Sobre la Escuela de Arte de Glasgow

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Charles Rennie Mackintosh (Glasgow,1868 Londres,1928) era un animal, un arquitecto excepcionalmente completo: capaz de dotar de sentido urbano y trascendencia sus obras, su facilidad extrema para el diseño a cualquier escala, para el dibujo, para el detalle, para dotar a sus intervenciones de una elegancia pocas veces lograda ha enmascarado a ojos de muchos la potencia de sus planteamientos. Su trabajo, a pesar de su enorme influencia, a pesar de su plena vigencia, fue siempre marginal: Mackintosh no creará directamente escuela. Mackintosh no liderará la arquitectura de su ciudad, ni conseguirá ganar el concurso más importante al que se presentará en toda su vida, la Catedral de Liverpool, construida por el arquitecto Giles Gilbert Scott(1). No se marchará a Londres a construir, exceptuando algunos encargos pequeños hacia el final de su vida. No tendrá estudio propio hasta quince años antes de su muerte (ya arruinado y desesperado), desarrollando el grueso de su carrera como empleado primero y socio después del estudio Honeyman & Keppie, con base en la misma Glasgow.

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Honeyman, Keppie & Mackintosh: Propuesta para la Catedral de Liperpool, 1901. La solución del cimborrio será fusilada por Sir Giles Gilbert Scott en su diseño final

La vida de Mackintosh estará marcada por una biografía desgraciada. Su alcoholismo impenitente, salvaje, lo dejará prácticamente imposibilitado para trabajar antes de los cuarenta y cinco años. Su carrera, pues, es muy corta. Meteórica. Tanto más desgraciada cuando consideramos que realizó su mayor parte con sus facultades físicas y mentales seriamente limitadas: raramente encontraremos al arquitecto centrado, pletórico de fuerzas y energía, ni nos ha podido legar una obra de madurez. Sí, sin embargo, una obra madura interrumpida pronto, demasiado pronto, perdida en una agonía lenta y dolorosa, en una espiral de autodestrucción que, paradójicamente, jamás llegó a afectar su calidad. Increíble.

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El joven Charles Rennie Mackintosh

Las circunstancias de su época y de su ciudad ayudan a contextualizar su desgracia. El Glasgow de primeros del siglo XIX es una ciudad industrial potentísima, de hecho la segunda más importante de todo el Reino Unido después de Londres. En sus atarazanas se llega a producir hasta un tercio de los barcos transoceánicos del mundo, barcos que en esa época siguen construyéndose en madera. La consecuencia de esto es una industria en ese momento poco diversificada, muy contaminante, que tiñe la ciudad de gris, la ensucia de hollín y la estratifica (vertical como es) físicamente: los ricos arriba, en contacto con el aire limpio, los pobres abajo. Las atarazanas consumirán mucha mano de obra, gran parte de ella cualificada: gente de oficio que conoce bien las técnicas y los materiales, versátil y adaptable; carpinteros, herreros, tejedores y un largo etcétera que deja la ciudad dividida en tres estamentos: los obreros de base, los maestros con oficio y los amos de todo. Las diferencias sociales son abismales, y muy duras. La vida de los ricos se basa en la apariencia. El color blando que tiñe los interiores de las casas bienestantes indica que quien vive allí no tiene necesidad de ensuciarse las manos. No es tanto la sensación de confort que crea como un manifiesto sobre un modo de vivir y ganarse la vida.

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Charles Rennie Mackintosh, Hill House, 1904: un interior blanco para la alta burgesía de Glasgow

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Interiores del apartamento-estudio de Charles R. Mackintosh y Margaret Macdonald: el color blanco indica dónde quisieron estar

Por la época en que nace Machintosh este sistema ha colapsado: Glasgow está inmersa en una profunda crisis que ha de reconvertir la industria de la ciudad. Parte de sus atarazanas han ido a la ruina y la ciudad ha perdido su parte del oligopolio de la construcción de barcos, que posteriormente recuperará adaptando algunas instalaciones a la construcción de transatlánticos. Enormes cantidades de mano de obra se han ido al paro, incluida una gran masa de obreros cualificados, y la fractura social todavía se ha hecho más profunda: la depresión no es sólo económica, sino social. Hay descontento, y las cotas de alcoholismo han llegado a proporciones epidémicas, alarmantes.

Charles Rennie Mackintosh proviene de la clase social más minoritaria de Glasgow: la clase media. Mackintosh es hijo de un oficial de policía (el segundo de once hermanos), y la suya, una vida de mezcla. De contrastes violentos. El esfuerzo de su familia le va a permitir acceder a estudios superiores, y en la escuela se mezclará con elementos de la clase alta de Glasgow. Lo que ve en la calle, sin embargo, es una realidad que contrasta fuertemente con lo que vive en el entorno de la escuela, donde futuro arquitecto conocerá las tres personas que marcarán su vida: su mejor amigo Herbert MacNair, de su misma edad, arquitecto, maestro y pintor de talento, a quien habrá conocido trabajando en Honeyman & Keppie(3) y las hermanas Margaret y Frances Macdonald. Juntos formarán los Cuatro de Glasgow (The Glasgow Four, o simplemente The Four). Aparentemente son dos matrimonios: Mackintosh tomará a Margaret, un año mayor que él. No tendrán hijos. Herbert casará con Frances, seis años más pequeña que su hermana. Las dos hermanas, Margaret sobre todo, son también unas dibujantes excepcionalmente dotadas. Sobre este panorama feliz las relaciones entre ellos son ambiguas y difíciles de seguir: Mackintosh parece haber tenido relaciones con las dos. Alice morirá a los treinta y ocho años. Herbert MacNair, destrozado, destruirá toda su obra y su estudio y se desclasará trasladándose al condado de Argyll, donde morirá(4) en 1955: tarde, demasiado tarde para un hombre destrozado y anulado antes de los cincuenta.

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Acuarela de Frances Macdonald

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Acuarela de Margaret Macdonald

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Perspectiva de Margaret Macdonald para la propuesta de una Casa de Artista de Charles R. Mackintosh

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Estudio de Herbert Macnair. El arquitecto lo destruirá a la muerte de su esposa

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Comparativa entre un dormitorio diseñado por Herbert Macnair y el famoso dormitorio de la Hill House, diseñado posteriormente por Mackintosh

Así, Mackintosh vivirá rodeado de gente brillante, en plena consciencia (y con el reconocimiento) de ser el alumno más brillante de su escuela(5), sirviendo a unos clientes que no acaba de entender. Su talento lo ha hecho ascender muchos escalones en la escala social. Sin embargo, el arquitecto no estará jamás contento. En algún momento de la década de 1890 (probablemente en la segunda mitad), se incorpora a la firma Honeyman & Keppie, una de las más prestigiosas de Glasgow, como meritorio mientras se sigue formando en clases nocturnas. Hace falta entender, sin embargo, que la inserción del arquitecto en la firma será tranquila y el aprendizaje, a dos bandas: John Honeyman será un arquitecto notable por sí mismo, capaz de definir buenas obras en una práctica profesional digna. La contribución de Mackintosh se centrará, sobre todo, en las obras que toca directamente.

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Almacén proyectado por John Honeyman antes de la incorporación de Mackintosh al estudio

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The Glasgow Herald Building: proyecto de Charles Rennie Mackintosh para Honeyman & Keppie

En 1896, la Escuela de Arte de Glasgow convoca un concurso para su nueva sede, a establecerse en una parcela que da a tres calles en la parte alta de Glasgow(6). Renfrew Street, la calle principal, es plana, paralela a la pendiente de la montaña y conectada, a este, con una de las estaciones principales de la ciudad. Sirve la parcela por el norte, un norte prácticamente estricto que dejará la medianera del edificio (una medianera larga) orientada a sur estricto, sobreelevada respecto de su parcela, controlando el centro de Glasgow: una medianera que será, a la vez, medianera y fachada principal a la ciudad. Scott y Dalhousie Street, las calles que bajan, tiene una fuerte pendiente(7) que permitirá al ganador del concurso disponer dos accesos directos al sótano, a pie plano (uno por cada calle), sin necesidad de patio inglés. Un mínimo de cuatro equipos de arquitectos concurrirán, y en enero de 1897 se anuncia que el estudio ganador ha sido Honeyman, Keppie & Mackintosh.

