Martínez Lapeña-Torres: Casa García, Segur de Calafell, 1_2: el contexto

Fotos: Jaume Prat, agost 2008. Iglesia, marzo 2012.
1- El contexto físico.
A principios del siglo XX gran parte de las tierras españolas estaban en manos de la nobleza. Desde entonces ahora, aplazando una serie de planes de reforma agraria que, todavía hoy en día, parece quimérico llevar a cabo, se han ido vendiendo buena parte de ellos al ritmo de su decadencia. La gran mayoría de estas tierras han acabado urbanizadas, constituyendo el embrión del crecimiento del parque construido de este país.
En la inmediata postguerra civil, mediados los años 40, una serie de nobles locales poseían una finca (la de san Miquel) entre los municipios de Calafell y Cunit, más cerca del primero que del segundo. No tengo claro si su límite era la N-340 o el propio mar. Se extendía por una serie de terrenos en pendiente que miran al mar, soleados, poblados de algarrobos y olivos. Alguna pineda. Palmitos. Hay pocos bancales, lo que quiere decir que son terrenos poco trabajados. Conforme nos acercamos al mar, toda la franja costera entre Cunit y Calafell estaba formada por marismas pobladas de juncos, esparto y otras plantas autóctonas.
Los propietarios encargaron un proyecto para una urbanización de lujo a un entonces jovencísimo Manuel Baldrich, el mismo arquitecto que murió prematuramente a los 55 años, dejándonos el pabellón Cambó en la Maternidad (donde, diría, sigue ubicándose COM ràdio) y las piscinas Sant Jordi, en la Universidad Industrial, entre otros proyectos en el mismo recinto. Éstas se terminan el año de su muerte, 1966.
Baldrich concibe una ciudad-jardín tradicional, sin centro, con sus (pocos) equipamientos sobre la N-340, y una iglesia más o menos donde se creyó que habría más vida. Iglesia construida enteramente en hormigón por el arquitecto Jaume Teixidó, del que no tengo otra información de calidad arquitectónica excepcional, que algún día prometo reseñar aquí.



Iglesia en Segur de Calafell. Jaume Teixidó, arquitecto. Disculpad la pésima calidad de las fotos, tomadas y procesadas desde un móvil.
El plan de Baldrich llega a tan altas esferas que se consigue (vía intervención directa del propio dictador) una estación de tren para el lugar: si os fijáis no está equidistante entre Cunit y Calafell, sino puesta donde más conviene al proyecto, sin atender a otra consideración urbanística que los límites de propiedad de la finca original. Parece ser que esta estación costó una casa gratis para el director de RENFE.

Segur de Calafell, en la actualidad. La casa García se ubica a la izquierda de la fotografía, en el medio.
Actualmente, segur de Calafell está completamente urbanizado. Costaría encontrar alguna parcela virgen. Los rastros del plan de Baldrich todavía se perciben claramente, y hacen que esta urbanización sea más agradable y humana que cualquiera otra de las que lo rodean. La presión urbanística ha obligado a construir puentes sobre la N-340 y a vallar todo el perímetro de las vías del tren, que cada año se cobraban algunos veraneantes. Las marismas ya no existen: la costa es casi un continuo desde Vilanova hasta Creixell, con tan sólo unos centenares de metros vírgenes (como un trozo de playa adyacente a la Riera de Sant Salvador, entidad municipal que, al pertenecer al Vendrell, ha conseguido una especulación menos salvaje que la de los municipios vecinos, sin otra fuente de financiación que el turismo).
El planeamiento actual es la suma de pequeños planeamientos, una visión miope que jamás ha querido asumir la condición unitaria de este manto que cubre estos kilómetros de costa catalana de miles y miles de segundas residencias. Allá donde ha habido suerte, como en Segur, el plan era correcto.. en los años 40. Donde no, reina la anarquía. Hay conflictos constantes en los lindes de los municipios. Todo el conjunto está dramáticamente subequipado. El transporte está mal gestionado. Sin hablar del tema de la población flotante, absolutamente dramático, y del hecho que las economías locales dependen absolutamente de ella. La economía no turística está ahogada.
2- las segundas residencias.
La arquitectura de estas segundas residencias se ha ido transformando con el tiempo, a ritmo de dos factores interconectados: el cambio de paradigma cultural y la especulación. Sobre las arquitecturas de vacaciones de los años 70 se han escrito, con una cierta nostalgia, artículos interesantes. Singularmente los arquitectos Manel Gausa y Xavier Monteys lo han estudiado con una cierta atención, Manel algo más al norte (la pineda de Castelldefels) y Monteys de un modo más genérico. Resulta complicado no compartir su visión un tanto nostálgica, sobretodo porque suscribo al cien por cien su tesis principal (compartida, a la que han llegado los dos por separado): estas segundas residencias se convirtieron en un laboratorio de vivienda excepcional, con tipologías, soluciones arquitectónicas y maneras de entender el espacio diferentes de las de una primera vivienda, y, curiosamente, extrapolables a ella.


Dos muestras de arquitectura costera: la casa de la primera foto tendrá unos cuarenta años. La de la segunda, unos treinta, y está ubicada en pleno paseo marítimo. .
Intentaré unir mi visión a la suyas, con voluntad de complementarlas más que de criticarlas.
El tema principal de estas segundas residencias es una distancia mental respecto de las primeras que lleva a sus habitantes a concebirlas de otro modo: cuando se marchan de vacaciones se marchan de verdad. Aunque la distancia física sea poca(desde los años sesenta hasta ahora, Segur de Calafell, por centrarlo en algún lugar, jamás ha estado a más de hora y media de distancia en coche, o a una hora en tren, de Barcelona o a dos horas de Zaragoza, de donde vienen gran parte de los veraneantes) la distancia mental es mucha: cuando veraneas, veraneas. Sin más. Por tanto, cambian las relaciones familiares, cambia la actitud hacia el trabajo, cambia el estado de ánimo.
El tipo de confort cambia, también, radicalmente: se acepta, en nombre de la naturaleza y el mar, en nombre de la relación con las copas de los árboles y el césped y de la arena, una cierta incomodidad por el calor, por el viento, por las lluvias ocasionales, aquí torrenciales: todo esto forma parte del privilegio de estar allí, y contribuye a crear distancia respecto de la primera residencia.
La relación interior/ exterior de estas viviendas es más franca. No tienen aire acondicionado, el aislamiento térmico es escaso y, por tanto, los espacios intermedios se potencian al máximo: terrazas, toldos, porches, jardines sombreados. Los espacios interiores tiene, casi siempre. Ventilación cruzada. Se acepta el calor del lugar como un dato más: se vive en el exterior, que es concebido más amable, más dócil que actualmente. Un solo dato: mirad la vegetación que envuelve las casas (o los bloques de vivienda) construidas en los setenta y comparadlo con la actual. Quizá la anterior doble o triplique la actual. Tranquilamente: el exterior es un espacio activo de la vivienda.
La arquitectura se diferencia, en aspecto, claramente de la de la primera residencia: sea por la sobreabundancia de terrazas, muchas de ellas llenas de tiestos cuiodados, jamás cubiertas, siempre ocupadas como una sala de estar más, sea por la disposición de las ventanas, las crugías de las viviendas, los materiales de construcción o una ausencia de ornamento radical.


