La triste historia de un burdel


Hará unos años participé sin éxito en el concurso para la reordenación del centro histórico de Irún, salvajemente bombardeado durante la Guerra Civil. Ríete de Gernika y de su fama: la huella de este bombardeo es todavía visible en el centro urbano, formado por una desoladora secuencia de vacíos urbanos que dejan abiertas unas visuales muy maltratadas.

Irún es una ciudad embrutecida, desolada, dura. Calles estrechas en subida, calma tensa más que tranquilidad, una vida pasada de bar en bar, la frontera bajando, la arquitectura más francesa que española. Todavía me parece ver el fantasma de de la Sota sacando la nariz sobre una avenida caminada con demasiada prisa.
Irún fue el lugar escogido por Oteiza para fijar su residencia durante veinte años largos. Es donde esculpió su friso de Arantzazu. Donde montó su primer Laboratorio de Tizas. Su primera vivienda se construye, Luis Vallet mediante, Sáenz de Oíza ocupado en otras tareas y negándose a formar parte del triumvirato que, con Bastarretxea, definió buena parte del arte español de postquerra. Tardó años en ser perdonado.
Por la tarde. Me sentía lleno después de unos pinchos maltomados en un bar escogido al azar, mediocre, más negativo que cris, sobre el fantasma de la plaza Jenaro Etxandia. Luchando contra una pereza olímpica, Merwan y yo seguimos una visión que él había tenido horas antes, entrando a Irún por el norte: las ruinas de la casa del Escultor.
Sé que era la verdadera causa de la presencia de Merwan allí: la casa del Maestro, dejada, engrisecida, a dos metros de una carretera hipertrofiada. En medio de una isla de carreteras, submergida en un paisaje de malas hierbas, con olmos que habían crecido demasiado. Al norte, un nuevo centro comercial, a la escala de aquella ex-calle. Lo caracteriza un cuerpo en voladizo, un voladizo considerable, acabado de un alucobond rojo-escandaloso, chillón, con pinta de planta venenosa. Recuerdo haber averiguado el nombre de los arquitectos, que he decidido olvidar por despecho: la arrogancia de esa construcción ante la fragilidad de una especie de caja hecha más de recuerdos que de materiales físicos, agonizando ante nuestros ojos.

Conservaba las carpinterías originales. El color original, desdibujadísimo. La entrada a las viviendas, hundida bajo unos pilotis aplacados con baldosa, probablemente metálicos, revestidos y regruesados bastamente, conservando, pero, una esveltez que permitía ver su alma.

Los bajos, recrecidos también con precarias uralitas cerradas con crista. El laboratorio de tizas tocando, ahora, el suelo, convertido en unas oficinas, los pilotis invisibles bajo una pared del mismo material que el resto de la casa.
La casa se vendió. Oteiza pasó a Alzuza, y Bastarretxea se marchó también. Su casa se convirtió en un burdel. La del Maestro, en Muñoz y Cabezo, transportes internacionales, SL. Delante, un bar. Lugar de paso, refugio de horas duras, sin ganas de pensar en nada queno sea la próxima estación. El zócalo gris se reconocía. Los pilotis, del mismo rojo que los arquitectos desconsiderados habían escogido para su voladizo sobre nada.
Fantasmas. Un silencio extraño, nada que decir envueltos de un ruído de tráfico insoportable. Ruído blanco. Alguien había decidido que eso estaba ya muerto.
La casa ya no existe. Con ella se ha marchado parte de nuestra memoria. En el Reina Sofía, oteiza está un poco más muerto.
Mirad el friso de Aranzazu después de una nevada.

El goterón que definía el pequeño porche de acceso a la vivienda, constructivamente absurdo, en medio del balcón, se metía en el espacio cubierto: el miso Oteiza lo había construído.

Y el burdel tenía por nombre “el Camino Rojo”.

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