Salón de Repúblicas 1/2

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El Museo del Prado de Madrid afronta su segunda ampliación en pocos años reciclando un edificio ubicado un centenar o dos de metros a la izquierda de la sede actual, más un complejo de edificios que una sola instalación después de una primera reforma y ampliación que Rafael Moneo construyó hará menos de veinte años. El equipo ganador de este concurso internacional está comandado por los arquitectos Norman Foster y Carlos Rubio.
Esta serie de dos artículos pretende reflexionar sobre el encargo en la primera parte y sobre las ocho propuestas de concurso en la segunda. Empecemos.

Primera cuestión a reflexionar.

Un museo se define como un lugar donde se conservan y exponen obras. Obras de arte en nuestro caso.
El Museo del Prado es el lugar donde se exponen algunas obras de arte propiedad de España ejecutadas entre el gótico tardío o el Renacimiento temprano y el siglo XIX (con Sorolla y Goya como frontera moderna. Su emplazamiento histórico se debe al reúso como museo de la antigua sede del Gabinete de Historia Natural, excepcional edificio que constituye la obra cumbre tanto de su arquitecto, Juan de Villanueva, como de todo el Neoclasicismo español.
No es lo que vemos cuando vamos allí. El edificio original de Villanueva ha sufrido una especie de abrazo del oso, sobre todo por su parte posterior, a base de sucesivas ampliaciones historicistas de muy baja calidad, que han culminado con la última intervención de Moneo, acrítica con este estado de las cosas. Así, el Prado es ahora un ejemplo desafortunado de arquitectura incremental que ha desgraciado una de las joyas de la corona de la arquitectura española.

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La ampliación de Moneo lidiando con el maremágnum de añadidos historicistas al Edificio Villanueva.

Segunda cuestión a reflexionar.

En un escrito que el arquitecto y pintor Òscar Tusquets nos brinda en su libro Todo es comparable nos refiere una conversación del arquitecto con sus amigos pintores (entre los que se cuentan artistas de la talla de Antonio López) sobre las visitas que éstos han realizado al museo tanto juntos como por separado.
Y todos ellos están de acuerdo con que el 80% de las obras exhibidas son bastante flojitas.
No es aventurado, pues, pensar que a la sede actual del Prado, si estuviese bien llevada, podría llegar a sobrarle espacio: sólo hace falta ir rotado las pinturas secundarias, presentar una buena política de exposiciones temporales y poco más.
Es posible que no hiciese falta una nueva sede. De hecho es posible que no hiciese falta ni la primera ampliación.

Tercera cuestión a reflexionar.

El desprestigio de la cultura. Empiezo con una contradicción aparente y optimista: hay un gran número, un número de esos que dan alegría, de personas cultas e interesadas en el arte. Y muchas de ellas visitan museos como el Prado a la que pueden. De hecho nunca en la historia había habido un acceso tan franco, tan directo, tan barato (cuando no gratuito) a la cultura. Y esto ha fructificado en la creación de un público atento, entusiasta y con criterio. Público que, por otro lado, no es fácilmente cuantificable.
Siendo esto cierto también lo es el desprestigio de la cultura. No hay un solo programa cultural en los canales de televisión generalistas(1) a la vez que llenan centenares de horas promocionando y comentando eventos como el último concierto de Operación Triunfo, un elogio de la ignorancia musical dañino por pretencioso y mal hecho: un elogio del todo vale, de la ausencia de esfuerzo. No es la calidad musical lo que se valora, si no la empatía. Y para conseguirla se requiere un público lo menos formado y lo más acrítico posible. Esto tiene un nombre: relativismo. Ausencia de un canon que, por otro lado, ha hace tiempo que debería de estar reformado. Me refiero a la música porque hacerlo con la pintura o la escultura no tiene sentido. Artes como la arquitectura o el cine ni tan sólo se consideran fuera de su aspecto como negocio. El prestigio social ha ido pivotando hacia el famoso profesional: un personaje que es famoso porque sale en los medios y sale en los medios porque es famoso en un bucle circular perfecto del que no puede entrar ni salir ningún estímulo interesante. La meritocracia no interesa, y, ante esto, incluso los malos escritores mediáticos o los deportistas de élite(2) acaban siendo el mal menor en una glorificación cada vez más explícita de la ignorancia y el analfabetismo.
Los números no cuadran, pues. El grueso de visitantes del Prado no se mueve por interés cultural. El Prado es, antes que nada, una atracción turística. Una de las atracciones turísticas que activan el centro de Madrid cruzadas en red. Una atracción no diferente de las tiendas de lujo de Serrano(3) o del parque temático de turno. El Prado es un pasatiempo. Un bien consumible.
Actualizar y ampliar el Prado se hace, pues, en términos de consumo en una maniobra comercial no demasiado diferente de la que pueda realizar la cadena Louis Vuitton encargando aparadores a Bob Wilson o Prada encargando tiendas y espacios de exhibición a AMO/OMA. En este contexto la ampliación del prado no es necesaria por lo que se vaya a exhibir allí. Es necesaria por sí misma. Es autorreferencial. Es ruido blanco.
Lord Foster, en una de sus primeras entrevistas concedidas como ganador del concurso, ha declarado que le gustaría que el Gernika estuviese en su edificio. Es evidente que al arquitecto le da completamente igual cualquier debate museográfico, o incluso le da igual que, aceptada su idea de que el Gernika tuviese que estar en este museo, quizá sería más conveniente exhibirlo en la sede Villanueva acompañado de obras que Picasso quería. A Lord Foster le da igual todo esto porque se limita a hacer apología de un pensamiento oportunista de vuelo gallináceo indigno tanto de su talla como arquitecto como de su talla intelectual. Lord Foster ve este edificio como un negocio y piensa en él estrictamente en estos términos. Y necesita el Gernika. Así de triste.

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El Gernika, protegido en sus primeros tiempos de exhibición. La fantástica vitrina blindada es obra del arquitecto José María García de Paredes, asistido (de manera no acreditada) por su amigo Josep Lluís Sert.

Ahora, ¿es realmente una mala idea ampliar el Prado?

Podría no serlo. La creación de un Campus Prado, la colocación de una nueva sede en un lugar no excesivamente visitado ni conocido podría estirar la ciudad y renovar completamente el concepto del museo.
Es más, podrá renovar la manera de visitar arte en Madrid.
Tomemos el Reina Sofía. Bajo este nombre de mierda se esconde una mala decisión política cobarde y oportunista realizada, precisamente, a mayor gloria del Gernika(4) que, con el paso de los años y el concurso de buenos gestores se ha convertido en un museo de primera, bien llevado, con entidad, que funciona bien y que constituye, de hecho, la extensión del Prado que aloja el arte del siglo XX español. El nombre sigue siendo un nombre d mierda, por cierto.
Tenemos, pues, el Prado y el Reina Sofía. Dos buenos museos. Tenemos creación contemporánea emplazada en Matadero y en Tabacalera. Tenemos esa cosa tan extraña llamada Museo de las Colecciones Reales, magnífico edificio obra póstuma de Tuñón y Mansilla para enseñar no sé qué que igual también es importante. Seguro que no será demasiado difícil encontrar obras interesantes para llenarlo. Tenemos catalogada una red de edificios públicos y privados por el centro de Madrid dispuestos entre estos equipamientos, obras de arquitectura que refuercen la calidad y el interés de estas sedes por sí mismas, que las contextualicen y nos ayuden a entender como es la ciudad que las aloja.
¿Por qué no hacerlo funcionar todo en red? ¿Por qué no crear aplicaciones, programas, sitios web que permitan configurar una visita a todas estas sedes, entre todos estos museos? Si esto se hiciese la aplicación, el sitio web, sería la sede real, y no virtual, de un museo configurable a gusto del visitante. Se podrían hacer rutas cronológicas por otras de arte escogidas desde el gótico hasta la actualidad. Se podrían hacer rutas temáticas: cómo se trata la violencia en el arte, o la belleza, o la comida. Se podrían diseñar rutas apreciando los fondos de los cuadros en diversas épocas y estilos. O quizá rutas de contexto que permitan entender por qué crean lo que crean las personas que trabajan en Matadero o Tabacalera. Mil posibilidades. Cuestión de gestionar colecciones y precios de entrada. Cuestión de inventariar el patrimonio tanto mueble como inmueble e irlo brindando de la manera escogida.
Más sencillo que ampliar un museo. Aunque no contradictorio.
Este proyecto sólo funcionaría para las mentes activas amantes de la cultura. Y no es este el público potencial del nuevo Prado: sólo turistas puros y duros que quieren legitimar sus compras o sus idas a Casa Lucio. El nuevo Prado es, pues, una operación de marketing. Una excusa para viajar a Madrid una vez más, hasta que la siguiente ampliación. El nuevo Prado podría ser una maldición o podría ser un proyecto de referencia. Aunque me temo que, por el momento, es tan sólo una huida hacia delante. Aunque, insisto, podría ser otra cosa. Probablemente con otro gobierno y con otros gestores.
Esperemos y veremos.

(1) Aunque están perdiendo público a marchas forzadas. Pero siguen conservando algo irresistiblemente atractivo: la televisión convencional permite al espectador ponerse en modo pasivo. No tener que pensar. Y es precisamente esta pasividad absoluta (que los neurólogos han demostrado que activa partes del cerebro diferentes a las que se activan cuando uno mira activamente un programa, es decir, cuando nos tomamos la molestia de irlo a buscar) lo que la hace tan atractiva para desconectar. Y lo que permite colar mensajes tan potentes.
(2) El escritor Philip Kerr, después de hacer un trabajo de documentación importante sobre el fútbol profesional, dijo que no se atrevía a declarar qué tasa de analfabetismo total, por no hablar del funcional, se había encontrado entre los futbolistas profesionales. Dijo que el resultado, sencillamente, nos asustaría.
(3) Cada vez más las mismas que se pueden encontrar en el Paseo de Gràcia, en los Campos Elíseos, en la Quinta Avenida y en el centro pijo de cualquier ciudad estándar: el turismo es homogeneidad absoluta y algún aliciente que sirva de excusa al no poder ser movido de lugar a no ser que vayas a Las Vegas, claro.
(4) Cuadro que Picasso consideraba propiedad de la República Española y que dejó, consecuentemente, en depósito al MOMA de Nueva York hasta que ésta lo pudiese reclamar. El cuadro, en una decisión injusta e infame, fue devuelto no a una República si no a un reino, así en minúsculas, y para ser exhibido en una institución con nombre de reina. Tiene cojones la cosa.

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