Respice post te, hominem te esse memento

Algunas reflexiones sobre el libro Queríamos un Calatrava (Llàtzer Moix, 2016), editado por Anagrama.

El libro documenta de manera extensa con datos, cifras, procesos y consecuencias la figura de Santiago Calatrava y algunas de sus repercusiones empezando como si fuese una crónica que investiga sus ancestros, su formación en Valencia, su traslado a Suiza y sus inicios como profesional de la arquitectura para seguir investigando una serie de obras construidas por orden cronológico en forma de minicrónicas enlazadas que permiten ir siguiendo su carrera hasta el momento actual.
Queríamos un Calatrava es un elogio al (buen) periodismo de reportaje extenso, género que se tendría que reivindicar bastante más de lo que se hace(1). Es un elogio, también, a la literatura: las descripciones de los edificios se realizan desde el lugar. Moix visita las obras, toma apuntes y las describe haciendo uso casi exclusivo de la palabra. La documentación fotográfica es, sencillamente, testimonial: cuatro imágenes que permiten a la mente recordar de qué intervenciones se trata. Poco más. Por tanto Queríamos un Calatrava es un libro sobre arquitectura usada. Sobre arquitectura en su contexto, sobre los edificios tal cual los encontramos cuando vamos visitarlos, o tal cual los disfrutan o sufren sus usuarios(2). Moix se moja y considera esta repercusión de la obra, esta presencia, su relación con el lugar y el público como el garante de su éxito o de su fracaso, obviando posibles debates sobre la posible influencia de una obra en otros arquitectos u obras al margen de cómo la sociedad haya tratado esa obra. En este libro esto no tiene cabida. Ir y ver(3). El libro documenta de un modo bastante ecuánime obras que han salido muy bien (como la estación de Zürich o el museo de Milwaukee), otras que pueden tener aspectos discutibles pero aguanta y funcionan dignamente (el puente del Alamillo en Sevilla) y fracasos indecentes que, probablemente, deberían de estar derribados (el Palacio de Congresos de Oviedo o el Ágora de Valencia, Quizá la Ciudad de las Artes y de las Ciencias entera). Algunas obras podrían ser substituidas por otras, pero en general la elección de ellas es cuidadosa y con sentido.
Estas son algunas de las reflexiones que me ha provocado la lectura del libro:

Sobre las obras escogidas: sin cuestionar su elección en ningún momento me puse a repasar la lista de obras calatraveñas para saber qué habría escogido yo y qué no. Y me di cuenta que, por lo que sea, hay lugares y tipologías que el arquitecto domina perfectamente. El Calatrava suizo no suele fallar. El Calatrava suizo sería, de hecho, un candidato casi incuestionable al Premio Pritzker. Igual pasaría con el Calatrava autor de estaciones. Calatrava tiene el truquillo pillado a una determinada tipología de proyectos y cuando los realiza raras veces se equivoca. Lo que no es nada fácil de hacer. Incluso la estación de Nueva York, a pesar de su desajuste presupuestario (que obviamente ni puedo ni quiero justificar) acabará funcionando. También porque el cliente ha tenido el juicio de evitar que la cubierta se mueva y porque el arquitecto ha tenido el juicio de construirla desplegada. Es cuando fallan los mecanismos de control que Calatrava se desboca y pierde sentido. Perder sentido es un eufemismo que puede ir tanto más allá como se quiera.

CONDENAN A CALATRAVA A PAGAR 3 MILLONES POR EL PALACIO DE CONGRESOS DE OVIEDO
La estación de Zürich y el Palacio de Congresos de Oviedo.

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Estación del tren de alta velocidad de Reggio Emilia: este tipo de proyectos sí.

Calatrava es un ejemplo casi paradigmático de lo que es un determinado tipo de arquitecto: desconfiado, sin equipo, deseoso de resolverlo todo por sí mismo. No quiere ayuda, no quiere rectificaciones. Sus propios intereses son el garante de lo que hace.

Calatrava no es un arquitecto culto. Puede que sea una persona culta (ni lo conozco ni creo que lo llegue a conocer jamás, así que no es fácil que lo pueda saber), pero su menosprecio por lo que representa la arquitectura en sí, por la complejidad de la profesión, por la bastedad de los problemas que plantea, hace que no se lo pueda considerar un arquitecto culto. A Calatrava li interesa lo que le interesa: la forma, la relación con los elementos naturales primigenios. La cinética. Poco más. Sus intervenciones pueden llegar a tener un cierto interés hasta donde llega su capacidad de proposición. Después se convierten en esquemas, o en propuestas a las que la ciudad se tendrá que adaptar. O no: Oviedo lo sabe. Por décadas.

Calatrava tiene algo de personaje kubrickiano, de un Barry Lyndon que morirá convencido de que se ha salido con la suya. Calatrava es un Thackeray sin moraleja. Calatrava es un Speer en busca de su Hitler.

