Turismo de calidad

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Foto: Tor Einar Andersen

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El arquitecto Jordi Badia publicó el día 16 de enero en el diario Ara un artículo titulado La ciutat com a espectacle, sobre la Sagrada Familia, que recogía sus impresiones después de haber visitado la (actual) basílica. Badia, poseído por una indignación sincera, cualificaba de chapuza el templo argumentando su calificativo en dos direcciones diferentes: la primera incidía sobre el proyecto de Gaudí, que lee como pretencioso y fuera de escala, en contraste con la sutileza, el sentido urbano y la coherencia de proyectos como la Pedrera. La segunda cargaba frontalmente contra los gestores de su legado, a quien acusaba de haber hecho un trabajo malo y torpe: un despropósito completo, sin sentido y fuera de los límites de nuestra profesión(1).

Cualquier respuesta al artículo de Jordi Badia que incite a un debate coherente pasa por la formulación de una pregunta. Mi intento de respuesta a la misma constituye el inicio del debate. La pregunta es simple: ¿Qué es la Sagrada Familia?

a- Un templo expiatorio.

El año 1882, el arquitecto Francisco de Paula del Villar y Lozano pone la primera piedra del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia: un exvoto situado en la periferia de lo que entonces era la ciudad de Barcelona: terrenos baratos donde construir un edificio de medida respetable ubicado en mendio de una manzana a ser sufragado mediante aportaciones populares.

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Alzado lateral del proyecto original de la Sagrada Familia. Francisco de Paula del Villar y Lozano, arquitecto

Diversas vicisitudes políticas llevarán a la dimisión del arquitecto y a sus sustitución por su discípulo de 31 años Antoni Gaudí. Gaudí es visto como hombre de consenso que terminará el edificio lejos de la polémica creada por la presencia de su predecesor. En teoría.

El arquitecto toma las obras el año 1883, termina la cripta (por la que se había empezado a construir) según los planos del arquitecto original y, encima suyo, empieza a erigir un templo completamente diferente del original.

El proyecto de Gaudí no es más grande que el de FdPdVyL: es el templo más grande posible que cabe en su manzana. Es tan grande, de hecho, que la entrada se ha de producir por la manzana vecina, a través de una plaza que cubre un túnel sobre el tramp correspondiente de la calle Mallorca.

En resumen: a Gaudí se le va la olla. El arquitecto pretende erigir un monumento más a su ego (aspecto que desarrollaré posteriormente) que no a una o a cualquier religión. El edificio se agota en sí mismo. Es excesivo, pretencioso y estructuralmente recargado. Pero, simultáneamente, es una obra de arquitectura genial que convierte esta pretenciosidad en un sistema de expresión: un grito, un monumento lisérgico al exceso, al quijotismo, al absurdo, a la tenacidad. A la resistencia, la capacidad de convicción y el carisma de un genio.

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La Sagrada Familia, planta del proyecto de Gaudí

Gaudí, adicionalmente, convierte el problema que ha creado en un plan urbanístico que afecta a unas nueve manzanas de su entorno creando, con una habilidad y una sabiduría excepcionales, una plaza estrellada en pleno ensanche que conecta el Plan Cerdà con un sistema de expresión directamente salido de un cuadro del Bosco.

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Años más tarde, Jaussely primero y Rubió i Tudurí después pasarán por allí adaptando parte de la plaza gaudiniana antes que Núñez y Navarro compre los terrenos del acceso y se cree un despropósito urbanístico incremental que sigue levantando ampollas hoy en día.

b- una obra de arquitectura de Gaudí.

Lo que quiere decir:

b1- Un sistema.

La arquitectura, cualquier arquitectura, de Gaudí es un organismo coherente que se desarrolla a partir de unas reglas definidas con precisión, de la investigación de las propiedades de los materiales, de la aplicación directa de unos métodos de cálculo estructural, todo esto superpuesto a unas creencias siempre excesivas, torturadas, absolutas, contradictorias, que sólo al final de su vida podrán identificarse (o confundirse, según quién lo mire) con el cristianismo, que abrazará con el fanatismo del converso. Estas creencias ligarán la estructura con un sistema de expresión que recorre todas las escalas y todos los elementos del edificio, de los cimientos a los pomos de las puertas.

Gaudí no escoge. Jamás. Las disyuntivas son arrasadas, en toda su obra, no escogiendo, sino resolviendo de modo inclusivo: sus fachadas son simétricas y asimétricas a la vez. Marcan el centro, marcan los laterales. Están ancladas al lugar y escapan de la parcela. El organismo que mejor identifica la obra de Gaudí es el cáncer: se alimenta de lo que lo envuelve y crece indefinidamente hasta devorar su emplazamiento por dentro. Un cáncer genial, artístico en la medida exacta que el ser humano es capaz de percibir belleza en los signos externos que advierten que un organismo mortal es mortal: la belleza de la obra de Gaudí es la belleza de una serpiente del coral. Es la belleza de una medusa venenosa. Es la belleza de una amanita muscaria.

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Fachada del Nacimiento, Sagrada Familia, completada por Gaudí: la acumulación de esculturas funde los diversos elementos construtivos entre sí hasta hacerlos inidentificables

b2- Un legado

b2a- una manera de construir

Es conocida la intención de Gaudí de construir algo parecido a una catedral, que implicase directamente al pueblo en su concepción. Una obra participativa, colectiva, que ha marcado el carácter de un barrio.

No obstante, el modo tradicional en que se construye una catedral es revisado por el arquitecto, que empieza la suya de un modo insospechado, voluntariamente maleducado e irrespetuoso con esta tradición. Y lo hace porque se sabe diferente, y quiere que su templo sea construido, también, de modo diferente: respetando no tan sólo sus planos y sus intenciones, sino también su vocabulario, su modo de expresarse: Gaudí no levantará el templo consolidando capas de estratos horizontales, muriendo a media altura sin tan sólo poder ver parte de su magnificencia insinuada. No. Gaudí (después de haber construido el ábside, abc de cualquier templo cristiano, irrelevante, sin embargo, en su manera de entender el espacio, híbrido de cruz latina, griega y espacio circular: de aquí la poca importancia que él mismo dará a este hecho) construirá una de las fachadas menores, la acabará y culminará una de las torres que la coronan. Gaudí marca. Gaudí avisa a navegantes: ha de ser de este modo innegociablemente. Sin margen para los que vengan.

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La Sagrada Familia en el momento de la muerte de Gaudí, que sólo llega a coronar la torre de San Bernabé

b2b- un incendio

La Guerra Civil Española deja Cataluña en zona republicana, y Barcelona convertida en escenario de unas luchas intestinas que la llevarán, un año más tarde, a convertirse en escenario de una guerra-civil-dentro-de-la-guerra-civil entre anarquistas y comunistas. El período de anarquía previo a este estallido-dentro-del-estallido de violencia llevará al saqueo y a la quema de múltiples iglesias a lo largo de todo el territorio. La Sagrada Familia sobrevivirá. No así el taller del arquitecto (adicionalmente, una de sus mejores obras), que arderá hasta los cimientos con todo el proyecto dentro. Que sólo se podrá recuperar en forma de pequeños fragmentos de yeso de maquetas destrozadas.

Asumámoslo: el proyecto original se ha perdido. Quedan, en una especie de juego perverso, algunos arquitectos que conocieron gente que conoció a Gaudí, a quien oyeron hablar del proyecto. Tocamos de oídas, vaya.

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El incendio del taller de Gaudí en la Sagrada Familia, 1936

b2c- unos herederos

que asumirán la manera (de Gaudí) de construir el templo sin la más mínima crítica. Descartado Jujol, el preferido del maestro (y resumiendo lo inresumible), Isidre Puig Boada primero y Lluís Bonet Garí después se ocuparán de la dirección de las obras del templo. Bonet Garí se erigirá en el Kim-Jong-Il particular de la Sagrada Familia, dejando a Gaudí en el papel de Kim-Il-Sing y a su hijo Jordi Bonet Armengol en el papel de un Kim-Jong-Un dolicocéfalo y ario: hombres voluntariamente menores que guardan un legado como usufructuarios de un líder perpetuo (ya canonizado) que, se espera, resucitará en algún momento no se sabe si como mesías o como zombi.

b2d- una ficción

que transforma a Gaudí en un héroe cristiano (virgen no se sabe: mártir, depende de los gustos) que tuvo una visión, y a sus herederos en escuderos de esta Misión Sagrada.
Buena parte del legado de Gaudí es ficticio. Una construcción a posteriori de una vida de trabajo larga, compleja y ferozmente contradictoria que, a costa de ser repetida (y de la poca exigencia de quien la ha escuchado) ha calado como algo parecido a una verdad que no resiste el más mínimo análisis riguroso.

b2e- una traición

que perpetran los autoerigidos herederos del arquitecto (incidiré más tarde sobre esta cuestión): arquitectos sin la formación ni los principios del maestro que, obsesionados por la velocidad de las obras, por completar a lo bestia una volumetría, tergiversarán completamente el vocabulario de Gaudí con excusas de mal pagador sobre la imposibilidad económica de seguir con su lenguaje inicial, la voluntad (explícita) del arquitecto de crear un legado y el signo de los tiempos.

El vocabulario de Gaudí es tan estructural a su obra como pueda serlo su sistema de soporte. Gaudí usa la ornamentación (en cualquier caso, elementos accesorios no estructurales: no está claro que se pueda usar este nombre para calificarla) para fundir todas las entregas, todos los elementos constructivos entre sí. La obra de Gaudí, cualquiera que consiguiese acabar, no permite identificar claramente ni descomponer ninguna parte de la misma: todo remite a la globalidad, y las junturas, las articulaciones, son pastosas, blandas, indecisas, con sus límites estirados hasta no saber ni dónde empiezan ni dónde terminan las transiciones.

Los herederos de Gaudí no saben entender esto, ni pertenecen a esta tradición: numerarios del GATCPAC algunos, sin capacidad de entender que la arquitectura moderna es, también, un sistema más que un estilo, adscritos, después de curiosear como veletas por sistemas de expresión que jamás conseguirán interiorizar, a un novecentismo rancio hijo de la autarquía y el estraperlo, su herencia real es una interpretación a lo bestia del barroco catalán y de las ruinas de Ampurias, que considera la epidermis de los edificios como puro revestimiento intercambiable según la posición, el presupuesto y los deseos de un promotor, y de sus propias ganas de trabajar.

La mejor cosa que se puede decir de estos arquitectos es su capacidad de haber resistematizado parte del proyecto para ser operativos a la hora de construirlo: reciclaje de encofrados, técnicas de tallado de piedra, de dibujo y modelaje informático, de prefabricación, etcétera. Siempre al servicio de un proyecto convertido en parodia de lo que fue. Parodia bienintencionada en el mejor de los casos.

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Las columnas interiores, más parecidas a una maqueta que a un organismo terminado. Nótese la influencia evidente del artista HR Giger (diseñador de la criatura de Alien): influencias de ida y vuelta

Un solo ejemplo (de la mano del arquitecto Òscar Tusquets): Gaudí reclamará un remate diferente para cada una de las dieciocho torres de las que consta la Sagrada Familia. Sólo podrá colocar el primero de ellos sobre una de las cuatro torres de la Fachada del Nacimiento, la única que llega a casi terminar. El remate, mezcla de cruz griega, esfera, fruta, seta, será tan alucinado, tan genial, que descolocará a todos los colaboradores del arquitecto (excepto, quizá, a Jujol, que acabará, o empezará, defenestrado), que, importantes para pensar algo que esté a la altura de este remate, lo repetirán. No cuatro, sino siete veces negarán la voluntad del maestro. Si seguimos símiles religiosos, 2,33 (periódico simple) veces más que San Pedro.

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El remate de la torre de San Bernabé, repetido ad infinitum

La pregunta (adicional) más pertinente a hacer en este caso es si estos arquitectos han sido capaces de conservar lo suficiente del legado de Gaudí como para considerar que la Sagrada Familia sigue los postulados del proyecto original. Jordi Badia ha contestado que no. Estoy de acuerdo con él.

c- un modelo de negocio.

La Sagrada Familia recibe muchos millones de visitantes al año de muchos países diferentes, y, actualmente, es uno de los símbolos principales de Barcelona. Lo que distingue y caracteriza la ciudad a la altura de París, Londres, Nueva York o Sydney. La Sagrada Familia atrae turistas de todo el mundo y genera ingresos suficientes como para que estas visitas garanticen económicamente su terminación. Las obras, por cierto, avanzan a toda mecha.

