El hombre que nunca fue


Recuerdo, hace ya tiempo, una clase del difunto Ignasi de Solà-Morales donde nos explicaba que su amigo Peter Eisenman le decía que lo mejor del pabellón de Barcelona era la cajita de luz (que si no me equivoco, Mies hizo tapar) donde no se podía llegar pasara lo que pasara.
Reconstruido, el pabellón tiene una manera de cerrarse muy precaria: constantemente recuerda el edificio provisional que es, sala del trono precaria, escenario de una ceremonia única que ha contaminado todas las que han venido posteriormente, demasiado pomposas o demasiado autocomplacientes respecto a un edificio que siempre tuvo voluntad de simple marco de cuadro. En cualquier caso, de noche, el pabellón queda habitado por carteristas ocasionales, gatos vagabundos que viven en el jardín posterior y por toda la montaña y un único vigilante, muerto de aburrimiento y de frío si no se trae una estufa de casa, eventualmente substituido por un segundo vigilante , normalmente un mitómano del propio pabellón, bohemio en busca de pasta fácil que acaba contagiado del aburrimiento del primer vigilante.
Esta cadena puede llegar hasta el tercer grado de subcontratación, y hará unos años, uno de estos lectores que luchaban pera no dormirse refugiados en la librería ubicada en el edificio auxiliar, sentados detras de una mesa des de la cual se divisaba toda la plaza delantera , las fuentes de Montjuïc, y algún arquitecto despistado al que se había de echar de buenas maneras de las once a las dos y media de la madrugada, fue mi primo Xavi: la confianza puede dar asco , dicen, y, armado de seis cervezas frías, aquel verano de hace años pasé varias noches en mi amado pabellón
Las sillas Barcelona son tronos, efectivamente. Y Mies no quería una vivienda ideal, ésto lo descubres cuando estás allí dentro, distribuyendo el edificio mentalmente (y con lapiz y bolígrafo sobre hojas DIN A-4 que se han perdido irremisiblemente), ni siquiera una vivienda, sinó aquella sala de recepciones donde todo está estereotipado, donde la sensualidad siempre es a través de una visión lejana, de una visual que reposa sobre una pared de ónix demasiado cara, de una cortina de terciopelo que no puedes tocar sin retroceder tres pasos y quedar fatal, de un espacio vacío donde poder exhibir un vestido caro e incómodo.
Hedonistas los dos, Xavi y yo combatíamos el calor sentados sobres las losas de travertino, apoyados sobre los cojines de las sillas Barcelona desmontada, precarios esqueletos cromados que colocábamos detrás de donde estábamos sentados con tal de no verlos, fantasmas de tantas ceremonias, entregas de premios y de aquel productor de películas porno que no supo mantener su oficio principal de rey de España. La pared de cristal hacía éso ,de pared. Levantábamos la vista i se nos tiraba encima, negra, opaca, aterciopelada por fin por fin. Cuando conseguíamos sensualidad de vista la perdíamos de tacto, como si el esfuerzo conjunto por ambas cosas no fuera voluntad del arquitecto , deseoso de unos visitantes siempre tensos, atentos al acontecimiento, sin oportunidad de relajarse para visitar al que ahora es uno de los principales fantasmas de éso que denominan arquitectura moderna.
Bebíamos cerveza apoyados, pues , sobre esta pared de vidrio, prácticamente estirados sobre los cojines de cuero blanco de las sillas, mirando al patio: la pared de mármol verde, la estatua de Kolbe, más viva que nunca , esperando el amanecer que le daba el título (y, cuando se producía , fantástica visión de aquella muchacha rígida cobrando vida, despertando lentamente como si fuera un reloj de manillas dando la hora exacta por segunda vez en todo un día), la brisa por encima del edificio, el calor pegajoso que nos mantenía separados más de dos metros el uno del otro. Barcelona desaparecía, y el ruido del tráfico,y las preocupaciones, y todo era visión y tranquilidad, y el relax que niega el arquitecto a los visitantes diurnos , y tiempo parado y sssssshhh de las hojas de los árboles, y de tanto en tanto una lata que se abría, y silencio: no nos hacía falta decir nada de nada, todo estaba demasiado bien.
Otros días explorábamos. Cosas que aquí no se pueden contar, y algunas losas del edificio auxiliar que se movían, subiendo y bajando montadas sobre un montacargas de aquellos que son plataforma sin nada más, en este caso de travertino. Debajo,los cimientos , los mismos (leer un post que todavía no he escrito) que se montaron el 29 con vuelta catalana,ahora resueltos con un forjado unidireccional sin más historia: catacumbas; el estanque por debajo por debajo, almacenes de tentadores libros, paisaje de fluorescencia y pavimento continuo barato de hormigón, un no-lugar sin tiempo ni interés, prácticamente , instalaciones de un edificio pensado para no tenerlas . Y un día, una trapa. Metálica, negra, pesada, repelente. Una escalera precaria, euforia de las cervezas del día, Xavi contando libros, lejos, y yo que la levanto ,y estoy dentro, dentro de la caja misteriosa de Peter Eisenman. Dentro del lugar donde no se podía llegar, dentro dos paredes de vidrio opalizado, techo de cristal , lugar anodino, sin más interés que un premio frustrado por un esfuerzo que tampoco hice , y, en cualquier caso , meterte con un arquitecto que quiere ser poeta y se queda en visionario-que-no-quiere -mirar-detrás -de-los -lugares. Yo lo hice, y el premio de saber, como pasa algunas veces , es un cierto desencanto del que no me arrepiento , es una nueva manera de pensar a la contra de un arquitecto autocomplaciente, que, demasiado deprisa, dice que no se puede llegar a un lugar accesible, entrañas de un edificio con más historia de la que pueda parecer.

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