modo consciente.
De ser posible (y sin afectar al contenido como no sea para mejorarlo) el texto debe de ser perfectamente comprensible para quienes no sean arquitectos. El lenguaje, por tanto, debe de ser llano. Del registro más bajo posible. Sólo son admisibles tecnicismos cuando hablamos de términos estrictamente técnicos: construcción, tecnología, etcétera. Los registros innecesariamente elevados son opacos, abstrusos, innecesariamente liosos. A veces, absurdos. Otros sólo esconden la banalidad del discurso.
Perspectiva sincrónica
La crítica es un instrumento de trabajo. Por tanto, la perspectiva sobre lo criticado debe de ser necesariamente sincrónica: todo en un mismo plano, disponible, sin perspectiva histórica alguna. Esto no es incompatible con que la crítica tenga perspectiva histórica. Una cosa es usar ésta como método para desentrañar y contextualizar los edificios, otra que el resultado final de la crítica sea producir un texto sobre historia. La perspectiva histórica sirve, precisamente, para lo contrario, es decir, para poner de manifiesto lo que tiene de contemporáneo un edificio. Lo que tiene de instrumental, de vigente, lo que es necesario conocer de él y lo que podemos usar.
Por tanto, no importa si se habla de un menhir o del último edificio de un arquitecto con estudio abierto. O de una obra en construcción, o de una propuesta de concurso que jamás se construirá: todo ha de servir.



Tres proyectos reseñados o por reseñar en el blog. El primero de ellos, la torre Diagonal ZeroZero, EMBA-Enric Massip-Bosc arq (foto Edgar González), el segundo la propuesta de Ábalos-Senkiewcz para la Biblioteca del Born de Barcelona, el tercero la iglesia de Almazán , Javier Bellosillo arq, desaparecida ya. Desgraciadamente. (foto Jaume Prat)
Sobre lo criticado
La crítica es sobre obras que considero válidas. Buenas, bonitas, útiles. Usar estos adjetivos es valorar. Juzgar, cualificar. Y hacerlo a priori, con la propia elección de la obra reseñada. Por tanto se impone una reflexión constante sobre los propios términos usados para valorar una obra. Incluso sobre la conveniencia de usarlos. Sobre los conceptos, sobre el propio sistema de valores.
Aceptado esto, la crítica es sobre obras que valoro como buenas. Una vez escogidas se desmenuzan. Se vuelven del revés. Me fijo en sus contradicciones, en sus debilidades, en sus inconsistencias. Ello sin perder de vista sus logros. Porque una cosa valora la otra: las obras nunca son planas, nunca son perfectas ni pueden serlo. Quizá ni deban. En las buenas obras conviven defectos, cicatrices, ruinas, conflictos, sin que por ello pierdan interés.
No caben obras que no me gusten ni que no sepa valorar. No caben obras que considere malas. El blog (excepto en ocasiones) no quiere ser un blog de denuncia. Porque usar las malas obras como instrumento de trabajo y darles la vuelta no nos dará buenas obras, sino tan sólo una obra a la defensiva, reactiva, jamás propositiva. Mediocre a costa de tan sólo salvar obstáculos. En suma: jamás llegará a ser arquitectura.
No hay obra pequeña. No hay obra escondida. Los arquitectos tienen Obra. En mayúscula. Cuando se reseñan, no valen los estudios B. Ni las obras menos intensas. Si un arquitecto trabaja con obras visibles y otras menos aparentes tendrá que responsabilizarse de ello. Y su obra tomará sentido, también, a partir de estos parámetros.
Un pequeño ejemplo: hará un tiempo reseñé un edificio que Clotet y Paricio construyeron para el INCASÒL en Solsona. Este edificio a penas ha sido publicado: tan sólo el concurso y luego, el propio Ignacio Paricio publicó determinados aspectos técnicos de la primera fase en un libro estupendo que escribió para Folcrá.

Este edificio contiene casi todas las claves de la primera etapa del equipo, y marca la transición a la segunda. Puede leerse como una obra de calidad excepcional que muestra, también, la actitud de estos arquitectos ante un proyecto.
Resumiendo una historia larga (de la que los propios Clotet y Paricio me llenaron las lagunas a posteriori): ganan un concurso que se acaba ejecutando en dos fases. La primera es hija de las viviendas de la Villa Olímpica. La segunda prefigura las viviendas del Fórum. El parón les sirve para dejar una primera medianera como fachada, meter un pasaje público que resuelve una situación urbanística complicada y cambiar completamente de tipología. Y, de paso, conservar un edificio modernista, meterse en un solar complicadísimo al lado de la catedral (el primer solar extramuros del pueblo, que tiene una estructura tan excéntrica que deja el palacio episcopal colocado justo contra la muralla) y conseguir que el alcalde no les deje terminar la obra. Que, por tanto, está ahí, olvidada y digna, sin que casi nadie se fije en ella.
De Josep Quetglas saqué una hipótesis de trabajo que aplico casi hasta su reducción al absurdo: los arquitectos no nos equivocamos proyectando. Jamás. Si los suelos resbalan, si no hay bandas antideslizantes en los escalones, si se dejan grandes cantidades de parcela sin pavimentar. Todo tendrá un motivo. Todos tenemos proyectos que no nos gustan o que no hemos podido terminar. Y debemos responsabilizarnos de ello.
Los fallos serán siempre culpa del arquitecto. Pero, si no hay fallos porque el arquitecto no se equivoca, habrá motivos que se deberán de encontrar.
Esta reducción al absurdo nos habla de dos cosas importantes: la primera de ellas tiene que ver con que somos profesionales. Técnicos cualificados que jamás debemos permitir que en un edificio nuestro no haya bandas antideslizantes en unos escalones. No puede haber goteras. No debemos asarnos en verano, ni diseñar edificios que multipliquen por n la factura de la calefacción o del aire acondicionado.
La segunda nos habla de los límites de esta profesionalidad. Un ejemplo: recuerdo estar en una conferencia del arquitecto Enrique Rovira-Veleta, experto en adaptar edificios a usuarios minusválidos, redactor de normativas y usuario de una silla de ruedas. Lo que viene a reforzar sus argumentos por poderlos usar en primera persona.
En su conferencia, Rovira-Veleta nos pidió que no pusiésemos rampas en edificios públicos: hay que evitar desniveles y a los pisos superiores se sube por ascensores de buen tamaño. Las rampas espectaculares con enormes desarrollos cansan a los minusválidos, transformando su experiencia no en un paseo arquitectural, sino en una excursión cargante, cansada y tediosa.
Si le hago caso estaré incumpliendo normativas. Pero lo haré en virtud de la demanda de una persona doblemente autorizada a pedir. Si le sigo haciendo caso puedo hipotecar el mantenimiento futuro del edificio poniendo demasiados ascensores que serán demasiado caros. O puedo construir un edificio perfectamente adaptado en la cima de una calle con un 15% de pendiente (inciso curioso: el único Corte Inglés histórico que fracasó fue el de Vigo, emplazado originalmente en una calle con un 15% de pendiente), lo que hará absurdo que lo adapte porque jamás podrá llegar ningún minusválido allí. Entonces el problema estará en la calle y allí tendremos que intervenir.
Esta anécdota nos habla de la profesionalidad del arquitecto y de sus límites. De los límites, también, de la normativa. Un arquitecto debe de hacer un balance entre lo que le piden y lo que es razonable. Debe de hacer pensar al cliente, a la sociedad. Convertir todo lo que hace en una apuesta urbana. Mejorar su entorno, jamás empeorarlo.
Una derivada: los edificios, a ser posible, se visitan usados. Reformados. Con goteras. Y se fotografían y registran de este modo, porque arquitectura es, también, lo que sobrevive y cómo sobrevive. Dialogando con las intenciones iniciales, valorando lo que es maquillaje, lo que es esencial. El envejecimiento y la decadencia. Lo que pervive. El color rojo cambiado. Lo que está bien y los disgustos.

A&P Smithson arqs, the Economist Building. En perfecto estado de conservación, usos cambiados. Más detalles próximamente. Foto Jaume Prat.
Otra hipótesis de trabajo importante: prefiero obviar los dogmas y los movimientos. Sí, en cambio, encuentro pertinente hablar de modas y de estilo. Las moda es un concepto estadístico. Nos habla de un tiempo instantáneo. Nos habla, desde una perspectiva estrictamente contemporánea, en que conviven un número indeterminado de modas, de una elección consciente de la percepción inmediata de un edificio. Que siempre es válida, y afecta, condicionando las miradas más profundas y atentas que vendrán a posteriori. Nos habla, también, de las sensaciones.
No considero el estilo como el amaneramiento de un vocabulario. No tengo una noción peyorativa de este concepto, ni la acabo de entender. Estoy convencido, en cambio, que es imposible proyectar fuera de él. Lo que hacemos remite a lo que otros han hecho anteriormente. Está relacionado con un modo de usar un material que jamás será esencial. Porque los conceptos platónicos se quedan ahí, en el mundo de las ideas, y la realidad se abre, siempre, camino como nuestra aliada para mejorar los proyectos. Quien piense que el contacto con la atmósfera, con los procesos de oxidación, con el envejecimiento, con las medidas estandarizadas de los semicomponentes industriales empobrece un proyecto (lo aleja del render, para entendernos) no sabe de arquitectura. Y más, los modos de trabajar un material y de considerar qué es lo importante en ellos cambian de arquitecto en arquitecto, sin que sea capaz de saber cuál de ellos tiene razón.
Un ejemplo tonto: el tratamiento del hormigón en Fisac, Candela, Le Corbusier, Tadao Ando y Arquitecturia.
Para el primero lo fundamental del material es el modo en que éste se trabaja en obra: líquido. Por tanto, sometido a las leyes de una presión hidrostática clave a la hora de verterlo en los moldes de encofrado. Esto le llevó, con el tiempo, a desarrollar un sistema de moldes a base de listones de madera o metal forrados interiormente con un film de polietileno que se abría a causa de esta presión cuando se vertía el material. Puedes llegar a realizar un millón de piezas de hormigón prefabricado y todas serían diferentes, una especie de almohadillado producto del proceso constructivo, un expresionismo abstracto que produce una vibración infinita en cada edificio realizado.

Muro de hormigón de Fisac. Javier Azurmendi, fotógrafo.
Para Candela el hormigón es un material que se trabaja en formas geométricas que contengan la catenaria, de modo que éste trabaje casi siempre a compresión pura en gruesos inverosímiles, a veces de tan sólo cuatro centímetros. Su concepto del hormigón excluye, prácticamente, el armado, sólo usado, en su caso, en unas cuantías menos que mínimas (unos 4kg/m2) para repartir uniformemente las cargas y adaptarlas a los cambios de sección instantáneos que produce el desarrollo tridimensional de estas formas.

Fèlix Candela, restaurante Los Manantiales, Méjico. Formas orgánicas, espesores inverosímiles.
Para Le Corbusier el hormigón es una piedra barata e infinitamente versátil que, además, es susceptible de ser adintelada y sometida a esfuerzos que no sean estrictamente de compresión. También se puede prefabricar. Muy atento a la pátina que éste crea, lo confiará a unos encofrados bastos. Se expresará a través de las irregularidades, de los malos vibrados, de las juntas frías, contando la historia de la construcción del muro en cuestión y acelerando sus pátinas. A veces convirtiéndolo en un material herido desde su propia concepción. De ahí los problemas (espero, solucionables) surgidos en edificios como el monasterio de la Tourette. Cuando Sert, director de obra de su Carpenter Center, trata el material con mimo, encofrándolo con plancha metálica, obligando a que sólo lo trabajen operarios expertos, imponiendo unos despieces exquisitos en las paredes curvas sólo encofrables con madera, le muestra fotos del edificio, Le Corbusier empieza un proceso que lo llevará a replantear toda su arquitectura, proceso interrumpido por su muerte muy pocos años más tarde.

Le Corbusier arq, monasterio de la Tourette. Si el muro se hormigonó el jueves a cero grados, el material contará esta historia para siempre. .
Tadao Ando trata el hormigón como un material precioso. El arquitecto estudió química y atentó contra las dosificaciones del material, al que suele añadir grandes cantidades de ceniza para conseguir ese tacto satinado. Sus muros gruesos son falsos: en algunos edificios se trata de muros dobles de seis centímetros, autoarriostrados, con una hoja exterior que tan sólo soporta la cubierta y una interior que soporta los forjados. El aislamiento térmico los separa. Su hormigón es, pues, un material mixto, tremendamente sofisticado, prácticamente hi-tech.

Tadao Ando arq, casa Koshino. Control. Hormigón modulado al tatami, gruesos impostados, giro imposible de los encofrados en una esquina inverosímil.
Arquitecturia, finalmente, en la plaza del Ábside de la Catedral de Tortosa, consideran que el material no debe de armarse. Los muros cogen, así, grosores muy considerables, formando muros de contención de muchos metros de altura con secciones retranqueadas, mucho material y ni un gramo de hierro.

Uso del hormigón por parte de los Arquitecturia. Encofrado con cañas de río, muy masivo, uso virtuoso del detalle constructivo.
Todos estos ejemplos, todas estas elecciones se producen siempre en red. Casi siempre de modo inconsciente: los arquitectos, los buenos arquitectos se apoyan en una formación constante. Todos podemos poner un punto en nuestra vida en el que sabemos que nos hemos empezado a formar. El punto final lo pondrá nuestra muerte física o cerebral. Si decidimos plantar nuestra formación dejaremos de ser arquitectos en ese mismo instante. Tan sólo seremos cadáveres ambulantes repitiendo clichés. Quizá a esto es a lo que muchos llaman estilo. No es mi caso. Yo soy más radical. Lo llamo no-arquitectura.
Las elecciones de un proyecto se toman cuando nos formamos. Cuando reflexionamos sobre nuestra obra. Cuando decidimos coger el toro por los cuernos y enfrentarnos al problema. Al que sea. Y no a lo que el cliente cree que es el encargo.
La arquitectura, finalmente, es magia. Y como tal hay que tratarla. Magia de la de verdad. El blog no pretende ser otra cosa que un intento de desnudar un proyecto, de desmenuzarlo impúdicamente, casi pornográficamente, con la tranquilidad de saber que la arquitectura está ahí. Inexplicable aún sabiendo todos los trucos que la forman. Siempre inalcanzable, siempre renovándose. Siempre sorprendiendo. Inagotable. Mientras seamos seres sociables y sociales que se valoran a sí mismos, mientras tengamos consciencia de nosotros mismos, dignidad, mientas nos consideremos seres humanos con algo mejor que hacer que simplemente sobrevivir, habrá arquitectura.
Lo mismo pasa con el blog. He intentado contarlo entero. Pero tengo la sensación que me dejo algo, y no me importa demasiado: lo quiero complejo, como la propia arquitectura que muestro. Y, en parte, como la arquitectura que él mismo aspira a ser.
Todo sobre mi Madre
Final deseado para la charla sevillana: una de las secuencias inicales de Todo Sobre mi Madre, dirigida por Almodovar. La llegada a una ciudad que no es la suya. Arquitectura como acumulación de edificios de autor y otros anodinos, usos alternativos de infraestructuras. Poesía. Tono emocionante y consistente. Una de las mejores maneras de contar la ciudad que conozco.

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