Miguel Fisac, una iglesia en Vitoria

Fotos: Jaume Prat
A José Enrique Peraza, por haber compartido tan generosamente conmigo sus conocimientos sobre el Maestro y por su confianza.


Todo el mundo sabe que los turistas no se dispersan. No es tan inmediato pensar, pero, que los habitantes de las ciudades tampoco, así que el primer comportamiento es un reflejo del segundo. Visitar el casco antiguo de Vitoria ofrece un buen ejemplo de ello. En planta tiene forma de huso orientado según la directriz norte-sur, y, por esta última orientación, se abre radialmente a un ensanche decimonónico que contiene la sede del Gobierno Vasco, la estación de tren, la plaza de los Fueros, tiendas y paseos por donde dejarse ver si alguien puede reconocerte.
La relación de los usuarios y los habitantes del casco antiguo con su tejido se produce a base de saltos puntales entre éste y los tejidos circundantes. Los desplazamientos suelen ser de polo de atracción a polo de atracción, de ida y vuelta con pocas o ninguna distracciones intermedias, a menudo aprovechando las calles que desembocan en las puertas de la muralla derribada hace mucho. El desplazamiento en zigzag entre el centro urbano y el tejido circundante, es decir, los intentos de fusión entre barrio y barrio, no se plantean. La gestión común de estos espacios es un lío, con concejales de distrito enfrentados, equipamientos doblados, discontinuidades y diferencias no resueltas. A dos o tres minutos a pie del extremo norte del casco antiguo de Vitoria se erige la iglesia de la Coronación, centro de su barrio de edificios populares de últimos 60 y primeros 70, Obra Sindical del Hogar pura y dura sin más pretensión que solucionar un problema de demanda de vivienda, formada por unas pocas manzanas apartadas de dicho casco histórico, que se le adosa literalmente, con calles que llegan a prolongar alguna de las existentes. Queda a cinco minutos a pie de la catedral de la ciudad y constituye otro de los equipamientos doblados entre barrio y barrio, que ha contribuido más a separarlos que a unirlos. También a identificarlos: la dictadura impuso una separación de clases que explica la existencia del edificio.

No hace falta decir que la iglesia está tan olvidada como su barrio. No sale en ninguna guía turística. No la muestran los habitantes de la ciudad. Y, aún así, se trata de una de las obras mayores de Miguel Fisac, su arquitecto. Miguel Fisac murió hace demasiado poco. E, insolentemente, decidió hacerlo al pie del cañón, construyendo al máximo nivel, resistiéndose a ser una vieja gloria, a pasar a la historia, a ser tratado como una reliquia. Vivimos en un país que no perdona estas actitudes, y, por tanto, su obra se empieza a reivindicar, a descubrir, a ser estudiada resistiendo a clasificaciones y estereotipos justo ahora.
La iglesia de la Coronación es un buen ejemplo de esto. Tiene poco hormigón. Su cubierta no es de huesecitos, y ni tan sólo está claro que la luz que recibe por la pared oeste pueda ser considerada cenital. En cambio, su complejidad disfrazada de edificio elemental hace que pueda ser considerada el mismo proyecto que el resto de iglesias del arquitecto. Primera confusión: el propio Fisac, agrupando sus edificios por familias, consideraba la iglesia como un auditorio generado por un “muro acústico”, como la sala principal de la Casa de Cultura de Ciudad Real o el auditorio del Instituto de Daimiel. El edificio estará más cerca, en cambio, de la iglesia de Canfranc, reseñada aquí (Miguel Fisac una iglesia en Canfranc) o de su querida parroquia de Santa Ana en Moratalaz, que tienen formas muy diferentes.

La iglesia de Canfranc está alineada con la Estación Internacional, perpendicular a la directriz norte-sur del valle, y se orienta a oeste para rezar contra la ladera de la montaña. La de Vitoria, al igual que la anterior, presenta una orientación fruto de las circunstancias. En este caso la calle Eulogio Serdán, que corre este-oeste, definiendo el límite norte del solar y ofreciendo el modo más lógico de entrar a un edificio que se le abra. El solar se extiende paralelo a la directriz del casco antiguo, de modo que lo más lógico será, esta vez, rezar a sur. A diferencia de muchos otros arquitectos constructores de iglesias, Fisac es un hombre de fe, un católico devoto. Sus creencias íntimas hacen que no le haga falta demostrar nada a nadie, y Fisac se creerá, así, con autoridad moral suficiente para alterar las convenciones de su religión en función de las circunstancias, de la economía, del emplazamiento. Aquí: directriz noreste con acceso a norte, rezar a sur. Inmediatamente. Para crear un espacio sagrado se valdrá de su experiencia y de su genio, sin más.

Emplazamiento con el norte arriba

Emplazamiento de la iglesia de Canfranc, norte en la misma posición
Fisac trabaja, en esta época, en función del tipo de ceremonia que define el Concilio Vaticano II, es decir, en castellano y con el cura mirando a los asistentes. El espacio, para él, será único y sin discontinuidades, y el altar se define tan sólo por una ligera elevación del mismo pavimento de la nave. El cura y la imagen de Cristo, escultura de Pablo Serrano, tras él, elevada para que éste no lo tape, colgada del techo mediante unos cables a toda altura que dan al conjunto un aire todavía más esbelto, quedan invariablemente iluminados por una fuente de luz natural indirecta e invisible, como siempre solía hacer.

El cristo tras el altar, excepcional bronce de Pablo Serrano
La nave queda iluminada más tenuemente por una luz cenital proveniente de un rosario de pequeñas oberturas. Toda la luz usada es exclusivamente de oeste, que, a todas horas del día excepto por la tarde, se comporta como una fuente de luz equiparable a norte. Por la tarde el sol choca violentamente contra las oberturas y da una luz directa, corpórea, mística. Casi Líquida. Bendita se crea o no en Dios. Habrá una sola excepción, pero, constituida por la fuente de luz indirecta tras el altar, que recibe luz de norte.

Este modo de hacer entrar la luz condicionará la planta y los materiales empleados decisivamente. El muro este, totalmente ciego, se pliega sobre sí mismo en curva para no necesitar ningún tipo de arriostramiento y poder soportar así la enorme altura que alcanza a sur. Presenta su parte cóncava al interior para recoger la luz de oeste sea directamente, sea rasante cuando la pared se dobla y se coloca perpendicular a esta orientación. Su acabado interior es enyesado y pintado en color blanco.

El muro oeste es más complejo. De directriz recta, será doble hasta media altura, y en su interior se alojarán la sacristía, una pequeña capilla de diario y el baptisterio anejo a la entrada. El hecho de ser doble le da, también, estabilidad, aunque, probablemente, requiera de algún tipo de arriostramiento adicional trabajado en hormigón. Cuando el muro se afina y se convierte en simple pierde su cara exterior, complejificando su volumetría en relación con la calle y dejando la pared interior completamente a plomo, quedando esta horadada por las pequeñas oberturas anteriormente descritas, dispuestas en damero, de directriz vertical para que no afecten la estabilidad de la pared ni requieran dintel. Se rematan con un cristal obre, color sol, y bañan el interior de una luz cálida, casi violenta en contraste con el blanco con matices azulados, por la penumbra, de la pared sur. La iglesia queda, así, atada transversalmente por la luz y funciona como una especie de enorme amplificador, o altavoz, de luz.

Su sección longitudinal es la misma que en Canfranc: una semiplanta simetrizada respecto de la mitad de su longitud, que da como resultado un techo que empieza bajo en la entrada (en Canfranc se puede tocar cómodamente con las manos, en Vitoria tiene unos cinco metros en su punto más bajo para poder alojar allí el coro) y sube a una sola agua muy pronunciada hasta el altar.
Si en Canfranc el ascenso de la cubierta le permite mimetizar la sección con la montaña, aquí, donde el terreno es llano, gana altura para competir con las viviendas vecinas al exterior… y crea una espiral hacia el cielo en el interior. Nuevo matiz: en Canfranc la operación se consigue únicamente con la simetría anteriormente descrita, mientras que en Vitoria la sección resultante de hacer sólo esto daría como resultado una cubierta convexa. Una nueva simetría respecto del eje longitudinal de la cubierta (su pendiente) hará que sea cóncava al interior y que tome forma de vientre de ballena, equiparándose, con este gesto, al quiebro de la cubierta de Canfranc, que se rompe sobre el altar y salta arriba, produciendo una entrada adicional de luz indirecta elevando aún más la cubierta, difuminando sus límites como si huyese hacia arriba, buscando a Dios. En Vitoria la forma convexa consigue lo mismo de un modo más económico, menos aparatoso, más sutil.


arriba, la sección de Canfranc, abajo, la de Vitoria
La iglesia de Canfranc es la penumbra, la caverna, como lo son las casas que sirve. La luz es el matiz, lo que rompe la oscuridad imperante. Los materiales la absorben, y el altar queda mucho más iluminado, más contrastado respecto de la nave. El cielo raso interior cae sobre los asistentes, exhibiendo la estructura, que soporta un entablado realizado con tablas de costero solapadas, rugosas.
Vitoria es la luz, la alegría, la vitalidad, un paso adelante. El cielo raso no debe de caer, tan sólo ofrecer un refugio elemental, concentrar la atención de los asistentes sobre el altar. Por este motivo el entablado será doble, y aparecerá un acabado interior liso, viene ejecutado, con los tablones dispuestos en sentido longitudinal, en lugar del transversal de Canfranc, acompañando la vista del espectador hacia el altar. La estructura de la cubierta está contenida entre las dos capas de acabado, la interior y la exterior. No dispongo de más información para describirla.

La iglesia se construye con los mismos materiales que en Canfranc (piedra, hormigón, terrazo, madera) más el yeso de la pared sur: cinco en total, cristal en las oberturas y metal en algunas esculturas. Nada más. La piedra (con hormigón en el interior y en los refuerzos) forma las paredes portantes. La madera, siempre trabajada en conjuntos uniformes, forma las no portantes y el entablado interior. El yeso recibe la luz y el hormigón forma las grandes oberturas y los dinteles, así como el campanario. Se encofra invariablemente con tablas, y a veces se acaba abujardado con una bujarda de cinco puntas, la preferida por Fisac por el carácter basto que imprimía al hormigón. Los pavimentos son de terrazo.

La madera, de pino, se barniza con un trapo, nunca con brocha, cosa que le da un satinado especial y que permite, también, que el tratamiento penetre más a fondo. El mobiliario es de madera, piedra y hierro, diseño del arquitecto. Mención especial a los bancos, sencillos y prácticos, y a la pila bautismal, de piedra monolítica. Los confesionarios, bajo el coro, un entresuelo de hormigón colgado de la pared este cuando ésta se ha retorcido tanto que queda paralela a norte, son también de madera con las puertas de acceso de arpillera basta y barata.



El campanario de la iglesia, a diferencia de Canfranc, donde se encuentra integrado y asociado al lucernario del baptisterio, sirve aquí para dar escala al edificio, y consiste en tres fustes de hormigón arriostrados entre sí por la estructura portante de las campanas, una auténtica escultura de acero de enorme categoría realizada por Fisac, y queda totalmente exento de la iglesia, casi tirado sobre la calle, más alto que cualquier otra cosa de su entorno a manera de reclamo, de vigía.

El estado de conservación de la iglesia permite apreciar la calidad extraordinaria de su construcción: no parece un edificio demasiado bien cuidado ni rehabilitado, y, aún así, está como nuevo, sin goteras ni humedades, sin nada que haya envejecido. Probablemente las pátinas que ha ido adquiriendo lo hagan estar mejor ahora que cuando era nuevo.

Cenando en un restaurante céntrico de la capital, los dueños, en la hora del café, manifestaron su sorpresa por nuestra visita al edificio, que definí sin dudarlo como “uno de los mejores de la ciudad”. “La de cosas que se entera uno”, me dijo el dueño. Y es que sólo lo había visitado una sola vez en su vida, aún siendo católico practicante y viviendo a cuatro minutos a pie de allí. No sé si desear que se incorpore a la lista de lugares emblemáticos a tener en cuenta o si desear, por el contrario, que siga sirviendo, sin más, a su barrio.

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