RCR-Lab·a workshop 2016

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La presente edición del workshop RCR LAB·A ha acabado, y ya van nueve. El número no es gratuito, ya que hablamos de un evento que funciona por acumulación. La estructura se ha ido haciendo más y más compleja, mezclando un programa específico para los participantes y uno abierto para cualquier asistente que se quiera dejar caer una tarde de agosto en Olot, perfeccionándose año tras año, clarificándose y destilándose para conseguir una inmersión, una comprensión del modo de hacer arquitectura de RCR arquitectes, que organiza el workshop a través de RCR Laba y RCR Bunka, la fundación que vehicula la vertiente cultural del estudio.

RCR se ha significado por un modo de comprender la arquitectura muy particular: una experiencia total que envuelva todo el cuerpo, que englobe la mayor cantidad de sentidos posibles, una experiencia que parte de un lugar y de un programa a encajar para transformar el lugar de modo que toda su belleza inherente, que todo su potencial de transformación social y espiritual salga, se destile, aflore y lo haga de tal modo que parezca que siempre haya estado allí.
El lugar de los RCR, la base donde viven y desde donde trabajan, es Olot. Pero su manera de intervenir, su método, puede extrapolarse a otros emplazamientos, a otros paisajes, a otros climas y modos de vivir. En años precedentes se había trabajado en proyectos sin emplazamiento que pudiesen equilibrar esta inmersión total en la Garrotxa (ya, en ella misma, un caso de estudio), donde están emplazados la mayoría de los proyectos que se trabajan. Pero este año, por primera vez, se han intervenido en un emplazamiento concreto que no es Olot: el monasterio de Vallbona de les Monges; un paisaje, un clima, una cultura, un modo de vivir el espacio exterior completamente distinto.

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El lugar es, pues, la base. El lugar y una pregunta que se le hace, un encargo, un programa, una demanda. La idea de cualquiera de los ejercicios desarrollados es partir de este lugar y llegar a resultados tan respetuosos como ambiciosos, resultados atrevidos, libres, resultados que permitan al participante volar y ser posibilista a la vez. Resultados que, como si de un concurso se tratase, demanden un final y una representación, un trayecto que empieza y acaba, que permite digresiones, discusiones y divagaciones y que también demanda concreción. Resultados que, al final, han de combinar la libertad propositiva con un toque de realidad que los haga construibles. Porque la idea es hacer que las cosas pasen. En el workshop los sueños no se dejan perder: se construyen.
La estructura para conseguir esto es compleja: el estímulo continuo, la inmersión en el proyecto, se combinan en una inmersión en un marco donde pasan muchas cosas diferentes, y donde a menudo suceden a la vez: este año hemos tenido la posibilidad de contar con un premio Pritzker, Eduardo Souto de Moura, exponiendo dudas, lo que no ha sido exento de polémica. Hemos contado con la primera conferencia que impartía el escenógrafo Alfons Flores. Hemos contado con charlas que hablaban de misticismo y piedras, de las energías del lugar, de cómo estructurar una metrópolis a través de sus espacios vacíos. Y un largo etcétera que, además de explicar un método, procura hacerlo comprensible por inmersión: si se ha de explicar demasiado es que no vale la pena. Las visitas a las obras las salidas nocturnas, la correcciones públicas y la presencia de los workshop paralelos de fotografía y escenografía van por aquí.

Y es en este contexto que toman sentido estos workshop paralelos al de arquitectura: como estructuras complementarias que, coherentes por sí mismas, son capaces de configurar y estructurar esta globalidad, de jugar con ella, de hacerla más comprensible y compleja. El workshop de fotografía, dirigido por Hisao Suzuki, juega con el doble propósito de documentar, de reivindicar el valor de serie del reportaje, y de capturar instantes, sensaciones, momentos. La fotografía reflexiona sobre la realidad y saca lo que tiene de extraordinaria. El workshop de escenografía hace lo mismo desde otra vertiente. Dirigido por Alfons Flores se reflexiona sobre el salto que hay entre entender una obra, un concepto, extrapolarlo, actualizarlo, darle vida en un espacio concreto que se ha de convertir, sin que pierda su esencia, en aquello que el texto propone: siempre el mismo juego. Las escenografías proponen, analizan, potencian lo que tiene de bello o de grotesco o de temible la realidad. El workshop de escenografía entró a saco convirtiendo el Espacio Barberí en Majagonny. O en tantos Mahagonnies como fuesen capaces de imaginar sus participantes trabajando en equipo, brillando por el camino a una altura que sorprendió a todos los asistentes en la presentación final: otra de las experiencias que permite vivir el workshop.

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Porque se trata de eso: de experimentar. De vivir. De sumergirse durante un mes con el propósito de acabar con un proyecto que permita salir de lo cuotidiano, probar este mundo y formar parte de él. En Olot, en el espacio Barberí, donde la luz cambia en función del día. Donde la luz impone el ritmo, donde los intereses comunes son la regla. Y donde puede ser que esto te cambie.

Fotos: Hisao Suzuki

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