Miguel Fisac: una iglesia en Canfranc


Pocas horas antes de mi primera llegada a Canfranc, persiguiendo el fantasma de la Estación Internacional, supe de donde venía el vínculo que Miguel Fisac tenía con el lugar: su mujer era originaria. Ya in situ, confirmé mi teoría sobre la propiedad de la casita que construyó allí: era suya. En su momento, la última casa del pueblo, a pocos metros de la frontera, ya en zona de ancho de vía francés. La encontré causalmente, porque tenía ganas que estuviese allí: el emplazamiento que hubiese elegido de quererme construir allí una casita de vacaciones, a principios de los sesenta. Me engañó su estado de conservación: óptimo hasta el extremo de resultar inidentificable como una construcción de cuarenta años, erigida en medio de los Pirineos. La casa es mucho más bonita de lo que había imaginado. Más pequeña, más coqueta, más sensible. Más divertida. Los hijos del arquitecto no han alterado ni un tornillo, y actualmente es casi infotografiable, ya que los árboles que había plantados han crecido más que la casa, hasta ocultarla completamente de miradas extrañas. Mi pequeño homenaje al arquitecto y a su familia será el de no desvelar más su ubicación: invito a quien tenga ganas que la encuentre. El resultado no decepciona.

Esperaba encontrar tres construcciones de Fisac en estado incierto de conservación: encontré seis, óptimamente mantenidas, hasta catalogadas algunas de ellas, como si el fantasma del arquiteto les sacase el polvo cada sábado. A parte de la casita, hay no una sino dos centrales hidroeléctricas, la iglesia de la que quiero ocuparme y, sorpresa! Dos presas: una muy pequeña y una enorme, que cierra el embalse de Canfranc, de unos treinta metros de altura.
La gracia de estas obras radica en el cuidado y la sensibilidad con que han sido proyectadas y construidas. Todas ellas tienen mucho en común con la casita, erigida en modelo para caso cualquier programa con que se hubiese de enfrentar en esos lugares.
La iglesia es el caso extremo de esta actitud, por su representatividad. Imaginar que los edificios industriales construidos en este pueblo también pueden ofrecer este grado de domesticidad y tranquilidad es constatar la enorme honradez profesional de un genio que nunca escondió la mierda bajo la alfombra: la primera central tiene unos aires mackintoshianos interesantísimos, y, simultáneamente, es el edificio que más recuerda a su casa. La segunda es más grande, más aislada, es un edificio racionalista de piedra con sombrero, un sombrero estrambótico de chapa, inclinadísimo, erizado de claraboyas realizadas levantando pedazos de cubierta, como recortados con tijeras.

la central más pequeña
La iglesia es el edificio más complejo, bastardo y trabajado de todos. También el más emocionante, con permiso de la casita.


La economía de medios con que se proyectó es total: se trata de un abanico tapado por una cubierta de pendiente única partida en dos en la zona del altar, más alta, con unas pocas y bien escogidas entradas de luz: la de detrás del altar, estrecha y vertical, a toda altura, indirecta e invisible des de buena parte de la platea, y la de encima del altar, también indirecta, horizontal, formando una cruz con la anterior, más dos ventanas rasgadas, con la misma inclinación que la cubierta, que iluminan la platea. El baptisterio tiene una pequeña claraboya individual.
La iglesia se emplaza en el mejor solar del pueblo: al lado de la carretera, alineada directamente con la puerta de la Estación Internacional. Curiosamente, Fisac no alineará puerta con puerta, ya que el eje de la estación se enfrenta con una pared ciega, baja, sin oberturas. El acceso se produce por los dos laterales, mediante dos grietas asimétricas que separan las generatrices del abanico de su pared de cierre, debilitando las esquinas del edificio, de muros portantes. Estas esquinas no hace falta que sean fuertes, ya que las geometrías de las paredes las hace completamente autoportantes, arriostradas una a una. El conjunto tiene, así, una enorme rigidez, que se vio puesta a prueba a mediados de los 80, cuando el edificio sobrevivió a una avalancha: ahora está felizmente reconstruido, aunque algunas cerchas originales se hayan perdido, y está también catalogado como monumento histórico artístico.


El solar está unos metros levantado respecto de la carretera y la estación: sendas escalinatas equivalentes pero no simétricas llevan a dos puertas, y el espacio intermedio se deja a cota de carretera para crear una pequeña área de descanso. La cubierta sigue la pendiente del ascenso, y se eleva a las montañas vecinas, que cierran el valle del río Aragón, cruzando el bellísimo emplazamiento que lo envuelve todo. La iglesia está girada 180º respecto de la orientación canónica, y el altar se apoya contra el oeste, en la falda de la montaña. Los condicionantes urbanísticos, la fuerza del lugar, la posibilidad de orar contra un muro de centenares de metros de altura, pueden más que las ganas de orientar la iglesia a un sol naciente que, de todos modos, nunca es perceptible hasta que no está alto en el horizonte.


La iglesia no tiene campanario exento, ni torre. La campana se aloja justo al lado del lucernario del baptisterio, a ras de cubierta.
Su paleta de materiales es muy reducida: piedra, madera, metal, algo de cristal y terrazo para los pavimentos. El uso que se hace de ellos los aleja bastante de otros referentes españoles, dejando un parentesco muy bastardo con otras referencias cruzadas: el románico, la arquitectura popular de la zona, la arquitectura militar de finales del XVIII, también abundante en la zona, y el racionalismo nórdico.
La madera será tratada a base de tablones sin pulir. Se dejan intactos los extremos de estos tablones, donde aparecen los bordes del tronco, a veces hasta con pedazos de corteza. Las carpinterías encajan burdamente, creando una superficie plana, tosca, vibrante. Las paredes no portantes de su casita se realizarán también así.

maderas en la casita
En el tejado los tablones se van solapando como en el buque de un dakkar vikingo, peinados todos en la misma dirección, formando una solera de cerramiento de cubierta, de soporte de las chapas metálicas de aluminio, según la memoria del proyecto, y, simultáneamente, creando una cámara de aire por geometría. Es dudoso que haya aislamiento térmico.
El mobiliario se realiza, también, con este tipo de madera, trabajado tan toscamente que algunos bancos llegan a parecer objetos encontrados, exvotos dejados allí por algún obrero que haya salvado la vida.
Los muros son de una mampostería basta con juntas de mortero de casi diez centímetros de grosor en algunos puntos, agresivas, de una textura que aleja al visitante. Casi no hay agujeros o ventanas, fuera de los indicados anteriormente. Cuando aparece un dintel, éste se realiza en hormigón, y serán casi las únicas piezas de este material en todo el edificio.

La piedra, trabajada en un único bloque extraordinariamente pesado, potente, tosco, también formará algunas piezas del mobiliario: los pequeños vasos don d se deposita el agua bendita, encajados en la pared, el altar, los escalones de bajada al baptisterio y la propia pila bautismal, el paso de la cual parece haber hundido el pavimento de la capilla donde se aloja.

El pavimento es de terrazo claro dispuesto a 45º respecto del eje mayor.
El metal forma la estructura de soporte de la cubierta, constituyendo todo un bosque muy denso de cerchas. La geometría sinuosa de las paredes de cerramiento obliga a infinidad de piezas especiales. También las hará necesarias la inclinación en planta de las paredes que forman el abanico, dispuestas a 45º respecto del eje mayor, que también será la directriz de la estructura (modificando los planos originales, donde ésta se dispone en abanico). El leitmotiv del metal prima la economía por encima de la mano de obra: un enorme trabajo de adaptación de cerchas especiales, que deja un enorme porcentaje de ellas hechas a medida, afina la estructura hasta dejar en cada punto la dosis mínima de hierro necesario para aguantar esta enorme luz. La mayoría de las cerchas son apenas unos redondos de hierro dulce conformados y soldados en triángulos que aguanten más por geometría que por material.

El efecto de tan poco material distribuido por tanta superficie, formando el plano exterior (el que se ve por dentro de la capilla, vaya) del revestimiento de madera anteriormente descrito es mágico. La luz es de un ocre anaranjado, cálida. Baña todo el interior de una penumbra agradable.

La obra de Fisac se presenta siempre en dos planos divergentes, muy difíciles de separar: por un lado es de una enorme pulcritud geométrica. Por otro, los materiales gobiernan y distorsionan la percepción: finísimas líneas de metal sobre un paramento rugoso de madera. Poderosas jácenas de hormigón planeando sobre un espacio sin ninguna pista sobre cómo se sustenta. Vueltas monolíticas apoyadas sobre paredes enlucidas y pintadas de blanco, hasta casi desaparecer.

La iglesia de Canfranc produce resultados sencillísimos pasando por encima de una serie de decisiones muy complejas, aplanadas hasta el extremo que el edificio no las explica. El resultado final es de una armonía que nos hace sentir como en casa. Como en su casa, allí cerca, acogedora, escondida, recogida, que da domesticidad a uno de los entornos más contradictorios de todo el Pirineo: un valle precioso que contiene los restos de un pasado que nunca fue, que ha dado un presente desangelado, sórdido. Fisac dejó pistas suficientes como para arreglarlo y que, algún día, sus construcciones gobiernen un entorno más decente.

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