Recordando a Coderch

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Pati Núñez me regaló hace poco su libre sobre Coderch, libro que ella entiende como la última parte (por ahora) de la exposición que preparó para (y con) la Galería Mínim sobre el proyecto de la Herencia de Coderch. El libro, más que un catálogo al uso, está planeado como una pieza más de la exposición, como un instrumento que permita descargarla de explicaciones cargantes y convertirla en algo más visual, más epidérmico. De la preparación del libro salió (y se nota) la película que Poldo Pomés preparó con fragmentos de las entrevistas que se realizaron como base para el libro. Película que, al final, consiguió un cierto grado de independencia respecto del libro, hecho que todavía le da más valor. Soy uno de los que he tenido la oportunidad de disfrutar completas las tres partes (por ahora) de la exposición: la exhibición en Mínim, la película, vista cómodamente en casa, y el libro: cruzar información y formatos siempre resulta útil como recurso para intentar explicar la complejidad(1).

Lo primero de lo que te das cuenta una vez leído el libro (creo que me di cuenta de ello a priori, cuando lo hojeaba ante la autora) es que éste sobrepasa con mucho la exposición que lo motivó. El libro ha pasado a formar parte de la tríada fundamental de libros necesarios para entender a Coderch, juntamente con las Conversaciones de Enric Sòria (1979: el primero de la lista) y la recopilación de proyectos editada por Carles Fochs y Emili Donato allá por 1985 i 1986, en realidad un catálogo de la exposición que se montó en Madrid como homenaje al arquitecto inmediatamente tras su muerte en 1984(2). Sí: la exposición se realizó en Madrid porque Cataluña como país ignoró su muerte.

De las conversaciones de Sòria no se puede decir nada: es, sencillamente, un libro impecable, imprescindible, que hay que correr a comprarse y leerse muchas veces.

El libro de 1986, titulado simplemente Coderch, presenta dos características. Una: es un gran libro, un libro de esos en formato Obra Completa de Le Corbusier(3) con las plantas bien puestas negro sobre blanco, ilustrado de modo casi entero por las foro de Francesc Català-Roca. Dos, es un libro tramposo. Tramposo porque la información sobre los proyectos es parcial y a menudo inexacta: en el caso de la Casa Ugalde los planos publicados no se corresponden con el proyecto construido. La sesión de fotos que Català-Roca hizo para la casa, siendo una de las mejores sesiones fotográficas que conozco en toda la historia de la arquitectura, más construye un relato sobre la Casa Ugalde que no un objeto de análisis. Como si el esfuerzo por haberla construido no fuese importante. Tramposo porque la propia recopilación de obras que propone el libro en su parte final es una segunda selección parcial que no se aproxima ni de lejos al volumen de obra del arquitecto. De Sitges, por ejemplo, el libro reseña unas tres o cuatro obras. Coderch construyó más de cincuenta (incluidas un barrio de pescadores entero, un mínimo de una escuela y un pequeño estadio de fútbol), la mayoría de las cuales de gran interés.
Lo mejor que se podría decir de este libro es que es el libro que se podía hacer entonces sobre Coderch. Por lo que fuese. Y es el libro con que generaciones enteras de arquitectos hemos entrado en la figura del maestro, sin que hubiese ninguna otra posibilidad de trabajo sobre su obra.