Calatrava es, realmente, un visionario. No mitifiquemos a los visionarios. Hay de muchos tipos, y muchos de ellos son tipos egoístas y peseteros, personalidades magnéticas capaces de llevarte a la ruina a la que te despistes. Quizá deberíamos agradecer que Calatrava sea alguien dotado de talento. Sólo el diablo sabe qué hubiese pasado si se hubiese tenido que refugiar en la política.
Ejemplo sobre un individuo: Thomas Alba Edison. Científico de talento, empresario de éxito, de demasiado éxito, quizá, personaje voraz donde los haya. No tendrá suficiente con inventar. Subcontratará, robará, desarrollará inventos de terceras personas, coqueteará con el poder, tendrá un ejército de abogados agresivos y despiadados. Edison llegará a reclamar no tan sólo la paternidad del cine(4), si no derechos sobre cualquier cosa que se file o se proyecte en una pantalla. Un grupo de inmigrantes judíos endurecido y resuelto decidirá poner distancia física respecto de Edison y sus denuncias y se trasladarán a las afueras de Los Ángeles, donde hay buena luz y posibilidad de rodar en exteriores(5) para mancomunar todas sus productoras independientes, entendiendo en este caso “independiente” como independiente de Edison, claro, y poder desarrollar una industria del cine que pueda responder a las demandas del público. El lugar donde se trasladarán es una especie de huerto de plantaciones de naranjos llamado Hollywood. De aquí a la historia.
Edison, con su capacidad de organización, su voracidad y sus ansias de control, llegó a estar a punto de matar este arte.
Calatrava ha estado a punto de hacer algo parecido a escala más pequeña. La arquitectura, por más que se lo pueda llegar a pensar(6), no es él. Pero el arquitecto, en muchos países ha llegado a raptar, al menos momentáneamente, un modo de hacer arquitectura perfectamente válido: el de los grandes proyectos que puedan significar una obra de gobierno, un momento histórico, unas ansias colectivas. Aunque la responsabilidad no sea enteramente suya tiene una buenas dosis de ella. Y es de eso, de hecho, de lo que va el libro(7).

Calatrava no es un ingeniero. Eso queda claro en el libro gracias a la conversación mantenida con los ingenieros Julio Martínez Calzón y Javier Manterola, que hacen el gran favor a Moix de pedirle una conversación sobre temas genéricos, teóricos, sobre la definición de lo que es y no es un ingeniero más que sobre obras concretas de Calatrava. Y, en su aplicación concreta, se descubre que Calatrava carece de cualquier cosa que pueda convertir un ingeniero en lo que es: sentido de la economía, del proceso, de la resolución de un problema. No plantea, no estructura: decora. Calatrava es un arquitecto. Calatrava es, o puede ser cuando le pica, un buen arquitecto. No se puede dudar de esta afirmación. Calatrava puede ser también un arquitecto desbocado, fuera de control. Y, por tanto, un indeseable autor de obras pésimas desde cualquier punto de vista. Pero ojo: lo que ha hecho, lo que es, lo que significa nos retrata. Calatrava ha recibido mucha leña por ser un arquitecto capaz de arruinar una ciudad entera con sus delirios. Pero mientras nos lo cargamos por esto alabamos personajes como Paco Alonso, autor de obras maravillosas, incuestionables desde el punto de vista arquitectónico que también causaron la ruina de su propietario. Y no ha sido el único. Calatrava es el espejo en que confrontamos nuestra profesión. Tanto más por el hecho de que haya conseguido construir lo que ha querido. Con todo lo que eso ha significado.

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Vivienda unifamiliar proyectada por el arquitecto Paco Alonso: calidad arquitectónica excelsa, belleza sobrecogedora, referencia arquitectónica… y la ruina de su propietario.

Cuando un emperador romano entraba victorioso en la ciudad después de una campaña lo hacía envuelto de sus ejércitos, cruzando arcos de triunfo, exhibiendo botines y prisioneros. En su carro iba él y un esclavo escogido, a menudo un guerrero de gran valor o alguien significado. Sujetaba una corona de laurel sobre la cabeza del emperador mientras murmuraba incesantemente en su oído Respice post te, hominem te esse memento. Mira tras tuyo. Recuerda que eres un hombre.

(1) La historia de la literatura reciente debe mucho a este género: Hemingway, Wolfe, Hunter S. Thomson, Mailer, Vázquez Montalbán, Ilf & Petrof, Grossmann, Kapuscinski o la Nobel de Literatura del año pasado, Svetlana Aleksiévitx, son dignos ejemplos de escritores que lo han practicado. La lista es interminable.
(2) Se conocen muy pocas viviendas de Calatrava, y Moix no se ocupa de ninguna de ellas, por lo que no podemos hablar de habitantes excepto cuando el periodista encuentra homeless ocupando alguna de ellas. Que pasa.
(3) Lo que viene a reforzar una verdad incómoda: la arquitectura es, sencillamente, construcción. Su influencia, su repercusión, su repercusión no se realiza a través de teorías o proyectos, si no de lo que se llega a materializar. Y aquellos arquitectos que estamos alejados de este mundo no contamos para nada.
(4) Atribuido a los Hermanos Lumière, pero la cosa es más complicada: los Lumière lo empiezan y lo estancan. Méliès le da la magia, y Griffith el lenguaje. Edison… bien, seguid leyendo.
(5) Mayormente escenas para el género cinematográfico más importante del momento: el western, que justo acaba de nacer.
(6) E, insisto, no es el único.
(7) Igualmente está sucediendo una cosa curiosa, que empezó en ciudades como Valencia o Nueva York y que ahora ha llegado a Barcelona: el vacío como obra significativa de un lugar. Corredores verdes, parques lineales, gigantescas reservas ecológicas como la Green Line, el lecho del Túria o el Llobregat o el Besòs. Ahora, esto en Valencia degeneró en la Ciutat de les Arts i de les Ciències y en Nueva York está estructurando los inmuebles y los equipamientos más caros de la ciudad. Ojo.

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