Harquitectes: casa 1101

(Gracias a los propietarios de la casa y a Xavier ros, de Harquitectes*, por postrarme la casa con interés y entusiasmo y a Adrià Goula por las fotografías que hizo mientras estaba en el lugar, sin las cuales el artículo hubiese quedado cojo)

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Foto Adrià Goula

Una urbanización de casas unifamiliares aisladas a un cuarto de hora en coche del centro de Sant Cugat. La altura y la distancia de la casa respecto de la calle y sus vecinos viene determinada por una normativa diseñada a la contra de un grueso de arquitectura de pésima calidad que, igualmente, aparece siempre firmada por algún arquitecto, y avalada por un colegio profesional que habrá visado (y cobrado) el proyecto como garante de un grado cero de arquitectura que no tiene en cuenta ningún criterio calificativo. El arquitecto ha de negociar la forma de la casa a través de una especie de juego que consiste en inscribirla en un volumen normativo que desconfía de cualquier criterio profesional y reduce la arquitectura a un juego de relaciones con un entorno presto a la tensión social entre unos habitantes que, invariablemente, querrían a su vecino veinte o treinta metros más legos de donde está realmente.
Y es en este tipo de urbanizaciones, habitadas por gente de un cierto nivel económico, donde el sumatorio de decisiones de los propietarios a la hora de escoger un arquitecto, de colaborar con él y saber relacionarse y guiar un proyecto que se convertirá en su hogar, donde mejor se manifiesta el nivel cultural de un país. Una vivienda unifamiliar marca el grado más estrecho de relación entre un promotor y un arquitecto, y los va a retratar fijando el nivel (siempre un mínimo común denominador) de su cultura y su sensibilidad.

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Fotos Harquitectes

La casa 1101 del equipo Harquitectes se emplaza en una parcela singular de esta urbanización, formada por el cruce en ángulo agudo de dos calles con aceras demasiado estrechas para ser paseadas cómodamente, mal mantenidas por un ayuntamiento que se ha de ocupar de, literalmente, centenares de kilómetros de calles (y todas sus infraestructuras asociadas) imposibles de rentabilizar por estar formando parte de un tejido paraurbano de muy baja densidad, y una medianera con la casa vecina. Dentro de esta parcela, tres volúmenes de un ladrillo visto calado, de formato castellano (24,5×11.5x9cm), colocado a rompe juntas, conectado por dos forjados de hormigón formando sendos porches cerrados por unas carpinterías de madera formadas por hojas verticales abatibles contra las paredes adyacentes, que pueden abrirse en toda su superficie, prolongadas lateralmente por unas estructuras ligeras de acero formadas por perfiles en L de cuatro o cinco centímetros que soportan unos alambres por donde han de encaramarse unas hiedras que, eventualmente, también han de tapar parte de la fachada del edificio, formada por dos de estas hojas de ladrillo y una cámara de aire que contiene muchos centímetros de aislamiento térmico dispuesto contra la hoja interior, todo el conjunto de un grueso total que se acerca al medio metro. Fachada, por tanto, preparada para recibir estas hiedras sin que el interior sufra de humedades.

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Plantas baja y primera

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Sección general

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Secciones constructivas

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Foto de obra: ladrillos castellanos y cámaras de aire. Foto Harquitectes

Los volúmenes y los porches, todos ellos de medidas diversas, no se alinean entre ellos, si no que forman un perímetro tortuoso por los retranqueos resultantes que, relacionado con los límites rectos de la parcela, siempre relacionada con la calle a través de una valla, la existente siempre que se ha podido, crea un perímetro que activa el jardín haciéndole perder su condición de espacio-cojín con los vecinos, más producto de una distancia normativa que de una voluntad real y explícita de formalización. Las estructuras de los porches, un huerto y una pequeña piscina adyacente, la hiedra que ya recubre la valla (y la promesa de la que ha de recubrir buena parte del resto de superficies verticales), han de conseguir que este jardín sea un espacio con entidad, que, según la época del año, presentará una relación variable con el interior de la casa. Los volúmenes de la casa nacen directamente del suelo, sin ningún tipo de zócalo. Todo el pavimento de la planta baja de la casa es de hormigón pulido, y, en los porches, sale al exterior de la vivienda en forma de losas de su misma anchura que prolongan su dimensión muchos metros más allá, bajo la proyección de las estructuras metálicas ligeras, confundiendo, cuando las carpinterías están abiertas, el estar con el jardín hasta desdibujar completamente sus límites: la casa, cerrada, presenta un volumen reconocible. La vivienda, sin embargo, es toda la parcela siempre que el clima lo permita.

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Relación casa-jardín. Foto Harquitectes

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Pavimentos y materiales interiores-exteriores en el dormitorio principal. Foto Adrià Goula

Las cajas que forman los volúmenes cerrados están acabadas del mismo modo por dentro y por fuera. No hay nada revestido, ni paredes, ni forjados, y, como máximo, los volúmenes se han pintado de blanco en su interior para que resulten más luminosos. No así los porches, que presentan unas paredes laterales sin pintar, reivindicando una condición de exterior. Tampoco hay regatas, y las instalaciones están vistas, superpuestas a los muros.

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Continuidad interior-exterior. Foto Harquitectes

Sólo existen tres tipos de huecos de fachada: una ventana grande de 2,10×1,50m, una pequeña de 1,50×1,00m y una más pequeña de 0,70×0,75m, a inserir en las superficies de las cajas, formando, por su posición, puertas, ventanas bajas o ventanas altas. Ventanas con marcos potentes que reivindican y juegan con el grueso del muro, con muchos tipos diferentes de filtros (cortinas, la propia carpintería, unas persianas de listón de madera al exterior servidas por una barra de acero que permite separarlas unos setenta u ochenta centímetros de la fachada, creando una cámara de aire adicional, engordando el hueco mucho más que el resto de la fachada) y las carpinterías de los porches, láminas verticales a toda altura abatibles a los lados que permiten registrar la totalidad de la superficie del hueco creando un espacio intercambiador.

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Fotos Jaume Prat

La relación interior-exterior será siempre compleja, expresada a través del grueso: del grueso de las paredes, del grueso aparente de una carpintería rematada con una persiana muy separada de la pared, del grueso del porche como espacio de estar que significa la decisión de los propietarios de vivir en espacios de configuración variable, diaria o estacional, de vivir en una casa siempre cambiante, activa en función de las condiciones atmosféricas.

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Foto Harquitectes

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Foto Adrià Goula

La distribución de la casa se ajusta al modo de vivir de la familia propietaria, recogida en un documento privado que ellos mismos elaboraron para los arquitectos, y deja sus dos volúmenes extremos para las habitaciones y espacios de estar privados, o individuales (padres en uno, hijos en el otro) y el volumen central para la cocina. Los espacios de intercambio y conexión de la familia se disponen en los porches entre volúmenes, sin voluntad de hacerlo de modo directo: la cocina se puede leer como un espacio de intercambio, y, por tanto, se dispone entremedio de los dos porches sin ningún espacio-cojín que la separe de ellos, más allá del umbral grueso que atraviesa las paredes del volumen donde se inserta.
Los dos volúmenes privados presentan, entre ellos, una cierta simetría especular, no formal, sino distributiva: el estudio de los niños se dispone en planta baja, en contacto con el jardín, y las habitaciones sobre él. El estudio de los padres se dispone en el primer piso, lejos de todo, como la habitación más privada de la casa, y el dormitorio en planta baja, en contacto con el jardín. Los dormitorios son bajos de techo, y los estudios presentan una cierta altura, de modo que los forjados no tienen continuidad de una caja a la otra: en la caja de los padres el espacio alto de techo está arriba, en la de los hijos, viceversa: la misma economía de medios que rige la construcción pasa a la escala de las cajas, y permite que cada espacio interior tenga la proporción justa y adecuada en cada momento.

Este modo de expresar la arquitectura a través de la construcción directa sin intermediación podría haber nacido como recurso económico en proyectos precedentes. En esta casa, sin embargo, magníficamente construida, con los ladrillos perfectamente alineados, las juntas cuidadas, el hormigón bien ejecutado, he devenido un recurso expresivo que visualiza de modo directo lo que la construcción de esta casa quiere significar. La arquitectura de la vivienda unifamiliar es, por las características antes mencionadas, la más propensa al manifiesto de todas las conocidas. Si, en este caso, tomamos el modo de expresión de la casa desde su aspecto simbólico, y combinamos esta decisión con la voluntad de propietarios y arquitectos de abrir y confundir la casa con la parcela, de valorar el clima como uno de los factores que conforman no tan sólo vivienda, si no forma, y se valoran decisiones como la no incorporación de aire acondicionado a la vivienda (una vivienda que ha tenido en cuenta todos los recursos de control climático al alcance de los arquitectos, geotermia t suelo radiante incluidos, para poder tomar esta decisión de modo responsable, aunque, en todo caso, siempre provocará una cierta incomodidad a los habitantes de la casa en las condiciones de clima extremo que se dan diversos días de verano al año en nuestras latitudes) como un modo de valorar una manera de vivir que, hasta hace poco, se había negligido, tenemos una vivienda, un hogar, que propone unas condiciones de vida que matizan y evolucionan las propuestas por el Movimiento Moderno, degeneradas justo antes de la crisis hasta extremos paródicos.
El Movimiento Moderno propone viviendas que, más que fundir interior con exterior, los compensan, en el mejor de los casos, como una pareja equilibrada por una serie de recursos arquitectónicos que, eventualmente, establecen un umbral donde es posible la vida cuando las condiciones climáticas son favorables: así se conforma la arquitectura californiana de los años 50, por ejemplo. Caso que esta pueda ser considerada moderna, consideración que sobrepasa los límites de este escrito. El Movimiento Moderno, las más de las veces, incorpora pedazos del exterior en el interior (en forma de patios, por ejemplo) siempre separados por una membrana fina e infranqueable, como un cristal: Le Corbusier jamás hubiese plantado un árbol en el interior de una vivienda. Sou Fujimoto sí.

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Foto Harquitectes

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Foto Jaume Prat

La casa 1101 propone una tipología híbrida, unos espacios sin condición fija (los porches entre las cajas), de límites desdibujados, que fusiona interior con exterior haciendo que, en determinadas condiciones climáticas, sea imposible trazar un límite preciso entre este interior y el exterior. ¿Es cuando los espacios se pintan de blanco? ¿Es bajo la huella de las carpinterías abatibles? ¿Es bajo los porches ligeros invadidos de hiedra? Y propone un modo de habitar los espacios interiores activa respecto estas condiciones climáticas exteriores. Los propietarios han de ir moviendo las ventanas en función de la estación y de la hora del día, voluntariamente privados de un medio mecánico de control climático durante gran parte del año. La casa 1101 es, en resumen, un buen ejemplo de una nueva sensibilidad hacia el medio, sensibilidad social que está desembocando, lentamente, hacia una estética que impondrá una manera de vivir, si no nueva, sí olvidada desde hacía décadas, después que nos convenciésemos y formalizásemos un modo de habitar estos espacios basada en una lógica de la burbuja que nos había aislado de un medio ambiente que se percibía como hostil y sucio. No es la primera ni la única, pero sí, por sus características, por su ejecución, por haber resultado un modelo de éxito, un ejemplo de lo que ha de ser la arquitectura actualmente.

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Foto Harquitectes

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(*Harquitectes son David Lorente, Josep Ricart, Xavier Ros i Roger Tudó)

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