El libro que nos ocupa, dentro de su enorme ambición, comparte con el libro de 1986 el hecho de ser, de nuevo, el único libro posible que se puede hacer ahora tratando a Coderch de esta manera. La mecánica es simple: tomar familia, amigos, exalumnos, conocidos y saludados de Coderch, más lo que él consideraba su familia adoptiva (el aparejador Jesús Sanz(4), su mano derecha, a quien él trataba como a un hijo, y el arquitecto Jesús Sanz, hijo de éste, a quien consecuentemente Coderch trataba como a un nieto. Sanz hijo será pieza calve en el tema de la Herencia. Pero no nos precipitemos) y hacerlos hablar sobre diversos aspectos profesionales y humanos de Coderch. La mezcla, la confusión entre estos temas es deliberada y acertadísima, ya que es imposible entender la obra de Coderch sin entender su posicionamiento vital. Es más: cualquier(5) gran artista, en este caso un gran arquitecto como Coderch, no es primeramente un gran artista o un gran arquitecto. No. Primeramente Coderch fue un gran hombre. Y la obra de este gran hombre no tiene nada que ver con la arquitectura: tiene que ver con una cosmogonía, con un posicionamiento respecto del Universo materializado, expresado, concretado a través de la arquitectura, ya que es arquitectura lo que estudió. De no haber hecho caso a su madre y haber estudiado ingeniería aeronáutica como era su deseo, su obra hubiese encontrado algún otro camino para materializarse exactamente del mismo modo(7).

Todos los entrevistados, y obviamente el equipo Mínim y Pati Núñez, saben mucho más sobre Coderch de lo que ha salido en este libro. Entre todos han optado por callar. Esperemos que la memoria de lo que saben no quede olvidada y, cuando haya pasado el número de años suficiente como para que esto se pueda editar sin que duela, se pueda plasmar por escrito. El rosario de entrevistas dibuja un Coderch complejo, contradictorio, impulsivo, atormentado y, a la vez, feliz, consciente y orgulloso de su trabajo y de su arte. No creo que nada de lo que no haya salido todavía contradiga esta imagen del arquitecto: tan sólo añadiría más profundidad. Recordar como ejemplo (porque ya se ha publicado) al arquitecto Sixte Ilescas asistiendo impotente a la destrucción del local, y de parte de la documentación, del GATCPAC por parte de una banda de falangistas comandados por un Coderch uniformado pistola en mano. Un Coderch que, después de haberse cargado la memoria de la arquitectura moderna catalana, saldrá del local con una colección completa de revistas AC bajo el brazo para acabar, pocos años más tarde (dos o tres, como mucho) homenajeando al GATCPAC con su propia obra mientras refunda, reinaugura o reinventa la arquitectura moderna catalana (y buena parte de la española) en la postguerra.

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La casita de vacaciones desmontable desarrollada por el GATCPAC y el Chiringuito (sí: “el” Chiringuito original) que Coderch diseña en Sitges en los años cuarenta, a sus treinta años, un calco casi literal y, probablemente, su obra más racionalista. Gracias a Beli Artigas por las fotos y por sus conocimientos del Coderch de Sitges.

El libro, más que Recordando a Coderch podría titularse Reinterpretando a Coderch. O, más a lo bestia, Por Fin os Vais a Enterar de Quién es Coderch. Porque el retrato de Coderch que pintan estas entrevistas es bastante más complejo y profundo de lo que nos habían explicado e incluso de lo que intuíamos cuando escuchábamos estas explicaciones siempre insuficientes. La clave para entenderlo todo la da su hijo Pepe. Pepe Coderch, también arquitecto, habla de su padre no como un arquitecto, si no como un artista. Cuando lo leí me pegué un golpe en la cabeza y pensé que claro. Que este hecho era, es, tan obvio que, después de haberlo tenido ante las narices toda mi vida, nunca lo había notado. Importante: no hacer caso jamás en la vida del famoso texto No son genios lo que necesitamos ahora. Jamás. Para nada. En el libro se apunta, sin embargo, una lectura de este texto nueva y diferente, una lectura psicoanalítica: es un texto que retrata a Coderch. Y en estos términos el texto tiene sentido. Pero es falso. Es falso porque Coderch fue, en el sentido literal del término, un genio(7). Un genio artista.

Siempre he pensado a Coderch como una persona que iba por la vida con el freno de mano puesto. El libro me ha demostrado que me equivocaba. Quizá no del todo, pero sí un poco: Coderch encuentra medios expresivos potentísimos, Coderch es capaz de trabajar con raptos de inspiración pura que dan obras de una plasticidad potentísima, casi salvaje. Bruta. Sin domesticar. Obras como la casa Ugalde, por ejemplo, que tendrá antecedentes y réplicas a lo largo de toda la carrera del artista, siendo la más potente de ellas el edificio Girasol de Madrid. Pero Coderch no quedará jamás satisfecho con estas muestras de talento personal difícilmente explicables desde una lógica sistemática. No. Coderch decide implosionar. Y así será el grueso de su obra mayor: reconcentrada. Introvertida. Densa. De puertas adentro. Mirad, si no, la casa Tàpies, brillantemente explicada por Antonio Armesto en el libro: la casa es un velo. Tiene secretos. La casa Tàpies es el Elogio de la Sombra construido. La casa Tàpies tiene recorridos que lo ligan todo y que hacen que cualquier espacio, cualquier rincón, sea extraordinario(8). Pero esta arquitectura que satisface a Coderch se basará en dos trampas que el arquitecto, o el artista, se hace a sí mismo.

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La Casa Ugalde, el Coderch más personal y onírico, y la casa Catasús, el Coderch más cartesiano y racional. Fotos: Català-Roca.

La primera: Coderch es tan absolutamente incapaz de explicar una de sus casas cartesianas y sistemáticas como de explicar la casa Ugalde. Él hace arquitectura. Él es arquitectura. Él no la explica. No puede ni sabe ni le interesa.

La segunda: estas obras más domesticadas son tan potentes, tan artísticas, tan estimables plásticamente como cualquiera de sus obras más sueltas. Coderch es, por encima de todo, un artista.

El libro concluye con un estudio hecho por Elina Vilà sobre el proyecto de la Herencia, el encuentro o reencuentro que motivó toda la exposición. Cuando llega este estudio ya nada nos viene de nuevo, porque los autores del libro han preguntado a cualquier persona que tuviese algo que decir sobre el tema por esta Herencia.

El proyecto ha vuelto a cambiar mi modo de entender a Coderch.

Invitado por Pati Núñez a un encuentro muy divertido en la galería Mínim sobre el Coderch arquitecto, un encuentro donde me encontré bebiendo wisky (hasta acabar relativamente perjudicado) al lado de Octavio Mestre, Jordi Badia y la misma Elina Vilà, decidí basar mi intervención en el estudio de esta Herencia. Después de estudiarla atentamente decidí hablar de las contradicciones de Coderch. Ejemplos: las casas de Coderch suelen esconder sus entradas. En gran parte de las viviendas unifamiliares del arquitecto se entra por el garaje. En las casas de pisos la entrada suele estar atrincherada tras un pasadizo tortuoso con jardineras llenas de plantas crecidas, un lugar sombrío donde un portero no te deja pasar. Después, el interior estalla, se fusiona con diversos exteriores maravillosos: desde patios de pequeña dimensión hasta el mar o las copas de los árboles en la ciudad. También la calle. Las visuales de estos edificios atrincherados suelen ser más largas que la caja urbana. Su espacio interior, abrigado por una espalda potente, revienta. O bien: Coderch impone como nadie el modo de vivir en sus viviendas, siempre jerarquizadas para un modelo de familia que funcione como un heteropatriarcado. Una familia burguesa de derechas, vaya. Pero Coderch será capaz, partiendo de este modelo, de construir algunas de las mejores viviendas sociales jamás concebidas en Cataluña. Viviendas hechas exactamente con la misma calidad y con el mismo espíritu que las viviendas burguesas para gente rica, sin distinción de clase. Sin escatimar el más mínimo esfuerzo. Y todos estos modelos de vivienda tan rígidos destacarán a posteriori por su flexibilidad.

