Arte omnívoro

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1- De la literatura

No sé si puedo pensar en un concepto con más ataques a lo largo de la historia que el Canon, que fija el valor de una obra de arte, y el valor de un arte particular en una clasificación jerárquica que ha calado de modo casi absoluto en occidente prácticamente desde los romanos, y que se ha ido reforzando más y más a partir del Renacimiento. Mucha gente se lo ha querido cargar, sólo para substituirlo por otro. Otros, como Harold Bloom, propugnan su actualización constante y una revisión crítica del mismo que reconozca su perspectiva histórica. Soy de esta opinión.

La distinción fundamental de este Canon es entre Bellas Artes y Artes Aplicadas. Las primeras son las artes puras, y, por tanto, las más elevadas. Las segundas son las contaminadas por la visión real, por el material, por la sociedad, y son consideradas más bajas. Encuentro completamente falsa esta distinción. Todavía se me ha de demostrar que existe cualquier Bella Arte. Cualquier Arte, la que sea, separada de su contexto.

Por descontado no es el caso de la literatura.

La literatura se entiende como la transmisión de un mensaje a través de la palabra o de las letras, prestando atención tanto a lo que se dice como a cómo se dice. La literatura siempre ha estado contaminada de su realidad sociopolítica. En la Edad media la encontramos partida en dos: Dentro y fuera del scriptorium. Dentro del scriptorium hay tiempo para la reflexión, la condensación, la glosa, la poesía. La literatura se hermana con el diseño gráfico y con la ilustración de modo completamente indistinguible. Modo que modernamente se ha rechazado al editarse estos textos desnudos y, por tanto, alejados de las intenciones formales de sus autores. Fuera del scriptorium la literatura es oral y se acompaña con música. Como había pasado en la Grecia antigua. Como seguirá sucediendo hasta la actualidad. El miedo a la Inquisición marca los contenidos y las formas, y éste se extenderá diversos siglos más. El Barroco es la época de las utopías. De los primeros autores destacados. La literatura devendrá siempre una arla política de primer orden. El siglo XIX nos traerá la crítica social. El cine abre perspectivas. La máquina de escribir cambia completamente el ritmo de escritura. En los años cincuenta la filosofía se ha separado tanto de las formas literarias que se deberán juntar de nuevo en la figura de Sartre.

La forma o las formas propias de la literatura en cualquier momento histórico son hijas de una multiplicidad de factores socioculturales que impiden pensarlas de modo puro y descontextualizado de su momento.

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Homero, por Philippe Laurent Roland: La poesía es música.

2- De los premios

Siempre he declarado que no creo en los premios excepto si los ganan amigos míos y me puedo alegrar por ellos.

No me retractaré ahora de esta opinión. Sin embargo los premios tienen una influencia social brutal al margen de lo que yo pueda o no sentir. Influencia que nos afecta a todos, incluso a los que no creemos en ellos. Los premios contribuyen al Canon. Lo afectan, lo modifican y lo transmiten a la sociedad casi como si tuviesen categoría moral.

Hay jerarquías de premios. Jerarquías obvias arriba de las cuales están los Premios Nobel(1), instaurados por el inventor de la dinamita (que, de hecho, es nitroglicerina estabilizada y, por tanto, de múltiples aplicaciones tanto civiles como militares) que, gracias a su fortuna, a la que, por cierto, no renunció jamás, instauró una batería de premios destinada a prestigiarse a sí mismo divididos en categorías por ciencia y arte(2), culminando en lo único que importaba a su promotor: el de la Paz(3). Las miles de páginas, los debates encendidos, las controversias históricas, las celebraciones y las decepciones año tras año nos hablan del prestigio de estos premios.

3- Dylan

Bob Dylan es un vórtice. La complejidad de su figura, su influencia en el arte, la política y la religión es tal que apenas estamos preparados para entenderlo como uno de los personajes más influyentes de la historia reciente, a la altura de Newton, Cervantes o Leonardo da Vinci. Dylan ha escrito libros. Ha hecho teatro. Cine. Es pintor. Es escultor. Y, sobre todo, ha destacado en la música y en la literatura. O en la literatura y en la música.

Quizá la mejor aproximación al personaje que se haya hecho es la película I’m Not There, de Todd Haynes (2007). Y digo aproximación porque, dentro de su belleza y de su consistencia, se queda corta. Muy corta. En el film no aparece un Dylan: aparecen seis, interpretados por seis actores diferentes. Las seis edades de Dylan. Desde un Richard Gere que confunde el personaje con Billy the Kid hasta una Cate Blanchett interpretando al furioso rockero drogadicto de finales de los sesenta. Y la película acierta incluso en eso: Cate Blanchett, una mujer, interpretando al Dylan más visceral y cabreado. Sobran las palabras.

