Vicente verdú: el enigma del objeto facetado

Ni lo pulido ni lo rugoso. La máxima actualidad formal se inspira hoy en lo facetado. La moda, desde los bolsos de Prada a los edificios de Rem Koolhaas, desde los nuevos móviles de Nokia a las nuevas torres de la Castellana, sean de Pei o de Pelli, presentan diseños facetados.
Un llavero con forma de corazón ya no se aviene con la suave modulación de la mano ni su acoplamiento responde al gozo de asirlo en el hondón del puño sino que se identifica marcando aristas y culminando, como los nuevos y jactanciosos modelos vanguardistas de Renault (Vel Satis, Avantime o el nuevo Mégane) en el diseño facetado.
En general, lo facetado sustituye al reciente concepto de lo rústico o lo natural, al tacto rudo de lo auténtico y artesano, para llegar, con su afectada y deliberada artificialidad, a la “cristalización” de otra cultura. ¿Qué otra cultura? La cultura de la multiculturalidad y de las traducciones simultáneas, la estética de la mixtificación, la urbe de las diversas pintas, religiones y trazas y hasta el baile del Chiki Chiki que no es sino la grotesca versión de una y otra faceta, del breikindance al crusaito y del maiquelyason al robocop.
Este auge de la tipología poliédrica no alude, sin embargo, a la virtud de lo multifacético que conllevaba una disposición, tan generosa como mágica, para hacerse cargo de esto, de aquello y de lo de más allá. La facetación de la arquitectura o del objeto, de la pintura o del baile, de la nueva cocina o del sexo, viene a corresponderse con un mundo donde ha desaparecido la idea unívoca, la visión omnímoda y la comprensión global.
Lo facetado invita a palpar la complejidad del objeto y a constatar que su estructura no se halla, como un alma, en su venerable interior sino acaso en la inmediata y quebrada piel de su superficie. No hay anclaje interno que sostenga el edificio sino una fachada acondicionada para comunicar una accidentada continuidad. El exterior se encuentra tallado como un brillante y con ello explota un recurso que, en otro tiempo y otro lugar, enfatizaría su valor. El formato, sin embargo, es hoy sencillamente irónico. Vale para un artículo caro o barato, confunde la piedra preciosa con el plástico, el plástico con el cuero, el cuero con el vidrio y el vidrio con cualquier pacotilla de la canción. Lo facetado no es el brillante sino el caleidoscopio donde se ve cualquier cosa sin importar su coste o significación.
Gracias al facetado, el objeto se libera incluso de la óptica y se expresa en su tactilidad, se excluye del juicio sobre su vestidura y se manifiesta en el detalle digital. Todos estos objetos facetados y semejantes se alinean como la coartada de una época que ha cristalizado su lenguaje en una extraña lengua común, no unívoca, sino multívoca, no única sino múltiple, no de una faz sino de muchas, simultáneas, próximas fases. Caras cercanas que se rozan sin juntarse, anexionadas sin fundirse, ajustadas sin integrarse como sucede con los guetos de las grandes ciudades. Caras adyacentes pero aisladas por una calle, una arista, una distinción tan fina como un corte y tan estricta como un tajo.
Todo este mundo sajado o dividido carece, no obstante, de tragedia. La apariencia del objeto facetado es la de un rostro torturado pero, al cabo, se trata tan sólo de un artificio que convierte su quebradura en un juguete, su tortuosidad en un recreo y su aparente excepcionalidad en una fórmula a granel. La cultura de la reproducción logra ser así no sólo una máquina que reproduce la morfología del original sino la misma originalidad de la idea. Todo se halla facetado a pesar de que esta factura fuera el signo de lo exclusivo. Porque lo supuestamente exclusivo es ahora materia prima del gran comercio, un low cost que elimina una y otra vez la exclusividad siguiendo la manera de las olas que en la orilla, repetidamente, borran la singularidad de unas huellas. El mismo mar, en fin, se remeda facetado en los parques temáticos donde el poliuretano azul sustituye la ondulación del agua y la anidada cualidad de las olas se reemplaza por la papiroflexia del material flexible que imita el vaivén del vendaval.
(publicado en el pais, 290308)

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Ínfimo escrito político en tiempos de crisis

Los arquitectos jóvenes llevamos mal una crisis que, para la gran mayoría de nosotros, empezó justo al acabar la carrera. Tan es así que lo único que realmente amenazan los últimos meses es mi (escaso) sueldo, sin el que podría llegarme a quedar el mes que viene, o a final del verano, por no llamar vacaciones a un período de horas sin cobrar en el que se sobrevive a base de escasas reservas económicas arrinconadas casi a contrapelo, inconscientemente, con un cierto sentimiento de supervivencia en el cuerpo. Así, visto en perspectiva, esto de la crisis no es para tanto si se compara con un precario statu quo previo. La buena noticia, entonces, es que estamos en óptimas condiciones para capearla: difícilmente caeremos más bajo, aún debiendo emigrar de profesión para evitar que se vacíe del todo nuestro simulacro de cuenta corriente: definitivamente, estamos blindados.
Ante este panorama, dejo las reivindicaciones laborales para los que las están efectuando en nuestro nombre, a veces con más entusiasmo que técnica, cosa que dice mucho a favor de un colectivo sobrado de tecnócratas con más amor por las leyes que por el oficio, aún estallando ocasionalmente en comprensibles rabietas que pueden añadir más leña a un fuego que ya de por sí quema con alegría, y me ciño a mi motivación principal, a saber: la propia arquitectura. ¿Qué estamos intentando salvar? Razonando por reducción al absurdo, me propongo un panorama donde todos cobramos lo justo, donde se respetan horarios y trabajar es cómodo. Grosso modo, nos queda un panorama dominado por grandes estudios con enorme capacidad de gestión y mucha mano de obra empleada, con capacidad de marcar tendencias y de dominar un panorama cada vez más mediatizado, oficinas de prensa, relaciones públicas, comidas con políticos, palcos en estadios deportivos, a la busca de grandes encargos que los (retro)alimenten en una espiral ascendente que los lleva de una fábrica a un estadio a una ciudad entera, a la fabricación de unos encargos que necesitan ellos más que la sociedad, siempre sobredimensionados, a veces del tamaño de todos los metros cuadrados que un arquitecto podía construir en toda su vida hace veinte años, depredadores, precarios en su estructura, sujetos todavía al capricho de unos directores mitad ejecutivos mitad pseudoartistas. Luego, tenemos un cuerpo medio de arquitectos que, bajo el disfraz (que, a menudo, creen) de honradez, trabajan bajo un ciclo masturbatorio de busca de reconocimiento, de construcción de vehículos de lucimiento personal-que-gustaría-que-fuese-colectivo más que de buenas obras para el conjunto de usuarios, pajas mentales, vaya, y, finalmente, el grueso de la profesión, densencantada, produciendo edificios como churros a ritmo de un mercado demasiado tiempo sobredimensionado, de calidad mala a pésima, siempre dispuestos a arroparse bajo excusas del tipo han sido ellos, sean ellos desde los promotores al equipo técnico, a la sociedad, al un mal gusto nebuloso que jamás tiene nombre y apellidos, a los que sean. Luego están los que trabajan honradamente de verdad. Los que les duelen los edificios, se presionan, no huyen de la complejidad, siempre demasiado ocupados: demasiado pocos, demasiado tarde, quizá desde siempre.
Ante este panorama deslucido, ante un grueso del colectivo cansado, desconectado de una sociedad a la que giran sistemáticamente la espalda, diversos tipos de ingenieros civiles más otros técnicos sueltos del mundo de las ciencias, capaces de interpretar un programa de cálculo de elementos finitos, se apresan a sacar tajada sin que sepamos responderles adecuadamente: difícil defenderse excusándose o pidiendo todavía más espacio para una calidad ensimismada, elitista, que sólo parece redundar en beneficio de unas fotos siempre vacías de gente, cada vez más trucadas por un photoshop que parece ser el primer espectador de todo lo que producimos.
A los jóvenes nos toca, quizá por edad, quizá porque el desencanto llega más tarde cronológicamente o por nuestro cabreo inmanente, a la par que comer el mes que viene, reivindicar una profesión que ha perdido norte y dignidad, trabajando (casi es demasiado pedir) con una ilusión que parece haber perdido el colectivo, a favor de unas reivindicaciones de poder y prestigio, descohesionadas, vacías de contenido que, si sólo vienen respaldadas por un marco legal sin comprensión ni empatía por parte de la ciudadanía no servirá de nada: demasiado harto estoy de elitismos vacíos que ahondan en una fractura social que no se va a resolver insistiendo en lo que llevamos lustros pidiendo que crean con una fe ciega, vacía.
Reclamo a los jóvenes, a nosotros, a los de verdad, no a los premenopáusicos que se dicen como tales en otro guiño sólo comprensible para revisterios iniciados, resentidos con una profesión que les ha hecho triunfar demasiado tarde pisando a demasiada gente, que perseveremos en esta actitud, en esta rabia, y que la dirijamos también contra la propia profesión, porque de otro modo no merecerá ni su nombre ni su tradición cuando, por fin, consigamos lo que pedimos. Está en nuestras manos.

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