Mi manera de abordar la Herencia, con el poco tiempo que tenía para estudiarla, fue finalista: de los estudios obsesionados sobre el tema realizados casi enteramente por el arquitecto Jesús Sanz colaborando con Coderch al margen de su estudio pasé a su intento de materialización en Cerdanyola, encontrando el solar que el Incasòl adjudicó y asentando el edificio según unos trazos que me permitieron reconstruir el plano de emplazamiento.

El resultado era increíble.

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Croquis en collage de Coderch para la adaptación de la Herencia en Cerdanyola del Vallès. Abajo, el solar propuesto con su urbanización actual: igualito.

Pero, en parte, fallé. Fallé o desarrollé tan sólo una parte de la Herencia: la parte que podía convertirse en una materialización concreta, la parte en que podía sentirme más cómodo desde esta intuición no verbalizada de considerar a Coderch como un artista que se expresa mediante la materialización concreta de ideas abstractas.

No he dejado de reflexionar sobre esta Herencia en ningún momento. Y ahora, a raíz de este libro, estoy en posición de hacer una nueva relectura que pueda interesar a quien toma y lea el libro. Aceptando que el propio nombre de la Herencia es una broma que el mismo arquitecto hacía a su familia consanguínea y adoptada (los Coderch y los Sanz, vaya) encuentro ahora que, tras esta broma, este proyecto es de veras la Herencia de Coderch. Me explico:

Coderch es consciente de la forma de sus edificios, de su valor plástico, de su belleza. De la proporción, de la materialidad, etcétera. Pero Coderch no busca eso a priori, sino que es una consecuencia de una serie de investigaciones sobre el uso de los edificios y sobre la calidad de sus espacios interiores. Coderch, según algunos críticos(9), se pierde en algún momento de su carrera de tanto que usa el retranqueo y el pliegue en sus plantas, degenerando la pureza de realizaciones como la casa Catasús a favor de una complejidad bastarda y muy difícil de abarcar ligada a programas normalmente enormes: la casa Zobel, en Sotogrande, es un buen ejemplo de ello. Las Cocheras serían el ejemplo paradigmático. Las viviendas Kursaal de Donostia serían, aunque no realizadas el ejemplo más bello. En estos edificios la arquitectura coderchiana ha mutado completamente. Y actualmente tenemos la expresión adecuada para describirlo.
Coderch trabaja según una lógica fractal(10). Incluso llega a prefigurar resultados formales que tengan que ver con las formas derivadas de los procesos iterativos que conforman estos fractales. Coderch, en su búsqueda de la flexibilidad, saltará de pantalla y llegará a trabajar sobre unos temas que no se aplicarán a la arquitectura hasta al menos una generación o dos más. No es que Coderch se pierda, pues: es que Coderch se encuentra. Y este encontrarse lleva la arquitectura allí donde no había estado nunca. Pensad en ello.

Casa Catasús, Arq. José Coderch 1956, Sitges.
La casa Catasús (1956): la culminación del Coderch sintético.

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Casa Zóbel (1972): el Coderch fractal.

kursaal
Viviendas Gran Kursaal, Donostia (1971): quizá el proyecto más bello de toda la carrera de Coderch.

Pero esto: Estamos ante un artista contradictorio. Y aquí vuelve a aparecer la figura de Juan Benet como pieza clave para entender la Herencia mediante un paralelismo. Juan Benet es conocido, sobre todo, por sus primeros libros, como Coderch por sus primeras obras, principalmente por la excepcional Volverás a Región, una de las novelas que, directamente definen todo un periodo de la historia de España(11). Benet escribirá una segunda parte de Volverás a Región (de hecho una precuela) que algunos de sus amigos y críticos, como Manuel Vicent o Javier Marías, consideran su obra mayor: una trilogía llamadas Herrumbrosas Lanzas que Benet escribe, diseña y cartografía: leed el libro y entenderéis de qué hablo. Incluso llega a proponer la portada (el cuadro Hombre a Caballo, de Gerard ter Borch) que Alfaguara respetó en la edición que todavía se puede encontrar en las librerías (espero). La trilogía inicialmente prevista por Benet quedará inconclusa. El primer volumen, hecho, terminado, revisado y editado en vida de Benet, es la culminación de su obra. Tras suyo podemos encontrar, actualmente, las notas relativas al segundo volumen de la trilogía y unos cuantos fragmentos de novela. Del tercero no se conserva nada, o no se ha editado nada.
Vicent siempre ha dicho que, en realidad, esta es la forma más benetiana posible para un proyecto como Herrumbrosas Lanzas. No se podía terminar. No se podía concluir o no hubiese sido ya una obra, o “la” obra de Benet.

