Soluciones para navidad: El hombre crea el espacio; 10 películas

El cine cuenta historias. Su razón de ser no es tanto la de documentar o narrar como la de crear una ilusión colectiva, uno de los pocos lugares comunes universales. El guitarrista Brian May definía un concierto de rock como un partido de fútbol en el que todo el público está del mismo bando. La naturaleza del cine es la de la reproducción en una sala lo más grande posible mediante una película siempre igual, la misma en todos lados. Lo que magnifica el efecto creando una mitología laica (la primera de éxito) que ha resultado ser uno de los vehículos de transformación social más potentes que existen.
Esta naturaleza lo ha llevado a ser una de las artes mayores, con unas reglas, un lenguaje y un corpus de profesionales capaces de cuestionárselo y hacerlo avanzar constantemente: el diálogo entre los autores y el público ya tiene cien años y permite recoger frutos y conclusiones de muchos modos diferentes. Adicionalmente, el cineasta Sidney Pollack, director de actores de formación, describe su paso a la dirección de películas a través de la atención al marco, definiendo de un modo muy preciso, de paso, la relación del cine con la arquitectura. Pollack trabaja como director llenando sus propias lagunas. Sabiéndose un director de actores capaz y solvente, se concentra de un modo especial en los aspectos visuales de la película, y en lo que rodea las relaciones entre los personajes (el subtexto fundamental de su cine): literalmente el marco del cuadro. Que, incluso en una película tan poco urbana como Out of Africa, remite a la arquitectura de modo directo. El cine es el mejor modo de enseñarla. Singularmente, el cine de ficción, que la usa para mostrar, filtrar y potenciar los estados de ánimo y las relaciones entre los protagonistas.
La selección pretende hacer dialogar títulos clásicos con títulos más experimentales, y, finalmente, películas más recientes que, de algún modo, recuperan para el cine clásico el espíritu de los títulos que lo han hecho evolucionar.

Control, Anton Corbijn (2007)

El fotógrafo Anton Corijn debutó en la dirección con el biopic de Ian Curtiss, sobre un guión escrito por su viuda. El argumento, detalle más o menos, es suficientemente conocido: desde sus inicios compaginando un trabajo en una oficina de colocación con el liderazgo del grupo Warsaw hasta su suicidio a los veintitrés años en 1980 como líder de Joy Division. Corbijn fue uno de los creadores de la imagen de la new wave, haciendo fotografías promocionales de los grupos, portadas de discos y, más tarde, videoclips. El interés principal de la película radica en el trabajo sobre su propia imaginería para transformarla en un relato coherente que la aproveche convirtiéndola en el marco del marco, reciclándola como el modo de narrar una historia en la que se vio involucrado de modo indirecto.
Corbijn transforma esta implicación emocional en distancia y dirige de un modo frío, casi aséptico, apoyado en unas interpretaciones sólidas y convincentes a partir de imágenes muy estáticas y bien encuadradas: la cámara se mueve poco, el montaje es seco, preciso, y el resultado final de una absoluta contención que implosiona gracias a una combinación de música y silencios sabiamente administrada. La escena del suicidio de Curtis se filma con una enorme sensibilidad. Imprescindible para una desmitificación que valora todavía más la música de uno de los grupos fundamentales de los últimos cuarenta años.

Skyfall, Sam Mendes (2012)

La vida de Bond-James-Bond ha sido azarosa y bastante desgraciada. Ian Fleming, su creador, escribirá las catorce primeras novelas. Kingsley Amis, con pseudónimo, la decimoquinta, una de las pocas con buenas críticas, y la serie se convertirá en una franquicia de muchas decenas de libros en manos de escritores menores. Nueve años más tarde de su nacimiento el personaje empieza su aventura cinematográfica de la mano de Terence Young, con Sean Connery de protagonista. Algunas de estas películas, aunque discutidas, tendrán buenas críticas, pero la saga degenerará posteriormente, con un Bond encarnado por un Roger Moore en manos de directores francamente malos: de 1973 a 2006, la saga estará formada casi exclusivamente por películas olvidables, hasta la encarnación actual en el actor Daniel Craig. Craig será el primero de toda la serie en interpretar el personaje de un modo naturalista, encontrando el tono que Fleming había enunciado en la novela fundacional de la saga, Casino Royale (una adaptación de su trama, con el mismo título, se usará como primera película protagonizada por Craig a guisa de refundación de la franquicia): el de un veterano de guerra cínico, amargado, alcoholizado, bloqueado emocionalmente.
Skyfall es la primera película que cuenta con la dirección de un autor reconocido, Sam Mendes, que navegará entre el tono estándar de la serie y su voluntad de expresión dirigiendo un reparto trufado de actores de gran categoría. Craig, con una interpretación excepcional, se carga el film a la espalda y demuestra cómo cualquier argumento, por increíble que sea, puede ser defendido por un reparto convincente. Adicionalmente, la película presenta una lectura arquitectónica con una cierta intención, trasladando la acción de la ciudad al desierto para volver a situar al protagonista bajo tierra en una lectura física de su condición de agente secreto.

Lawrence of Arabia, David Lean (1962)

De 1957 a 1970 David Lean encadenará cinco películas que establecerán el paradigma de la concepción del cine como obra de arte total: películas intimistas (concepción llevada al extremo en la excepcional Ryan’s daughter) que hablan de las relaciones y las consecuencias de la conducta humana filmadas, excepto la primeriza The bridge on the river Kwai, en formato Super Panavision con un negativo de 70mm que daba a la imagen un espectacular formato 2.20:1, ideal para captar la horizontalidad del desierto, la Estepa Soriana (simulando ser la Estepa Siberiana) o el mar.
De todo el ciclo, Lawrence of Arabia será la película más influyente e imitada. El film explica la historia del coronel T.E. Lawrence desde su muerte prematura a los 46 años en un accidente de motocicleta hasta el momento clave de su vida: su participación, como agente británico, en la Revuelta Árabe de 1916-18, durante la Primera Guerra Mundial, que culminará con la fundación de la Arabia Saudí en 1933. Lean, escudado por Freddie Young en la dirección de fotografía y Maurice Jarre a cargo de la banda sonora, filmará el grado cero de la creación del espacio. El hombre como vertical que se confronta y domina el espacio inmenso, inabarcable de un desierto de connotaciones bíblicas. De las tres horas y media largas de película destaca, como resumen de todo un modo de entender el cine, la escena que que Peter O’Toole (polémica la elección de un actor veintiséis centímetros más alto que el personaje real) se prueba, por primera vez, ropa de beduino. Uno de los máximos exponentes del cine clásico.

12 monkeys, Terry Gilliam (1995)

El mejor modo de escribir la película es como un espectáculo de unos Monty Python (de los que Terry Gilliam es el miembro americano y el director de las películas del grupo) pasados al drama serio trabajando (y aprovechando) unos medios y unos presupuestos de los que no dispusieron, o no necesitaron, cuando filmaban como grupo. Exceptuando, claro, Life of Brian, filmada con el planning de rodaje de Jesus of Nazareth, de Franco Zeffirelli, cómplice del grupo, encima de la mesa, reciclando los decorados por el método de filmar en el rincón opuesto del lado del estudio que la película madre usaba.
12 monkeys trabaja sobre lo grotesco: las interpretaciones están al límite de la sobreactuación. Los decorados de interior, obra del arquitecto Lebbeus Woods, se filman con planos muy cortos, grandes angulares con la cámara a pocos palmos de la cara del actor para distorsionarlos hasta la parodia. El resultado es un espejo deformante sobre cómo la preocupación por el medio ambiente modifica y configura nuestro comportamiento en forma de distopía futurista que traslada la humanidad bajo tierra dejando la superficie en ruinas. Escrita por el mismo David Peoples autor del guión de Unforgiven y de las versiones definitivas del guión de Blade Runner.

Hana-bi, Takeshi Kitano (1997)

Quizá el filme más radical de toda la filmografía de un director de trayectoria paralela a la de Terry Gilliam: un humorista (de trazo grueso, en este caso) que, al sacarse la careta, desvela que el humor es, en su caso, un filtro, una auténtica compuerta para una sensibilidad que sólo puede expresarse sin filtrar de un modo violento y perturbador. Hana-bi es la historia de un policía de mediana edad semirretirado que comenzará a tomar decisiones cuestionables. El estilo de rodaje es de una crudeza máxima: nada es accesorio. Se trabaja en silencio. El montaje es seco, directo. Los actores se mueven de modo económico, hasta el extremo que sólo pequeños detalles hacen pensar que no estamos ante una foto fija. Parte de la violencia que supura el argumento es elíptica y sucede fuera de plano. No hay momentos de calma: la ausencia de tensión sólo sirve para percibir los momentos de acción todavía más violentos de lo que son en realidad. Cinema expresado y matizado a través de los mínimos elementos imprescindibles para la comprensión de la trama.

Ultimo tango a Parigi, Bernardo Bertolucci (1972)

El título de la película lleva asociada una atmósfera de escándalo totalmente pasada de moda e injustificada que no ha permitido, por décadas, valorar en su justa medida esta durísima tragedia en que los actores Marlon Brando y Maria Schneider interpretan una pareja de amantes que ha escogido relacionarse exclusivamente a través del sexo. La asociación entre Bertolucci y el director de fotografía Vittorio Storaro (la obra del cual representa una de las cumbres de la historia del cine) está en su mejor momento, fundiendo protagonistas y entorno en una relación de fotogramas de tal calidad que invalida el mismo concepto de escena de transición y que podría llevar cualquiera de ellos a ser colgado en un museo de arte. La historia, muy sórdida, es toda una reflexión sobre los límites de las relaciones humanas. Imprescindible más de un visionado.

Marie Antoinette, Sofia Coppola (2006)

Lo de menos es el argumento, o si el rigor histórico sobre el personaje es más o menos correcto: la película es la expresión más directa, cruda y clara de la sentencia que Kundera convirtió en título de su obra más célebre: La insoportable levedad del ser. La película es el decorado. Son las canciones, voluntariamente distanciadas de nuestra época y de la de la protagonista, escogidas por su capacidad de provocar nostalgia, los vestidos, el entorno arquitectónico y el modo de usar el espacio. El marco y la insubstancialidad de los diálogos crean, por oposición, una reflexión profunda sobre todo un modo de vivir que, en su época, provocó una revolución y, en la nuestra, constituye un ideal para buena parte de la población.

Bringing out the dead, Martin Scorsese (1999)

Paul Schrader reescribe una novela de Joe Connelly para una de las películas clave en la filmografía del director, que casi se podría titular Taxi Driver II o erigirse en un remake de esta película. El comportamiento del protagonista, brillantemente interpretado por un Nicholas Cage que a penas puede seguir el histrionismo y la desesperación que propone el personaje que interpreta. Y que, aun así, no estalla: Uno de los mejores títulos de Scorsese en que éste se revisa a sí mismo.

The Dark Knight, Christopher Nolan (2008)

El mundo de los superhéroes (literatura, cine, comic) no puede ser el mismo desde que Umberto Eco anunciase, en 1965, dentro de su obra Apocalittici e integrati, el mito de Superman, que, en pocas palabras, postula la noción del superhéroe de la literatura popular, vehiculado mayormente a partir del comic desde los años 30, como reaccionaria: si el superhéroe es omnisciente y omnipotente, ¿por qué se limita a salvar gatitos atrapados encima de un árbol cuando podría acabar con el hambre en el mundo? La literatura de Alan Moore, con títulos como The Watchmen o V for Vendetta, ambas adaptadas al cine, profundiza en el concepto desde el propio género.
Batman es uno de los superhéroes más antiguos. Nace en 1937 de la pluma de Bob Kane y, en 1940, encuentra su antagonista definitivo con The Joker, un criminal psicópata a menudo más carismático que el héroe.
Nolan decide mezclar los dos esquemas en la seguda parte de la trilogía que acepta dirigir sobre el superhéroe, interpretado por Christian Bale. The Dark Knight, excluyendo el concurso del fiscal Harvey Dent, es un filme autónomo de los otros dos, y constituye, con toda seguridad, la mejor película del género jamás filmada. El argumento, uno de los rasgos más relevantes del film, es una reflexión directa sobre el mito de Superman, y una aceptación del mismo postulando su plena vigencia, convirtiendo el héroe (o superhéroe) en un paladín del capitalismo contra su principal enemigo: los extremismos. La tercera parte, The Dark Knight rises, profundizará en el mismo tema sin llegar a las cuotas de brillantez de la segunda.
En esta adapación, The Joker es la encarnación del caos y la anarquía identificados como el mal absoluto. El concurso de Batman perpetúa el sistema, dejando para el final una brillantísima reflexión sobre qué significa ser, de verdad, un héroe.
El rodaje roza la perfección técnica (mención especial a la fotografía, de formato 2.35:1, más ancha todavía que la usada en Lawrence of Arabia, y una banda sonora que, por momentos, se convierte en un obstinado de una sola nota que dura minutos, metiéndose obsesivamente en el cerebro del espectador, exasperándolo completamente), convirtiendo la ciudad de Chicago en una Gotham City que recuperará su condición de émulo siniestro de Nueva York en la siguiente entrega. Pero el rasgo más relevante del filme es uno de los duelos actorales más brillantes de toda la historia reciente del cine entre Bale y Heath Ledger, el actor encargado de dar vida a un The Joker que transforma todos sus rasgos humorísticos en puro terror mediante una caracterización brillantísima y un trabajo sobre la voz y los gestos excelente. Opuesto al duelo protagonizado por Michael Keaton y Jack Nicholson, donde la contención se opone al histrionismo, el de la presente película contrasta dos interpretaciones muy contenidas, sutiles y medidas que convierten a los dos personajes en dos caras de la misma moneda, dejando entrever unas vidas infelices y torturadas. Como curiosidad, Heath Ledger se basó en los monólogos humorísticos del músico Tom Waits, dándoles la vuelta para convertir su sentido de la ironía en tensión terrorífica en un acto puro de creación que da vida y profundidad al personaje.
Cine en estado puro.

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