Soluciones para navidad: Albert Speer live at the Haçienda Club; 10 discos

(A Jordi Gas. Yo de mí mismo me hubiese metido una hostia. Pero hay gente generosa en el mundo.
A la Q9 people por destapar la Caja de Pandora.
Y todos tenemos secretos.)

La música moderna (ni de rock se puede hablar) ha encontrado fuentes de financiación alternativas y fiables que le permitan mantenerse, a menudo inmersas en el tejido de enormes corporaciones de distribución (iTunes, Spotify, etcétera) tan grandes que llegan a funcionar como estructuras paraestatales que admiten, en su seno, mensajes claramente contrarios a su propia existencia, tan seguras de ellas mismas como un aparato estatal.

En estos momentos de incertidumbre política (aquí y ahora en el Bar Catalunya de Sant Cugat) identifico decididamente la cultura con la contracultura. Sobre todo la musical. También gran parte del resto. Perdida en una nebulosa dentro de las redes sociales, sin visibilidad en la televisión, la música de calidad sobrevive más potente que nunca, contrapuesta de forma directa a unos canales de distribución mayoritarios (destacando por encima de los otros la televisión) donde hace años que ha desaparecido cualquier rastro de calidad en forma de productos de consumo inmediato que no aguantan la más mínima visión perspectiva.

La arquitectura, sin embargo, sumergida en la ciudad, formalizada a base de grandes proyectos, programas compleos y presupuestos elevados, llevada a término por arquitectos deudores de sus seguros de responsabilidad civil (siempre tan mal definidos), es patrimonio de la cultura, o de su ausencia: son muy raros los momentos en que la contracultura y la arquitectura se tocan, siempre (paradójicamente) a través de propietarios que unifiquen una cierta estabilidad económica con un nivel de inquietud y consciencia elevado. En el panorama público, conservador por naturaleza (excepto cuando cae en manos de los políticos actuales), todavía le resulta más difícil proponer contracultura. Cuando no ontológicamente imposible.

La glosa de la cultura, es decir, la crítica, la difusión de la arquitectura, es en estos momentos una parodia, un títere en manos no tanto de los poderes económicos como de quien se la puede pagar (poderes económicos, además, a pequeña escala: poderitos, vaya). La cultura sobre la arquitectura es apologética de cualquier institución (y, en nuestro país, han fracasado todas. El 100% de ellas) que junte más de un par de arquitectos, y tiene tan poco interés que apenas tiene sentido fuera de un diálogo masturbatorio: arquitectos, agentes relacionados con la construcción y con la formación de arquitectos (otro de los negocios asociados a la profesión actualmente) hablando de arquitectura. O de su propio estado. O de lo que les sucede, sin más. La disciplina que tiene como responsabilidad proponer y conformar la ciudad está en manos de agentes sin credibilidad. En buena parte, también, porque nada de lo que haya salido de ellos tiene el más mínimo poder propositivo.

La única salida (expresada en este artículo con voluntad editorial, sin eludir mi parte de responsabilidad) posible en estas circunstancias es refugiarse en la propia disciplina. El debate formal, su relación con otras artes y, cuando se pueda y como se pueda, con el resto de la sociedad (siempre en forma de manifestaciones construidas, desde el momento en que, literalmente, a penas hay palabras escritas que valgan lo que cuesta ponerlas negro sobre blanco) son el refugio de la única crítica coherente. También por dos factores más: el primero, una voluntad ejemplarizante: se aprende de lo que está bien. Y de sus contradicciones. Segundo, porque no considero que exista la contracrítica independiente: prácticamente toda la que observo está mercantilizada, en manos de medios de comunicación pertenecientes a grupos poderosos, ejercida por profesionales muy consciente de donde puedfen llegar y de quién pueden tocar y quién no para que su manera de escribir siga siendo rentable. Contra esto, disciplina. Y, cuando salimos de ella y hablamos de asuntos sociales (graves, urgentes), hagámoslo como ciudadanos conscientes que los problemas sobrepasan en mucho la construcción.

Es en este marco que he propuesto como lectura las memorias de Albert Speer.

Todos somos él.

Pretender que un edificio público de medida pequeña o mediana (un CAP, una biblioteca, una escuela) cambiará la sociedad por sí mismo es tan falaz como pretender que la Cancillería del Reich es, en sí misma, un crimen de guerra. Speer nos ha enseñado que la implicación en una determinada empresa (si, como hipótesis de trabajo, nos creemos sus memorias al pie de la letra, cosa que reclama cualquier arquitecto actual que tiene oportunidad de expresarse) puede llevarte a ser ministro de armamento de cualquier Reich, el cuarto, el quinto o el que toque. Y a prolongar, gracias a una tarea desarrollada con extraordinario talento y dedicación, varios meses una guerra en la que cada día que pasaba costaba entre veinte y treinta mil muertos sólo en Birkenau. Todo mientras seguía pensando como un arquitecto. Y ejerciendo como tal cualquier tarea que se le pusiese por delante.
Insisto: veo muchos Albert Speer a mi alrededor. Arquitectos que desarrollan su tarea sin ningún tipo de reflexión de fondo mientras la rueda va girando y el mercado global los lleva a construir lo mismo en lugares donde la burbuja inmobiliaria no ha estallado. Siempre con dedicación y honradez profesional, sin ningún tipo de voluntad de cuestionarse nada desde el punto de vista de un ciudadano. O, directamente, implicados ideológicamente en sus empresas, y orgullosos de estarlo.