gerard ter borch
Gerard ter Borch, Hombre a Caballo (1634)

La Herencia, igual. Tenía que terminar no con una materialización concreta. No con un edificio más del maestro. Ni tan sólo si éste hubiese sido el mejor jamás diseñado por él. No. Tenía que acabar en forma de bolsas de basura llenas de papeles sulfurizados medio arrugados compartiendo taxi con el gran Juan Huarte. Tenía que acabar desgraciada por un Sáenz de Oiza que, al aceptar el encargo de continuarla, sólo podía fracasar miserablemente. Y, quizá, quijotescamente.

Tenía que acabar en forma de croquis torturados, sucios, retorcidos y recortados.

herència

No podía acabar como Coderch solía acabar sus proyectos construidos: expulsado de su estudio por Sanz padre para que el proyecto pudiese evolucionar unos días sin la supervisión de un arquitecto que jamás, jamás podía estar totalmente satisfecho con lo que hacía.

Quedan muchas interpretaciones a realizar sobre la obra de Coderch. Este libro ayudará a aclarar algunas más.

PS: Josep Maria Ballarín.

Josep Maria Ballarín, Mossèn Ballarín, es (era: moría en 2016 poco después de la entrevista para el libro) un personaje importante en Cataluña. Y el mejor amigo de Coderch. La suya era una amistad extraña y bella, lo que convierte la entrevista que le realizaron en la más emotiva, de largo, del libro. Vale la pena no tan sólo leerla con atención por las claves que aporta para comprender a Coderch, sino profundizar en los escritos de Ballarín (Ballarín era un escritor de primera fila extraordinariamente dotado para una prosa aparentemente, engañosamente, sencilla, clara, que roza la poesía en todas sus líneas), entre ellos el que cierra el libro editado por Carles Fochs, que sigue siendo, indudablemente, el mejor escrito que jamás haya hecho nadie, y que probablemente se haga, sobre el arquitecto. Invito a todos a leerlo, tanto por lo que se dice en él como por su belleza. Y existe una buena traducción al castellano del mismo.

llibre

Recordando a Coderch. Pati Núñez. Librooks

(1) Inserto aquí una nota personal, porque Aftermath, el pabellón veneciano que preparamos Jelena Prokopjlevic, Isaki Lacuesta y yo mismo pretendía exactamente lo mismo: ofrecer material diferente, visiones diferentes, aspectos diferentes de la exposición en el web, en el catálogo y en la exhibición material. Que, debidamente transformada, se exhibirá unos meses en el Centre d’Art Santa Mònica. La exhibición material quería tener, además, una doble lectura adicional: continente y contenido, aunque inextricablemente ligados, hablaban de cosas diversas y complementarias. La gracia es que todo esto no se habló en ningún momento con Pati, de modo que llegamos a resultados coincidentes desde caminos diversos.
(2) Por tanto parece ser que (y tiene un punto vergonzoso, esto) los catálogos de exposición adaptados o trascendidos tienden a ser la fuente imprescindible de conocimiento de Coderch.
(3) Y ahora me ha venido como un tiro a la cabeza el hecho de que quizá Coderch no estaría contento con esto: Es conocido su odio por el maestro suizo, odio complementado (con gran alegría por mi parte) por otro odio comprensible por el sobrevalorado arquitecto Francesc Mitjans.
(4) Coderch intentó infructuosamente que el COAC diese el título de arquitecto a Jesús Sanz. Según Coderch (y para mi su palabra es suficiente) se lo merecía. Sanz se suma, pues, a la lista de personas que merecerían el título y no lo tiene, encabezadísima por Josep Fontserè i Mestre (en este caso fui yo quien lo propuse, también infructuosamente). Isaki Lacuesta o Àngels Margarit merecerían un reconocimiento parecido.
(5) Y es un decir cualquiera: no hay tantos.
(6) Pensemos, por ejemplo, en el ingeniero de Puentes y Caminos (con despacho abierto y una carrera profesional considerable a sus espaldas) Juan Benet Goitia, uno de los literatos máximos de este país con una obra increíblemente consecuente con su formación de ingeniero. Una obra que clama al cielo que no fuese reconocida con el premio Nobel, por cierto. Benet volverá a salir en este escrito por sus paralelismos con Coderch.
(7) Un genio es alguien que cambia la historia. Que cambia la manera de entender o de ejercer un arte. Después del paso de Coderch por la arquitectura catalana ésta ya no se puede concebir de ninguna otra manera que no sea a través de su interpretación. Y eso nuevo e inédito, y tiene una potencia tal que se da como obvio cuando no lo es, ni tiene por qué serlo.
(8) Coderch, en su estudio, hacía dibujar absolutametne todos los alzados de un edificio. Y cuando digo todos quiero decir todos: por las dos caras de todas las paredes. La arquitectura de Coderch se dibuja habitación por habitación, baldosa a baldosa, carpintería a carpintería. Nada se deja al azar.
(9) Recuerdo opiniones en esta dirección de Antonio Pizza, por ejemplo, que no sé si ahora habrá cambiado de opinión o no. Había otros que pensaban así.
(10) Y tiene narices, porque lo hace casi contemporáneamente a las primeras investigaciones de Benoit Mandelbrot sobre el tema, las que lo inauguran para la matemática. Y sospecho que estamos ante uno de esos casos en que dos personas que no tienen conocimiento la una de la otra llegan al mismo resultado a través de lugares diferentes. No se puede olvidar que Mandelbrot fue un personaje tan marginal en su época que sólo una compañía privada, IBM, subvencionó a fondo perdido sus investigaciones después de que fuese rechazado por todas y cada una de las universidades que se lo propusieron.
(11) Hay algunas más. La Colmena. El Jarama. En Cataluña, Incerta Glòria (que se llegó a traducir al castellano). Y, por encima de todas, un Tiempo de Silencio con una particularidad curiosa: Luís Martín Santos, su escritor, es uno de los mejores amigos, y rival literario, de Juan Benet. Y Juan Benet saldrá en la novela en forma de personaje: Matías es él. Este hecho, sumado a la prematura y dolorosa muerte de Luís Martín Santos, tendrán a Benet obsesionado el resto de su vida.

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Derecho al pataleo

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Hemos sabido hace poco del derribo de la casa Guzmán, obra entregada en 1972 por el arquitecto Alejandro de la Sota, y de su sustitución por una casa mediocre, ajena al lugar, provinciana en el peor sentido de la expresión. También hemos sabido que los promotores de esta infamia han sido los herederos del propietario. Quizá incluso haya sido su hijo.

La Fundación Alejandro de la Sota ha levantado la liebre después de que unos estudiantes de arquitectura fuesen a estudiar la casa y se encontrasen con las obras de la nueva casa (que podríamos llamar Casa Guzmán 2 en la peor tradición de las segundas partes ochenteras) avanzadísimas, hecho que indicaba el obvio derribo del edificio precedente. La nota de la fundación ha causado un revuelo mediático impresionante en forma de bastantes artículos quejándose por el hecho y centenares, si no miles, de comentarios en los webs de noticias y en las redes sociales. Sin haber hecho una estadística queda claro para cualquera que la mayora parte de estos comentarios celebran el derribo de la casa, celebran la nueva obra como una vivienda de calidad, una casa representativa, como tiene que ser: normal, decente, etcétera, y celebran el propio derribo como un símbolo de domesticación de un arte que socialmente estorba por toda una multiplicidad de razones diferentes.

