Iñaqui Carnicero, Ignacio Vila, Alejandro Viseda: Matadero de Madrid, Nave 16 2_4


Entramos al recinto del Matadero de una manera extraña: a través de una puerta practicada en un hueco producto del derribo de parte de la valla que lo cierra al Paseo de la Chopera, a través de un puente, y a través de una nave. Nos encontramos, entonces, en medio de un espacio ahora público, un espacio ambiguo, ni patio ni plaza, con naves flotando en su interior, precariamente ancladas a alguno de los edificios que lo bordean, con porches sobre las fachadas sur de los edificios norte. Con rincones, con visuales que sólo se abren cuando nos movemos.

El Matadero de Madrid. La nave 16 queda en medio y abajo de la fotografía, encarada con el espacio vacío.
Encarada al nuevo acceso, casi eje por eje, está una de las dos entradas de la Nave 16. Ésta, junto con su hermana gemela, la Nave 15, eran los corrales de los cerdos: unos miles de metros cuadrados cubiertos por una serie de tejados a dos aguas, dos centrales por cada nave, de directriz perpendicular a la fachada principal, marcando un doble eje principal sin jerarquías de ningún tipo en el proyecto original, con las aguas recogidas por canalones paralelos a dichos ejes. Tres bandas alternas formadas por una sucesión de tejados a dos aguas dispuestos en batería, perpendiculares a los anteriores, cubren el espacio entre las dos crujías principales.


Las dos crujías principales se elevan por encima de las crujías de conexión, creando un lucernario corrido a cada lado aprovechando la diferencia de alturas. Todos los lucernarios de la nave (y, hasta donde conozco, del propio Matadero) serán verticales, sin complicaciones constructivas. Esta crujía principal se cubre con unas cerchas metálicas, de sección mínima, de una composición interna análoga a una viga Pratt, ahora denostada por muchos arquitectos que no soportan los tirantes verticales, y, curiosamente, la preferida de los ingenieros por ser la que, en caso de doble apoyo, optimiza el material.

Las bandas secundarias están subdivididas, a su vez en tres crujías que apoyan las limahoyas de las cubiertas a dos aguas. Entre éstas se disponen las cubiertas anteriormente mencionadas, que, al ser de una escala menor, montan una cercha mucho más sencilla, con tan sólo un travesaño y un pendolón. El borde longitudinal de estas crujías: una cubierta plana acabada con rasilla, formada por un forjado unidireccional de vigueta metálica y bovedillas manuales.

El sistema de lucernarios de las crujías secundarias se forma prolongando el agua sur de la subcrujía central, formando un diente de sierra que tiene la virtud adicional de isotropizar un espacio tan direccionado: el diente de sierra está girado noventa grados respecto de la estructura que lo forma.
Todo el sistema está apeado sobre unos bellísimos pilares metálicos formados por perfiles compuestos por pletinas y ángulos roblonados. El problema de la esbeltez se ha solucionado haciéndolos de sección variable, con un primer tramo reforzado por una serie de pletinas adicionales que forman una base casi de orden clásico dictada por el estado de cargas de la estructura, sin más. El sistema se ha conseguido solucionar sin capiteles. Los bajantes pluviales se han dejado exentos, doblando, sin más, el pilar, con su geometría cilíndrica opuesta a la dureza de los perfiles portantes.

En la parte posterior de la nave, Bellido dejó una última crujía de servicios de altura convencional, cubierta simplemente con un forjado unidireccional con bovedilla manual que soporta una cubierta caliente, acabada en rasilla.
Las fachadas están realizadas por gruesos muros de mampostería, de unos 60 cm, es decir, de dos pies, reforzada con ladrillo, dispuesto en torno de los huecos, formando pilastras intermedias y en verdugadas horizontales cada pocos metros que controlan el relativo caos que se produce en este aparejo de piedra. Se usan, también, como estructura cuando las cubiertas las tocan.

Su composición es bellísima: lleva hasta la fachada el orden estructural del interior, atando la estructura longitudinal de las bandas de conexión con el simple testero en que se convierten cuando cubren las crujías principales mediante bandas de ventanas pequeñas y seriadas que convergen en las dos puertas de acceso, obviamente más estrechas que la crujía a la que sirven. Por encima de ellas, las fachadas de las crujías principales pierden casi toda su masa, girando los lucernarios longitudinales en un hastial tripartito. Existen, en la fachada principal, cuatro puertas de acceso más, casi tan ornamentadas como las anteriores, dispuestas de un modo muy interesante: no en medio de una de las crujías secundarias, sino tangentes a las líneas estructurales secundarias. Por temas de composición (que, en este caso, van a favor del orden práctico) la crujía intermedia central (donde estaría el eje de simetría de la nave, que no coincide con ningún eje jerárquico) tiene dos puertas. Dicho eje no se marca ni en el interior ni en el exterior. Por encima de sus estilemas estamos ante un ejercicio de arquitectura de una modernidad radical: Bellido hizo estos edificios para durar, demostrando que la arquitectura bien hecha y bien construida, flexible, es la arquitectura más sostenible que existe.

El proyecto de Iñaqui Carnicero es a la nave lo que las fachadas son a la estructura: con una intervención mínima, con unos gestos que tan sólo subrayan y valoran este sistema principal, crea un nuevo orden que permite un uso del espacio completamente diverso del anterior.

El pavimento, originariamente de tierra, es ahora una continuación del pavimento exterior, un pavimento continuo de hormigón que parece como una base abstracta sobre la que todo está flotando. Los dos accesos a la nave son los asociados a las crujías principales. Los otros se usan, actualmente, como lucernarios verticales.


Este pavimento es una de las claves del proyecto. No es un simple tendido de hormigón continuo, sino que es un pavimento técnico que contiene buena parte de las instalaciones que posibilitan el funcionamiento del conjunto.
Por encima de este pavimento dominan dos cosas: las fachadas interiores de las naves se han vuelto exteriores repicando el yeso que originariamente las cubría, revelando la misma estructura exterior. Este gesto, junto con el de la continuidad del pavimento, posibilita la lectura del Matadero como un espacio único que, eventualmente, se cubre y climatiza para posibilitar actividades que no se pueden hacer al aire libre. Las puertas de entrada, pivotantes respecto de su eje medio paralelo al suelo, desaparecen cuando están abiertas, levitando a menos de un metro por encima de nuestras cabezas, convirtiéndose en un palio que ata todavía más el interior y el exterior.


El segundo rasgo significativo de esta nave es la luz. Ésta se ha vuelto corpórea, física. Los revestimientos originales se han arrancado, y el material de base es de colores oscuros. La estructura se ha pintado de negro. Los huecos y los lucernarios se han cubierto con un sistema de porticones abatibles. Éstos merecen descripción a parte, ya que son la base visible del sistema que permite reutilizar la nave.


Los porticones. Los huecos, cerrados siempre con cristal transparente sin carpintería intermedia, son diferentes, agrupándose grosso modo en dos tipos: los que resultan de separar dos cubiertas, rectangulares, y los que cubren huecos de fachada. Los huecos de fachada son siempre rectángulos culminados por un arco rebajado realizado en ladrillo. Éstos tendrán, con la sola excepción de las puertas, porticones a medida abatibles noventa grados sobre el eje de simetría del hueco, que, por primera vez, aparece construido. De modo que, cuando miramos de frente un hueco con los dos porticones abiertos, vemos el hueco original intocado con su eje de simetría dibujado. Resulta obvio imaginar las tres posiciones restantes, que Carnicero fotografió con cariño.


Los huecos ortogonales están a la escala del edificio. Una sucesión de pórticos abatibles a noventa grados los cubren. Éstos no marcan ningún eje, y su valor es el de serie.
Sus diversas posiciones relativas pautan la cantidad de luz que entra en la nave. Incluso cuando éstos están cerrados, al estar yuxtapuestos contra huecos que presentan un cierto grado de irregularidad, no pueden oscurecer la nave al cien por cien. Tampoco iluminarla. Tan sólo, sutilmente, revelar su presencia.
Estos porticones presentan una derivada importante: gran parte de la crujía central este, más o menos coincidente con el eje de entrada, presenta una nueva tipología de los mismos, más ancha, más alta, que, retorcida sobre sí misma, es capaz, cuando éstos están cerrados, de independizar una caja, una buena porción de espacio, del resto de la nave. Como si fuese una isla o un templo.
La existencia de esta caja depende exclusivamente de la posición de los porticones, agrupados dos a dos: uno de ellos es pivotante y se cuelga del techo por su eje. El otro es abatible a ciento ochenta grados contra el pivotante, y, en la práctica, está colgado de éste mediante sus bisagras. Este sistema, que ocupa cuatro módulos del lucernario, presenta diversos grados de transparencia, según sus posiciones relativas respecto del espacio, según nuestra posición relativa respecto de ellos. Pueden llegar a prácticamente desaparecer, confundidos con la estructura. Teniendo en cuenta, además, que cuatro porticones (dos colgados de los otros dos) forman la distancia exacta entre pilares.
Otra derivada interesante es su sistema de iluminación. Los porticones superiores se pueden abrir independientemente de los inferiores, creando una línea de cornisa casi invisible, posibilitando, en una de sus posiciones relativas, la iluminación cenital de un espacio completamente cerrado. En estas circunstancias tan sólo las cerchas y el tejado a dos aguas nos recuerda que estamos en la nave 16 del Matadero.


Con esta operación, la nave 16 cambia completamente su tipología. Del doble eje indiferenciado que no marcaba ninguna jerarquía se pasa, ahora, a un espacio asimétrico donde los porticones que cierran la crujía principal este introducen una inestabilidad, un desequilibrio que pautará este espacio y lo relacionará con el flujo de visitantes que desorienta, por pura lógica vectorial, los accesos de la nave. Cuando los porticones inferiores están cerrados, el acceso se produce contra una pared completamente ciega que nos obliga a girar noventa grados para hacer cualquier cosa que se quiera hacer dentro de la nave.
La banda posterior de servicio se recicla para alojar servicios, conservando su función original adaptada a los nuevos tiempos, manteniendo los acabados propuestos para el resto de la nave.


Los antiguos corrales de cerdos, con su uso indolente del espacio, han pasado a definir una nave sensible a su entorno, que propone su organización interior reaccionando a un flujo de visitantes que vendrá mayoritariamente por la herida abierta en la valla del Paseo de la Chopera. Éstos se reorientarán, rebotarán o serán absorbidos por la caja que se abrirá o cerrará frente al acceso principal (porque las dos puertas existentes han pasado a jerarquizarse fuertemente en virtud del sistema creado por el acceso y la caja ciega frente a él) para participar en las diversas actividades que un gesto tan sencillo es capaz de proponer en este espacio. El programa es lo de menos: un sistema tan flexible, bien utilizado, sirve para todo, siempre que los mismos promotores que lo han pagado sepan utilizarlo.

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Iñaqui Carnicero, Ignacio Vila, Alejandro Viseda: Matadero de Madrid, Nave 16 2_4

  1. Mi pagina dijo:

    Yo creo que es un buen articulo. Saluditos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *