¿Dónde está el mimo?

(Sobre la plaza del ábside de la Catedral de Tortosa. Un proyecto de Arquitecturia, Josep Camps i Olga Felip)

Del anterior artículo que publiqué sobre el Centro Cívico de Ferreries a este han pasado algunas cosas, cas todas buenas: el estudio ha sido distinguido con el premio Leaf al mejor equipo europeo de arquitectos jóvenes, precisamente por el Centro Cívico. Han ganado algunos otros, como el AJAC. El día que visité el Centro Josep me mostró, también, la plaza, de la que me ocuparé ahora. Los artículos son, pues, conjuntos, y contemplan las dos obras. Este proyecto también fue nominado a los premios Leaf. Y, curiosamente, lo guardé en segundo lugar porque me gustó mucho más que el primero: es, simultáneamente, más discreto, más atrevido, más radical, más maduro. Y me gusta más, sin desmerecer, por ello, el Centro Cívico: la arquitectura no es excluyente.
La plaza tiene un carácter atemporal. Su modo de integrarse en el lugar es perverso: todo lo que vemos es nuevo. No sólo nuevo, inventado. El truco es que allí no había plaza. Jamás hubo una plaza, de hecho. De hecho, ni tan sólo existía el lugar. Por tanto, los usos son nuevos. La situación creada aquí encaja de tal modo en el lugar que parece que siempre haya existido. Deja, de hecho, completamente en falso todo lo que había existido previamente y vertebra el espacio tan decentemente que todo parece planeado en función de la plaza. Además no renuncia a la arquitectura ni a la voluntad de definir un espacio en positivo, huyendo de la forma en negativo que organice el resto, tarea de por sí ya suficientemente difícil, ni a la autonomía formal de la intervención.
El mecanismo de proyecto: conocer el lugar. Conocerlo por haberlo vivido (Josep Camps es tortosino de nacimiento), por haberse hecho las preguntas correctas, por haberlo investigado exhaustivamente.
Tortosa: villa romana. Después musulmana. Cristiana en la reconquista. A principios del siglo XX (sobretodo después de la Primera Guerra Mundial) empieza su decadencia, que después de la Guerra Civil se transforma en debacle, hasta llegar al extremo de ser, con toda probabilidad, la ciudad de su tamaño e importancia más degradad de Cataluña. Quizá incluso hoy en día. Hasta hace unos cien años el Ebro era navegable hasta Zaragoza. Tortosa controlaba un tráfico fluvial de una importancia económica brutal, cargamentos de carbón del Baix Cinca incluidos. Era la puerta del río.
La ciudad se había extendido, siempre, en la ribera izquierda del Ebro. Dato importante teniendo en cuenta que el primer puente fijo que cruzó el río de forma permanente data de poco antes de la Guerra Civil. Hasta entonces tan sólo había habido, y en fechas recientes también, pontones (puentes de barcas). La ciudad vieja se extiende en forma de cuña hasta ponerse paralela al río con el casco antiguo, de origen musulmán, trepando hacia la Suda (el castillo), en un estado, incluso hoy en día, de degradación extrema. Sobre el río encontramos el Palacio Episcopal, un edificio gótico de la categoría del Palacio de la Generalitat, un tercio más pequeño que aquél. El edificio supera, de calle, en calidad arquitectónica, sedes episcopales tan importantes como Vic o Solsona. Al otro lado de una calle estrecha, paralela al río, y ya clavada en la ladera de la colina, está la Catedral, también gótica, de tres naves.

Como buena parte del gótico mediterráneo ésta se emplaza adosada a otras edificaciones, rodeada, siempre, de calles estrechas a las que se abren puertas demasiado grandes para la tensión generada por una caja urbana tan pequeña: paradigmas arquitectónicos bellísimos.
Es imposible rodearla sin alejarse mucho de ella por su parte sur, ya que ha quedado incorporada a una manzana de viviendas. En su interior la catedral presenta una particularidad casi única: el ábside tiene dos deambulatorios, el segundo como resultado de no construir las capillas laterales que deberían de servir al primero: se pierden espacios de culto y se gana en calidad espacial. Este recurso ya fue usado por los mismos Arquitecturia en el Centro Cívico del mercado de Ferreries, cuando derribaron las tiendas existentes (el propio Josep Camps llamaba las “capillitas”, no sé si conscientemente o no) para crear un deambulatorio que fácilmente se puede equiparar a este segundo deambulatorio: todo queda conectado.

En sección la catedral quedó clavada a media pendiente, sobreelevada respecto la calle de acceso y accesible mediante una escalinata bastante mediocre que ahora quedó derribada para realizar una peor, la cual forma parte de un plan urbanístico insensato que pretende abrir la catedral al río, derribando un buen trozo de manzana de casas que forma la calle delantera, creando un nuevo paradigma urbanístico pseudohistórico que confundirá todavía más a los supuestos turistas culturales que vengan a visitar el lugar (que, por otro lado, vale mucho la pena ser visitado).
En la parte posterior se produjo un maremágnum urbanístico de marca mayor: la ciudad seguía subiendo y la diferencia topográfico entre el interior, a cota de la entrada, y el exterior del ábside, a cota de la colina, se resolvió usando el muro de cerramiento del ábside (un potentísimo muro de piedra que fácilmente puede tener más de un metro de grueso) como muro de contención. Se siguió ganando altura produciendo un sistema de rampas hasta conectar con la pendiente final que conectaría la parte inferior de la ciudad con el barrio de la Suda. Nunca se pretendió que este sistema produjese espacialidad y, hasta la intervención de los Arquitecturia el lugar era simplemente un lumpen aparcamiento de vehículos donde coches y peatones negociaban un espacio insalubre sin el más mínimo rastro de identidad.

dibujo que me pasaron des de Arquitecturia como guía para analizar el estado previo: analizar el dibujo de los coches (coincidente con la realidad) es revelador…
Analizando el (divertido) dibujo de estado precio de los Arquitecturia: una serie de coches dibujados sin orden ni concierto, obviando hasta unos escalones allí dibujados. Alguno de ellos tendría dificultades para salir y la buena mayoría tendrían que maniobrar mucho para aparcar. El dibujo es exacto. Recuerdo el lugar porque conozco la ciudad des de hace tiempo.
La propia manera de dibujar los vehículos sugiere también movimiento: un paso incesante de vehículos girando la parte exterior del ábside, peatones circulando entre ellos.
Dos rampas considerables trepando hacia una serie de calles situadas muchos metros sobre nuestra cabeza: seis, siete, diez. Terrazas, escalones. La ciudad mira por encima de sí misma. La cubierta de la catedral como una de sus fachadas más importantes. Algunas de las tracas coinciden con la muralla de la Medina: esto no se sabría hasta más tarde.
El proyecto es, exactamente, lo que siempre tendrá que haber habido allí. Como Tortosa: Collage de referencias pulidas con un criterio que les otorga una autonomía formal plena. No yuxtapuestas, no macladas: fundidas, apelotonadas, cocinadas, dejadas reposar. Probablemente la buena arquitectura sea esto. El origen: cargarse una calle. Para qué sirve si se puede substituir por una escalera? De repente las fachadas oeste y el muro de contención norte forman por sí solos un espacio íntegro. Un terraplén salva y organiza las diferencias topográficas entre la plaza y los muros posteriores.

Excavar: Encontrar el límite del cimiento de la catedral. El ábside deja de ser por fin un muro de contención. Aparecen sus cimientos-zócalo de buena piedra maciza.

Fotomontaje: Arquitecturia.
La resultante: un plano ligeramente inclinado con unos límites en forma de taza que envuelve, que subraya el ábside exteriormente. Este plano se trabaja como una plataforma de hormigón que lleva su propia luz, un plan de actividad donde mirar y ser visto: un teatro. Un escenario que, eventualmente, negocia su entrega con las preexistencias del lugar, la calle a norte, el portal a sur. El terraplén lo limita y lo envuelve. Fabuloso: no toca el ábside. Si lo hiciese recordaría el carácter de muro de contención que tenía antaño. Explicación: antes las cosas funcionaban. Sin más. Una pared gruesa. De piedra aguanta el terreno. Máximo se cuela un poco de agua que los técnicos de la catedral drenarán. La prueba de su funcionamiento es muy simple: no se ha caído. Ahora hay que justificarlo todo. Aparecen los detalles constructivos, los cálculos, las probetas. La burocracia niega la vida, la condena a un vacío legal sin sentido. La solución es muy elegante. Quizá porque tocaba. Quizá por madura: las soluciones constructivas del pasado no tienen sentido aquí, y el equipo de arquitectos lo ha puesto de manifiesto. Pero, y cuando sí lo tienen?
Vamos al terraplén: salva muchos metros. En su parte superior una calle que es una pura escalinata y las casas dispuestas sobre-el-muro-de-contención-que-quizá-sea-una-muralla esperan. Y, sencillamente, se llega a ellas mediante una escalera. Pero no puede ser cualquier escalera. Qué tal la de la Biblioteca Laurenziana? Mirad las fotos.


Michellangello Buonarotti: Biblioteca Laurenziana.
El resto: no hay teatro sin gradas. Los griegos lo sabían. Bueno, los griegos y Shakespeare, ese famoso dramaturgo chino. El Globe (como el Corral de Comedias de Almagro) es, antes que nada, una plaza, una situación urbana que permite que una serie de gente mire un drama. O una tragedia o una comedia, las únicas formas posibles de teatro popular (más detalles, la Poética de Aristóteles). Por tanto, Grecia por el teatro como accidente geográfico, Lope de Vega, Shakespeare, Marlowe, Calderón de la Barca (todos ellos fabulosos dramaturgos chinos) y el renacimiento como teatro popular, de calle. La decisión está tomada.



acceso sur a la plaza: puerta a la ciudad, boca escénica, teatro.
Las gradas no se cierran. No son concéntricas al ábside, sino que centrifugan el espacio y lo llevan a la ciudad, hacia el río. Hacia el sur (en contacto con el portal) se transforman, plegándose, en la escala Laurenziana. Sobre el muro de contención norte, una serie de ejercicios formales de hormigón permiten crear una cosa parecida a una escalera, muy cómoda de subir, que culmina en su parte superior con otra más convencional que salva la diferencia topográfica que no se ha podido resolver con las gradas. Adicionalmente, este salto permite disponer un elemento clave para el control del espacio: un muñón de hormigón, mezcla abstracta entre báculo corto y torre de control, donde disponer focos para iluminar el espacio, único punto de luz diseñado como tal en el espacio.

foto: Pedro Pegenaute.
La plaza se ha diseñado sólo con dos materiales: hormigón y acero. La práctica totalidad del acero visible es en forma de chapas de 10mm de grueso que forman los desagües (obviamente antivandálicos) y las cerrajerías, báculo de hormigón incluido. También se embebe en el hormigón para realizar juntas. Construir un pavimento de hormigón por las fisuraciones. Aquí, esto se ha resuelto dando al pavimento el mismo módulo que una losa de piedra, unos 40 cm aproximadamente, por un ancho ligeramente superior. Para hacerlo se replanteó una malla de chapas de 10 cm puestas de canto que replanteó el topógrafo por puntos para formar la pendiente del pavimento. En cada módulo se ha embebido una lámpara LED iGuzzini, de modo que la iluminación del espacio se produce por el propio pavimento. No hay mobiliario urbano en toda la plaza. Cualquier cosa que se necesite está empotrada en la arquitectura. Uso esta palabra porque, de hecho, cualquier otro espacio urbano bien resuelto con muebles de catálogo estará bien integrado. Hay que decir que hay pocos espacios de estos bien resueltos, en Cataluña. Pero los hay.

planta constructiva

El dibujo del pavimento se usa para reforzar el carácter dinámico del espacio: las líneas longitudinales se replantean curvas, concéntricas a los deambulatorios. Las líneas transversales se disponen deformadas un módulo extraño, que coincide con la anchura de la lámpara LED, un cuadrado perfecto.

Este sistema desagua hacia el ábside de la catedral, donde la reja que lo protege entrega el conjunto con su cimiento descubierto. De este modo, el hormigón no se entrega contra la plaza sino contra metal, y aparece un cojín entre dos materiales demasiado parecidos.

El hormigón de los muros de contención y el de las gradas se ha trabajado, en algunas partes, en masa, sin armar. Está íntegramente teñido de un color ocre apagado, terroso, mate, que lo equipara con la piedra de la catedral. Su textura es lisa, pero, en algunos lugares, como en las contrahuellas de las gradas, se ha encofrado con cañas de río dispuestas verticalmente, que le dan una textura rugosa, oscura, como si fuese abujardado. La poca cerrajería que hay en la plaza es de una factura impecable, elegante: vale la pena recrearse en los detalles constructivos, bellísimos, que dan una apariencia frágil a unas chapas tan robustas que en muchos proyectos caerían en la tosquedad.

Toda la plaza respira un clasicismo culto, nada impostado: las referencias quedan amortiguadas, difuminadas; el proyecto las integra y manda por encima de todas ellas.

Todo esto refuerza el papel que esta plaza se ha otorgado de un modo muy sutil: el de condensador social. La plaza (un lugar nuevo donde antes no había nada) pretende contribuir a la transformación del barrio viejo de Tortosa, que, asociada a la degradación urbanística, tiene una bolsa importante de marginalidad. Llegó a ser realmente inseguro pasear por allí, y recuerdo, no hará muchos años, caminar por calles situadas a pocos metros de esta plaza poblados por edificios totalmente enrunados, incluso parcialmente derruidos, donde todavía vivía gente. Hace pocos años quedé segundo en el concurso de rehabilitación de la casa Grego, una de las obras mayores de Pau Mongió, ubicada a unos cincuenta metros de la plaza. El ganador no ha construido nada, y se conservan los mismos asentamientos diferenciales. Se puede meter los dedos en los agujeros de bala abiertos durante la Guerra Civil. La tribuna, coquetona, modesta, de madera, de la esquina, ha perdido todos los cristales. Estoy preocupado.

Contra esto, Arquitecturia ha opuesto un teatro bien construido. El mejor ejemplo para entender la creación del lugar es una pregunta que Josep me contó que se hicieron en el estudio: “¿y dónde ponemos al mimo?” Y sí: se han hecho representaciones teatrales. La plaza quiere integrar. Quiere tratar a todo el mundo igual, y está construida con la misma voluntad que si estuviese en el centro de Venecia.

Arquitecturia negoció con iGuzzini un contrato de mantenimiento y sustitución de sus lámparas LED del pavimento rotas: no puedes renunciar a ellas por su ubicación. Sin demagogias ni estridencias, esto es un buen ejemplo de arquitectura educativa.

foto: Pedro Pegenaute.

foto: Pedro Pegenaute.
Gracias a Josep Camps, al personal de Arquitecturia y a Pedro Pegenaute por ceder las fotos. Los planos son de Arquitecturia y las fotos sin firmar son de Jaume Prat.
web arquitecturia:www.josepcampsolgafelip.net
web Pedro Pegenaute: www.pedropegenaute.es

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *