Marcos Catalán.Lexington Bar, Muntaner 108, Barcelona


Lexington Bar: Marcos Catalán, d’esquenes a la foto. (foto: Jaume Prat)
El 99% del contenido de este blog está escrito en los bares. Proyecto en los bares. Hago concursos en los bares. Cada mañana que puedo voy al bar Catalunya de Sant Cugat (al lado de la estación), muy poco reformado des de los años 30 que, hasta hace dos eneros, parecía aguantarse gracias a las manchas difíciles: mesas de mármol, sillas enésima imitación Thonet, carpinterías con cuarterones horizontales. Siempre hace frío, las tapas no son nada del otro mundo y algunos veranos la cerveza que te sirven no está fría del todo. Me siento cómodo allí. El rumor de los bares me ayuda a pensar. Me concentra. Las conversaciones, el ruido de la máquina de café o de las botellas chocando dentro de las cajas de cerveza, los golpes de las neveras que se abren bajo la barra, las entradas y salidas de los clientes, observar cómo se conducen los parroquianos, su lenguaje corporal, los gestos, las miradas. Es un mundo. Es, casi, el mundo. Así que cuando, a últimos del año pasado, tuve la oportunidad de coincidir con Marcos Catalán y pedirle que me contase una obra suya para publicarla aquí, me ofreció el bar Lexington, quedé encantado.

Foto: Eugeni Pons
Después de haber averiguado dónde estaba, una tarde, antes de cenar en el Out of China, restaurante que queda unos metros más abajo en la misma acera, fui a hacer un Dry Martini previo. Instantáneamente me sentí cómodo, y esta sensación previa al análisis, esta oportunidad de poder explicarme (antes de explicarlo a los demás, incluido al propio Marcos) por qué me siento bien en un sitio así, y poder investigar qué papel tiene la arquitectura en todo esto, es una de las cuestiones más interesantes que jamás he hecho en este blog.

foto: Jaume Prat
Días más tarde, haciendo una cerveza con Marcos en el bar, le pedí que me lo contara. Es curioso que el arquitecto que ha hecho una obra te la cuente cuando ya tienes opinión formada sobre ella. EL primer concepto (y casi el único) que usó fue el de orden. Para él, el Lexington es (todavía ahora) un local triturado, complicado, que se había de ordenar para poder usar. Miraba las paredes y notaba que, casi como si tuviese rayos X en los ojos, veía lo que pasaba tras todas ellas: aquí una medianera, aquí la portería, allí una vivienda. Allí había un tabique. Luego: vaciar el local, enfajarlo de modo continuo con un zócalo de madera a 2,06 de altura, pintar la paredes superiores de dorado y renovar la fachada. Ya está.
Cuestión paralela: ¿de qué no hablan los arquitectos cuando hablan de arquitectura? Imagino que Marcos me habló de lo que le preocupaba. También de lo que más le ocupó. Pero esta obra no es esto, ni remotamente. El Lexington habla, sobretodo, de inspiración. Se ha proyectado con la nariz, a base de buscar sensaciones. Ignoro si, cuando tomó vida propia, son éstas las que buscó el autor. Sé que está sorprendido en algunos puntos, en desacuerdo con otros e, imagino, satisfecho con el resultado final. Es para estarlo, ya que ha conseguido lo más difícil: crear un ambiente.

foto: Jaume Prat
Resulta divertido pasearse por allí, moverse y mirar a los diversos usuarios: parejas, grupos de amigos. Casi todo lo que se sirve son bebidas alcohólicas, cervezas gin-tonics, vino, algunos otros cócteles despistados: no hacen malos Margaritas, y los Dry Martini se pueden beber; un buen punto de encuentro. De noche la iluminación es tenue, baja. El color oscuro de los revestimientos te envuelve. La barra queda a una distancia justa de las mesas. Se está bien.
El por qué empieza, precisamente, con esta noción de orden. Una enorme vidriera nos recibe. Encontramos algunas lámparas adosadas, que consiguen que quien esté detrás se vea como una sombra. Esta luz separa el interior del exterior de manera sutil, cálida. Quieres entrar en el lugar pero quien está dentro no está tan promiscuamente en contacto con el exterior como quien pueda estarlo en un bar más convencional cerrado con cristal, donde pareces constantemente a punto de chocar contra los peatones, a quien nunca sabes si saludar o no. La primera mesa es baja y está servida por cuatro butacas. Es redonda y se crea su propio espacio independientemente del cristal.

planta. Dibujo : Marcos Catalán
Entras: inmediatamente el revestimiento de madera de pino teñida oscura, a 2,06, envolviendo todo el local. Marcos me lo definió como una U, pero no es realmente esto: es más complejo. Resulta imposible percibir toda la obra globalmente, pero cualquiera que no haya visto el ambiente interior intuirá que también tiene el mismo tipo de revestimiento. La percepción de la verdadera magnitud queda substituida por la noción de continuidad. Sobre el zócalo hay una pared pintada de color dorado. Ésta también me fue descrita como una U, pero, en realidad, es discontinua porque el local presenta unas tremendas variaciones en altura, de metros. La entrada y el ámbito posterior están casi a doble altura, mientras que la conexión tiene poco más que estos 2,06 metros de altura del zócalo. Conforme se entra, a mano izquierda, un banco continuo de madera sirve a unas cuantas mesas cuadradas. Al final hay una sin banco. A mano derecha la barra, separada del aparador por el ámbito donde se dispone la primera mesa redonda. Después una escalera sube a los lavabos y a unos almacenes. Al lado un pasillo condice a la otra sala. El pasillo se ampliará para contener otra mesa con dos butacas más. La sala de atrás queda iluminada (y ampliada virtualmente) por un patio, envuelta de bancos de madera de pino que sirven a las mesas, que resiguen el perímetro. El centro queda vacío. Ya está (de nuevo): tenemos el local ordenado. A partir de aquí, las sensaciones.

Dibujo: Marcos Catalán
Marcos Catalán, de obra en obra, ha demostrado dos habilidades fundamentales que aquí, sencillamente, estallan y caracterizan el proyecto: muebla bien e ilumina mejor. Zócalo, bancos, pocos elementos fijos más. Las mesas: sencillas, del color adecuado, cuadradas las más, punteadas por mesas redondas allí donde le interesa crear un punto singular. Dilata y comprime el espacio a placer. Lo clava o lo hace continuo cuando le conviene. Las sillas: Eiffel Chairs diseñadas por el matrimonio Eames (no podemos estar más de acuerdo: mi propio estudio está moblado con wire-chairs de los mismos arquitectos, la versión con patas totalmente metálicas de estas sillas). Las Eiffel Chair tienen las patas de madera, y se relacionan muy bien con el pavimento de pino. A destacar el pavimento: Marcos me lo mostró caminando, y, orgulloso, remarcó el sonido. Para él son fundamentales los crujidos de la tarima, los pasos amortiguados, esa sensación a la vez doméstica y furtiva: la buena arquitectura se percibe con el oído.

foto: Eugeni Pons

Las butacas: Copenhague. Mercados de segunda mano. Específicamente el maestro Wenger, Hans Wenger. Se compran cuatro de sus butacas y se ponen en la entrada, como un manifiesto, como un adorno. Y qué cómodas que son, por Dios. Dos butacas más de segunda mano, estas de diseñador desconocido, de paja trenzada, sirven el pequeño espacio del pasillo.

foto: Eugeni Pons
…y la iluminación. La iluminación es el rasgo fundamental del bar. Tenue, concentrada sobre las mesas, creando islas de luz que hacen que te concentres tan sólo en quien tienes delante. Envolviendo esto, a penas un poco más que una penumbra rota ilumina la barra y da el ambiente general. Se trata de poderse mover cómodamente por el local hasta llegar a alguno de los lugares de estar, que es des de donde se disfruta el lugar. Cada uno quiere ser individual, diferente, íntimo. La luz difusa, provocada por unos downlights empotrados en el cielo raso que dan una luz muy concentrada justo sobre las mesas, pero lejos de ellas, queda teñida del color dorado de las paredes, y matizada, incluso, por las diversas botellas que hay colocadas en los estantes practicados en esta pared. Sobre esto, las excepciones. Al margen del sistema general, que funciona, Marcos Catalán ha introducido anécdotas, episodios aislados que, por acumulación, pautan y matizan este ambiente general. En la parte delantera del bar hay dos lámparas Paréntesis, de Achille Castiglioni. No puedo esconder que ese trata de una de mis lámparas favoritas, que he colocado siempre que he podido. Tengo cuatro, de hecho: dos en mi casa, dos en mi estudio. La lámpara que ilumina mi parte de la cama es una Paréntesis a la que substituí su bombilla origina, de 150W, por una de 60W, que tengo dirigida contra la pared y que crea una luz tenue, agradable, perfecta para leer. Catalán las enfoca contra el suelo des de una media altura cómoda, dejando la bombilla original de 150W, ya que parte de la luz se pierde contra el exterior, haciendo, también, de reclamo del local. Por este se encuentran, también, algunas lámparas de tubo, de Eileen Gray, un tubo de luz (no se mató con el nombre), un fluorescente vertical con una temperatura de color muy fría (es decir, que da una luz cálida: la temperatura de color funciona a la inversa de la percepción; cuando más fría es más cálida resulta la luz) con una carcasa negra y cromada. A un lado del primer ambiente, Marcos ha dispuesto una mesa redonda servida por cuatro sillas Eiffel e iluminada por una lámpara Coderch, una de sus favoritas. Estas escenografías, estos ambientes-dentro-del-ambiente, como si fuesen muñecas rusas, son lo que hace que el local funcione. Y más: en algunos casos esto puede llegar a contradecir la norma sin problemas. Es el caso del pasillo de conexión entre los dos ambientes, que, en algún punto, se amplía lo suficiente como para que quepa una mesa con las dos butacas antes mencionadas. El revestimiento negro, como un pozo de luz. Planeando sobre ellas, una lámpara Tolomeo de pie (hay algo para lo que no sirvan estas lámparas?). Y, debajo, a nuestros pies, un espejo bajo, como una especie de zócalo, que sube poco más de medio metro y amplía donde no estorba el espacio virtual. Con retrato de Le Corbusier incluido. Preguntado por esto, Catalán contestó algo parecido a que fue complicado que los usuarios de esta mesa se sintiesen cómodos y que esta era la manera de hacerlo. Sin más.

foto: Jaume Prat

foto: Jaume Prat

foto: Jaume Prat
Cuando pedí a Marcos información para le artículo, éste me pasó, a parte de los planos que le pedí (dibujados con este grafismo limpio que tanto me gusta), una serie de fotos que había usado como referencia. Había, mezcladas, fotos del restaurante Four Seasons (ubicado en el zócalo del Seagran Builging, de Mies van der Rohe, diseñado por Philip Johnson), del American Bar de Adolf Loos (quizá una de las máximas referencias para cualquier arquitecto a quien guste el diseño de interiores) y de toda una ser e de locales anónimos, bares parisienses, bistrós con mucha historia, llenos de vivendias, locales donde, aparentemente, no ha intervenido un arquitecto o donde, si lo ha hecho, éste ha quedado olvidado y enterrado bajo capas y capas de uso, barniz, pátinas provenientes del humo y la grasa y pintura sobre todo esto durante décadas. Locales donde puedes relajarte, donde sentirse cómodo, donde hay esa domesticidad unión de parroquianos, amos que han hecho suyo el lugar, vivencias, camareros divertidos o bordes. Si las mesas hablasen.
Por alguna extraña razón esto cuesta más en muchos locales diseñados que salen en las revistas. Locales donde parece que estas vivencias estén fuera de lugar. Locales que parece que no se puedan adaptar y evolucionar, todo lentejuelas, cromados y geometría que se impone incluso a las personas, que quedan fuera de lugar, como vándalos dedicados a desordenar sillas. Locales que parece que se hayan de colonizar, romper un poco, desaparejar muebles y ensuciar con algunos jugos de tomate bien arrojados contra alguna pared para que empiecen a tener sentido. Locales donde, no sé por qué, nunca acostumbra a pasar esto hasta el tercer cambio de amo, que lo destroza casi todo excepto lo que importa para que empiece a funcionar. Eso cuando no terminan convertidos en barra giratoria de niguiris de salmón regentadas por algún inmigrante del interior de Cantón.

Bar Marsella

London Bar

Four Seasons (arq. Philip Johnson)
El Lexington no se impone. Todo este esfuerzo de diseño, la regla con sus excepciones, los episodios, lo que hace que el edificio esté vivo, se complementa, se impone, se puede leer en múltiples capas, la primera de las cuales, indolente, lúdica, está hecha de pura sensación sin intelectualizar, y permite vivir el espacio sin pensar en él. Felicidades: la arquitectura crea ambientes que ya hacen, por sí mismos, que el lugar tenga una vida propia que le permitirá acumular historias, pátinas sobre pinturas doradas a las que no hacen falta fumadores para que empiecen a tener solera.

Lexington Bar (foto: Jaume Prat)
PS: siempre he odiado (manía personal) cuando te presentan una lista de referencias que supuestamente se han usado para proyectar un local. Y no porque haya ningún mal en ello, sino porque el 90% de las veces es completamente falso. Cuando no, sencillamente se transforma en cocina, en una manera de afrontar el proyecto. Marcos me pasó una referencia de esas que inmediatamente me pone tenso: un precioso cuadro de Rothko con la parte inferior oscura y la superior tirando a dorada. Esta vez la referencia me sedujo, y encontré muy interesante el paso de esta pasta matérica de perímetro impreciso a la mecánica de un revestimiento aplacado por piezas y otro continuo pintado. Así se lo dije en un correo, y la respuesta me hizo reír mucho. Después de la risa pasé a aplaudirle: el cuadro de Rothko no era tal; se trataba de un croquis de trabajo que había elaborado como parte del material de proyecto. En su correo de vuelta había, efectivamente, un cuadro de Rothko que había encontrado, posteriormente, con los mismos colores. No se trataba de una referencia, sino del mismo resultado por dos caminos diversos. Y, además, podéis tomaros un gin-tonic al final del proceso.

Mark Rothko: pintura

Gracias a Marcos Catalán por su interés y a Eugeni Pons por las fotos.

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