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Unos cuantos nos hemos quejado amargamente. Algunas de estas quejas han tomado la forma de protesta o de debate y han ilustrado y abundado en las miserias culturales del país, sobre las causas sociológicas de este revuelo y, más importante, sobre la evidente desprotección que sufre la práctica totalidad de la arquitectura construida en España después de la Guerra Civil(1). La destrucción de este patrimonio, y la impunidad con que se realiza, es alarmante.

Después de haber tirado tres o cuatro borradores sobre el derribo de la casa, y habiendo leído algunos de los artículos aparecidos (y estando de acuerdo con la mayoría de cosas que se dice en ellos), voy a sumar algunas reflexiones de fondo al grueso que forman todos estos.

La primera de ellas es sobre el clima de involución cultural en que vivimos. La casa Guzmán 2 propone un hecho interesante: el de convertir la mediocridad en un bien cultural. En el bien cultural de moda, quizá. Esta afirmación arrastra el hecho de que todos los rasgos que caracterizan la buena arquitectura, tales como la especificidad de un proyecto, el respeto hacia el lugar, la apuesta por la complejidad, las posibilidades infinitas de personalización que ofrece un buen proyecto hecho a medida, han sido demonizados como bienes no estandarizables. Accesorios. Existe una sospecha social sobre el valor añadido, sobre las plusvalías que da un proyecto tan sólo por el hecho de estar bien hecho. Sobre lo que significa ser arquitecto. Hay una sospecha social sobre cualquier aspecto de este arte que no tenga que ver o bien con el negocio o bien con lo que es visto como su némesis: la revuelta social ejercida sobre la parte más salvaje y especulativa del negocio. Sin entrar en ello, esta revuelta suele ser invariablemente reaccionaria.
Este clima de involución cultural no afecta sólo al panorama arquitectónico, si no que se extiende a cualquier otro arte o manifestación cultural que implique un esfuerzo y una constancia que no tengan un retorno directo, si no que contribuyan a formar un sentimiento crítico, un sentimiento de sospecha. En última instancia una posición consciente respecto de nuestra realidad.

La segunda reflexión implica a un buen número de gente formada y sensible. Igual que es cierto el clima de involución cultural que acabo de mencionar también lo es que jamás tanta gente ha tenido, y ha estado formada para tener, inquietudes culturales y sentido crítico. Este gran número de gente es apreciable y se hace sentir, aunque, dentro del grueso social, es minoritario. Y no sólo esto: su prestigio va a la baja gracias al hecho de que el centro de gravedad del éxito social se ha desplazado hacia factores más fácilmente comprensibles: dinero, poder, éxito en el deporte.

La tercera reflexión implica a la gente dotada de autoridad, sea porque son políticos a secas o porque se ubican en posiciones de poder dentro de instituciones diversas: tan políticos como los primeros pero sin parecerlo. También deberíamos remarcar el hecho de que las fundaciones, todavía más las fundaciones privadas como la propia Fundación Alejandro de la Sota, tienen o suelen tener una existencia, un prestigio y una dotación económica más precarias de lo que pueda llegar a parecer. Y poca o nula transparencia, de modo que se hace complicado saber de sus mecanismos de control, de sus órganos dirigentes, de sus relaciones con el poder, de su capacidad económica. De sus objetivos últimos. Etcétera. Preocupante cuando algunas de ellas controlan bienes tan importantes como fondos de archivo de arquitectos que han marcado la historia del país. Fondos de archivo conservados en condiciones preocupantes, a menudo insuficientemente catalogados, no controlados ni auditados por nadie.

