“¡Recuerda filmar el misterio de la profundidad!”

(Imágenes reproducidas con la autorización de Ángel Borrego, a quien doy las gracias por su colaboración.)

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El cine tiene mucho en común con la arquitectura. Por tanto, del mismo modo que el cine usa, crea, narra y critica arquitectura a un enorme nivel, y no necesariamente en documentales de arquitectura, sino en el cine comercial, que incorpora las leyes de la arquitectura, o de proyectos concretos, a la narración, la arquitectura puede usar el cine para explicarse siguiendo las propias leyes del cine.

Así, The Competition (Ángel Borrego Cubero, 2013) es, antes que nada, una película. Su contenido narrativo hace necesario remarcar esta obviedad. The Competition, siguiendo la reflexión, es una película de género. Concretamente un Thriller de manual: una historia de suspense en que un narrador omnisciente, en este caso el propio director, narra las vivencias de un grupo de profesionales en búsqueda de un encargo importante. Porque, del mismo modo que una novela raramente se empieza a escribir por la primera página, el cine es aquello que pasa en la sala de montaje. El público, como no puede ser de otro modo en un documental, piensa (y ve) una cámara filmando una acción, del mismo modo que en el cine de ficción piensa en una cámara filmando unos actores. La realidad es que se debería de pensar en una sala de montaje, en programas de edición con sus líneas temporales dilatadas hasta la décima de segundo con sus múltiples pantallitas de medida ridícula abiertas para ir controlando las secuencias, con fragmentos de banda sonora archivados prestos a ser usados. Allí es donde alguien que tiene todos los hechos en la cabeza, estructurados por un guión, juega a convertir la ignorancia del espectador en un hecho creativo, juega a dejar a los protagonistas, una vez sucedido el desenlace, ignorantes de su destino mientras reconstruye el clima de curiosidad con que los documentalistas registraban los hechos.

The Competition, al igual que muchos proyectos de arquitectura, es una película muy dependiente de las circunstancias. No es la película que Ángel Borrego ha querido hacer: es la película que Ángel Borrego ha podido hacer. En esto influyeron tanto la propia secuencia de los acontecimientos como la actitud de los protagonistas como la cocina de la película: su sistema de financiación, los plazos de obligado cumplimiento. Incluso la decisión de contratar y pagar a un equipo. El montaje convierte esta película concreta en un hecho inevitable. Es la única película posible.

En tanto que obra consistente la película es un ejemplo paradigmático de lo que ha de ser la crítica y, por extensión, la crítica de arquitectura. La película se ve, y se disfruta(1), por sí sola. Un análisis de la misma, incluso de las emociones que provoca, permite profundizar en su mensaje hasta donde se quiera.

Los hechos: The Competition toma un concurso de arquitectura promovido por el Gobierno de Andorra para la elección del estudio de arquitectura que habrá de construir el Museo Nacional de Arte. El concurso se planteó con gran ambición, demandando arquitectos con premio Pritzker o similar en la fase de selección, lo que llevó a la elección de los estudios compandados por Frank Gehry, Norman Foster, Zaha Hadid, Jean Nouvel y Dominique Perrault(2). Ángel Borrego consiguió que el gobierno modificase las bases del concurso para incluir la obligatoriedad de filmar el proceso de concurso, proyecto y presentación semiprivada final ante los miembros del jurado. La primera consecuencia de esta decisión fue la retirada inmediata del estudio de Norman Foster(3) sin más explicación adicional.

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… su edificio no va a pesar nada, Lord Foster.

Los cuatro equipos restantes decidieron hacer un caso desigual a esta regla de concurso. Tan sólo Jean Nouvel siguió la regla hasta las últimas consecuencias. Los tres arquitectos restantes decidieron compensar de algún modo su desafección mediante entrevistas personales(4). Gehry a penas dejó hacer nada más durante el proceso de proyecto. Perrault permitió alguna filmación testimonial en su estudio, y Hadid permitió la asistencia de las cámaras a las reuniones formales de su equipo de ingenieros. Las presentaciones, ya en Andorra y controladas por los promotores, igualaron ligeramente la descompensación de la dedicación de los concursantes.

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La espantá de Gehry.

De modo que la singladura del estudio de Jean Nouvel estructura buena parte de la película. No es, pues, una decisión partidista: es la única decisión lógica que podía tomar el director obligado por las circunstancias. Los esfuerzos del equipo son puntuados por las imágenes de los otros estudios. El desarrollo del proyecto de Nouvel, pues, conserva su línea temporal completa y, a través de ella, es posible reconstruir la lógica no lineal de un proyecto de arquitectura: cómo el edificio se va conformando, cómo la decisión inicial se va consolidando, cómo las decisiones auxiliares que la refuerzan son descartadas o modifican ligeramente el punto de partida. Las luchas por el diseño de diversas partes del proyecto y, en cambio, la seguridad con que otras partes de éste son diseñadas, sin dudas ni vacilaciones aparentes. El desarrollo de la línea temporal de Nouvel es tan completo que ni tan sólo se hace necesaria una entrevista al arquitecto, que aparece frecuentemente en pantalla, siempre brevemente, siempre en momentos insospechados, no pocas veces con sentido del humor. También permite imaginar qué canto a la arquitectura hubiese sido esta película si los concursantes hubiesen seguido las bases y Foster no se hubiese retirado. Sin que llegue a compensar esto, la entrevista a Dominique Perrault ofrece reflexiones válidas sobre cómo concibe los proyectos. La parodia de entrevista que Frank Gehry concede al director, a pesar de su corta duración, permite entender perfectamente la lógica subyacente a los proyectos del arquitecto.

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El equipo de ingenieros de Zaha, discutiendo.

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Perrault, comentando su edificio.

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Una empalmada en casa de Nouvel: todo a la vista.

No existe ningún juicio de intenciones en la presentación de este material. Ninguna intención de comentarlo o de corregirlo. Es el espectador, basado en su experiencia, quien infiere, de creerlo conveniente, el subtexto de cada estudio. Por ejemplo: que Zaha Hadid no aparezca en todo el metraje no implica necesariamente que la arquitecta se desentendiese del proyecto. Puedo desvelar(5) que, de hecho, no fue así: Hadid controló el proyecto con intensidad, independientemente de su ausencia en pantalla. Lo que hay no es lo que sucedió en cada estudio durante el proyecto. Lo que hay es lo que se pudo filmar. Así de sencillo. La parte de las presentaciones, al poderse reconstruir entera, permite una comparación directa de los estudios y de los modos de operar de sus jefes que acaba resultando uno de los rasgos más interesantes de la película.

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Las presentaciones. La respuesta de Gehry, contextualizada, es mucho más profesional e interesante de lo que parece.

El desenlace es conocido: después de una singladura azarosa provocada por la caída de Lehman Brothers(6) y de un cambio de gobierno, el nuevo gobierno decidió realizar una maniobra política que descalificó a todos los participantes para, a efectos prácticos, poder anular el concurso; no hemos sido nosotros, han sido ellos. De cara al espectador esta decisión democratiza el resultado, confrontándolo con su propia opinión. Desaparecida la opción oficial no tiene otra arma, si quiere escoger una opción ganadora, o preferida, que su propio criterio.

La difusión de la película se ha producido principalmente a través de festivales, no encontrándose, que yo sepa, colgada en ninguna página(7), lo que la ha entregado al boca-oreja. El espectador, sobre todo si está relajado, acostumbra a confrontar la acción con su experiencia o con sus prejuicios. Así, cada espectador de The Competition, o cada persona interesada en la película que haya accedido a ella a través de terceros, ha visto, oído o leído lo que habrá querido ver/oír/leer: gran mérito de la película, que, de haberse connotado más, hubiese quedado convertida en vehículo de lecturas partidistas. En cambio, The Competition presenta múltiples niveles de lectura: desde el proceso de definición de los proyectos, desde el elogio a una determinada mecánica de contratación, desde el funcionamiento de los diversos estudios retratados… y también desde las condiciones laborales que éstos definen, información, por cierto, que habrá de sumarse al texto de la película de modo exógeno, ya que ésta no da pistas al respecto. Es decir, quien quiera criticar a los estudios o el criterio de selección del Gobierno Andorrano (resumido en la frase Pritzker o similar) tendrá gasolina suficiente para hacerlo. Aunque el espectador que tome partido por esta lectura tendrá mucho trabajo pasando por alto todo el resto de aspectos relevantes que también toca(8). Y quien quiera enfrentarse a la película leyéndola como un elogio al concurso de ideas como sistema de contratación, un mecanismo que homogeniza, mediante el proyecto concreto sobre la tarea a realizar, los méritos anteriores, un mecanismo que prima la creatividad, un mecanismo que permite a los arquitectos expresarse mediante su principal arma, el proyecto, encontrará pocos espacios en blanco en el desarrollo del argumento. El espectador se encontrará con que, quizá, sea ésta la lectura primaria que haya querido hacer su director, un arquitecto con estudio abierto que sabe perfectamente que la alternativa al concurso es un simple listado de curricula y un poderoso aval bancario. Lo que, por cierto, resulta bastante menos democrático.

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(1) La palabra adecuada sería diversión. La película es divertida. Di-vertida. Es decir, permite que el espectador se diverja, salga de sí mismo y pueda adoptar múltiples puntos de vista.
(2) Perrault vendría a ser el o similar que decían las bases.
(3) Lo que ha brindado a la película el espectral cameo de Luís Fernández Galiano, casi a la altura del que realiza Robert Patrick en Wayne’s World.
(4) La de Zaha Hadid se quedó en la sala de edición por decisión del director.
(5) Gracias al propio Ángel Borrego.
(6) La banca privada es, o era, el principal negocio del país.
(7) Lo que ha motivado que tenga que realizar esta crítica habiendo visto la película una sola vez, lo que no es habitual en mí.
(8) Aunque lo mismo ni hace falta ver la película para esto: con los prejuicios previos y dos minutos de visionado hay más que suficiente.

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