Dos fachadas en primera línea de mar de edificios de más de treinta años. El primero de ellos tiene los antepechos reformados.
Mención especial a las plantas bajas de los bloques de vivienda (y de algunas viviendas unifamiliares cuando tienen más de una planta). Los pilotis no han funcionado jamás en nuestro país… excepto en estos bloques de segunda residencia. Estos forman unos espacios ambiguos, siempre semiprivados, mezcla de aparcamiento, espacio de encuentro, segundo o tercer comedor, zona de juegos para los niños… es un área comunitaria formada exclusivamente por un pavimento duro, la estructura portante pelada y un acceso a las plantas superiores. Este espacio se va negociando entre los propietarios y se usa para lo que conviene en cada momento. Armoniosamente.
Actualmente todo esto ha cambiado, por los factores antes mencionados. Ahora se veranea menos. Y, cuando se hace, se tiende a trasladar la casa de invierno a la playa. Literalmente. La distancia mental ha disminuido: el factor principal es, creo que las relaciones familiares no cambian durante las vacaciones. Se requieren, por tanto, la misma televisión de no sé cuántas pulgadas, la misma conexión a internet de banda ancha, los mismos gadget en las habitaciones de los niños. La misma relación de privacidad que en una primera vivienda. Todo esto lleva a tipos arquitectónicos radicalmente diferentes. Adiós a las ventilaciones cruzadas: las puertas de las habitaciones se cierran. El volumen de la tele estorba. Ha aparecido el aire acondicionado y, con él, una nueva relación interior/ exterior: ahora el exterior es esa cosa donde está el mar y donde sudas porque hace calo, es eso que hay entre tu casa y el restaurante también con aire acondicionado. O entre tu casa y la discoteca, o donde quiera que vayas. El exterior es hostil, ordinario: hace calor, el sudor se pega. Ecs. Si miramos los paseos marítimos descubriremos que cada vez hay menos gente que pasea y más gente que hace deporte en ellos: o vas expresamente a hacer algo o no los tocas para nada.
Las terrazas de las viviendas están desapareciendo lentamente. Y, cuando están, son una habitación cerrada respecto del resto de la casa. La riqueza de sus relaciones con el exterior se ha perdido: ya no son necesarios los toldos, ni la vegetación ni las persianas exteriores: ¿para qué si tenemos frigorías?
Las plantas bajas, por la presión especulativa, ya tienen viviendas, todas ellas con un pequeño jardín que las separa de una calle que, por tanto, se percibe hostil. Han aparecido sótanos permanentemente peleados con el nivel freático. Las zonas comunitarias se han especializado, han aparecido piscinas, todas de la misma medida, la necesaria para que la comunidad se ahorre pagar un socorrista, y han desaparecido completamente los espacios no especializados: todo está pautado. Un promotor no puede permitirse la indiferenciación de espacios. Resultaría demasiado caro.
La arquitectura culta también ha cambiado: cuando aparecen nuevas viviendas unifamiliares suelen tener una relación muy directa entre interior y exterior. Pero vuelve a ser diferente: los dos espacios se conciben en continuidad perfecta; las ventanas son completamente abatibles, desaparecen, se meten dentro de las paredes. El pavimento continua (cosa que no había pasado nunca) y ni tan sólo son aceptables los resaltos que aparecen cuando tienes un forjado continuo y quieres impermeabilizar el exterior. La construcción se ha forzado, el espacio es único, promiscuo, indiferenciado. La gradación es exclusivamente climática: proteger los estares del calor exterior, no separarlos sutilmente.
La arquitectura contemporánea se relaciona con el exterior con la lógica del todo o nada: se niega a las viviendas con el aire acondicionado o se quiere un pabellón que conciba el jardín y el espacio interior como un solo lugar: la casa es la parcela, y los límites de propiedad, la fachada.
Por todo esto (sin que esta segunda opción me parezca del todo mal: tan sólo critico su reiteración, no la calidad de algunos edificios así concebidos) siento, también una cierta nostalgia de un tiempo en que la aceptación de una cierta incomodidad física llevaba a otra manera de entender la vivienda. Se objetarán las normativas actuales: mi teoría respecto de ellas es que siguen el cambio cultural, no que lo imponen. Si se quisiesen segundas residencias diferentes habría normativa específica para ellas. Y no ha pasado.
Las fotos que acompañan este artículo son de viviendas de Calafell y Segur de Calafell de diferentes épocas. Juzgad vosotros mismos.




aquests edificis tenen menys de deu anys i estan ubicats a menys de dos minuts de la platja, entre Segur de Calafell i Calafell. El darrer d’ells està situat a primera línia de mar.

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