Sobre el derribo de Vil·la Urània

No soy exactamente un conservacionista a la hora de tratar con el patrimonio histórico construido de cualquier ciudad. He seguido de un modo tangencial el asunto del derribo de Vil•la Urània, hasta que las últimas declaraciones que he oído en los mass media me han hecho pensar que tenía que escribir algo al respecto.
Vil•la Urània es una finca con una casa de estilo indefinido, ubicada en una posición muy extraña en su parcela: en medio, equidistante de la Vía Augusta y la calle Zaragoza. Una especie de grano urbano, según como algunos deben de verlo, que dificulta mucho el incremento de edificabilidad. Vil•la Urània ha quedado enterrada en esta parcela, desubicada en relación a una ciudad que se ha transformado en otra cosa.
La propia casa no tiene un valor arquitectónico relevante.
Creo que su derribo es un error, un completo error.
La razón por la que se ha llegado a esto es, a mi entender, doble: arquitectónica e históricosocial. Esta última, por la que empezaré, funciona en dos velocidades, una global, una local.
La historia se cuenta exactamente como George Orwell postuló en su novela 1984, una de las más visionarias que conozco. Orwell, en su libro, remite al pasado a un presente continuo que lo recrea continuamente. Por tanto, quienes somos es quienes queremos ser ahora. Sin ningún otro referente histórico con sentido. Orwell pone un ejemplo en su propia novela, donde especula con un mundo dividido en tres potencias, cada una de las cuales tiene poder suficiente para resistir una alianza temporal de las otra dos. Estas alianzas, en pro del equilibrio global, deben de variar cada pocos años, y, con ellas, la propia historia de las alianzas. Cada país ha estado siempre solo o siempre aliado con su aliado actual. Varían las alianzas, varía la historia.
Cataluña tiene una serie de puntos negros históricos que se explican y reexplican continuamente en relación a lo que queremos como presente: un buen ejemplo de ello es lo que fue el país durante la Guerra Civil y la postguerra. Josep Comas i Solà, el amo de Vil•la Urània, está atado a esta historia: catalanista, republicano, científico, legó el edificio a la República. Éste remite a un pasado que, sencillamente, no interesa remover. Por tanto, el derribo de la casa es conveniente. Como acabaría cantando mucho hacer, a posteriori, pisos como los que rodena la parcela, se han sacado de la manga un equipamiento que estará permanentemente mal puesto.
La razón arquitectónica dice bastante del servilismo de los arquitectos de este país. Cataluña no es un país de héroes. Los arquitectos catalanes no lo han sido nunca. Durante el franquismo no hicieron absolutamente nada que pudiese ser considerado un instrumento de cambio social. Las intervenciones en polígonos fracasaron estrepitosamente: un buen ejemplo de ello es Can Tunis (premiada con un premio FAD, no lo olvidemos). El resto, mayoritariamente obras privadas de más o menos calidad sin ningún tipo de voluntad de hacer país. El dictador murió en la cama sin que nadie lo estorbase. No lo derribó ningún antifranquista: lo hizo el Parkinson. El Jefe de Estado actual fue designado directamente por él e investido con las siguientes palabras textuales: “Desde la emoción en el recuerdo a Franco, Viva el Rey!”. Sobra decir nada más.
Por tanto, cuando el poder político habla de deribar Vil•la Urània, se convoca un concurso, Vil•la Urània se derriba y el solar toma la imagen exacta que el Ayuntamiento quiere: nosotros sólo somos los ejecutores. Sin más.
Hay, además, otra razón que he mencionado antes: ampliar y preservar Vil•la Urània no es tarea sencilla. Entiendo que la casa no puede dejarse tal y como está. Entiendo, también, que su derribo es un error. El camino de en medio es complicado. Si ningún arquitecto de aquí es capaz de tomarlo, fichemos fuera.
Un arquitecto catalán conocido (del que no dudo que tiene talla suficiente como para resolver el problema urbanístico que este edificio plantea) me hablaba, hará un cierto tiempo, en una conversación informal, de la necesidad de un cambio en la cultura de la preservación del patrimonio arquitectónico. No se ha de atender exclusivamente a la calidad del patrimonio construido, sino que, para él, se han de preservar, también, buena parte de los edificios anónimos, parque construido a dignificar con la doble voluntad de ponerlo al día y conseguir los parámetros de confort y ahorro energético contemporáneos y de darles una expresividad que jamás han tenido. Lacaton y Vassal en Francia son un buen ejemplo de esta voluntad. Vil•la Urània entraría de lleno en este caso.
Finalmente, la ciudad. La ciudad, cualquier ciudad, no se caracteriza por su homogeneidad, sino por sus discontinuidades, por sus problemas no resueltos, y por el juego de equilibrios que plantea su iso. Cuando estos equilibrios no están bien resueltos l digeridos, como es el caso de la Plaza de les Glòries, se ha de seguir reflexionando sobre ellos, y, si lo hacemos seriamente, alejados de la voluntad especulativa, nos daremos cuenta que ya lo tenemos casi todo allí. Con tan sólo un cambio de enunciado y una serie de intervenciones mínimas, ésta podrá quedar adecuadamente formalizada.
La Plaza Cataluña es un ejemplo de espacio mal hecho que la ciudad ha asimilado, sin que, curiosamente, haya llegado nunca a funcionar bien: un vacío urbano sin sentido, una urbanización llena de estatuas decimonónicas, jardines absurdos, un centro construido por un pavimento y casi toda la circulación por su perímetro. La Avenida de la Luz, cerrada. Equipamientos abandonados. Etcétera. Estas contradicciones la definen. Sin más. Podría seguir con el Cinc d’Oros, la Plaza de España, la Estación de Sants, la Avenida Lluís Companys, etcétera.
La ciudad es tejido discontinuo. Imperfecciones que nos apropiamos. Problemas no resueltos. Entropía pura que se rebela constantemente contra la voluntad de ser ordenada. Y ha de ser de este modo, porque en el preciso momento en que ésta se ordene la vida se marchará. Por tanto si Vil•la Urània no encaja, mejor: más personalidad tendrá, allí, la ciudad. Así que, por todo lo que significa, su derribo es una cobardía colectiva que ya estamos pagando.

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