Peter Eisenman was a flor-fina


Recuerdo, hará tiempo, una clase del difunto Ignasi de Solà-Morales donde nos contó que su amigo Peter Eisenman consideraba como lo mejor de todo el Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe la cajita de luz que hacía las funciones de chimenea, porque no se podía llegar, de ninguna de las maneras allí dentro: era un espacio prohibido.

Ahora me río: Solà-Morales, junto con los arquitectos Cristian Cirici y Fernando Ramos, reconstruyó ese pabellón, construyendo, a su vez, esa cajita: en el pabellón original de 1929, Mies la mandó tapar, porque no le gustaba. Sin ahondar en la polémica de su reconstrucción, últimamente tiendo a pensar, sobretodo basado en las tesis del excepcional libro “El Horror Cristalizado”, de Josep Quetglas, que los autores de la reconstrucción, más que pretender resucitar un pabellón, convierten en edificio lo que no lo era. Pura escenografía que, ahora, se ha hecho mayor, y satisface nuestras ansias de poderle dar la vuelta, de podernos meter dentro. Quizá, como el propio Quetglas objeta, porque nos falta imaginación. Dame pan y dime tonto: aún pudiéndole dar la razón fustigándome por mi propia falta de talento y pidiendo perdón por mi existencia como arquitecto, mejor que esté.
El pabellón reconstruido está recordando constantemente su programa original: un salón del trono moderno, precario, elitista, escenario de una ceremonia única que ha contaminado todas las posteriores, demasiado pomposas o demasiado autocomplacientes respecto de un edificio que siempre tuvo la voluntad de ser un simple marco de cuadro. Sigo. De noche, el pabellón queda habitado por carteristas ocasionales, gatos trotamundos que habitan el jardín posterior, y por un único vigilante jurado, muerto de hastío y también de frío de no llevarse una estufita de casa, eventualmente suplido por un segundo vigilante, normalmente mitómano del propio pabellón, que acabará tan aburrido como el primer vigilante. Esta cadena puede llegar al tercer grado de subcontratación, y, hace años, uno de estos lectores que luchaban por no quedar dormidos en su silla de la librería que contiene el pabellón auxiliar, sentado tras una mesa des de la que se veía toda la plaza delantera, las fuentes de Montjuic, y algún arquitecto despistado al que había que echar a las tantas de la mañana, fue mi primo Xavi. La confianza da asco, y, armado de packs de seis cervezas frías, pasé varias noches de verano en mi querido cadáver exquisito.
Las sillas Barcelona son tronos, efectivamente. Mies no quería una vivienda ideal. Eso lo descubrí allí dentro, distribuyendo mentalmente el edificio (noches a venir, hicimos el mismo ejercicio en unos A-4 que se han perdido). Ni tan sólo es una vivienda, sino esa sala de recepciones anquilosada, más rancia cuanto más elegante y moderna, estereotipada, donde la sensualidad siempre es una visión lejana, una visual reposando sobre una pared de ónix demasiado cara, una cortina de terciopelo que no puedes tocar sin retroceder tres pasos, quedando fatal, un espacio vacío donde poder exhibir una vestimenta igualmente sobira, cara e incómoda. Hedonistas los dos, Xavi y yo combatíamos el calor semitendidos sobre las losas de travertino, apoyados sobre los almohadones de cuero de las sillas Barcelona, ahora convertidas en carcasas cromadas dejadas como esqueletos precarios tras nuestra vista, fantasmas de tantas ceremonias, la principal de ellas oficiada por ese productor de películas porno que no supo mantener su oficio principal de rey de una España que sabiamente lo echó. La pared de cristal que separa el estanque hacía eso, de pared. Levantábamos la vista, incómodos, como si Mies hubiese querido negar la comunión de los sentidos: si tocas algo no ves nada, si ves algo no puedes estar cómodo. El arquitecto quería tensión, atención, envaramiento. No se puede visitar ese fantasma relajado.
Bebíamos nuestras cervezas apoyados en esa pared de cristal, semitendidos, el lecho de almohadones desmontados. La pared de mármol verde, la estatua de Kolbe, más viva que nunca, esperado ese amanecer que la da el título, (y, cuando pasaba, fantástica visión de esa niña rígida cobrando vida, despertando lentamente como si fuese un reloj de manecillas dando la hora exacta por segunda vez en un día), la brisa por encima del edificio, el calor pegajoso que nos hacía estar separados al justo alcance de la voz baja. Barcelona desaparecía: los ruidos del tráfico, las preocupaciones, todo tranquilidad, ese relax que se niega a los visitantes diurnos, tiempo parado, el shhhhhh de las hojas de los árboles y, eventualmente, otra lata abierta. Silencio: no hablábamos.
Otros días explorábamos. Cosas que todavía no puedo explicar, losas del edificio auxiliar que se movían subiendo y bajando, camuflando un montacargas de plataforma. Bajo, los cimientos, la misma base de construcción tradicional que se montó el 29 con vueltas catalanas ahora resueltas con un unidireccional anodino de revoltón cerámico: catacumbas. El estanque por debajo, almacenes demasiado tentadores de libros y más libros, paisaje de fluorescencia y pavimento continuo barato, un no-lugar sin tiempo ni interés, las instalaciones de un edificio pensado para no tenerlas. Y, un día, una trampilla. Metálica, negra, pesada, repelente. Una escalera precaria, la euforia de las demasiadas cervezas de ese día, Xavi inventariando libros en alguna otra parte, levanto ese peso muerto y estoy dentro. Dentro de la caja misteriosa de Peter Eisenman. Dentro del lugar donde no se podía llegar. Dentro de una caja de cristal: paredes opalizadas, techo. Lugar anodino de nuevo, sin otro interés que frustrar las intenciones de ese arquitecto que luce tan mal las pajaritas, un jódete a un presunto poeta que se queda en visionario-que-no-mira-lo-suficiente. Yo lo hice, y el premio por saber demasiado es un cierto desencanto que no me arrepiento de tener, una nueva manera de pensar en contra de un arquitecto autocomplaciente, que, demasiado deprisa, ha dicho que no se puede llegar a un lugar donde, con tiempo y ganas, llegas.

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