Jodido autofocus


A Olga Felip por haberme invitado, a Josep Camps por recordarme que siempre hay que cargarse el primer párrafo y a Josep Ferrando y Eugeni Bach porque tendrían que haber estado.

(Todas las fotos son de Carles Sànchez. Gracias a la vocalía de cultura del COAC Girona)

El Artista está por encima. Ni suele ni necesita explicar, relacionar o vestir lo que Hace, que será Arte en cualquier circunstancia válida. Si el Arte vale, Es. El discurso(1) se retroalimenta en una especie de círculo o espiral o cualquier otra razón geométrica que implique movimiento y una órbita alrededor de un Centro, sea en Centro que sea. Nada de vectores. A la mierda los vectores(2). El Artista (fotógrafo) está avisado de que hay algo que rompe esta dinámica habitual que Le permite ir a un acto poco rato antes del acto y hacer unas fotos molonas del acto en cuestión sin malgastar ni Su materia gris ni la del espectador del acto, que consume su Arte como si fuese eso, un consumible, y no algo que Es, que Se queda y permanece después del acto en este mismo Centro de cualquier razón geométrica que retroalimente el discurso antes mencionado, un centro probablemente ubicado tan lejos como pueda pedirse de la actitud y la imaginación y las intenciones de los promotores de estos formatos de exposición repetitivos, rígidos, acríticos, pensados para hacer circular las exposiciones por el espacio a prestigiar sin que una destaque más que la otra, no fuese caso que se colase una bien hecha y se descubriese el pastel. El Artista (fotógrafo) entra al Colegio y sabe que se encontrará con algo que Es. Y que se ha de retratar tal cual Sea sin la más mínima información sobre Su contenido, a ver si el resultado permanece en este Centro.

El espacio está oscuro. Oscuro de veras. El espacio no existe. El espacio es una jodida cámara anecoica de luz. El espacio es una Nada casi absoluta en la que flota un silencio de esos de veinte o treinta decibelios consistente en conversaciones amortiguadas por unas cuantas capas de tela, rincones, ámbitos y conversaciones más allá producidas por las pocas personas que están en la sala exterior, divididas entre las que tienen cosas a hacer y las que esperan y además han de ser cumplimentadas de ese modo sutil que indica que son bienvenidas pero que se aparten de en medio, por favor. Incómodo llegar antes a los lugares, y eso combinado con el orgullo ese de creerte la polla y con una cierta pereza configura la atención al reloj que todos conocemos. En cierto modo este silencio no absoluto quita trascendencia al no-espacio y lo dota de un plus de intriga: un nivel sonoro cuotidiano y un agujero negro. Un agujero negro normal. Un agujero negro de estar por casa. El agujero negro nuestro de cada día. La música que ha de conseguir que el espacio Sea está puesta a ese volumen que la incorpora al silencio no absoluto como una especie de zumbido de fondo que impide valorar su estructura e incluso el hecho de que esté allí. Está, pero no la notas. El volumen bajo vulgariza. El volumen alto trasciende y te clava en el lugar. El volumen alto es una guía que te lleva a un espacio creado por la música, un espacio que se crea en el oído y en el cerebro de la persona, a coexistir con el Espacio, o, en este caso, con el no-espacio. La suma Es. Es un aquí y ahora. Es el no-lugar donde nos encontramos. La música ha de dar cuerpo al no-espacio. Lo ha de oprimir. El ser del espectador queda ajeno a todo. Aislado. Sumergido en una burbuja de nada(3). La preparación es una pared negra de ese negro que todavía sabes que es negro-color y no negro-nada-en-absoluto, y un giro de noventa grados a la izquierda y un agujero todavía más negro, de ese negro que ya empiezas a no saber si es un color o una cualidad, y una pared negra-estoy-casi-seguro-que-color-negro y, cuando llegas allí, un nuevo giro de noventa grados, esta vez a la derecha, o doscientos setenta grados a la izquierda o cualquier combinación random, gratuita y absurdamente autoafirmativa que te permita, esta vez sintiéndote como un idiota, sumar el número suficiente de momentos angulares que te deje encarado en la dirección que te lleve al interior de la cámara anecoica de luz: rituales. Hay quien entra a un campo de fútbol con el pie derecho o quien se lava los bajos con la mano izquierda para no contaminarse. Eso del ombligo como frontera: rituales. Actos diarios que de por sí significan algo y que, por tanto, no pueden ser absurdamente gratuitos y autoafirmativos por sí mismos independientemente de algún tipo de funcionalidad que los impide Ser. En fin. Que después de dos giros de noventa grados en direcciones opuestas, Mies van der Rohe y tal pero esto vuelve a ser una paja mental, porque para Ser no necesitas este tipo de referencias, ya lo ves todo negro, pero negro-que-no-es, no negro-color, rollo atávico de peli de terror(4), y cuando estás ahí ya estás en el No-espacio que Es.