Estaríamos todos de acuerdo en que el grueso de las instituciones y de los políticos hacen poco o nada por el patrimonio arquitectónico. Incluidos los propios colegios profesionales, en estos momentos dotados de una indefinición brutal respecto de su rol por mil factores: por su fuente de financiación, los visados, por el hecho de que ésta los coloca en manos de los arquitectos que construyen, casta aparte dentro del mundo de los arquitectos que controla al resto sí o sí, por el hecho de que estos colegios ya no representan el grueso de la profesión si no la minoría colegiada y, dentro de ésta, la minoría capaz de ejercer ruido e influencia suficientes como para ejercer el poder. Sea por el hecho de que su mensaje, sencillamente, no conecta. Sea por el hecho de que su objetivo primario siga siendo defender no una profesión, un arte, una responsabilidad social, si no un negocio que, aun y estarse batiendo en franca retirada por lo que respecta a sus competencias, sigue siendo muy lucrativo para una minoría. Sea por su nula sensibilidad social.

Las instituciones apenas tienen política cultural, ya que usan esta cultura para especular. También es el caso de los políticos, claro. Se especula sobre tendencias dominantes, se especula sobre el poder de decir quién y qué es cultura. Se especula sobre el relato. Se especula sobre el control del patrimonio. Se especula sobre su valor.
La generosidad de las instituciones en este campo tiende a cero. Sencillamente.

Las universidades se han sumado a este panorama como un agente más, sin aportar nada nuevo respecto a los órganos de govierno, colegios profesionales e instituciones: celosas de su parcela de control, celosas del negocio que controlan y celosas de su poder, y de sus competencias, su credibilidad en el mundo público tiende a cero.

Se ha acusado (se nos ha acusado) a los que hemos escrito sobre este tema, estando muchos de nosotros involucrados desde hace lustros en la defensa del patrimonio(2), de haber hecho poco más que ejercer el derecho al pataleo en el caso de la casa Guzmán. Y es cierto.

Ejercemos el derecho al pataleo porque no nos sentimos representados en ningún lugar. Ejercemos el derecho al pataleo porque, sencillamente, no contamos: ni se nos escucha ni se nos deja opinar cuando tenemos propuestas que hacer. Y tenemos propuestas. Asistimos como espectadores impotentes, como público cautivo, a un juego de poder indiferente a las víctimas colaterales que va dejando por el camino, a la desprotección del patrimonio, a la pérdida de sensibilización. Y no podemos hacer nada para cambiarlo. Excepto continuar escribiendo mientras aguantamos los insultos de los que nos dicen que no podemos hacer otra cosa.
Cuando la única cosa que podríamos hacer es callar y tragar. Y quizá sea lo que se quiere.

Personas que ejercéis el poder desde cualquier posición política o institucional: estáis fracasando(3). El mundo es ahora un lugar peor. Y lo que queda por venir. Así que, ya que no podemos hacer otra cosa, lo diremos en voz alta:

No creemos en vosotros.

(1) Yo mismo, cabreado como una mona, pedí ejemplos de buenas arquitecturas que estén seriamente amenazadas o que hayan desaparecido. No puedo trabajar sobre el resultado de esta convocatoria sin dedicarme a ello a tiempo completo. Un solo ejemplo: en todo Madrid, una ciudad que destaca por la calidad y la diversidad de su arquitectura moderna, sólo hay tres o cuatro edificios posteriores a la Guerra Civil protegidos. Estamos tirados a la basura.
(2) Con éxito, al menos por lo que a mi respecta, nulo: las batallas en las que he participado se cuentan por derrotas. Como las de la gran mayoría de mis compañeros. Es por eso que puedo hablar con conocimiento de causa del desprecio por el patrimonio construido.
(3) O igual lo están petando, porque todo puede ser que en realidad su sensibilidad sea nula y que, por tanto, estén encantados de contribuir a este diezmo de patrimonio tan terrible que, en algunos casos, ha dejado más víctimas en forma de casas derribadas que una guerra. En este caso, felicidades.

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