¿Donde está Wally?


Mira por donde. Si buscas información en Madrid sobre qué edificios visitar, uno de los primeros de la lista será la propia oficina de turismo: en la plaza Colón, justo donde las (famosas) diferencias topográficas entre el paseo de la Castellana, que nace allí, y la calle de Serrano se equilibran, el edificio que la aloja ha sido proyectado por Alvaro Siza. Siempre me han divertido muchísimo las oficinas de turismo, y la actitud culpable de muchos de los que suenen entrar en ellas: la única conclusión lógica sobre esto consistiría en el hecho que es un lugar donde se estandarizan visitas y se enfocan miradas. Mal asunto en un momento en el que todo el mundo quiere sentirse personal e intransferible.
En Madrid se mima mucho al visitante ávido de emociones arquitectónicas, e incluso se ve tratado como una persona inteligente que huye de los últimos tópicos publicados en las revistas de arquitectura internacionales. Así, los visitantes, a la par que son dirigidos al metro ligero para visitar el penúltimo MVRDV allá donde Cristo perdió el gorro y donde Zaera se ha revelado como el mediocre que es, son instruidos en los diversos Moneos, Sotas, Oízas y Fisacs de la ciudad, e invitados a descubrir nombres que hay que amar, tales como Cano Lasso, Bellido, Bellosillo, Fernández Shaw, Asís Cabrero, de la Hoz, Villanueva o Muguruza, entre otros. Me divirtió muchísimo, también, la pregunta prudente: no sé si sabrá usted que aquí donde estamos es un proyecto de Alvaro Siza. Sí, lo sabía. De hecho llevaba veinte minutos sacando fotos, anotando, empapándome de ese ambiente que invita a ser recorrido sin prisas.

El edificio es completamente subterráneo, y su planta aproximadamente la del dibujo: se ha publicado suficientemente como para que quien la quiera conocer tenga un acceso fácil a ella. Se organiza des de los accesos, resueltos todos ellos en granito, con esa elegancia atemporal tan difícil de resolver con que algunos portugueses la trabajan. Siza combina con toda naturalidad trozos de piedra de trescientos kilos con placas tan frágiles que no resistirían su propio peso. Todas las esquinas giran en macizo, y se ve que se ha usado la mejor madera de modular que existe: piezas especiales en los extremos y el resto repartido en trozos bien medidos.
La boca del paseo de la Castellana es la mejor trabajada de todas, y allí Siza desarolla una rampa caballera, es decir, tallada en escalones casi imposibles de ser cruzados de un solo paso. Esto ralentiza la marcha y obliga a fijar la atención sobre el acto de bajar. Los escalones quedan asimetrizados por un canalón de recogida de aguas realizado también en granito, que te acompaña hasta abajo. Estos ingresos largos y en bajada tienen siempre algo de iniciático. Al infierno se entra bajando, dejando atrás los problemas por el camino. Y al Guggenheim de Bilbao, y al memorial Mattausen, y a la basílica de Arantzazu. Siza mismo ha ensayado esta manera de ingresar en muchos edificios: des del Centro de Meteorología de la Villa Olímpica hasta la Fundación Serralves pasando por las piscinas de Leça de Palmeira, donde todo el mundo habla de Wright cuando resultan ser uno de los mejores homenajes jamás construidos a Mies, con una secuencia de acceso muy cercana a la del Pabellón de Barcelona pero bajando tres o cuatro metros justo para encontrar un voladizo de hormigón que, hasta el último momento, queda bajo los pies del visitante. Al edificio de Colón no le hacen falta tantos artificios para decir algo parecido.

La entrada del edificio viene asociada a un patio de agua, un impluvium abierto en medio de la plaza Colón por donde respira todo el conjunto, que usa los accesos como entradas de aire y crea una poderosa corriente que escapa por allí. Los ejes compositivos (uno mayor y uno menor, excéntricos respecto al rectángulo de la planta) quedan convertidos así en ejes de aire, subrayados por esta dinámica de flujos que convierte una composición abstracta en un artificio bioclimático en toda regla, sin conductos ni instalaciones.
Siza hará coincidir el eje principal con el eje menor de la composición, de modo que al final de la rampa el espacio estalla lateralmente: la pared que te ha acompañado no te deja, aumentando la sensación de profundidad. La sensación de túnel queda completamente rota.
Este tipo de composición es propia de la arquitectura barroca, de la que Siza es un profundo admirador: el espacio siempre se dilata lateralmente y hacia arriba, en espiral (la misma que termina en el cielo), y los espacios se suelen enlazar por el eje menor: Bernini en la columnata de San Pedro del Vaticano y Borromini en las pequeñas iglesias de Roma son un buen ejemplo. La arquitectura de Siza se entiende perfectamente mediante un sistema complejo de referencias cruzadas, acumuladas, superpuestas, que permiten una lectura que analice y aísle cada fragmento como parte de una suma de microcosmos que, juntos, forman una entidad cerrada, coherente, autónoma.

El eje menor de la Oficina de Turismo. A la derecha, la llegada de la rampa. Al fondo, el eje mayor con la entrada por la calle Génova
El programa de la oficina de Turismo queda inserto en un rincón de la superficie del edificio. El resto es la calle bajando hasta el sótano.
Toda esta manera de proceder funcionaria bien descontextualizada, pero no será este el caso: la oficina de turismo es sólo uno más de los elementos que conforman el eje Colón –Recoletos- Prado, del que Siza se está ocupando actualmente.

la plaza de Colón. Arriba a la izquierda, el cuadrado del impluvium de la oficina de turismo. Cortesía de la oficina de turismo.
Con una amabilidad extrema, la oficina de turismo me permitió el acceso al ejecutivo completo de la intervención, y es gracias a ellos que puedo explicarlo.
Todo el proyecto parece haberse hecho paseando, con pausas cada pocos metros comiendo humo de tubo de escape, usando el mobiliario urbano, quizá dibujando des del Café Gijón.

el nuevo Paseo Recoletos a la altura del Café Gijón
Siza lo proyectó todo convirtiendo los problemas más obvios en arquitectura, vistiendo con elegancia la solución final y amalgamando todo el conjunto para dotarlo de una unidad que podríamos definir como una suma de fragmentos atados por una serie de temas concretos.

ante la Biblioteca Nacional, muy cerca de Colón
Hasta ahora: peatones abandonados a su suerte. El Ministerio de Sanidad o la Fundación Thyssen, o el Banco de España, servidos por unas aceras ridículas, a penas un metro y medio o dos. Los tramos centrales de los paseos patéticamente vallados. La Carrera de San Jerónimo y el Congreso aislados. La propuesta: ampliar aceras. Realizarlas en granito. Controlar y amabilizar los paseos centrales. Bajar parterres a nivel de suelo. Consolidar la presencia del agua, que organiza la nueva plaza de Colón con una rotonda de granito que juega, precisamente, con el impluvium de la oficina de turismo. Rediseñar el mobiliario urbano. Arreglar los accesos a todos los edificios importantes. Todo vestido con unos bellísimos detalles constructivos.

detalles de la fuente en medio de la plaza Colón

Quien me lo explicó resumió la situación en un par de frases. Aquí queda una buena parte del mejor Siza: “el problema de la Carrera de San Jerónimo es que Cervantes está mal puesto. No se le ve! No podemos dejar mal puesto a Cervantes justo ante el Congreso!”

la Carrera de San Jerónimo con Cervantes en su propio eje.
Cervantes quedará mirando de frente a los conductores y peatones que suban por la Carrera. Y, como eso es más España que nada, los leones del congreso lo vigilarán, no sea caso que le entren ganas de volver a Alcalá de Henares.

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