Por todo esto, mi refugio personal es la contracultura. Me identifica y convierte estas recomendaciones (y su espíritu de contradicción) en la parte más personal (y circunstancial, y voluble) de este blog:

1.- The blue mask. Lou Reed, 1982

Me gustan las carreras con altibajos. Lou Reed entra en la cuarentena refundándose sobre este disco, grabado en un período de tiempo brevísimo con sólo cuatro músicos y muy pocas remezclas. El disco quedará marcado por el furioso diálogo guitarrístico entre el mismo Reed y Robert Quine, que anula completamente cualquier distinción entre guitarra rítmica y guitarra solista: las dos (mezcladas por separado y dispuestas la de Reed en el canal derecho y la de Quine en el izquierdo, de modo que en cualquier momento se puede escuchar quién toca qué: audicionar el disco con auriculares es casi obligatorio) se funden, se entremezclan y se distorsionan hasta crear un único organismo que protesta, a menudo por encima del límite de confort del oído humano, realzando unas letras rabiosas cantadas de modo furioso. La alianza entre los dos guitarristas que los llevó, pocos meses después de salir el disco, a ingresar en la lista de instrumentistas más influyentes del siglo, de puro tensa se rompió al cabo de un par de años. Sin Quine Reed no volvió a interpretar jamás en directo ninguna de las canciones definitorias del trabajo.

Waves of fear en directo, 1983

2.- Blank Generation. Richard Hell & the Voidoids, 1977

Disco de puro punk al servicio de un cantante cabreado. Rock furioso, de canciones cortas y contundentes que destaca, sobre todo, por el concurso de Robert Quine como primer guitarrista. El Quine que suena en el disco es ya un músico maduro, capaz de extraer de su guitarra una enorme energía sin perder ni un matiz. El Quine que suena en el disco será un músico que tocará exactamente del mismo modo que con Reed o, posteriormente, con el jazzman John Zorn, otro de sus padrinos hasta su suicidio en 2004, demostrando que no hay fronteras entre la música marginal y la culta.

Blank Generation en directo. Producido por Andy Warhol.

3.- Squirrel And G-Man: Twenty Four Hour Party People Plastic Face Carnt Smile (White Out). The Happy Mondays, 1987

Uno de los discos de tipología más extraña de toda la historia reciente del rock: una fusión entre música indie y música de baile totalmente interpretada con instrumentos de banda de rock convencional. La mayoría de canciones tienen una fórmula convencional acelerada, para poder ser bailadas. Arreglos de gran calidad a cargo de un productor de lujo: un John Cale que sigue demostrando su talento para el descubrimiento de grupos relevantes (Patti Smith, The Modern Lovers) auspiciado por el sello The Factory, conocido por el grado de libertad creativa otorgado a sus músicos.

Clip de 24 hour party people.

4.- Push the sky away. Nick Cave & The Bad Seeds, 2013

Disco obscuro, melanconioso, de audición complicada. Un Cave post-cualquier etapa anterior de su carrera vuelve al espíritu punk de sus inicios habiendo perdido, aparentemente, toda la prisa asociada al movimiento: las canciones son a la vez reposadas y furiosas. La contención es el sentimiento generalizado de un trabajo compuesto e interpretado con el freno de mano puesto, sin hacer, sin embargo, ningún tipo de esfuerzo para que se note este rasgo.

Clip de Higgs bossom blues.

5.- Trouble will find me. The National. 2013.

The National ha sido mi descubrimiento musical del año. El grupo, de más de diez años de existencia, presenta una formación muy numerosa (hasta diez músicos en directo) y basa sus canciones en letras cortas, reiterativas, arropadas por fondos sonoros muy sencillos interpretados a toda potencia, con un balance sonoro que deja la voz cantante, los coros y todo el resto de instrumentación casi en el mismo plano: un cojín hecho de matices con la intensidad como bandera. Su trayectoria no tiene fisuras, y la calidad de sus discos, sin demasiado altibajos, ha ido ascendiendo lentamente. Trouble will find me es su último trabajo, y se solapa armónicamente con el resto de trabajos del grupo aportando un rosario de temas nuevos y potentes que han nacido sin edad. Un clásico instantáneo.

The National presentando Trouble will find me en formato acústico.

6.- Lust for life. Iggy Pop. 1977

Grabado en una semana, Lust for life es uno de esos discos en que el proceso es el resultado final. Tomemos la canción que da título al disco: David Bowie, también encargado de la producción del trabajo, compuso la música en pocas horas con un ukelele. La canción llegó al estudio falta de ritmo, y, mientras Iggy Pop componía la letra mientas ensayaba la canción, el baterista Hunt Sales (que, posteriormente, Bowie reciclaría en su grupo Tin Machine) improvisa un riff de batería que la complete. La mezcla posterior, a cargo de Colin Thurston, dejará esta sección rítmica pelada una vuelta entera para ir incorporando todo el resto de instrumentos de modo secuencial hasta la aparición de la letra. El resto del disco no baja de calidad. De postre, The Passenger, que convierte a Iggy Pop en una parodia de crooner más acertada que muchos ejemplares originales.

The passenger, en concierto.

7.- Privateering. Mark Knopfler, 2012

La carrera de Knopfler después de los Dire Straits es poco conocida y, a menudo, se ha tachado de relajada y autocomplaciente. En 2012 el músico se descolgó con este disco doble, grabado con muchos medios y un elenco de casi veinte músicos (entre los que se cuenta su mano derecha Guy Fletcher y el arreglista Rupert Gregson-Willians, hermano del más conocido Harry), el disco, que continua sin la más mínima fisura la carrera del cantante, alinea todos los astros y recupera el talento y la intensidad del músico en un trabajo a la altura de los mejores discos de los Dire Straits. Las canciones, según Fletcher, están basadas en el sonido de las guitarras con las que se interpretan. La producción, a cargo del autor, es, sencillamente, espectacular, y exprime a fondo los muchos medios de los que dispone. El disco y lo que lo rodea no pueden ser declarados contracultura, excepto en un marco como el actual en que buena parte de las manifestaciones culturales directas han sido marginadas. Buena música pura, sin más pretensiones. Clara y directa.

Concierto reciente de Mark Knopfler.

8.- Tooth & nail. Billy Bragg, 2013

Billy Bragg es la cara B de Margaret Thatcher. El músico, militar de formación, proclamó su llegada a la contracultura como medio de expresión y reacción contra el establishment que dejó gran parte de la juventud inglesa de rodillas, provocando una fractura social todavía no cerrada. Su manera de funcionar lo ha llevado a varias reencarnaciones: como cantautor punk, acompañado de su guitarra eléctrica, como socio de Johnny Marr después que éste dejase The Smiths (esencial Talking with the taxman about poetry, disco que marcó época) o como frontman de varias bandas de circunstancias con las que ha girado de modo más o menos esporádico durante toda su carrera. Bragg no ha tenido éxito en estudio, y, excepto el disco antes mencionado, Back to basics y su etapa con Wilco al frente de un proyecto de recomposición de las canciones de Woody Guthrie (para muchos el punto culminante de su carrera: injusto para un músico extraordinariamente dotado para la composición) no ha tenido suerte en el estudio… hasta su coincidencia con el músico Joe Henry. Henry, a parte de ser uno de los músicos más interesantes que conozco, es un productor excepcional que, entre otras cosas, dispone de un equipo de músicos fijo que le permite hacer sonar sus discos tal como él quiere que suenen, sea un Hugh Laurie reivindicando su talento como bluesman (que puede hacer olvidar fácilmente a su doctor House), sea acompañando a Billy Bragg en su último disco. Bragg, pues, es soportado por el pianista Patrick Warren, el guitarrista Greg Leisz, el contrabajista David Pilch y el excepcional baterista Jay Bellerrose. Joe Henry convence a Bragg de deselectrificarse y, el resultado, sin perder potencia, es todo matiz. El disco, por tanto, es el más emocionante de toda su carera. El disco que Bragg siempre hubiese querido grabar. El que le hace más justicia.
Salió al mercado un día más tarde que Trouble will find me.

Handyman blues, en directo.

9.- Born again in the USA. Loose Fur, 2006

Yankee Hotel Foxtrot (2002), el cuarto disco de Wilco, tuvo una de las grabaciones más convulsas que haya sufrido jamás un disco de rock. Por el camino el grupo perderá el 50% de su formación (el multiinstrumentista Jay Bennett y el baterista Ken Coomer) y Jeff Tweedy, su líder, se verá necesitado de fundar un grupo paralelo para explorar caminos que siente limitados por la formación corriente del grupo. El grupo paralelo se llamará Loose Fur, y estará formado por el mismo Tweedy, el baterista Glenn Kotche (que pasará a formar parte de Wilco) y el productor del grupo Jim O’Rourke. Loose Fur es una broma entre amigos sistematizada, un grupo experimental, libre y, a la vez, riguroso. Born again in the USA es su segundo disco, un destensamiento entre A ghost is born y Sky blue sky, que consolidará la formación actual del grupo, menos tenso que el primer Loose Fur, de 2003: un divertimento de enorme calidad que extiende un puente entre el folk y el rock.

Wilco interpreta Laminated cat, de Loose Fur.

10.- Horses and high heels. Marianne Faithfull, 2011

El último disco de la cantante hasta hoy. Oscuro, muy oscuro. Recoge una de las últimas contribuciones de Lou reed antes de su muerte, presenta una colección de temas propios y versiones de Carole King o Allen Toussaint, entre otros, de una intensidad y contención que hermanan su estilo con el de Push the sky away: Faithfull, baronesa por sangre, descendiente directa de Leopold Von Sacher-Masoch, explora los rincones más oscuros del alma humana en un disco emocionante hasta el límite de las lágrimas.

The Stations, en directo en TV France.

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