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Cate Blanchett y Richard Gere como algunos de los muchos Dylan en I’m Not There (2007).

No hay un Dylan. Hay muchos. El harmonicista virtuoso de veintipocos años que deja plantado a Harry Belafonte en el estudio de grabación. El trobador folk, el Dylan más literario en el sentido canónico de la expresión, el Mesías que inspira el mayo del 68. El creador de frases y canciones que consiguen que se arranquen los adoquines del suelo(4). Es la literatura de siempre, la literatura aplicada, la literatura al servicio de un mensaje. De la Revolución, si se quiere. Literatura siempre de altísima calidad, expresada con frases cortas, contundentes, cantadas con una energía salvaje que implosiona más que explosiona.
Y Dylan romperá con él mismo. Dylan se electrifica y aquel día el rock se vuelve adulto. Musicalmente las canciones se vuelven tan planas que a menudo se rapean más que se canatan(5). Las estructuras armónicas, ya pobres, se depuran y simplifican al límite(6). La tensión se vuelve longitud, una longitud que tiene sentido tanto por estirar, amplificar, reforzar un sentimiento como por la brutal calidad de las letras.

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Dylan enchufó la guitarra y cambió la historia de la música.

El público no lo entenderá. Después de salir expulsado literalmente a hostias al final de la tercera canción en el Festival Folk de Newport del 65 se pasará tres años girando con lo que sería el embrión de The Band, ofreciendo recitales furiosos, salvajes, de los que a menudo sale silbado e insultado. No es extraño que se tuviese que refugiar en las bambalinas por culpa de las piedras que le tiran(7).

Cuando los tiene a todos convencidos vuelve a coger la guitarra acústica y se va a Nashville a gravar con Johnny Cash.

Después de esto viene la libertad. Dylan hace lo que quiere y cuando quiere. Exorciza fantasmas personales de divorcios (Blood on the tracks) o de accidentes graves de moto (The Basement Tapes (8)). Toma decididamente las riendas de su propio mito y organiza la Rolling Thunder Revue: la gira del líder visionario de una generación. La gira donde la literatura y la música se dan de la mano de manera absolutamente indivisible: entre canción y canción Allen Ginsberg y Sam Shepard recitan poemas a grito pelado con la cara pintada de blanco: a los despistados que se pregunten si un poeta puede ganar un Grammy se les podrá objetar que Ginsberg y Shepard lo hubiese podido hacer perfectamente en esa época.

Y de eso hace cuarenta años.

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Bob Dylan y Allen Ginsberg ante la tumba de Jack Kerouak en una época en la que cualquiera de los dos hubiese podido ganar un Nobel o un Grammy indistintamente.

Vendrá la conversión y el Dylan religioso: Slow train coming y los Dire Straits como grupo de refuerzo en una serie de discos gospel donde la calidad musical se mantiene, como mínimo. O sube.

La calidad literaria se mantiene. Siempre. Regular. Inalterable.

Los ochenta son años de desconcierto. En el 95 conocemos al Dylan intérprete puro: World Gone Wrong, un disco de versiones sin ninguna canción suya, homenaje al Blues del Delta.

En el 97 Dylan emprenderá su enésima revolución con la gravación del álbum Time Out of Mind, su última colaboración con Daniel Lanois(9). El disco se graba en medio de un clima de tensión brutal, y en medio de un caos completo: Lanois le va a ofrecer una banda base con él mismo como guitarrista, Cindy Cashdollar en la pedal steel y Brian Blade a la batería. Dylan prerirá a Robert Britt a la guitarra, Bucky Baxter a la pedal steel, Tony Garnier al bajo y Jim Keltner a la batería. El disco se grabará con todos estos músicos a la vez(10). Y Augie Meyers a los teclados, y una lista de colaboradores larga y densa. El resultado final: algunas de las mejores canciones del cantante grabadas con un doble grupo tocando a la vez. No solapándose, si no sumando capas y capas de densidad y riqueza sonora a unas letras frágiles y oscuras. Lanois convencerá a Dylan para que recupere su instrumento natural: el piano, que no la guitarra, y para que lo toque él mismo por encima de los teclistas superdotados con los que cuenta el disco.

Quizá sea la mejor obra de toda su carrera.

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Daniel Lanois retrata a un espectral Dylan en las sesiones de Time Out of Mind.

Dylan, no obstante, no quedará ni contento ni satisfecho, y se inventará a Jack Frost, un alter ego productor que, desde entonces, ha fichado una formación más o menos estable que, con contribuciones como las de Augie Meyers primero o David Hidalgo después, músico que conseguirá suplir la harmónica de Dylan, que el cantante ha renunciado a tocar por edad, por su acordeón, sacarán una serie de discos que, de tan buenos como son, dejan de ser noticia, como si la excelencia sostenida fuese fácil de conseguir y se viese cada día.