Dentro hay una foto. Justo en medio. En medio de nada, claro. En medio de un no-espacio. Una cámara anecoica de espacio y una foto ahí flotando. Si no fuese porque esta información nos la da la posición relativa de nuestros ojos y el líquido auricular y su sensación de equilibrio y un mínimo de contexto sobre qué puede y qué no puede contener este no-espacio basado en las dimensiones de su envolvente exterior, que tampoco se ha podido hacer desaparecer, ni falta que hace. Después los ojos se acostumbran y quizá la cámara anecoica de luz ya no lo es tanto, pero como el observador se habrá cansado antes tampoco importa demasiado. Es decir, que sabemos que la foto flota por aquello de la gravedad y las unidades del sistema métrico referidas a nuestro propio cuerpo: demasiada información, pero qué le haremos. Que la fotografía esté iluminada implica que no se lleva su propia luz, sino que en algún otro lugar de este no-espacio hay un foco oculto(5) que tiene un cono de difusión no reflejado en ningún lugar, entre otras cosas porque si sucediese ya no podríamos estar hablando de una cámara anecoica de luz. El tono rojizo y una especie de aureola que la envuelve de un negro-color que se difumina rápidamente hacia el negro-que-no-es. Ah, y también una especie de manchita de luz residual en el suelo o así. Y todo sirve expresamente para eso, para disponer esa foto en una cámara anecoica de luz o de espacio o en un no-espacio, un acto de creación primario que es más un acto de aniquilación, el asesinato de un espacio primero y una foto después en este no-espacio, y lástima que los recursos empleados no permitan matar todavía más este espacio, los tres ejes, el sentido de la orientación y el eco del contexto exterior, rollo Guantánamo(6), empleando la privación sensorial no para torturar, sino para hacer Arte, si es que hay alguna diferencia. Curioso como este recurso, de modo consciente o inconsciente, proviene del propio cine del Artista (cineasta), que, después de rodar más de noventa horas para una película que como mucho tendrá dos y media toma el material, analiza sus microdetalles y monta cada escena por separado. El cine del Artista (cineasta) es sobre el placer, no sobre el deber. La historia aparece por yuxtaposición y a la mierda el rácord, y a la merda la narración, que para lo que sirven. A la mierda el espacio, también. El placer es plástico. El deber, narrativo. Será que el espacio también es narrativo(7). Fuera la narración, fuera el deber. Fuera el espacio, fuera el deber.

