“Keeping things clean doesn’t change anything”: 10 discos que vale la pena escuchar.

Espòntex Simfonia (Pascal Comelade, 2006)
Pascal Comelade es desesperante: debe de haber sacado cincuenta discos oficiales y no hay ninguno que se pueda categorizar por debajo de la obra maestra. Des de su primer Détail Monochrome, grabado (sí) en mono, hasta ahora, su universo sonoro sólo se puede describir como genial: versionador imprescindoble, relector de Camarón, de the Modern Lovers, de los Stones, de the Kins, the Clash, Sisa, Ovidi Montllor y cincuenta más, compositor brillante que vuelve y revuelve constantemente a sus propios temas versionándolos también, incesantemente, hasta el extremo de que ninguno de ellos tenga versión canónica. Comelade no se está quieto. La elección de este disco es casi arbitraria: una portada kistch, sus instrumentos de juguete de siempre, músicas para la versión teatral de la Plaza del Diamante, de Rodoreda (por favor, leed la novela: Imre Krétenz dijo de ella que era la mejor jamás escrita en Europa durante la postguerra) y para un ballet de Cesc Gelabert. Incluye, también, una versión interpretada por la cobla Tres Vents de su Sardana dels Desemparats, uno de sus temas más bellos.
Back to Black (Amy Winehouse, 2009)
Quizá, el mejor disco de soul grabado en las últimas décadas. Amy Winehouse es una cantante de un talento y unas dotes interpretativas excepcionales. Ahora la cosa pinta mal: el crack y el tacabo le han provocado un enfisema pulmonar que le ha desgraciado la voz irreversiblemente. Si sigue cantando tendrá que ser de otra manera. Compone sus propias canciones, con unas letras nihilistas que se recrean en sus excesos.
Grinderman ii (Grinderman, 2010)
El último disco del último grupo fundado por Nick Cave, una abstracción de the Bad Seeds donde, sobretodo, brilla un Warren Ellis convertido de hace años en su mano derecha. Completan el grupo el bajista Martyn P. Casey y el baterista Jim Sclavunos. Crudos, directos, virtuosos, un punto punks. El disco tiene un sonido durísimo, rabioso. No os dejéis engañar por el ordinal: está a la altura de, como mínimo, el primero, si es que no lo supera.
Rock n’Roll With the Modern Lovers (The Modern Lovers, 1977)
El segundo disco del grupo, el primero controlado directamente por ellos después de haber caído en las garras de John Cale, que les produjo el primero (con el nombre del grupo por título). The Modern Lovers tienen mucha historia: su año de fundación es 1968, y su alma mater Jonathan Richman, uno de los espectadores de los conciertos de the Velvet Underground (el grupo de grupos: se dice que cualquiera que asistió a uno de sus conciertos fundó su propia banda). A Richman se le llama “el Padrino del Punk”, y empezó a cantar en este estilo antes que los Ramones, antes que los Sex Pistols (que hicieron una versión delirante, caótica, de su Roadrunner). De 1968 a 1974 el grupo no graba, y, cuando lo hicieron, los produjo un John Cale pre-Patti Smith (produjo su Horses un año más tarde), que los simultaneó con su espectacular The Accademy in Peril, uno de sus mejores discos, con portada (la única que le hizo) de Andy Warhol. The Modern Lovers pasó desapercibido por ser demasiado punk tres años antes de Never Mind the Bollocks y cuatro demasiado tarde para haber coincidido con the Velvet Underground. Contiene títulos imprescindibles como la propia Roadrunner o Pablo Picasso, canción que ha versionado todo el mundo.
Rock n’Roll With… reacciona contra todo esto. Las percusiones son tan sólo potes, baterías reducidas, triángulos. Todas las guitarras son acústicas. A veces se toca sin bajo. Se grabó en directo. Y, aun así, la instrumentación, la manera de tocar, es plenamente rock. Richman es un guitarrista muy capaz, el grupo un verdadero bloque, el clima de una felicidad naif muy divertida. El hit del disco es una canción instrumental titulada Egipthian Reggae, uno de los títulos preferidos de Pascal Comelade, que la versiona casi a cada concierto.
Cuckooland (Robert Wyatt, 2003)
Alto y claro: Wyatt es uno de los mejores músicos de toda la historia del rock. Su historia personal está marcado por una desgracia que separó su carrera en dos partes muy identificables: el año 1973, borracho y drogado, cae de espaldas por una ventana y queda parapléjico. Antes: batería de the Soft Machine, con quien acompañará Syd Barrett en algunas canciones de su primer disco en solitario The Madcap Laughs. Acompañará, también, a Jimi Hendrix y a los Pink Floyd. Se separa del grupo (por considerarlos demasiado cerca del jazz) y funda the Matching Mole, los considerados máximos rivales de Pink Floyd hasta el accidente de Wyatt. Con the Matching Mole saca dos discos, el primero del mismo nombre del grupo y el segundo, Little Red Record, es producido por Robert Fripp, que también tocará. Allí Wyatt tocará el piano, la trompeta y, obviamente, la batería, su instrumento natural. Los dos discos son joyas imprescindibles (Pascal Comelade, que, como ya habréis adivinado, es una de mis referencias principales, considera el primer disco del grupo como uno de los mejores de la historia del rock, y tiene versiones tanto de O, Caroline como de Signed Curtain, su canción más famosa.
Después del accidente es rescatado para la música por, precisamente, los miembros de Pink Floyd, que, entre otras, cosas, le montan un concierto benéfico primero y se convierten en su grupo de soporte después, y, tan sólo un año más tarde de la tragedia, ya está grabando. Su segundo disco después del accidente, Ruth is Stranger Than Richard, es una obra maestra comparable al Sgt. Pepper’s. Wyatt siguió grabando al máximo nivel, con colaboradores estables como Nick Mason y David Gilmour de Pink Floyd, Paul Weller, Brian Eno, Phil Manzanera, Robert Fripp y el propio Pascal Comelade, con quien gragó un disco a medias con una de las mejores versiones que recuerdo deSeptembre Song, de Kurt Weill. Uno de sus últimos discos es el Cuckooland que recomiendo. Como siempre toca el piano, la trompeta y la batería. Como siempre están Weller, Gilmour, Eno, Manzanera. Como siempre el nivel medio es excepcional. Notad la versión que abre el disco, una tristísima balada titulada Stay Tuned. Más que un disco, recomiendo toda su carrera.
Sky Blue Sky (Wilco, 2008)
¿Qué decir de Wilco? Quien no los conozca ya puede ir encargando toda su discografía. Así de fácil. Rock elegante, puro, duro, contundente, un Jeff Twwedy (el líder del grupo) que tiene calidad como para convertirse en escritor si un día se queda sin ideas para seguir componiendo canciones.
El disco previo a este fue A Ghost is Born, el primero del grupo con Tweedy haciendo de guitarra solista, después que sus compañeros y el productor lo convenciesen de su calidad (hasta ahora se había limitado a actuar como guitarrista rítmico del grupo). Ahora de la guitarra solista se ocupa Nels Cline, y el grupo se las ha arreglado con una gradación curiosa: sólo hay guitarristas virtuosos y ultravirtuosos. En Sky Blue Sky hay bastantes solos dobles, que, en directo, son triples, y algunas de las canciones más bellas de la banda. Destaco dos,Impossible Germany, y, por encima de todas, Hate it here, una canción de desamor desgarrada, más soul que rock, que llega a unas cotas de expresividad obsesionantes con una letra bellísima.
Acadèmia dels Somnis (Quimi Portet, 2001)
Para los despistados, Quimi Portet es el otro del Último de la Fila, también conocido como “el guapo”. Separado el grupo, su carrera musical se separó de todo lo que había hecho sin renegar en ningún momento de elo, y fue hacia terrenos más abstractos, más delicados, más rockeros. Portet graba muchos de sus discos solo, con colaboraciones puntuales de sus amigos de toda la vida. La excepción es este disco que recomiendo. Probablemente sea el más convencional que jamás haya sacado, el más formado de canciones puras, el más rockero. El que cuenta con una banda fija, formada, en este caso, por Antonio Fidel (el Frankenstein Latino), su compañero des de los Rápidos, bajista fino y elegante, y Ángel Celada, batería de prestigio. Se les suman colaboradores como Pau Donés (músico infecto, miembro fundador de uno de los peores grupos de los últimos años y, aún así, un cantante nada despreciable), Gerard Quintana o el genio Adrià Puntí. El disco es una obra maestra absoluta, sin más, a conocer y querer.
Maria (Adrià Puntí, 2002)
Adrià Puntí es la historia de una desgracia absoluta. Maria tiene ocho años. Es su último disco, y se ha pasado colgado todo este tiempo. Sus últimos vídeos se cuelgan en YouTube como vídeos humorísticos: en la mayoría está tan borracho que no puede cantar; empieza las canciones tres veces, se olvida de la letra, pega broncas a los músicos en directo, tira el micro… y, con todo, quizá sea el músico catalán de más talento. Puntí está a la altura de Pascal Comelade, de Albert Pla, del primer Pau riba. Músicos a la altura de cualquiera: Tom Waits, Robert Wyatt, Jacques Brel.
Maria es un disco emocionante. Uno de los mejores que conozco. Del primer segundo al último no hay paja. Todo lo que suena es excepcional, hasta el extremo que no hay casi nada a destacar. Colaboran Bunbury, buen amigo suyo, Txe Arana, Gerard Quintana. La producción es de Quimi Portet, que le presta su grupo de soporte y su guitarra. Puntí toca la guitarra, el piano, arregla. Su estilo de cantar es personalísimo, estimulante.
Debilidades mías: en el disco hay dos canciones que me emocionan hasta el límite de las lágrimas: una versión de Flors i Violes, bellísima canción de Quimi Portet que suena en su disco Hoquei Sobre Pedres (sí, el de la Rambla), acústica, tocada con una guitarra de doce cuerdas, que da la vuelta completamente al tema original, y Maria, la canción que da título al disco, dedicada a su abuela! Una de las letras más bonitas que he oído en toda mi vida. Los coros son de Bunbury, quizá lo mejor que haya cantado jamás.
Cançons d’Amor i Droga (Albert Pla, 2003)
Si no es uno, es el otro. Pla es un genio. Un genio a la altura de Puntí, de Waits, de quien sea. No se me ocurre a quién compararlo. En este disco se encontró (sí!) con Quimi Portet, que se lo produjo y subió todavía más el listón musical.
Pepe Sales: el hijo de Joan, Apuntad estos nombres. Saldrán más tarde. Pepe Sales: poeta heroinómano, muerto de SIDA a últimos 80. Sobre sus versos gravita el disco. Pla es un intérprete genial, tan bueno como compositor (bueno, Puntí también: solo recordar su versión de New Year’s Day, de los U2, que mucha gente prefería a la original, y, recientemente, la de On the Nickel, de Tom Waits, que siempre me hace llorar. Cuando está suficientemente sobrio como para tocarla más de dos minutos está a la altura del original). No es un disco fácil, pero sí imprescindible.
Wicked Grin (John Hammond, 2001)
No os dejéis engañar: John Hammond es blanco. Un aristócrata del mid-west, hijo de familia rica, que toca como un negro, que tiene voz de negro, que siente como un negro.
No sabía como recomendar algo de Tom Waits. Waits es uno de mis cantantes favoritos. Mi referencia. Waits. El que no concede entrevistas. El que no cede las canciones. Uno de los mejores amigos de John Hammond. Éste le pidió hacer un disco de versiones. Waits no sólo le dijo que sí: se lo produjo y le cedió sus músicos. Temas inéditos. Cantó una canción con él. Hammond ha colaborado con Waits en las Mule Variations, tocando la harmónica. Hammond: bluesman blanco. Guitarrista y harmonicista virtuoso. Dotado de una voz excepcional. Hammond: tocando con Stephen Arvizu Hodges. Con Auggie Meyers. Con Larry Taylor. Haciendo olvidar que 2:19 es un tema de Waits. Cantando a dúo Lord I’ve been Changed. Haciendo lucir a Meyers como nadie.
Tirad el disco de Scarlett Johanson (todos tenemos nuestras debilidades: si ella me pidiese permiso para versionar los artículos de este blog también debería decirle que sí) y quedaros con este. Parafraseando a Quevedo: si dejáis de escuchar Tom Waits para escuchar John Hammond, habréis escuchado a Tom Waits i a John Hammond.

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