Salón de Repúblicas 2/2

Los proyectos

En esta segunda parte del artículo se analizarán los proyectos uno a uno.
Después de un estudio atento de todos ellos he llegado a la conclusión que los proyectos se pueden dividir en 6 + 2. Seis de las entradas son proyectos que podrían haber ganado y acabado bien y dos de ellas (Nieto Sobejano y Garcés-de Seta-Bonet) son proyectos fallidos por dos razones muy diferentes que apuntaré en su momento.
De las otras seis propuestas no hay ninguna genial. El concurso, en conjunto, no pasará a la historia, y como mucho dará lugar a una intervención digna, o incluso buena si finalmente se deciden a ejecutar la opción B (la que claramente interesa a Lord Foster y la única con sentido en este edificio), cosa que dudo no tanto por la calidad del equipo como por la cobardía de los promotores. Ojalá me equivoque.
Para mí el concurso tiene un ganador claro: el equipo OMA – Rem Koolhaas – Linazasoro. Las otras cinco entradas están más o menos a la par y nos hablan de un buen nivel medio. No espectacularmente brillante, pero sí bueno. El orden de presentación no es tanto una clasificación como producto del intento de crear un cierto orden narrativo que sí termina con las dos peores propuestas reseñadas en último lugar. Para no terminar con mal gusto he decidido trasladar la propuesta de Lord Foster y Carlos Rubio desde el quinto lugar donde había decidido colocarla al último como una especie de canto al optimismo que representa haber elegido, a pesar de toda la polémica soterrada que circula alrededor de los porqués de la decisión del jurado, un proyecto interesante y competente. Comencemos.

1: OMA – Rem Koolhaas

Lo uno, lo otro y todo lo contrario.

Mr. Koolhaas es el arquitecto que mejor ha tomado el pulso a la ciudad contemporánea. Sus proyectos, en cualquiera de sus escalas y en cualquier época en que los haya abordado, siempre versan sobre la ciudad.

No es extraño que su entrada de concurso sea la que más tiene a proponer a nivel urbano, y eso es lo que hace que su propuesta sea más atractiva a nivel urbano, y eso es lo que hace que su propuesta sea más atractiva que las otras. Koolhaas no se limita a proyectar un museo interesante: diseña una pieza capaz de cambiar las condiciones de la ciudad en ese punto. El eje urbano que todavía forma la puerta de entrada del edificio es transformado aquí en un abanico. La plataforma, el podio del edificio, salta y su planta baja se acomoda a la topografía, transformando el problema urbanístico en un problema arquitectónico que ya ha sabido resolver muchas veces con eficacia. Aquí lo vuelve a conseguir. Así, el atrio termina convirtiéndose en auditorio, en habitación urbana, en prolongación de la calle. En espacio intermedio que toma sentido como intercambiador entre el museo y la ciudad.

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El Salón de Reinos, la joya de la corona del edificio, queda aquí transformado en algo parecido a las habitaciones de mezcla que ha dispuesto en algún otro proyecto, singularmente en el museo Leeum en Corea: un espacio protegido, un museo dentro del museo, un juego de capas parecido a una muñeca rusa o a sus propios proyectos del Guggenheim y el Hermitage de Las Vegas(1).

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Habitación mezcladora del Museo Leeum.

El proyecto, comandado por Ippolito Pestellini, arrastra mucha de la inteligencia que OMA ha volcado en el espléndido proyecto del Fondaco Tedeschi de Venecia: un pastiche que mezcla sin complejos partes nuevas inacabadas con partes viejas completamente restauradas, mármoles tallados por láser que no pueden ser clásicos precisamente por la perfección del procedimiento y piezas aparentemente de catálogo bellísimamente diseñadas, como las luminarias. El proyecto, pues, propone sin complejos la creación de un pastiche: lo viejo y lo nuevo juntos sin ningún tipo de complejo. Asumir no ya un pasado arcádico e ideal, sino un pasado transitivo, un pasado que son muchos pasados, un pasado que nos habla de edificios históricos construidos y parcheados una y mil veces, de arquitectura incremental que, si se tiene e tiempo y la paciencia suficientes, se puede trazar tranquilamente. Pero no hace falta: la mezcla, la inclusión sin complejos y la entrega de todo esto a una ciudad que quiere volcarse a edificios cada vez más promiscuamente abiertos a la calle lo hacen todo.

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La lógica del todo mezclado en el Prado y en la Fondaco Tedeschi.

Koolhaas es capaz de singularizar la ciudad genérica, de aplanar capas y capas de tiempo en una sola intervención y, a través de ella, de dignificar el conjunto de la ciudad. Y es el único participante que ha conseguido toda esta complejidad en una sola entrada. Y siempre aquel punto de inspiración. Aquel notar que el equipo ha disfrutado proyectando. El mejor proyecto de largo.

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(1) Proyectos tan quijotescos que han desaparecido ya. La ciudad no está diseñada para visitar cultura entre partida y partida de Black Jack.

2- Gluckman- Tang

Sin complejos.

De todas las entradas de concurso esta es la que más ha confiado en una idea feliz inspirada. Lo que ha intentado hacer este edificio es mucho más difícil y arriesgado. De hecho esta ha sido la propuesta que más ha arriesgado de todas de largo. Y el resultado final cumple lo suficiente, y consigue lo suficiente como para que, quizá sin que sea un proyecto redondo, haya merecido ser comentado en segundo lugar.
Gluckman se da cuenta de que el flujo natural de la ciudad en este punto se ha terminado orientando en diagonal. El eje mayor del edificio, aun estando presente, no es tan importante como la dinámica que la ciudad imprime al proyecto, resuelto en diagonal. El equipo se aferra a este rasgo y hacen una propuesta que retuerce el edificio original en función de esta condición urbana.

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La diagonal. No hace ni falta dibujarla explícitamente para verla.

Así, el edificio acaba resultando asimétrico en virtud de un nuevo cuerpo que resuelve el contacto con la ciudad, un cuerpo de nueva planta que tiene, ni que sea por la inteligencia de experiencias como las de Steven Holl en los Estados Unidos, una capacidad de diálogo y de respeto hacia el edificio original suficiente.
No es que el diseño del proyecto sea maravilloso para mi, pero con lo que ha intentado este equipo, con su actitud desprejuiciada, que no despreocupada, con su respeto cariñoso y un punto insolente, con su capacidad de desdramatización del lugar hacen que se pueda pensar que esto es lo que se espera de un equipo de Nueva York invitado a realizar una entrada de concurso en Madrid.

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Quizá alguien se pueda preguntar “pero qué coño ha hecho este arquitecto?”.

Responder a esta pregunta adecuadamente hace que nos podamos dar cuenta de que aquí hay material para un nuevo capítulo de Las ciudades invisibles.

3- David Chipperfield

El Prado de cámara.

Chipperfield empieza su entrada de concurso valorando a distancia el edificio (bien, ahora el complejo) Villanueva. Su respuesta considera que la nueva intervención no ha de ser tan importante. Con un edificio subsidiario, modesto y bien hecho, hay suficiente. Chipperfield, pues, saca escala a la intervención. Su propuesta para el Prado es la de un museo sencillo, casi íntimo. Chipperfield renuncia a las dobles alturas después de considerar que las grandes alturas de techo que impone el edificio existente ya son suficientes. Chipperfield juega con la proporción, y juega con ella como el maestro que es cuando la clava. Y este es el caso.
Chipperfield estratifica. Escala las fachadas. Saca gravedad al proyecto. Urbanísticamente hablando, nada nuevo: potenciar el eje mayor, dejar el jardincillo a un lado.
Su propuesta es, junto con la de Souto de Moura, un retorno, una afirmación del momento historicista que ha tomado en estos momentos la arquitectura contemporánea. Chipperfield, pues, se limita a cambiar la cara al edifico con carácter e intención, pero de un modo relativamente impersonal. Chipperfield quiere desaparecer, dejando tan sólo el rastro suficiente de su presencia como para que a el jurado incauto que quería una obra de marca no se le escape.
Y lo hace de manera brillante.

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Chipperfield, pues, está cerca de hacer lo contrario de lo que le piden con esta intervención tan discreta, discreta pero brillante, sensible, bienintencionada y lograda de cabo a rabo, una propuesta que, además, se permite el lujo de hacerlo con un lenguaje que busca el fuera de tiempo desde una cierta contemporaneidad. Sólo hay que mirar la cubierta de zinc para saber de qué hablo.

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¿Por qué, pues, no hacer pasar esta propuesta por delante de la de Koolhas? La respuesta es clara: porque hace menos ciudad.

4- Cruz & Ortiz

Reciclar Santa Justa funciona.

Y clavado. Si se mira la fachada principal que se propone para el nuevo edificio se encontrará con que es un calco de la fachada lateral de su estación de Santa Justa.

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El proyecto es demoledor: grácil, elegante, contenido Parece como si siempre hubiese estado allí, y se hace con la gracia suficiente como para hacerlo introduciendo elementos contemporáneos que, además, han sido tomados de otro edificio. Podría parecer gracioso. Podría rozar el ridículo. Pero no: funciona.
Es realmente muy difícil poder llegar a un proyecto así. Y, además, dejando la segunda planta como opción.
Por el resto, esta propuesta no es diferente en intenciones de la de Chipperfield. Más vertical, menos estratificada. Más urbana en escala.

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Su debilidad, sin embargo, es que sólo han hecho un edificio. Curioso en un equipo que viene de hacer el gran trabajo que han hecho en el Rijksmuseum de Ámsterdam haciendo exactamente lo contrario: enchufarlo a la ciudad. Convirtiéndolo en una propuesta urbana que lo ha llevado a multiplicar su éxito. ¡Si es que las bicicletas lo cruzan y todo! Lástima no haberlo copiado, teniendo en cuenta el sentido urbano que tendría en Madrid.

5- Eduardo Souto de Moura

Arquitecto de corte.

El maestro Souto continua fiel a su último precepto de cambiarlo todo para que parezca que no has cambiado nada. Souto propone dejar un edificio perfectamente adecuado a su nueva función tuneado de tal modo que puedas llegar a pensar que no ha habido intervención. Su propuesta es, pues, desacomplejadamente historicista. Tranquila. Serena, incluso. Souto estudia el edificio tal y como está, aceptando su condición actual como resultado de esta intervención incremental que Koolhaas evidencia y que él, sencillamente, manipula para adecuarla a un nuevo uso.
Koolhaas arquitecturiza el proceso. Souto busca un resultado.

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Souto, como Chipperfield, deja la ciudad tal y como es, aunque él la manipula un poco más. Souto trabaja con el lleno-vacío y detalla, detalla, detalla para cargarse de razones. Y el edificio parece no haberse enterado de nada.

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Souto, en su día, me invitó a escandalizarme de esta actitud con un punto provocador. Yo le prometí que, en lugar de hacerlo, pensaría mucho en ello. Sigo haciéndolo y, a la vista de este proyecto, lo tendré que hacer mucho más: tengo la impresión de estarme perdiendo algo interesante.

6- Nieto & Sobejano

El abrazo del oso.

Lo viejo estorba. Nieto & Sobejano realizan un análisis histórico brillante, muy parecido, de hecho, al que realiza Lord Foster para elaborar su propio proyecto. El resultado, sin embargo, es opuesto y constituye uno de los puntos más bajos de la carrera de este estudio de arquitectos normalmente tan interesante.
Nieto & Sobejano encuentran un edificio dentro del edificio, lo limpian, lo adecuan… y lo desprecian. Porque, sencillamente, les estorba. Nieto & Sobejano, en realidad, quieren un proyecto de nueva planta y no se atreven del todo a proponerlo, así que su propuesta se queda a medio camino: ni lo terminan de derribar ni terminan de proponer nada que vaya más allá. O quizá hacen mal las dos cosas. Sólo hace falta observar la grieta entre las dos construcciones, esa grieta de luz, para saber de qué hablo.

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Cuando se propone una cosa tan valiente se ha de seguir hasta el final o se queda en nada(1).

Por desgracia, es lo que les ha sucedido.

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El retablo de la fachada para exhibir las exposiciones temporaeles. Bonito detalle que da cuenta de la calidad de un estudio a quien este proyecto ha desconcertado.

(1) El arquitecto José Ramón Hernández Correa, en su propio artículo sobre la ampliación del Prado, se llega a cuestionar si el edificio se debería de mantener o no. Nieto & Sobejano intentan seguir esta premisa sin seguirla del todo. Y de aquí su fracaso.

7- Garcés – de Seta – Bonet

Lo prescindible.

Sólo hay algo peor que intentarlo y fracasar (caso de Nieto & Sobejano): ser un mediocre.
El proyecto de Garcés – de Seta – Bonet es irrelevante. Nulo. Destemplado. Y lo peor es que viene de la mano de un arquitecto que sabe hacer buenos museos.
Garcés, sin embargo, tiene una intervención reciente que ya avisaba de su incapacidad para trabajar en contextos fuertes: el Centro Cívico de Molins de Rei, edificio que destroza la Federación Obrera Anarquista(1), obra mayor de Cèsar Martinell, para convertirla en un híbrido entre un edificio de nueva planta que aprovecha una volumetría y unas fachadas y un pastiche que no tiene en cuenta en ningún momento su lugar de emplazamiento. Garcés destrozó irremediablemente el edificio de Martinell. Lo machacó, vació y maltrató para después maquillar el resultado con una estética de pladur-blanco-sobre-ladrillo-viejo propia de un decorador de franquicia de tienda de ropa a quien no importe en absoluto el emplazamiento de su tienda.

Y lo peor es que lo hizo con un edificio en buen estado.

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La fachada de la Federació tal y como la restauró Garcés. Al menos esto lo hizo bien. Foto: Adrià Goula.

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El teatro que supuestamente se demolió por estar en mal estado pocos días antes de su derribo: mentida.

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El espacio interior que sustituyó a un teatro en buen estado: arte pobre impostor.

Aquí, igual. Garcés ni lo intenta. Su proyecto, vacío, oportunidad perdida, dispone una colección de tics ya probados agrupando espacios poco atractivos sin orden ni concierto tras una fachada que usa como recurso de ampliación unas lamas presuntamente neutras que aprobaríamos con un cinco pelado si las hiciese un estudiante de primer curso de arquitectura.

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El Prado de Garcés es un proyecto de arquitecto a quien ya no interesa la arquitectura.
Recuerdo haber coincidido físicamente con Pierre de Meuron pocos días después de que le diesen la noticia de su no-clasificación para el concurso del Prado. El arquitecto estaba roto, furioso, decepcionado. Se notaba que le hacía ilusión.
Lo que más mal me sabe es que se ha quedado su lugar alguien que ha tomado esta oportunidad y la ha tirado a la basura.

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Yo no le pagaba ni la indemnización.

(1) Edificio incomodísimo, por tanto. Lo confiscó la dictadura, la democracia se lo quedó, lo semiabandonó y consideró que lo mejor que podía hacer era borrar su memoria y su identidad. Y siempre, siempre hay algún arquitecto dispuesto a colaborar con el poder para hacer algo así.

8- Foster + partners

El edificio dentro del edificio.

Lord Foster ha ganado el concurso. Por la razón que sea.
Vaya por delante que el suyo es un proyectazo. Lord Foster es un arquitecto incapaz de equivocarse. Lord Foster es el arquitecto que no juega a los dados. Lord Foster proyecta de manera contundente. Autoritaria. Incontestable.
Aquí: un estudio urbanístico, esta vez sí, bien aprovechado, permite al equipo darse cuenta de que el edificio a tratar es producto del recrecimiento de un edificio previo al que se adosó una nueva crujía allá por el siglo XVIII. Como el edificio con valor es el primero el arquitecto desmonta la ampliación y le casca un palio delante. El proyecto ya está hecho.

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Bien, esta es la segunda opción. La primera complica un poco más esta maniobra manteniendo una parte de la fachada del XVIII como límite del palio, gesto destinado a contentar la parte más conservadora del jurado. Gesto sobrante, vaya.

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El proyecto de Lord Foster es la segunda opción: un edificio descubierto y un palio.

Defectillo: el enorme volumen que requiere el programa se dispone en una cubierta gruesa que pasa por encima de todo el conjunto y debilita el gesto resultante. El proyecto tiene capacidad de hacer ciudad y de conectarse con el Prado viejo. El proyecto, pues, tiene sentido y gracia. En el marco de este concurso y con todas las vicisitudes que lo han envuelto me parece no ya un mal menor, sino un edificio que, si se tienen ganas de hacerlo bien, puede acabar con gracia y sentido.

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Y quizá en proyecto no sea tan importante.

Eso sí: por favor, Lord Foster: deje el Gernika donde está. No le hace falta para nada.

Ahora, a trabajar.

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Salón de Repúblicas 1/2

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El Museo del Prado de Madrid afronta su segunda ampliación en pocos años reciclando un edificio ubicado un centenar o dos de metros a la izquierda de la sede actual, más un complejo de edificios que una sola instalación después de una primera reforma y ampliación que Rafael Moneo construyó hará menos de veinte años. El equipo ganador de este concurso internacional está comandado por los arquitectos Norman Foster y Carlos Rubio.
Esta serie de dos artículos pretende reflexionar sobre el encargo en la primera parte y sobre las ocho propuestas de concurso en la segunda. Empecemos.

Primera cuestión a reflexionar.

Un museo se define como un lugar donde se conservan y exponen obras. Obras de arte en nuestro caso.
El Museo del Prado es el lugar donde se exponen algunas obras de arte propiedad de España ejecutadas entre el gótico tardío o el Renacimiento temprano y el siglo XIX (con Sorolla y Goya como frontera moderna. Su emplazamiento histórico se debe al reúso como museo de la antigua sede del Gabinete de Historia Natural, excepcional edificio que constituye la obra cumbre tanto de su arquitecto, Juan de Villanueva, como de todo el Neoclasicismo español.
No es lo que vemos cuando vamos allí. El edificio original de Villanueva ha sufrido una especie de abrazo del oso, sobre todo por su parte posterior, a base de sucesivas ampliaciones historicistas de muy baja calidad, que han culminado con la última intervención de Moneo, acrítica con este estado de las cosas. Así, el Prado es ahora un ejemplo desafortunado de arquitectura incremental que ha desgraciado una de las joyas de la corona de la arquitectura española.

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La ampliación de Moneo lidiando con el maremágnum de añadidos historicistas al Edificio Villanueva.

Segunda cuestión a reflexionar.

En un escrito que el arquitecto y pintor Òscar Tusquets nos brinda en su libro Todo es comparable nos refiere una conversación del arquitecto con sus amigos pintores (entre los que se cuentan artistas de la talla de Antonio López) sobre las visitas que éstos han realizado al museo tanto juntos como por separado.
Y todos ellos están de acuerdo con que el 80% de las obras exhibidas son bastante flojitas.
No es aventurado, pues, pensar que a la sede actual del Prado, si estuviese bien llevada, podría llegar a sobrarle espacio: sólo hace falta ir rotado las pinturas secundarias, presentar una buena política de exposiciones temporales y poco más.
Es posible que no hiciese falta una nueva sede. De hecho es posible que no hiciese falta ni la primera ampliación.

Tercera cuestión a reflexionar.

El desprestigio de la cultura. Empiezo con una contradicción aparente y optimista: hay un gran número, un número de esos que dan alegría, de personas cultas e interesadas en el arte. Y muchas de ellas visitan museos como el Prado a la que pueden. De hecho nunca en la historia había habido un acceso tan franco, tan directo, tan barato (cuando no gratuito) a la cultura. Y esto ha fructificado en la creación de un público atento, entusiasta y con criterio. Público que, por otro lado, no es fácilmente cuantificable.
Siendo esto cierto también lo es el desprestigio de la cultura. No hay un solo programa cultural en los canales de televisión generalistas(1) a la vez que llenan centenares de horas promocionando y comentando eventos como el último concierto de Operación Triunfo, un elogio de la ignorancia musical dañino por pretencioso y mal hecho: un elogio del todo vale, de la ausencia de esfuerzo. No es la calidad musical lo que se valora, si no la empatía. Y para conseguirla se requiere un público lo menos formado y lo más acrítico posible. Esto tiene un nombre: relativismo. Ausencia de un canon que, por otro lado, ha hace tiempo que debería de estar reformado. Me refiero a la música porque hacerlo con la pintura o la escultura no tiene sentido. Artes como la arquitectura o el cine ni tan sólo se consideran fuera de su aspecto como negocio. El prestigio social ha ido pivotando hacia el famoso profesional: un personaje que es famoso porque sale en los medios y sale en los medios porque es famoso en un bucle circular perfecto del que no puede entrar ni salir ningún estímulo interesante. La meritocracia no interesa, y, ante esto, incluso los malos escritores mediáticos o los deportistas de élite(2) acaban siendo el mal menor en una glorificación cada vez más explícita de la ignorancia y el analfabetismo.
Los números no cuadran, pues. El grueso de visitantes del Prado no se mueve por interés cultural. El Prado es, antes que nada, una atracción turística. Una de las atracciones turísticas que activan el centro de Madrid cruzadas en red. Una atracción no diferente de las tiendas de lujo de Serrano(3) o del parque temático de turno. El Prado es un pasatiempo. Un bien consumible.
Actualizar y ampliar el Prado se hace, pues, en términos de consumo en una maniobra comercial no demasiado diferente de la que pueda realizar la cadena Louis Vuitton encargando aparadores a Bob Wilson o Prada encargando tiendas y espacios de exhibición a AMO/OMA. En este contexto la ampliación del prado no es necesaria por lo que se vaya a exhibir allí. Es necesaria por sí misma. Es autorreferencial. Es ruido blanco.
Lord Foster, en una de sus primeras entrevistas concedidas como ganador del concurso, ha declarado que le gustaría que el Gernika estuviese en su edificio. Es evidente que al arquitecto le da completamente igual cualquier debate museográfico, o incluso le da igual que, aceptada su idea de que el Gernika tuviese que estar en este museo, quizá sería más conveniente exhibirlo en la sede Villanueva acompañado de obras que Picasso quería. A Lord Foster le da igual todo esto porque se limita a hacer apología de un pensamiento oportunista de vuelo gallináceo indigno tanto de su talla como arquitecto como de su talla intelectual. Lord Foster ve este edificio como un negocio y piensa en él estrictamente en estos términos. Y necesita el Gernika. Así de triste.

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El Gernika, protegido en sus primeros tiempos de exhibición. La fantástica vitrina blindada es obra del arquitecto José María García de Paredes, asistido (de manera no acreditada) por su amigo Josep Lluís Sert.

Ahora, ¿es realmente una mala idea ampliar el Prado?

Podría no serlo. La creación de un Campus Prado, la colocación de una nueva sede en un lugar no excesivamente visitado ni conocido podría estirar la ciudad y renovar completamente el concepto del museo.
Es más, podrá renovar la manera de visitar arte en Madrid.
Tomemos el Reina Sofía. Bajo este nombre de mierda se esconde una mala decisión política cobarde y oportunista realizada, precisamente, a mayor gloria del Gernika(4) que, con el paso de los años y el concurso de buenos gestores se ha convertido en un museo de primera, bien llevado, con entidad, que funciona bien y que constituye, de hecho, la extensión del Prado que aloja el arte del siglo XX español. El nombre sigue siendo un nombre d mierda, por cierto.
Tenemos, pues, el Prado y el Reina Sofía. Dos buenos museos. Tenemos creación contemporánea emplazada en Matadero y en Tabacalera. Tenemos esa cosa tan extraña llamada Museo de las Colecciones Reales, magnífico edificio obra póstuma de Tuñón y Mansilla para enseñar no sé qué que igual también es importante. Seguro que no será demasiado difícil encontrar obras interesantes para llenarlo. Tenemos catalogada una red de edificios públicos y privados por el centro de Madrid dispuestos entre estos equipamientos, obras de arquitectura que refuercen la calidad y el interés de estas sedes por sí mismas, que las contextualicen y nos ayuden a entender como es la ciudad que las aloja.
¿Por qué no hacerlo funcionar todo en red? ¿Por qué no crear aplicaciones, programas, sitios web que permitan configurar una visita a todas estas sedes, entre todos estos museos? Si esto se hiciese la aplicación, el sitio web, sería la sede real, y no virtual, de un museo configurable a gusto del visitante. Se podrían hacer rutas cronológicas por otras de arte escogidas desde el gótico hasta la actualidad. Se podrían hacer rutas temáticas: cómo se trata la violencia en el arte, o la belleza, o la comida. Se podrían diseñar rutas apreciando los fondos de los cuadros en diversas épocas y estilos. O quizá rutas de contexto que permitan entender por qué crean lo que crean las personas que trabajan en Matadero o Tabacalera. Mil posibilidades. Cuestión de gestionar colecciones y precios de entrada. Cuestión de inventariar el patrimonio tanto mueble como inmueble e irlo brindando de la manera escogida.
Más sencillo que ampliar un museo. Aunque no contradictorio.
Este proyecto sólo funcionaría para las mentes activas amantes de la cultura. Y no es este el público potencial del nuevo Prado: sólo turistas puros y duros que quieren legitimar sus compras o sus idas a Casa Lucio. El nuevo Prado es, pues, una operación de marketing. Una excusa para viajar a Madrid una vez más, hasta que la siguiente ampliación. El nuevo Prado podría ser una maldición o podría ser un proyecto de referencia. Aunque me temo que, por el momento, es tan sólo una huida hacia delante. Aunque, insisto, podría ser otra cosa. Probablemente con otro gobierno y con otros gestores.
Esperemos y veremos.

(1) Aunque están perdiendo público a marchas forzadas. Pero siguen conservando algo irresistiblemente atractivo: la televisión convencional permite al espectador ponerse en modo pasivo. No tener que pensar. Y es precisamente esta pasividad absoluta (que los neurólogos han demostrado que activa partes del cerebro diferentes a las que se activan cuando uno mira activamente un programa, es decir, cuando nos tomamos la molestia de irlo a buscar) lo que la hace tan atractiva para desconectar. Y lo que permite colar mensajes tan potentes.
(2) El escritor Philip Kerr, después de hacer un trabajo de documentación importante sobre el fútbol profesional, dijo que no se atrevía a declarar qué tasa de analfabetismo total, por no hablar del funcional, se había encontrado entre los futbolistas profesionales. Dijo que el resultado, sencillamente, nos asustaría.
(3) Cada vez más las mismas que se pueden encontrar en el Paseo de Gràcia, en los Campos Elíseos, en la Quinta Avenida y en el centro pijo de cualquier ciudad estándar: el turismo es homogeneidad absoluta y algún aliciente que sirva de excusa al no poder ser movido de lugar a no ser que vayas a Las Vegas, claro.
(4) Cuadro que Picasso consideraba propiedad de la República Española y que dejó, consecuentemente, en depósito al MOMA de Nueva York hasta que ésta lo pudiese reclamar. El cuadro, en una decisión injusta e infame, fue devuelto no a una República si no a un reino, así en minúsculas, y para ser exhibido en una institución con nombre de reina. Tiene cojones la cosa.

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