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El Artista (fotógrafo) entra. Mira. Sale. Y en realidad no tiene que pensar demasiado porque, de hecho, las consideraciones filosóficas son irrelevantes: ni tan sólo se trata de explicar el espacio, sino de hacer noticia de él en el sentido literal del término. Hacer que se note vaya. Y entonces la foto sólo se ha de Hacer, porque si la hace el Artista (fotógrafo) saldrá bien, sin más. Saca la cámara. Saca el trípode. Saca cuatro cosas útiles más. Lo despliega con esa elegancia que obvia el momento de plegar y desplegar el equipo más o menos igual que el momento ese de sacarse los calcetines antes de una relación sexual. Apaga aquel foco de luz(8) colocado en la puerta del mecanismo de dos giros de noventa grados y el descenso gradual de intensidad lumínica que proporciona el ingreso a la oscuridad del negro-que-no-es, es decir, aquel foco de luz ubicado en la puerta más bajito que la vista e incluso que la rodilla de una persona estándar(9) y encara el espacio que podríamos llamar convencionalmente como puerta. Clic. Hace la fotografía con el foco apagado porque si estuviese encendido no sería sobre un espacio, sino sobre un foco, y su Arte va sobre espacios de estos plásticos, no imperativos, porque no tienen una cuarta dimensión, vaya. Entonces el foco queda como un bibelot en medio de un espacio, un objeto que pasaba por ahí sin ninguna función aparente desde el momento que ha dejado de emitir fotones, colocado con habilidad por algún diseñador así, en minúsculas, porque esta decisión, que ha conseguido que el espacio parezca mayor, tiene el mérito que tiene y poco más. Aquello del barroco y tal. En fin, que mejor si el foco de luz está apagado y, de hecho, mejor si no está. Técnica es todo aquello que no es inspiración, reza una inscripción blanco sobre negro-color ubicada más o menos a la altura de los ojos en una posición normal respecto del observador que quiera ingresar en la cámara anecoica de luz, al no-espacio. Pero toda repetición incluye, deviene, una técnica de la que te has de desprender caso que quieras estar inspirado. O caso que quieras Estar(10). Cada vez que el Artista Es ha de prescindir de todo aquello que no es inspiración o la Obra no Será. Es por eso que la foto está tomada con un móvil y que tiene un filtro rojo y que el cuadro es justito y que lo que se cuenta, plásticamente, claro, que la narración queda para los que no saben pasar sin explicaciones, queda ajeno al formato, otra vez comprimido, no referido a ningún espacio, una foto anecoica de espacio y narración, la ilusión de una textura, un gesto, pasaba por ahí y los modelos y Jimmy el Fotógrafo con su móvil, que ni tan sólo hace falta que el Artista (cineasta) haya tomado la foto que los Artistas (cineastas) no tocan nada como no sea para hacer lo que quieras con los actores que no les caen bien como seres humanos. Y el filtro ese rojizo producto del deslizamiento del dedo sobre la pantalla táctil, un gesto que se hace sin pensar, pura inspiración que Es porque lo ha hecho Jimmy el Fotógrafo y lo ha seleccionado el Artista (cineasta), que si lo hace otro ni Será ni tendrá sentido, y de repente aparecerán la técnica y el canon y todos esos parámetros objetivos tan del gusto de los que juegan a la liga de las comparaciones: de nuevo el contexto. La resolución(11) obliga al formato, y el precio, y la impresora. En fin, que todo es contradictorio o, mejor dicho, Es contradictorio. Y qué caray, esta cadena de decisiones tan compleja fija el foco no en la foto, no en la cámara anecoica de espacio, no en el foco (la lámpara vaya) apagado o en la inscripción, sino en el Artista (cineasta), garante último de lo que Es, todo con aquella contradicción de tener, en algún momento, que recurrir al deber, es decir, a la narración, sin la que todo funciona igual pero los promotores han de estar contentos. Es por eso que da la mano blanda(12). En fin, que vete a saber si al final el placer no es un deber.

Pero la bombilla sobra. Clic. El Artista (fotógrafo) entra otra vez en el no-espacio, si es que se puede entrar, porque lo mismo sólo se puede estar, y la des-ubicación en el sentido literal de la expresión la que se siente en los ojos y en las orejas a pesar de que el cerebro todavía recuerde la Cueva y el Colegio y la Catedral y cualquier periferia de esas donde Antes Todo Eran Campos(13), y cualquier contexto que acabe remitiendo o plegando alguna representación del Universo conocido en forma de cualquier superficie reglada susceptible de formar parte del discurso de un estudiante de una facultad privada en Londres prestigiosa pero sin título oficialmente reconocido, discurso que se supone que es intelectual pero que y una mierda va a servir para proyectar mejor, qué ha de servir par a proyectar si lo que sirve es para vender aunque se parta de la hipótesis de trabajo de que el discurso abre el cerebro y hace proyectar edificios en forma de bucle desconectados del proceso constructivo: espacio-narración-deber de nuevo. Y ese holandés que se cabreó y se marchó y ahora construye rascacielos con el título de periodista.

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Pero la fotografía. La fotografía y el no-espacio que la contiene y que reduce la Obra a dos decisiones: cuánto negro ha de contener y la definición geométrica de la fotografía como mancha, forzada a parecer un rombo, o un trapecio, o un cuadrado dependiendo del ángulo de ataque porque joder, es que la cosa va de hacer la foto de una foto. Y la nueva foto Será en sí misma porque es un acto del Artista (fotógrafo). Y es que el Artista (fotógrafo) lo tiene claro y lo encara sin dudarlo: su colega ha matado el espacio y la técnica y él matará la narración porque total, con que después sea noticia en lugar de que Sea es suficiente. La nueva foto Será secretamente, por aquello del camino fácil e inconsciente: odia las deformaciones y el espacio, enmarca y de nuevo contexto o nada, una foto de una foto y listos: lo puedes arreglar con Photoshop, vamos. En fin, trípode, distancia de un brazo, posición normal respecto del objeto y clic.

