Papá concejal


l barrio de la Torre Blanca, en Sant Cugat, recibe su nombre gracias a una masía del siglo XVI (aunque de este siglo poco más que la estructura se debe mantener, ya que su aspecto quedó fijado, por lo que sé como historiador amateur de la arquitectura, sobre últimos del siglo XVIII, cuando Sant Cugat era el primer productor catalán de vino). Esta masía fue ocupada, más o menos al inicio de las obras para construir el barrio. Los ocupas convivían con un paisaje de bulldozers, penetrómetros, excavadoras y hormigoneras. De polvo y ruido de martilleo de ocho a seis, seis días la semana. Amén en el séptimo. Protestaban por la especulación que había dado origen y forma al barrio.
Su protesta se vehiculó habitando (a ratos) esa masía, organizando fiestas y haciendo ruido las horas en que no se trabajaba.
Tenían una manera curiosa de habitarla: la masía estaba, entonces, situada en medio de un descampado. Y en medio del descampado se quedó. No hubo intervención sobre el entorno, sin cuidar, sucio de polvo o barro según el tiempo. Siempre sucio. Pongo ejemplos de intervenciones sin coste económico a realizar cuando se tiene una fuente importante de mano de obra gratuíta y ociosa: no se pavimentó, con piedras planas del entorno, el camino de acceso. No se plantó ningún árbol, o fijó ningún terraplen con plantas aromáticas, que crecen casi sin cuidados.
El edificio tuvo menos suerte todavía. Ignoro si las goteras se repararon. Las carpinterías degradadas del edificio, visibles perfectamente desde la calle, no se substituyeron. Los cristales rotos quedaban suplidos por su vacío o, pocas veces, por un cartón. Y no, no era falta de dinero: algunos ocupas venían de familia acomodada. Otros alquilaron, legalmente, un espacio más privado, donde podían guardar perfectamente ordenadores y otro equipo caro, para estar tranquilos ocasionalmente. Su ritmo de vida era alto. Por tanto, un fue una cuestión económica lo que hizo que el edificio se degradase. Por último, la fachada quedó pintada de colores grotescos, llamativos. Obviaré el debate estético puro y duro: no me interesa. Las pinturas no me gustaban. De hecho, las odiaba. Pero esto es sólo una opinión. El hecho es que no respondían a ningún proyecto unitario, y se limitaban a ser fragmentos de información sobre un muro envejecido, descohesionadas, azarosas, arbitrarias. Aún estando hechas bajo los auspicios de una protesta contra la especulación, ningún proyecto se le enfrentaba: tan sólo voces tan solas como los promotores que pretendían hacerse suyas esas parcelas para tomar el dinero y correr.
Mientras tanto, el barrio se iba llenando de viviendas a ritmo furibundo. La actitud de los ocupas respecto de los volúmenes vacíos (las parcelas) fue de pasividad total y absoluta. De permisividad. No se realizó ninguna acción sobre las obras. Ninguna denuncia, ni inspección, ni pintada. Ni una. Su denuncia contra la especulación, terminó, en una primera fase, con el uso de cuatro paredes viejas ligadas a un entorno cambiante.
El planeamiento del barrio estaba ya hecho. No contemplaba la salvación de la masía, colocada en una posición excéntrica respecto del paquete de equipamientos, y tangente a la nueva rambla que vertebraba (o que quiso vertebrar, fracasando estrepitosamente) la zona de viviendas privadas. La urbanización del lugar quedó a una cota inferior a la de la planta baja de la masía, que cuelga, ahora, sobre una lomita de altura variable, des de un metro hasta poco más de dos, respecto de la calle.

…y los ocupas resistiendo, ajenos al planeamiento, cediendo terreno pasivamente a las obras de urbanización que dejaban fuera de combate al edificio. Sin ninguna protesta legal, sin ninguna solicitud de cambio de planeamiento.
La acción de desalojar la masía para derribarla fue parada, ‘in extremis’, gracias a la llamada de un padre-de-ocupa político. Como dos polos sur de un imán, la policía y los ocupas fueron gravitando un rato, observándose a distancia, Los segundos, manifestando su carácter intocable, se desnudaron completamente, subieron a un tejadito y provocaron a los agentes del orden que, valga la redundancia, se limitaban a cumplir la orden de no hacer nada: los ocupas habían ganado.
¿Y qué ganaron? La masía se preservó, obviamente. El edificio sobrevive, ampliado, rehabilitado, funcionando como centro juvenil, limpio, impoluto.
Su entorno es un monumento a la ineficacia de la propuesta: fachadas de edificios de viviendas, ninguno de ellos relevante arquitectónicamente (tampoco presionó, o se quejón, nadie para que lo fuesen), mediocres, tristes. La posición de la masía, excéntrica a la zona de equipamientos del barrio, de la ciudad. Aún así, como equipamiento funciona: Sant Cugat es una ciudad con un déficit estructural de equipamientos tal que cada edificio público que se abre se llena. Aún así, al haber quedado al margen de la planificación, queda demasiado cerca de la biblioteca actual como para tener autonomía propia y demasiado lejos como para funcionar en red con ella. El ayuntamiento incluyó este equipamiento en sus estadísticas, y algún otro lado de la ciudad (que tiene un término municipal hipertrofiado, monstruoso) se quedó sin su biblioteca.
La posición respecto de la calle, producto de este azar no planificado, ha obligado a todo un catálogo de rampas para enchufar el edificio a su entorno. Y, al final, más que unirlo, ha quedado separado por una acumulación de barreras arquitectónicas, de barandillas, de escaleras y de todo un lumpen de cosas que ensucian la vista y hacen antipático el ingreso al edificio.
Y los ocupas se han disuelto. Evaporado. No eran ninguna organización reglada, no tenían estatutos, ni responsabilidades. Por tanto, no han de responder ante nadie. Se constituyeron, vaporosamente, como una máquina de presión pura que exigía derechos sin dar la más mínima responsabilidad. Y ahora no se los puede acusar de nada, porque no están. Sí, en cambio, se puede hacer lo propio con los promotores (el ayuntamiento) y los arquitectos que se ocuparon de la rehabilitación.
Des del momento en que los ocupas entraron en el edificio éste estaba condenado. Tan implacablemente como si alguien lo hubiese dinamitado. Sí, salvaron cuatro piedras enchufadas a un entorno que ha sufrido un cambio de paradigma, una transformación tan profunda que ha convertido una preciosa masía que había organizado el entorno en un cáncer metido en calzador en un barrio que ni la admite ni la necesita. Partidarios de la acción directa, los ocupas no entendieron el carácter de organismo convocante del entorno de esas cuatro paredes: muerto el entorno pierden la razón de ser. Per ah! El entorno no era algo tan inmediato de salvar… El planeamiento (con su conformidad por omisión) no fue alterado.

El desastre continua (de hecho, culmina) en la rehabilitación. Si alguien alegaba los valores arquitectónicos del edificio como motivo de salvación sólo ha de mirar las fotos. La preciosa tribuna de madera ha quedado suplida por un símil patético (todo un ejemplo de lumpenrehabilitación) hecho con carpinterías de aluminio anodizado imitación madera barnizada. No se conserva ni una sola de las carpinterías originales. Gran parte de los cielos rasos y la totalidad de los pavimentos han desaparecido. Los nuevos engañan queriendo simular lo que hubiesen podido ser en alguna época, pero sin voluntad ni carisma.

La ampliación que tenía que enchufar el edificio al barrio es todavía más dramática: un cuerpo de una sola planta, bajo, detrás, con una geometría resultante de empotrar contra unas medianeras con la directriz del barrio a un cuerpo girado en el ángulo de la masía (orientada, como todas las del Vallès, al sur-este: las masías catalanas giran con el sol en función de su localización, siguiendo, más o menos, las comarcas naturales y casi siempre giradas cuarenta y cinco grados respecto de los puntos cardinales). No tiene fachadas. Su parte posterior da a una rampa de garaje sucia y desangelada. Los patios no funcionan, y las rampas de acceso para minusválidos (encajadas en el espacio entre la fachada y la calle) expulsan a los visitantes casuales del edificio.



En resumen: más hubiese valido derribarla y rehacerla, quizá en un ejercicio parecido al que Miralles hizo en Santa Caterina (donde, como él mismo contaba, primero desmontó el edificio para luego ver cómo lo volvía a montar) o al de Le Corbusier y su capilla de Nuestra-Señora-de-lo-Más-Alto, en Ronchamp, un depósito, un relicario para guardar las piedras de la antigua capilla.

Al final, una patética oportunidad no tan sólo perdida, sino disfrazada de victoria pírrica que debe de provocar a cualquier amigo de Paco el Pocero que pase por allí un ataque de risa descontrolado.

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