Evidentemente sigue haciendo lo que le da la gana. Y escribiendo. Escribiendo mucho, como siempre. Rápido(11). Eficaz. Económico. Preciso. Atmosférico. Dylan sacude. Envuelve. Jamás ha bajado su nivel de calidad. Jamás se ha rendido.

A Dylan se le concedió(12) ayer el premio Nobel de Literatura. Nobel perfectamente merecido. Por su influencia. Infuencia literaria: intentad imaginad a Foster Wallace, Amis, Shepard, Ginsberg y múltiples literatos locales, desde Monzó a Loriga o el fabuloso Fernández Mallo(13) que ayer lo criticaba sin Dylan. Influencia cinematográfica: intentad imaginad a Sam Peckinpah o a Wim Wenders sin Dylan. Dylan ha infuenciado casi a todo el mundo, manteniéndose siempre aparentemente inmume a estos homenajes. Dylan el irregular. Dylan una de las piedras angulares de la cultura de los últimos cincuenta años. Dylan el que ha superado la técnica: no es un gran cantante, ni le hace falta. No es un gran guitarrista, ni le hace falta. No tiene apenas formas literarias canónicas, ni le hace falta. Dylan es un toque de alerta sobre qué significa y a dónde va la cultura, y, por extensión, la literatura. Y sobre quién la hace. Y, por todo esto, y por lo que vendrá, celebro su premio.

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(1) Nobél. No Nóbel. Más que nada que ya estoy harto de oir como se pronuncia mal.
(2) Y como que para el Canon el Arte de las Artes, el más elevado de todos, el más inmaterial (sólo palabras) es la literatura premia eso y vas que te estrellas.
(3) Y como que no hay Premio Nobel de Arquitectura Mr. Jay Pritzker aprovechó el vacío y plaf, pollo al canto.
(4) Y debajo no está la naturaleza. Está el hummus que ha fermentado aquellos líderes y los ha convertido en el fraude que son hoy en día.
(5) Like a Rolling Stone, en realidad un reproche amargo y envenenado dedicado a Eddie Sedwig (Ahh you’ve gone to the finest schools, alright Miss Lonely/ 
But you know you only used to get juiced in it), está cantada con una sola nota. Una sola nota. No se necesita más.
(6) Y esto continuará y de aquí viene The Velvet Underground. Lou Reed es el único rockero que hubiese merecido un Nobel de Literatura antes que Dylan. Pero es consecuencia, no causa.
(7) They’ll stone you when you’re playing your guitar/ 
Yes, but I would not feel so all alone/ 
Everybody must get stoned. (Rainy Day Women #12 & 35)
(8) The Basement Tapes se grava con Dylan formando parte de The Band como un miembro más. Aunque componga el 80 o 90% de las canciones, claro. La portada nos ofrece un Dylan sentado, riéndose de sí mismo: en realidad está casi paralítico del accidente. El disco se grava en una granja del este de los Estados Unidos, Woodstock. Lo que sucedió después de su estancia allí es historia.
(9) Que también habrá producido Oh, Mercy, otro disco que vale por una carrera musical. Y pasó, y pasa todavía, completamente desapercibido.
(10) Las declaraciones de Jim Dickinson, uno de los teclistas, lo dicen todo: I haven’t been able to tell what’s actually happening. I know they were listening to playbacks, I don’t know whether they were trying to mix it or not! Twelve musicians playing live, three sets of drums… it was unbelievable: two pedal steels! I’ve never even heard two pedal steels played at the same time before! … I don’t know man, I thought that much was overdoing it, quite frankly. Es indudablemente, mi disco favorito del cantante.
(11) Algunos hubiese preferido un Nobel a Cohen en lugar de a Dylan, y olvidan que Cohen, músico bastante menos versátil que Dylan, y bastante menos dotado, toma la guitarra después de oír al primero. Dylan y Cohen, amigos desde hace años (el segundo acaba de manifestar públicamente su alegría por el premio), tuvieron una conversación sobre la rapidez con que escribían. Mientras que Dylan tiene no pocos éxitos escritos veinte minutos antes de grabarlos, Cohen tarda años en componer una sola canción. De todos modos son buenas canciones, le decía Dylan para consolarlo.
(12) Porque los Nobel se conceden. No se ganan.
(13) Uno de mis escritores favoritos, sí.

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RCR-Lab·a workshop 2016

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La presente edición del workshop RCR LAB·A ha acabado, y ya van nueve. El número no es gratuito, ya que hablamos de un evento que funciona por acumulación. La estructura se ha ido haciendo más y más compleja, mezclando un programa específico para los participantes y uno abierto para cualquier asistente que se quiera dejar caer una tarde de agosto en Olot, perfeccionándose año tras año, clarificándose y destilándose para conseguir una inmersión, una comprensión del modo de hacer arquitectura de RCR arquitectes, que organiza el workshop a través de RCR Laba y RCR Bunka, la fundación que vehicula la vertiente cultural del estudio.

RCR se ha significado por un modo de comprender la arquitectura muy particular: una experiencia total que envuelva todo el cuerpo, que englobe la mayor cantidad de sentidos posibles, una experiencia que parte de un lugar y de un programa a encajar para transformar el lugar de modo que toda su belleza inherente, que todo su potencial de transformación social y espiritual salga, se destile, aflore y lo haga de tal modo que parezca que siempre haya estado allí.
El lugar de los RCR, la base donde viven y desde donde trabajan, es Olot. Pero su manera de intervenir, su método, puede extrapolarse a otros emplazamientos, a otros paisajes, a otros climas y modos de vivir. En años precedentes se había trabajado en proyectos sin emplazamiento que pudiesen equilibrar esta inmersión total en la Garrotxa (ya, en ella misma, un caso de estudio), donde están emplazados la mayoría de los proyectos que se trabajan. Pero este año, por primera vez, se han intervenido en un emplazamiento concreto que no es Olot: el monasterio de Vallbona de les Monges; un paisaje, un clima, una cultura, un modo de vivir el espacio exterior completamente distinto.

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El lugar es, pues, la base. El lugar y una pregunta que se le hace, un encargo, un programa, una demanda. La idea de cualquiera de los ejercicios desarrollados es partir de este lugar y llegar a resultados tan respetuosos como ambiciosos, resultados atrevidos, libres, resultados que permitan al participante volar y ser posibilista a la vez. Resultados que, como si de un concurso se tratase, demanden un final y una representación, un trayecto que empieza y acaba, que permite digresiones, discusiones y divagaciones y que también demanda concreción. Resultados que, al final, han de combinar la libertad propositiva con un toque de realidad que los haga construibles. Porque la idea es hacer que las cosas pasen. En el workshop los sueños no se dejan perder: se construyen.
La estructura para conseguir esto es compleja: el estímulo continuo, la inmersión en el proyecto, se combinan en una inmersión en un marco donde pasan muchas cosas diferentes, y donde a menudo suceden a la vez: este año hemos tenido la posibilidad de contar con un premio Pritzker, Eduardo Souto de Moura, exponiendo dudas, lo que no ha sido exento de polémica. Hemos contado con la primera conferencia que impartía el escenógrafo Alfons Flores. Hemos contado con charlas que hablaban de misticismo y piedras, de las energías del lugar, de cómo estructurar una metrópolis a través de sus espacios vacíos. Y un largo etcétera que, además de explicar un método, procura hacerlo comprensible por inmersión: si se ha de explicar demasiado es que no vale la pena. Las visitas a las obras las salidas nocturnas, la correcciones públicas y la presencia de los workshop paralelos de fotografía y escenografía van por aquí.

Y es en este contexto que toman sentido estos workshop paralelos al de arquitectura: como estructuras complementarias que, coherentes por sí mismas, son capaces de configurar y estructurar esta globalidad, de jugar con ella, de hacerla más comprensible y compleja. El workshop de fotografía, dirigido por Hisao Suzuki, juega con el doble propósito de documentar, de reivindicar el valor de serie del reportaje, y de capturar instantes, sensaciones, momentos. La fotografía reflexiona sobre la realidad y saca lo que tiene de extraordinaria. El workshop de escenografía hace lo mismo desde otra vertiente. Dirigido por Alfons Flores se reflexiona sobre el salto que hay entre entender una obra, un concepto, extrapolarlo, actualizarlo, darle vida en un espacio concreto que se ha de convertir, sin que pierda su esencia, en aquello que el texto propone: siempre el mismo juego. Las escenografías proponen, analizan, potencian lo que tiene de bello o de grotesco o de temible la realidad. El workshop de escenografía entró a saco convirtiendo el Espacio Barberí en Majagonny. O en tantos Mahagonnies como fuesen capaces de imaginar sus participantes trabajando en equipo, brillando por el camino a una altura que sorprendió a todos los asistentes en la presentación final: otra de las experiencias que permite vivir el workshop.

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Porque se trata de eso: de experimentar. De vivir. De sumergirse durante un mes con el propósito de acabar con un proyecto que permita salir de lo cuotidiano, probar este mundo y formar parte de él. En Olot, en el espacio Barberí, donde la luz cambia en función del día. Donde la luz impone el ritmo, donde los intereses comunes son la regla. Y donde puede ser que esto te cambie.

Fotos: Hisao Suzuki

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