La propiedad del aire

audun hellemo
SANAA, Park Café. Foto Audun Hellemo

Solemos citar la Grecia clásica como uno de los orígenes del pensamiento occidental sin ser demasiado conscientes del choque cultural que nos representa imaginar las condiciones de vida de sus habitantes. Su sistema religioso, superpuesto sin conflictos a sus sistemas filosóficos (se habla de filosofía griega cuando debería de hablarse de filosofías griegas y precisar cuál a la siguiente frase), es más un reflejo de su día a día que un ideal inalcanzable: sus habitantes vivían como querían vivir, y, por tanto, su religión no refleja tanto la imposibilidad de asumir una conducta ideal como la asunción de todos sus conflictos y contradicciones a través de la sacralización de su manera de vivir. Esta resolución (finalmente precaria e inestable, siempre dinámica, por cierto) del conflicto entre lo concreto y lo abstracto (cuerpo-mente, naturaleza-línea recta, etcétera) es lo que da a sus habitantes la tranquilidad mental suficiente como para que su civilización se convierta en una máquina gigante de pensar de tal complejidad que, en buena parte, seguimos viviendo de los postulados de ese pequeño grupo de ciudadanos (de la escasa élite que tenía esa condición legal) que, durante un período relativamente corto de la historia, fue capaz de fijar la estructura de nuestra civilización.

Su relación con la materia (y, a través de ella, con la arquitectura) no es tan obvia como podamos pensar actualmente, hijos como somos de un sistema estético basado no tanto en su arquitectura como en lo que ha quedado de ella. Nuestra arquitectura no se debe, por tanto, a la arquitectura griega, sino a las ruinas de la arquitectura griega. La diferencia es importante: el sistema de pensamiento griego es abstracto, y así lo será, también, su arquitectura. Que, sistemáticamente, supera, o llega a negar, sus sistemas constructivos. La percepción del templo griego como la transposición en piedra de uns sistema constructivo en madera es la pista definitiva. El templo griego es arquitectura, no construcción. No quiere expresarse, ni pensarse, a través del material. Nunca. El Partenón, y todos los templos griegos, estaban profusamente pintados de un modo que hoy en día no dudaríamos en calificar de kitsch, pero que es la clave para entenderlos: las pinturas, los colores chillones, los reflejos, desmaterializaban. Hacían olvidar que la piedra era piedra.

temple grec pintat
Reconstrucción gráfica de la decoración de un templo griego

semper
Reconstrucción de la decoración aplicada a un templo griego realizada por Gottfried Semper

Las toneladas de piedra desnuda apilada enfrentadas con el paisaje que tanto nos fascinan serían, para ellos, una construcción sin interés, acabada, arruinada. Indigna.

temple grec
Las ruinas de un templo griego en la Magna Grecia

la madeleine
Iglesia de la Madeleine, París: la estética de la ruina

La segunda pista definitiva para entender su arquitectura es la organización ortogonal de sus ciudades. Antes de cualquier otra consideración funcional, es una trama abstracta realizada a base de ángulos de noventa grados, de vacíos y llenos, de un modo deliberadamente antinatural.

La arquitectura griega es, pues, la trama y el hito. Ambos abstractos. Es así como se puede entender un espacio como la ágora: un lugar de reunión abstracto, amorfo más que informal, alrededor de una idea. Por eso no necesita estar espacializada. Por eso es arquitectura.

El templo griego es, en esta lógica, un hito que significa un espacio. Que lo crea. Y, por tanto, el templo griego es arquitectura, y no escultura, que está pensada para el goce, para la celebración, para el respeto hacia el espacio que la envuelve sin ningún otro objetivo. La arquitectura del templo griego es el puente entre la ciudad y el campo. Es la civilización condensada en un territorio extramuros que no necesita ser, al revés de lo que pasará poco más tarde con Roma, controlado por ninguna trama espacial.

La tipología del templo es variable: las principales variaciones son su forma en planta, circular o rectangular (la circular, abstracción del fuego sagrado, la rectangular, abstracción de un granero) y la presencia, o no, de un deambulatorio. Los ejes no configuran un acceso o un modo de moverse, sino una guía para su composición y relación con el paisaje circundante. El templo griego no será jamás una perspectiva frontal, ni pautará el movimiento de las personas.

Una de sus características principales es que no tienen espacio interior, o que el que tienen es secreto. Se ha de hacer un gran esfuerzo mental para entender esto, porque nuestra formación cultural y nuestros principios nos permiten leer el interior de un templo como un espacio (obviamente lo es, desde el momento en que no es un macizo) expresado a través de un sistema constructivo coherente que, eventualmente, puede llegar a emocionarnos. No para un griego. Para ellos el interior de un templo es un interior divorciado del exterior, secreto, intocable. El espacio de un templo griego es centrípeto: es su influencia, es su diálogo con la naturaleza. Su capacidad de significar. No importa que el aire exterior no cambie. No importan, tampoco, las condiciones meteorológicas, ni el confort del habitante. Éste es mental, y no está sujeto a su cuerpo. Factor posibilitado, también, por las posibilidades tecnológicas de su arquitectura, desconocedora del cristal de los espacios sellados, que se extiende a la vestimenta y a la posición del fuego.

Dentro de los templos griegos, el máximo exponente de este modo de entenderlos sería el Templo de Hera en Paestum, Magna Grecia. Un templo períptero, por lo que se entiende bien su relación de 360º con el paisaje, y enastilo (nueve columnas en su fachada frontal): el eje central, si se puede considerar que existe, está ocupado por una columna que obliga al observador, siempre en una posición inestable respecto de el edificio, a moverse. El Templo de Hera es, para alguien con nuestra formación cultural, lo que más fácil permite entender la relación del templo con el espacio que crea.

29 fotos hera_bn
El Templo de Hera en Paestum. Foto 29 photographs. Paso a b/n, Jaume Prat

Actualmente nuestra relación con el paisaje es radicalmente diferente. De entrada porque existe la palabra paisaje y porque esta palabra remite a un concepto cultural con una disciplina asociada: nombrar las cosas, difundirlas y pensarlas según estos términos las afecta decisivamente.

La significación de un lugar es multifactorial. Una de las razones que nos pueden impulsar a hacerlo es su celebración lúdica, a través del placer estético que supone disfrutar de un lugar de unas determinadas características físicas, agradable. Bonito, por tanto. Es en estas circunstancias que puede entenderse un proyecto como el Park café de SANAA, proyectado y construido en Koga (prefectura de Ibarachi, Japón) entre 1996 y 1998. El Park Café significa, celebra y hasta crea un lugar.

Park_01
SANAA, Park Café. Foto Louise Gronlund

Consiste en un pabellón exento, un techo de pocos centímetros de grueso pintado de blanco soportado por unos pilares cilíndricos de sección mínima, cerrado por una sucesión de carpinterías metálicas a toda altura de la construcción por una anchura aproximada de un metro que presentan unos montantes de una sección parecida a la de los pilares. El perímetro no tiene estructura, y las carpinterías se disponen enrasadas con la huella del edificio, dejando los pilares al interior.

La relación con la naturaleza que crea la cultura japonesa es radicalmente diferente a la de la nuestra. La relación entre interior y exterior y las condiciones que presenta el interior japonés serían consideradas invivibles para una sociedad como la nuestra, que parece querer aprisionar el aire dentro de un límite de propiedad: el japonés lleva la arquitectura hasta el vestido con más naturalidad que el hombre occidental, y, a menudo, en el interior de su casa hay condiciones de intemperie.

AZUMA_HOUSE_large
Tadao Ando, Casa Azuma. Interiores con condición de exterior

Derivado de esto, el Park Café es un pabellón sin interior. Justo como un templo griego pero al revés: allí el espacio queda anulado por la presencia de una masa impenetrable. Aquí, por el tránsito, por la transparencia, por la negación de un punto fijo y caliente que pueda ser entendido como un refugio: no se trata, como en los bares occidentales, de estar tomando algo al aire libre, porque las terrazas de nuestros cafés son exteriores en la medida en que muchos de éstos disponen de un espacio interior con condiciones de interior. En el Park Café los límites están difusos. No existe puerta de entrada, sino una serie de paneles de fachada descorridos, dispuestos de tal modo que liberen la esquina sin montante: el espacio no se puede cerrar ni tan sólo virtualmente. No existe un interior acondicionado, y las islas de actividad se distribuyen por todo el recinto cubierto en forma de pequeños objetos pintados de blanco o recubiertos de espejo, incorporando la espalda vegetal al interior del edificio. El cristal exterior, material nuevo no presente en los templos griegos, quiere ser transparente. La condición del material, sin embargo, es muy sensible a la posición relativa del espectador, que no tan sólo condiciona la percepción de la forma, sino también la del volumen: de la transparencia pura a la opacidad pura bajo determinadas condiciones de luz. La variabilidad de la posición de las carpinterías, de la percepción del vidrio, hace que el Park Café no se vea jamás igual.

louise gronlund

Park_05
Cristal y espejos. Fotos Louise Gronlund

El uso de la tecnología sirve, en este caso, para reducir cantos, en un juego deliberadamente ambiguo que no pretende desmaterializar el edificio, sino jugar con la cultura del espectador, que hace que perciba el edificio como un edificio con poco material: nueva condición inestable, refugio precario apenas cerrado. Sin, por tanto, espacio interior ni jerarquía clara.

La estructura portante del edificio deja los pilares dispuestos según un algoritmo aparentemente aleatorio: se dispone una trama y las luces y la disposición de los pilares varían, e inestabilizan de un modo análogo al Templo de Hera: no por la disposición, en este caso, de columnas en ningún eje lleno, sino por su geometría, sólo perceptible a través del movimiento, en este caso un movimiento a través del edificio, al cual se le escapa el interior.

maqueta sanaa
Estructura. Maqueta de estudio no realizada por SANAA

Park_02
Las esquinas libres. Foto Louise Gronlund

La Grecia clásica y el Japón comparten dos rasgos que identifican nuestra sociedad contemporánea de un modo preciso: una manera de vivir difusa, inestable, mental, que ya no identifica el habitar con una noción de hogar perteneciente a una cultura que terminó con el siglo XX, y que estudiaré con más profundidad en artículos siguientes. El simbolismo de dos edificios tan separados en el espacio y el tiempo los hace vigentes para entender qué sucede con nuestra sociedad.

4771008053_61fbbd48da_z

Esta entrada fue publicada en crítica y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La propiedad del aire

  1. José Ramón dijo:

    Muy interesante. Demasiadas cosas y demasiadas ideas para comentar.
    En todo caso, el padre de todo es el espacio, y, como bien dices, el espacio del templo griego es centrípeto, mientras que el de Sanna es… ¿cómo es? Fluido, delicuescente…
    En ambos casos, como señalas, el espacio del edificio se entiende como un diálogo con el paisaje.
    En fin: Una reflexión inagotable.

  2. juan lopez dijo:

    Le felicitó por la divulgación de las culturas clásicas y sus pueblos dentro del marco occidental de nuestra civilización.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>