Este hecho significa dinero dejado en la ciudad. Pernoctaciones en hoteles. Comidas en restaurantes. Visitas colaterales a otros museos de la ciudad. Paradas de cruceros. Medios de transporte alquilados y cualquier etcétera que seamos capaces de imaginar: la Sagrada Familia es, antes que nada, un modelo económico y una fuente de dinero directa e indirecta. Acabada será (si mi cultura no me engaña) el templo más alto de toda la cristiandad: nuevas posibilidades de negocio. Nuevos modelos de turismo. Puestos de trabajo. Posicionamiento global.

La Sagrada Familia es un parque temático. No exactamente sobre Gaudí, sino sobre la manera de entenderlo que tiene la sociedad, basada en una mezcla de mentiras y medias verdades que es ya un lugar común.

La Sagrada Familia es el nodo de una red. Un reclamo para turistas de calidad, entendiendo como turista de calidad aquél que se deja dinero, mucho dinero, en la ciudad. El turista de calidad (remitiéndome a David Foster Wallace) está caracterizado por la indolencia de pago. Por una voluntad de evasión acrítica y caprichosa que se traduce en una busca de placer instantáneo y acrítico. Es lo contrario de un turista cultural. El turista de calidad usa la Sagrada Familia como lugar donde llevarse una impresión instantánea y una foto justo antes de comer. Y es par esta gente que se terminará el edificio. Y es esta gente quien pagará para que el edificio se termine. El turista cultural puro, independientemente de su nivel económico, es demasiado irrelevante económicamente como para que cuente para algo. Es (como mucho) una excusa mientras la cultura se siga considerando una excusa(2).

Asumámoslo: el debate arquitectónico es secundario. Los arquitectos, en este negociado, no tenemos voz ni voto. Tan sólo somos unos instrumentos al servicio de la respuesta afirmativa a una pregunta que la sociedad, al margen nuestro, no he formulado jamás: ¿Se ha de terminar la Sagrada Familia? El papel del arquitecto es, pues, secundario: un técnico que completa los render ya publicados sobre el edificio. El técnico que decidirá si la estrella gaudiniana (o su deformación y estiramiento hasta la Diagonal) pasa cinco o veinte metros más aquí o más allá. El que optimiza encofrados, pone trencadís y desgasta (en su tesitura actual) la idea y el vocabulario gaudinianos a favor de la eficacia y la velocidad: acabar. Y acabar ya. Sin importar cómo. El arquitecto que trabaja en la Sagrada Familia es un decorador, un escenógrafo puro.

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Imagen de la Sagrada Familia terminada: la meta sin importar el coste

…y, finalmente,

b2f- una lectura

Cualquier debate sobre la arquitectura de Gaudí, así sea un debate serio de alto nivel, tiene un origen emocional. Epidérmico. Gaudí tiene una multiplicidad de registros de lectura vastísima. Todos estos registros de lectura son válidos, y necesariamente parciales: una lectura completa de su obra los ha de contemplar todos. Gaudí, racionalista complejo. Gaudí, creador de estructuras lógicas muchas veces provenientes de la respuesta más complicada posible a una pregunta sencilla (a la mierda la Navaja de Occam). Gaudí llenando cualquier programa que construya de cruces, pollas (en los remates, en las columnas, en las chimeneas) y ventanas en forma de vagina. Gaudí exuberante y teatral destrozando a golpes de mazo unas columnas ornamentales en la cripta de la Colònia Güell en una performance digna de la Fura dels Baus.
En este contexto, cualquier lectura arquitectónica del genio pasa por un posicionamiento emocional previo: Gaudí gusta o no gusta.
Un pequeño ejemplo que he vivido personalmente: el responsable de cultura de una institución despreciando de modo disimulado (y con una contundencia absoluta) la ornamentación de los edificios de Gaudí como contingente mientras alababa la racionalida de sus estructuras portantes ni que fuese porque no podía prescindir de su figura sin provocar un escándalo. O así.

b2c (continuación)- unos herederos

El legado de Gaudí es vastísimo (una conversación sobre Gaudí incluye superlativos casi a priori), poco evidente y tremendamente emocionante. Japón, singularmente, es uno de los países donde más evidente se ha hecho su influencia y donde mejor se ha digerido e interiorizado. Ignoro la razón. Arquitectos como Kenzo Tange, Tadao Ando (por poco evidente que sea), Toyo Ito o SANAA evidencian el legado del maestro, digiriendo e incorporando a su arquitectura convenientemente filtrada y alejada de cualquier voluntad mimética. En resumen: Gaudí ha sido un maestro para estos arquitectos en toda la extensión del término. Norman Foster, Herzog & de Meuron, Félix Candela, Eladio Dieste o Frei Otto podrían pasar por discípulos del maestro. Le Corbusier lo llegó a conocer personalmente y lo situó como uno de los pilares del Movimiento Moderno. Curiosamente, pocos arquitectos catalanes han sido capaces de trabajar sobre su obra. Ciertos aspectos de la arquitectura de Coderch (edificios Trade, propuesta del kursaal) o de Ricardo Bofill (pienso en proyectos como las excepcionales bodegas para Chateau Lafitte-Rostchild) inciden en aspectos de la arquitectura del maestro. Y, por encima de todos, la figura de Enric Miralles, quizá el arquitecto que mejor lo ha entendido desde su muerte. Que la arquitectura catalana no haya tenido a Gaudí en cuenta se lee (otra vez resumiendo lo inresumible) por su legado novecentista. La arquitectura catalana actual es más heredera de la racionalidad, el posibilismo y (también) el virtuosismo (un virtuosismo a escla humana) de un arquitecto como Domènech i Muntaner, director, en su día, de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, que no de Gaudí, que cuenta sólo con dos discípulos remarcables (Jujol y Martinell) y una serie de arquitectos capaces de obras (siempre momentos aislados y erráticos) que bienentendieron su legado: arquitectos como Bernardí Martorell, Josep María Pericas, Rafael Masó o Salvador Valeri. Pocos más.

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Croquis de estudio de Le Corbusier sobre las escuelas de la Sagrada Familia

Considero como única salida viable para la Sagrada Familia el aprovechamiento del tirón mediático de algunos de los arquitectos que quieren al maestro, a quien habría que contratar para terminar las obras: hay dinero, hay campo para recorrer. Se debería de hacer sin miedo, decididamente: sin miedo a que terminasen lo que falta, sin miedo a que reformasen las chapuzas existentes: la posición y la valentía de arquitectos como Foster o Sejima debería de ser más relevante para el templo que los defectos tímidos y pusilánimes de los autoconsiderados como sus herederos. Una mezcla de atracción de feria, pegada mediática y carisma combinados con un rigor y una capacidad de abstracción (probada) de un entorno en realidad indiferente a estos méritos arquitectónicos haría de cualquiera de estos arquitectos, de estos discípulos reales del maestro, los candidatos ideales para esta tarea. O esto, o Port Aventura. Y ya podemos irnos quejando.

(1) Aclaro que, a día de hoy, hace más de diez años que no piso el interior del templo y que, por tanto, no lo he visto terminado, por lo que sólo puedo juzgarlo a través del rosario de miles de fotos que existen y que (soy consciente) no me permiten valorarlo desde mi propia experiencia. Las valoraciones sobre la arquitectura del templo que aquí aparecen remiten a su exterior (del que puedo dar fe con propiedad). Uso mi conocimiento del proyecto y las fotografías del interior terminado no como base de mi argumentación, sino como soporte de la misma.


(2) Es por esto que ciudades como Madrid, forzadas por sus características a vivir del turismo cultural, han perdido un 25% de visitantes.

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Una respuesta a Turismo de calidad

  1. ru dijo:

    Diverses vegades he entrat a veure quins nous articles hi havia per aquí… Però aquesta vegada hi he arribat a través d’uns búsqueda de google, i mentre llegia l’article anav pensant que hauria pogut ser escrit fa cinc anys com cinc anys endavant (o 10, o 20). L’únic canvi que hi haurà és com d’irreparable serà el que s’hi hagi fet.

    Acabar la Sagrada Família és una temptació massa gran. Si no és fes ara es faria més endavant, sens dubte. Quants segles es tardava a construir les grans catedrals europees? Quants estils hi podíem acabar veient? En la Sagrada Família hi ha un mimetisme a Gaudí, mimetisme mal entès, absurd i desencertat. Has plantat una idea fantàstica al meu cervell que dóna un joc increible: i si deixéssim acabar la Sagrada Família a un arquitecte japonès…?

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