Tate quieto

sobre las propuestas del concurso por la Tate Modern.

Descubrí Soria unos seis o siete años, una tarde, regresando de Aranda o Peñaranda (entonces todo me parecía igual ): cordero asado, ensalad, leche frita y yo qué se que más de postres. Casi una botella de vino local, espeso, suficientemente bueno, consubstancial con el resto de la comida, y disgestión a base de carretera y manta. Llegada a Soria, fracaso al intentar entrar en una iglesia románica (ahora no recuerdo el nombre): siempre, pero siempre que intento entrar encuentro la misma gente rezando el Rosario, me siento echado a base de miradas asesianas.Después, tapas en no recuerdo que bar (una noche , recientemente , pasada por allí, en compañía de público local), una última cerveza, cruzar por última vez el Duero y retorno a casa. He regresado regularmente, y, siempre que paso por delante, quedo atrapado por la fuerza de las esculturas de la portada de Santo Domingo (carretera al lado , turistas a la búsqueda de la casa de los Marichalar, silencio asociado al sol de agosto que cae a plomo y convierte la plaza en un lugar inhóspito pero,al fin, tranquilo). Al final, típico retablo románico: apóstoles, vida de Jesucristo en fascículos, diversos episodios bíblicos, un Pantocrator rodeado de los cuatro Evangelistas de siempre y un etcètera que se justifica a base de lo que realmente importa: los detalles. Todo, absolutamente, todo, està allí: los gestos de dolor, de joya, de placer, el sufrimiento, el paso por la vida, Jesús atemorizando, sus padres huyendo hacia Egipt, etcétera. Lo he dibujado , retratatado , he pasado horas mirándolo.Y siempre, siempre aprendes cosas nuevas, cambias con las esculturas, con la luz, con el estado de ánimo , con la época l’època del año en la que pasas: están vivas. Siempre acabo encontrando mis predilectas (los tres viageros en la misma cama, la pareja que se ama, los soldados asesinando inocentes, etcétera). Casi me hablan, son como viejas amigas que se reencuentran y te cuentan cosas.
Después de ésto, pienso en los museos. Para seguir con el arte románico, recuerdo el Diocesano de Teruel(reducción al absurdo: joyas del mudéjar, excepcionales pinturaesculturas rodeadas de piezas que no son buenas ni para ser quemadas. El catálogo museístico está ordenado por temas religiosos, y la labor del visitante es distinguir entre el grano y la paja , las mediocridades de piezas genialoides, escasas , mal presentadas y peor iluminadas mezcladas en una promiscuidad que no tiene nada que ver con la cualidad artística que se presenta), mezcla espectacular del todo vale, cajón de sastre prácticamente sin sentido por falta de criterio. Y, de él (de este Teruel casi-desconocido que confunde la arquitectura moderna con abrirse al mundo) pasamos a todos los museos del mundo, a los tradicionales y a los nuevos. ¿Cómo visitamos el Prado? ¿Qué hacer en un edificio donde se mezclan los Fusilamientos del tres de Mayo con las Meninas ,con el Jardín de las Delicias con etcéteras diversos, innumerables, mundos inagotables abiertos detrás de medio metro cuadrado de tela pintada al óleo? Hay tantos Prados como gente interesada en el arte de detrás, como amantes de Velázquez odiadores de Goya, viceversas varias, un “ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario”, etcétera etcétera. En fin, diversas velocidades de visión, maneras de mirar, etcétera.
¿Cuanto hace que la escala de un museo no té permite disfrutar de la obra individual?¿Quizás desde siempre?Las estatuillas románicas, cualquier cuadro que valga la pena, una manifestación artística X gestada durante años, décadas, minutos, puede hacer pensare más en un proceso donde vas desvagando la mente siguiendo una lista inabastable de obras. Y la escala actual de los museos crece y crece, listas de artistas nuevos y viejos, demasiados cuadros para ser vistos de golpe , centenares de miles de visitantes aburridos que están allí como en un sushibar como en cualquier centro comercial local con solera o no.Compran, miran sin ver, etcétera
La Tate Modern és el último eslabón de toda esta cadena, la que enlaza con los nuevos super-macro-bestiamuseos que se han construido en el Oriente Próximo, de un tamaño absurdo. Herzog & de Meuron lo ganaron y construyeron, y ahora prácticamente ha pasado a la historia, devorada por esta vorágine que consigue que cualquier cosa de más de dos mil años se vieja o un clásico, todo depende de la suerte que tenga. Ahora toca ampliarla sea o no sea necesario, sólo para seguir saliendo en las noticias. En todo caso, la propuesta de estos arquitectos es de un optimismo prácticamente ridículo por los tiempos que nos ha tocado vivir: un contínuo de salas diáfanes, un catálogo de diversas maneras de iluminar bien, de colocar pavimentos correctamente , de elegir bien los colore, de trazar bien los recorridos , etcétera. Obviamente un bar, obviamente una tienda, un auditorio, y, al final de todo, la sala de turbinas recuperada como el único lugar que tiene sentido de todo el edificio: espacio de intercambio , ágora donde poder echar un vistazo, el mínimo común denomimador de todo el complejo.
El resto, Viacrucis que debes recórrer si quieres ser alguien en el mundo cultural : ¿que miras?¿ La cualidad de unas salas neutras, preparadas para mostrar un arte que no sé si gusta a alguien ? ¿Las piezas? ¿Todo a la vez ? ¿Nada? ¿Vas al encuentro de alguna cosa concreta? No sé el catálogo y desconozco si mucha gente de la que entra lo conoce . En cualquier caso, la estrella del museo es el museo.
Contrapuesta a la propuesta ganadora, Rem Koolhaas y sus OMAS presentan una muy difícilmente representable, liada , complejísima , que se resume fácilmente : dos circuitos, uno rápido (visita de presidente del gobierno, aquí el edificio, allá cuatro cuadros, allá una escultura del tamaño de tu prisa) y uno de lento, selectivo, prácticamente pieza por pieza ,donde vas a mirar piezas concretas, lentamente, tranquilamente. Propuesta cínica, realista, Houllebecquiana, un punto difamadora, desencantada, que pretende recuperar los museos para la gente que realmente quiere: que pretende celebrar la prisas actual. Que pretende poner a cada cual en un lugar que no nos interesa descubrir , que negamos permanentemente, acariciados por el poder de una publicidad que legitima cualquier postura que podamos elegir , en un baile determinista donde , hagamos lo que hagamos siempre seremos un número.

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Un rayote rojo sobre plano de obra

(para vicky y martín, sin ánimo de ofender)

Encuentro afortunado en el Roure de siempre, entre diferentes marcas de cerveza y alguna coca-cola descarriada: boquerones que no son anchoas mezcladas con queso fuerte, una tortilla que, por fin, no es arqueología, dudosas (por lo fugaces) croquetas de bacalao y la promesa de una chistorra terminada el primer día en meses que revuelvo al bar donde escribo, dibujo y termino o empiezo días ocasionales.
Entre los hace-mucho-que-no-te-veo y las batallitas ocasionales de los encuentros familiares que marcan un paso del tiempo que parece que no haya pasado empezamos a hablar del concurso del camp nou, entre otras cosas: multiplicidad de vistas, complejidades urbanas recogidas en un proyecto que se dedica a mover gente contrapuestas a mediocridades varias y otros proyectos singulares definidos demasiado lejos de una barcelona que siempre es demasiado compleja para ser recordada de una sola vez (como cualquier ciudad que valga la pena).
Sensaciones mezcladas cuando recuerdo los días confusos que siguieron al desenlace del concurso: noticias de nueve más uno, siendo ese uno un josep lluís mateo amante de mitjans des de demasiado tiempo antes de la ampliación como para que resultase sospechoso de pelotería infame: ex-habitante de un edificio suyo de viviendas falsamente tresbolillado (la fachada como trampa, máscara de un interior muy trabajado que imponía un bloque demasiado vivienda-más-vivienda, necesitado de algún artefacto que lo dotase de escala urbana), y glosador entusiasta de un arquitecto que no siempre ha gozado de mis simpatías, autor de varios proyectos demasiado especulativos como para tener alma o cualquier asomo de humanidad. Mitjans parece olvidarse demasiado a menudo de la cota de la ciudad: al lado de la estación de sants, en el ex-estadio de les Corts, en la telefónica, sus edificios reclaman un suelo autónomo de su entorno, precariamente entregado mediante patios ingleses, escaleras varias, pasarelas heróicamente diseñadas y otros artefactos demasiado complejos como para hacer olvidar una cota de replanteo elegida en despacho y no rectificada in situ.
Ese suelo removido, torturado, casi ajeno a lo que lo rodea se transforma en la propuesta de Mateo en un sistema de rampas helicoidal que parece alejar este estadio del caos que creó. Mateo (y cía) proponen a partir de un edificio al que respetan, conocen y aman más que cualquier otro equipo. Trabajando in situ, a partir de la piel, de las sensaciones, de un ruido y de unas vivencias que parecen no alterar ninguna otra propuesta, los arquitectos trabajan y convocan el entorno casi sin tocar el edificio, a una distancia respetuosa, tensa. Se dan cuenta de las dos lecturas del estadio: la primera de ellas nos habla de un juego, la pelota, el fútbol, de un espectáculo integrado por cien mil ventitres personas: los que animan y los que participan, aunados en una olla a presión que late al unísono, bla, bla, bla: lo de siempre que es verdad, precisamente, a partir de estadios como este, a partir de detalles como la ausencia de esquinas, el ruedo parecido a un circo romano, las gradas en voladizo, un control sonoro deliberadamente descuidado: todavía recuerdo mis vueltas a casa de mis padres, en l’hospitalet, los miércoles o los domingos de partido, cruzando el mismo pont de la Torrassa des de donde se rodaron las vistas lejanas de “Tapas” (el terrado de casa de mis abuelos en primer término, multiplicidad de tejados de uralita grises, requemados por el sol. Algún socavón del ave en estos momentos): un gol y una oleada sonora, poderosa, que lo estremecía todo a distancia. Mi camp nou.
La segunda lectura son los accesos: una forma autónoma que ocupa el negativo de la primera, su esturctura, que peina gente, que necesita buenos accesos verticales: que mezcla, que calma, que solivianta. Una arquitectura neutra hecha de estados de ánimo, visible des de la calle, definidora de fachada. Una arquitectura que, durante los años cincuenta, se quedará a medio hacer: se decide en obra que el proyecto original no se ejecutará en su totalidad, quedando en una forma provisoria, aparentemente terminada, recuerdo y espera de lo que va a ser cuando lleguen tiempos mejores. Núñez la termina, habiendo celebrado su primer mandato con el canto del cara al sol, perpetuándose en el poder hasta el punto de que los de mi edad crecimos con él, dejando (al final) que la arquitectura de mitjans hable por ella sola, sin promoción, sin ánimo de reivindicarla más allá de su funcionalidad estricta cuando, por fin, el nou camp conoce su forma deEs este estadio completo, esta idea terminada en sí misma, la que mateo respeta, amplía y entrega con la ciudad del siglo xxi.
El arquitecto por encima del promotor. La calidad que habla sola, lanzada en manos de los guías turísticos, compartiendo destino con tantos edificios modernistas en manos de ayuntamientos que los conservan más por su aparente pintoresquismo que por un prestigio no pensado por no dicho. Muerto de éxito.
Estado de las cosas comprendido por un mateo que impone silencio (la distancia) y respeto (no cubrir la fachada). Que sabe ir más allá del proyecto original, cubriéndolo, criticándolo, rellenando los vacíos que mitjans no llega a ver. Completándolo.
Fue, es, mi favorito, por encima de la fría eficiencia de un Foster copión de buenas ideas, solvente técnicamente, patriarca de una época donde parece, por fin, haber triunfado el famoso “no son genios lo que necesitamos ahora”: gestores eficientes, que no se arriesgan, carentes de ilusión, fríos, competentes. Compradores de ilusión, tiranos de falsas buenas ideas que se superponen como máscaras a fríos armazones hechos a medida de los programas de medición.
Hace frío fuera, más que cuando he salido de un roure donde quieren echar a Rijkaard, donde vicky y martín se quedaron debatiendo sobre cosas humanas, abandonando lo divino por aburrido, por distante, porque se hará mañana, o pasado.

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