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(1) Y quién lo necesita. Pero eso de las relaciones sociales y los cheches a cobrar y tal.
(2) Y aquella clase de doctorado que definía vectores en T para organizar casas. Con dos cojones. Y luego un Catedrático que sí pero que no porque defiende a la vez mano de obra gratuita y fácilmente manipulable y una cierta calidad que de ser insuficiente siempre puedes apañar mediante un tribunal amigo y (luego) no quiere ni oír hablar de los sectores y menos todavía de la gente que organiza con vectores porque es demasiado obvio que las pajas mentales que implican los vectores son indicadores del nivel de pudrimiento de algún pobre estudiante dispuesto a definir vectores en T a ver si la tesis sale de una puta vez y las estadísticas de la escuela remontan, caray. Y me niego a definir vector.
(3) No ves el Mayor Tom. Eres el Mayor Tom.
(4) Estos atavismos, de hecho, están fuera de lugar aquí. Confías, más que nada porque las consecuencias imprevistas de un desastre, colisión, diente o fémur roto o astilla de madera clavada en un dedo o susto monumental podrían ser desagradables para el Colegio. Denuncias y tal. Y qué poco elegante. Por si acaso el cuarto de la limpieza está al lado.
(5) La luz podría provenir tranquilamente de un foco Erco montado sobre un carril trifásico Erco, trifásico no por el tipo de corriente que pasa, sino por la razón bastante más literal (referida al carril, no al tipo de corriente, claro) que dicho carril tiene tres fases y que, por tanto, se puede encender de tres maneras diferentes si lo conectas adecuadamente o tienes el mecanismo que hace falta y mueves no sé qué palanquita que hay en el mecanismo de acople Erco del foco Erco al carril (trifásico) Erco posibilitando un carril idealmente lleno de focos de esta u otra medida, o tipo, o incluso de focos que no sean Erco si lo que acoplas es un enchufe Erco montado sobre el mismo mecanismo Erco antes mencionado que posibilite que una o varias fases queden convertidas en un emisor de electricidad estándar de no sé qué potencia determinada que posibilite un foco que pueda ir montado en otro lugar, si tienes cable suficiente y algún otro tipo de mecanismo que pueda hacer un aguiero en el soporte del foco o en cualquier otro soporte relativamente cercano para pasar primero un mecanismo X de sujeción. Los focos son replanteables en los tres ejes, pueden rotar trescientos sesenta grados y orientar su haz de luz desde una posición normal respecto del pavimento hasta una posición normal respecto de cualquier paramento vertical existente en sus inmediaciones sí lo haya proyectado el mismo Gaudí. El haz de luz dispersa muy poco pero obviamente siempre cuesta ajustarlo a la geometría paralelepipédica de una fotografía, de aquí la aureola de dispersión que materializa el trozo de pared donde está fijada, y que pasa gradualmente del negro-color al negro-que-no-es, siempre con esa transición asquerosa en forma de aureola-de-la-aureola perimetral de un amarillo esclarecido como de orina aguada y ya un poco vintage.
(6) Donde, justamente (y justamente: entiéndase el adverbio en sus dos acepciones), el Artista quería enviar a todos los actores, porque todo el mundo sabe que el cine se hace en la sala de edición menos esas perchas.
(7) Al menos si le enchufas la cuarta dimensión. Quizá por eso tantos arquitectos que todavía no tienen claro que ni son ni podrán ser jamás artistas (y eso es ontológico, caray) se emperran en presentar su obra en fotografías. Cuarta dimensión matada y protagonismo devuelto a los Artistas de verdad, en este caso unos fotógrafos puteados por visiones estereotipadas y encorsetadas, no resultase que todavía se notase más que eso no va de arquitectura, sino del Héroe que ha matado a la cuarta dimensión.
(8) Foco de luz quiere decir, en este caso, un punto emisor de fotones, no el objeto foco que, en esta narración, es invariablemente de la marca Erco.
(9) De aquellas para las que se proyecta y que ahora se ven lentamente desplazadas por las personas reales. Las unas y las otras tienen en común el hecho de no ser tu.
(10) Y ya se sabe que algunas culturas nórdicas, muy sabiamente, no distinguen el ser del estar. El matiz devuelve a la oralidad. Al gesto. A la comunicación directa. Al contexto.
(11) Puta manía con los megapíxeles y quien la tiene más grande cuando resulta que las fotografías son invariablemente pequeñas y no se imprimen jamás, que antes también eran pequeñas y se imprimían y malas las fotos y las cámaras, pero pasarlas por el cedazo del precio hacía desaparecer tanto la técnica como la intención artística Y ahora tenemos fotos hiperresolucionadas y encima con intención. Tócate no sé qué.
(12) El gesto del Artista (cineasta) que más me ha costado entender.
(13) Excepto que ahí no ha habido jamás un Antes donde Todo Fuesen Campos.

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3 respuestas a Jodido autofocus

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