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Fachada sur hacia el centro de Glasgow de la Escuela de Arte

Mackintosh, ascendido ad hoc a socio de la firma, habrá buscar el encargo y hecho el proyecto el solo. Graduado por esta misma escuela, el arquitecto sabe que se está enfrentando a uno de los encargos de su vida. El programa es sencillo: talleres, muchos talleres, alguna aula para clases de teoría, un par de despachos de administración, una biblioteca de buena medida. Poco más. El arquitecto convertirá este edificio, con toda intención, en uno de los mejores del siglo XX. La calidad del edificio es sobrehumana. No hay un solo centímetro cuadrado que no esté pensado y repensado desde el propio emplazamiento hasta la microescala. El arquitecto lo diseñará todo. La estructura. Las instalaciones. Las carpinterías. Los muebles. La señalética, los interruptores, las tarjetas de visita y hasta el número de la calle. Todo. Coherentemente: no se tratará, pues, de un ejercicio de decoración sobre una obra más o menos bien resuelta, sino de una solución global completa y coherente pocas veces llevada hasta este extremo de coherencia, potencia, elegancia y belleza.

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Muestras de mosaico presentes en diversas paredes interiores de la escuela

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Cartel de la Escuela de Arte diseñado por el propio Mackintosh

Técnicamente es un edificio avanzado para su época: enormes ventanales de muchos metros cuadrados. Lucernarios, muchos lucernarios de cristal. Soluciones estructurales imaginativas en los elementos secundarios y unas instalaciones bastante modernas para su época, que incluían (incluyen) un sofisticado sistema de calefacción por aire mediante plenums de obra en el sótano(8).

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Una de las salas con iluminación zenital

El esquema en planta es ridículamente sencillo: Mackintosh separa la fachada principal unos tres o cuatro metros de la calle y dispone tres franjas paralelas a la fachada: la primera de ellas, la más ancha, contiene un peine con las aulas y la administración ubicada más o menos en medio del edificio, sobre el acceso. La segunda es el corredor que sirve a estas aulas. La tercera está dividida en cinco partes: tres cuerpos, uno en medio, uno a cada extremo, alojan habitaciones (aulas, algún despacho) a sur, y contienen, en la parte central, las escaleras y, a través de los vacíos entre estas aulas, se ilumina la calle.

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Plantas de proyecto. En azul, la segunda fase

La sección, o las secciones, serán todo lo contrario, y tendrán una gran complejidad. El edificio tiene un sótano y tres alturas. La segunda planta tendrá una altura más o menos estándar, aun siendo alta de techo, La primera, una altura triple. La baja y la sótano, doble altura. Estas alturas no se usarán para otra cosa, dentro de las habitaciones, que para obtener techos altos. Asociado a las escaleras, sin embargo, aparecerá un sistema de hasta ocho entreplantas que complejifiquen el programa y enriquezcan los espacios sirvientes(9). Tan sólo una sola estancia permite adivinar toda esta complejidad: la excepciona biblioteca, por muchos considerada la joya de la corona del edificio(10).

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Secciones. Apreciar la complejidad de entreplantas, soluciones estructurales ad hoc y techos

Las diversas secciones definirán el edificio tan decisivamente porque el tema de la escuela, lo que realmente la define si somos capaces de abstraernos de la belleza de sus diversos elementos, es la luz. Toda la luz que entra en el edificio está bendita. Las enormes alturas de techo se usan, precisamente, como depósito de luz. Las aulas principales, dispuestas a norte, están servidas por los enormes ventanales que caracterizan su fachada principal. Y que fan la vuelta a la orientación desfavorable del edificio: la luz de norte es la mejor luz deseable para una escuela de arte, por lo que esta fachada será convertida en un enorme lucernario, tan perforada como le ha sido técnicamente posible teniendo en cuenta el lenguaje murario del edificio y su carácter estructural(11). El trabajo en sección es tan hábil y sutil que Mackintosh conseguirá dotar de luz cenital todas las plantas del edificio (sótano incluida) excepto la baja, la de acceso, donde no hace falta. El hecho de encontrarnos luz cenital independientemente de nuestra posición en el edificio contribuye a confundirnos: en la Escuela de Arte de Glasgow la luz es contraintuitiva. Algunas de las aulas más bien iluminadas cenitalmente se encuentran en el sótano, donde la luz cenital entrará, además, por dos direcciones diferentes, ya que Mackintosh habrá negado el patio inglés en el edificio para disponer, aprovechando la valla, un lucernario gigantesco que ilumina todas las aulas inferiores.

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Diversas calidades de luz zenital en la escuela. Apreciar los materiales sin debastar

La estructura del edificio no reproducirá el esquema de franjas, sino que se basará en dos crujías: la de las aulas, siempre limpia, y la posterior, que negociará su luz entre el pasadizo de servicio y las aulas. La planta segunda invertirá el esquema, disponiendo las aulas a sur y un pasadizo sobredimensionado a norte, una galería donde exponer trabajos ganada a la crujía de las aulas principales. Esta ambigüedad obligará a diversas soluciones estructurales aparentemente improvisadas que, en realidad, caracterizarán el edifico y se usarán para introducir luz en el interior. Así, las aulas a triple altura de la planta primera tendrán un lucernario a norte, sobre la fachada, que se crea gracias al apeo necesario para soportar la semicrujía superior que forma la galería de acceso a las aulas de la planta segunda.

Cuando Mackintosh gana el concurso la escuela no tendrá todavía dinero suficiente para construir la instalación entera, por lo que se pedirá al arquitecto una construcción en dos fases. La decisión está clara: se construye la parte central con las escaleras y una de las dos alas. Hábilmente, Mackintosh construirá el ala más pequeña, volcada sobre Dalfhouse Street, una de las calles secundarias. La esquina sobre la calle principal (Scott) quedará como una herida abierta para la ciudad, por lo que la segunda fase se construirá rápidamente y antes de 10 años encontraremos el edificio entero.

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La Escuela de Arte antes de la construcción de la segunda fase

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Axonometrías mostrando las dos fases y las adiciones que marcan el paso

Mackintosh, no obstante, conseguirá dotar la primera fase de una cierta autonomía formal. Un tejado a dos aguas provisional quitará escala al edificio y lo proporcionará a la espera de que esté completamente terminado. Será en la segunda fase cuando se construya el segundo piso de la primera fase. El acceso, dispuesto al final del edificio, lo termina tan bien que parece como si no estuviese diseñado para estar n el centro. Finalmente, el corte entre las dos fases no será una medianera plana, sino que estará dotado de una cierta volumetría que podría hacer parecer que estuviese pensado así desde un inicio. El acople resultante entre las dos fases provocará episodios tan emocionantes como la escalera contra una de las bay-windows que en la primera base de volcan al exterior mientras que en la segunda forman un balcón interior que permite leer la escalera definitiva como un pedazo de calle.

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Sala con ventanas bay-window al interior desde dentro de la sala y desde las escaleras

El edificio terminado, a pesar de su esquema de acceso y circulaciones centrales con dos aulas a cada lado, no será simétrico en absoluto. Ni tan sólo pretenderá parecerlo, descartando la simetría a favor del ritmo, de una pauta casi-musical, de una vibración que de a una fachada aparentemente tranquila un plus de complejidad. Como todo el edificio tras suyo, esta fachada no será en absoluto lo que parece. Las dos alas, pues, se diferencian entre ellas por las ventanas: tres a mano izquierda, cuatro a nano derecha divididas dos a dos: las dos adyacentes al acceso tienen el mismo módulo que las de la ala izquierda. Las otras son sensiblemente más pequeñas, como si al arquitecto no le hubiesen cabido dos ventanas de medida regular. Este hecho tiene una enorme importancia para la definición de la esquina: cuando el testero se encuentra con una enorme ventana, en el ala izquierda, se hace necesario un enorme vano de testero de piedra aparente, completamente ciego, para que dialogue entre las dos escalas de ventana. En el ala derecha la esquina está más bien resuelta: las dos ventanas más pequeñas y una hilera de ventanas en planta baja naturalizan mucho más el giro y lo hacen menos forzado, desjerarquizando las dos calles, insertando mejor el edificio en la trama urbana. Será precisamente en la composición de estos testeros donde más se notará el salto de calidad que Mackintosh será capaz de dar al edificio entre las dos fases: el testero de Scott es muy superior al de Dalhouse, más torpe, esquemático y mal resuelto que el anterior, aunque igualmente emocionante: un Mackintosh en formación sigue siendo Mackintosh.

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Testeros: izquierda, Dalfhouse St. (1a fase). Derecha, Scott St. (2a fase)

La crujía de acceso desarrolla algunos de los temas principales de la carrera del arquitecto. Sobre un vano de piedra de dimensiones considerables la puerta de acceso está apartada a la derecha y la ventana que lo ha de controlar, la correspondiente al despacho de dirección, se desdobla en dos para crear un torreón que restituye un eje más o menos central. De estar, el eje de simetría que separa las dos alas no sería vertical, sino oblicuo, o una sucesión de ejes verticales que vibran el edificio de un modo muy sutil. El coronamiento del acceso es el único lugar del edificio donde Mackintosh dejará la cubierta a dos aguas que cubría originalmente toda la primera fase. La propia distribución interior del despacho de dirección es tan asimétrica como la fachada a la que sirve. La composición del acceso del edificio, sin renunciar a sus raíces clásicas, entronca con la tradición escocesa de edificios asimétricos y permite una lectura unitaria de la fachada sin poder separar de ningún modo las dos alas: Mackintosh consigue, simultáneamente, dar sentido a la primera fase y coser las dos tan inextricablemente que, de no existir fotografías de la obra, sería difícil pensar en un edificio construido dos veces. Adicionalmente, la construcción del segundo piso girado respecto de los anteriores acaba de dar escala al edificio, coronándolo de un modo hábil y diferente.

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Fachada de la escuela

Dentro, el desplieguede soluciones estructurales, de ornamentos, los diversos caracteres de los espacios, el espectáculo de la biblioteca, convierten la escuela en una sucesión de interiores emocionantes yuxtapuestos según el criterio secreto del arquitecto: hay desde salas blancas, como la del consejo escolar, perteneciente a la primera fase, que entroncan con la sala de estar de la Casa de la Colina o con su propio apartamento/estudio, o salas donde la piedra está aparente, sin pulir. Salas donde el ladrillo basto y sin enyesar es el protagonista y salas completamente de madera oscura. Salas muy horizontales, como las galerías, y uno de los espacios verticales más bellos del mundo: la bilblioteca. La biblioteca es de madera, negra, oscura, vertical, con ligeros toques policromados. Un espacio íntimo, estático, pensado para favorecer la concentración(12). La luz es penumbra excepto sobre la mesa de trabajo.

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La biblioteca de la escuela. Foto de época

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Un corredor. Primero se dejó en ladrillo aparente, después se pintó de blanco

La Sala Blanca (actualmente Sala Mackintosh) tiene una luz ubicua, que baña toda la estancia y favorece el movimiento y las relaciones sociales. Cada piso tiene diferente señalética, diferentes mosaicos. Cada torre tiene una coronación diferente. Los bajorrelieves de piedra son siempre diferentes, abstracciones de cornisas que favorecen el movimiento, que miman la mirada. Las carpinterías, metálicas, idem.

Los exobreros en paro de las atarazanas, mano de obra altísimamente cualificada, serán claves para la arquitectura de la escuela y para la obra de Mackintosh en general: artesanos hábiles capaces de ejecutar sin inmutarse los complicadísimos diseños del arquitecto(13).

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Escaleras con mil detalles

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Sala principal de la Willow Tea Room: en el extremo derecho, al centro, aparece la sofisticadísima silla de la cajera

El edificio será un éxito, a la callada, hasta hoy en día: jamás ha dejado de ser lo que era, formando siempre artistas y arquitectos ininterrumpidamente, bien tratada y mejor conservada hasta el incendio del veinticuatro de mayo. El incendio ha afectado básicamente la segunda fase. La primera parece intacta. Toca reconstruir la biblioteca, la galería superior y parte de las aulas: una desgracia aparentemente irreparable que, valga la redundancia, se debería de reparar al precio que fuese. El éxito de la escuela ha sido tal que este mismo año se ha inaugurado una ampliación en la acera opuesta de Renfrew Street construida por el arquitecto norteamericano Steven Holl(14).

Mackintosh aguantará seis años más trabajando para Honeyman & Keppie. En 1913 el arquitecto se despedirá del estudio y fundará uno propio con su mujer Margaret. No resultará: pocas obras cada vez más pequeñas y marginales. En 1923, al término de la Primera Guerra Mundial, el matrimonio se trasladará a la Cataluña Norte, en la localidad de Port-Vendres(15), donde la inflación y la crisis económica estiran su pensión en libras y les permite vivir con una cierta dignidad. En Port-Vendres Mackintosh, sin encargos, pintará unas acuarelas que durante años no valían el papel en el que estaban pintadas y, actualmente, son consideradas pinturas de un gran valor: arquitectura en sí mismas que revelan la estructura profunda del lugar.

Tan sólo una clienta permanecerá fiel a la pareja durante toda su vida: Miss Cranston, paradójicamente la presidenta de la liga antialcohol de Glasgow. Katherine Cranston es la dueña de las Salas de Te del Sauce(16) y no querrá otro arquitecto para sus espacios(17), llegando a inventar encargos para mantener a la pareja.

Mackintos morirá de cáncer en un asilo de pobres, en Londres, en 1928. Olvidado, abandonado, despreciado, desconsiderado. Algunas de sus casas serán desballestadas. Algunos de sus muebles serán hechos leña o vendidos a peso. La desgracia que acompaña su obra es tal que en 2010 la UNESCO rechaza la tentativa del Gobierno Escocés de incorporarla al Patrimonio Mundial de la Humanidad. Sólo la Escuela de Arte de Glasgow seguirá, muchas veces ajena a su propia arquitectura, como un monumento vivo a la memoria de uno de los arquitectos más importantes y delicados de todo el siglo XX: su estudio sigue siendo imprescindible.

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Charles Rennie Mackintosh, Vistas de Port-Vendres a la acuarela, 1923-1926: un genio derrotado sigue siendo un genio

(1) Posteriormente Sir Giles Gilbert Scott, gran arquitecto también, aunque inferior a Mackintosh, obtendrá grandes encargos, o encargos que él hará grandes y dotará de urbanidad, contribuyendo a expandir los límites de la profesión a pesar de una curiosa mancha en su expediente: se mostrará receloso del hormigón, y del hormigón prefabricado, y ralentizará su consolidación combatiéndolo desde el cargo representativo más importante que pueda obtener un arquitecto en el Reino Unido: el de presidente de la RIBA(2).
(2) (nota de la nota anterior). Curiosamente, el desarrollo de la técnica del hormigón prefabricado se dejará en manos de arquitectos aparentemente más conservadores, aunque con bastante menos prejuicios, como Richard Norman Shawm que antes de 1900 ya está construyendo casas victorianas en hormigón prefabricado. Larga y apasionante historia.
(3) No avancemos acontecimientos.
(4) También.
(5) Y será que esa escuela no ha producido alumnos brillantes. Para muestra, los propios Glasgow Four. Si vamos escarbando los resultados son sorprendentes.
(6) Cuando hablo de la parte alta la consideración es literal: la escuela estará ubicada a un poco más de media pendiente, aupada en una colina que controla el centro de la ciudad.
(7) Casi de rampa de párking, para entendernos.
(8) Curiosa la historia de las instalaciones en los edificios, que, desde el principio, siempre ha provocado recelos en los usuarios, la mayor parte de ellos injustificados. El primer edificio con calefacción central del mundo fue una cárcel en Filadelfia inaugurada en 1829, donde se pudo ensayar el sistema sin tener en cuenta a los clientes. Que quedaron agradecidos de la vida de esta paradoja, claro.
(9) Que, no hace falta decirlo, estarán tan bien diseñados y cuidados como los espacios servidos.
(10) Soy incapaz de quedarme con una sola de las estancias de esa escuela. Es peor que escoger entre el padre y la madre, y, además, lo puedes tener todo.
(11) En el Glasgow de la época la piedra es un signo de distinción: se usa porque se puede usar, y su preferencia respecto del ladrillo marca estatus. Mackintosh trabajará la piedra excepcionalmente bien, llevándola al extremo en su Casa de la Colina (Hill House), donde, para cribar económicamente a los vecinos del barrio, es obligado construir en este material. El arquitecto construirá la casa enteramente de piedra… y revocará casi el 90% de su superficie: la piedra está dentro, y sólo se muestra en determinadas entregas y marcos de ventana para mostrar la sutileza de su trabajo.
(12) Si uno es capaz de dejar de mirar lo que le rodea y concentrarse en el libro que tenga delante, claro. Cosa que debe de suceder sobre la visita ciento cincuenta, más o menos.
(13) El ejemplo máximo de esto sería la silla de la cajera de la Willow Tea Room, en el mismo Glasgow, formada por más de dos mil piezas de madera de encaje milimétrico, resueltas todas con colas de milano, diferentes en gran parte unas de las otras. Cualquiera de las reediciones posteriores han sido o demasiado caras o demasiado simplificadas: la pieza pertenece a aquél momento y a aquella ciudad.
(14) No es este el lugar para hacer una crítica de este edificio. Tan sólo expresar mi admiración por el tanto por el resultado final como por el arquitecto, obligado a usar un solar que controla la escuela desde las alturas, sabiendo que, hiciese lo que hiciese, estaría peor que el edificio original: un gesto de una valentía excepcional.
(15) Cada vez que paso por Port-Vendres me emociono. Quizá sea el pueblo más feo de todo el sur de Francia. Mackintosh lo trasciende. Derivada posterior: la fascinación que provoca este lugar atraerá el año 2003 al cineasta Marc Recha, que rodará Con las manos vacías, excepcional película donde el pueblo es un protagonista más.
(16) O sea, las Willow Tea Rooms.
(17) Aun siendo perfectamente consciente del estado ruinoso en que el alcohol había dejado a su arquitecto.

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