Sentencia judicial en firme

Es un hecho: la última rehabilitación de Víctor López Cotelo (una tenería del siglo XVIII cerca de Santiago de Compostela) tendrá que ser parcialmente derribada. La sentencia judicial es inapelable, y la orden de derribo tiene que llegar un día de estos, si no lo ha hecho ya. El promotor y el arquitecto están resignados: un proyecto extraordinario va a dejar de existir cuando todavía no había ni empezado a caminar.

López Cotelo es, juntamente con su exsocio Carlos Puente, uno de los discípulos más interesantes que nos dejó Alejandro de la Sota, y uno de los arquitectos que sigo con más ganas de cualquiera de los que tenga noticia. Su obra está muy escondida y poco publicada, y representa esa arquitectura discreta, sobria, sin efectismos de ningún tipo, basada en una inmensa sabiduría constructiva, antiespectacular, refinada intelectualmente, hecha des de un oficio que, a ojos incautos, los haría parecer más aparejadores ilustrados que arquitectos. Son los herederos de los Pérret, Poullion, Smithson, Fisac, Pikionis, Lewerenz, del mismo Sota. Y ejercen de moscas cojoneras sobre la (poca) consciencia de tantos admiradores del mirar fácil hacia arquitectos que no siempre lo son tanto: H&dM, Siza, Foster, Koolhaas. A veces Nouvel, Ito, casi siempre SANAA, más conocidos por sus habilidades como decoradores interioexterioristas que serigrafían paneles de hormigón, pintan paredes de blanco, negro, rojo y ponen pilares finitos que por su calidad y potencia como arquitectos capaces de obras complejas, con múltiples registros de lectura, que se abren por capas como la misma cebolla que inspiró a Grass la primera parte de sus memorias.
El proyecto que López Cotelo construye en Santiago consiste en una serie de barras paralelas al camino de acceso, que pueblan una parcela trapezoidal, muy parecida a un triángulo isósceles truncado, en diversos volúmenes prismáticos cada vez más pequeños y privados conforme se van aupando sobre una pendiente que sube des del camino: des de un apartotel hasta una sola (y enorme) casa unifamiliar que se aúpa sobre sí misma buscando el sol ylas vistas como una maqueta del proyecto. A un lado, doblando la calle, un pasaje semipúblico o semiprivado. El resto, verde. Sin vallas.
Dos o tres de estos volúmenes tienen existencia previa, de tenería a viviendas reciclando muros de granito casi monolíticos, de ventanas pequeñas. Dentro de ellos: hierro, madera, zinc. Nuevas cubiertas de limatesa partida buscando la luz de norte. Todo a ser derribado en breve.
Las razones son sencillas, y nos hablan de nuestra relación con nuestros mayores, con nuestra memoria, con nuestro pasado: esclerosis.
López Cotelo (apellido poco glamouroso: provad cambiándolo por uno de japonés, si os mola más) comete lo que alguien poco informado pensaría que son dos errores:
El primero de ellos consiste en tatar la fábrica existente como una cosa viva, que no ha llegado a su fin ni a ningún estado irreversible de ruina. Nada que no hayan hecho antes Herzon & de Meuron en Madrid, por poner un buen ejemplo.
El segundo es más sutil: López Cotelo engloba la fábrica dentro de una entidad superior, un nuevo proyecto que revitaliza las viejas paredes de casi trescientos años y las dota de un sentido urbano que no podían tener en el momento de su construcción. El arquitecto prescinde de la volumetría original en función de un edificio alzado sobre todo el espíritu de lo que queda, con otra función.
Esta negativa a convertir lo existente en un museo, a matarlo definitivamente haciendo un enésimo memorial para que una vez al año pueda ser visitado por alumnos aburridos del IES más cercano, es lo que ha matado la iniciativa.
Atrás queda la sensibilidad del arquitecto. Sus anécdotas poco usuales, la construcción mediante lucernarios corridos, paredes en seco, maquetas in situ a 1:1. Cubiertas de madera de cedro. Costeros reciclados sin necesidad de explicar lo que son (Pikionis otra vez, planeando por encima del fantasma cercano de una Benedetta Tagliabue persiguiendo la sombra de su marido muerto sin que le funcione la ouija). Adaptación atlántica de una cocina subterránea en una casa de veraneo en Almeria, que sólo puede competir en intensidad con el Cabanon. Y esa resistencia a convertir en museo cualquier instante irrepetible que alguien haya plasmado en papel, matándolo en un abrazo del oso absurdo.
Carlos Puente escribió:
Villa Savoya, museo.
Fallingwater, museo.
Villa Mairea, museo.
Fansworth, museo.
Quizá sería hora de pensar en derribarlas.
Bibliografia:
El proyecto de López Cotelo está publicado en:
Tectónica 27
Diseño interior 202 (vivienda unifamiliar)
Para las referencias a Pikionis bien y malentendidas, mirar el último número del Croquis dedicado a EMBT y comparar el pavimento del aulario (en vida del genio) con el rectorado (donde éste ha girado noventa grados…)

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