Glenn Gould quería ser Steinway 4/4

3er movimento: Los Pabellones de Barcelona de Mies van der Rohe

Eduardo Souto de Moura ganó, en su día, el premio Mies van der Rohe. Siza, muy contento con este suceso, le dijo que acababa de ganar su premio. Una de las recompensas consistió en dar una conferencia en el propio pabellón reconstruido. Souto nos habló de esta experiencia como un desastre. Se oía mal, las diapositivas no se veían… Seguir esa conferencia fue un acto de militancia, de buena voluntad. El espacio no simplificaba las cosas: no se puede oscurecer, no tiene control de sonido ni de la luz exterior. No está preparado para servir adecuadamente como auditorio. Dar una conferencia en el pabellón es un acto elitista en que unos pocos se enterarán mientras que el resto sufrirá un sistema de sonido deficitario, incomodidades y el riesgo constante de caerse en el estanque si hay demasiada gente.

El Pabellón de Barcelona reconstruido es un despropósito inútil, una maqueta mal hecha que hace treinta años que se debería de haber desmontado. Empecemos por el principio: el pabellón es uno de los proyectos donde Mies está presente. El arquitecto que quiere desaparecer, que quiere animar sus edificios, insuflarles vida propia al margen de su existencia, se ve obligado, por las circunstancias del proyecto (presupuesto bajo, rapidez de ejecución) a intervenir en cada paso. El pabellón es el proyecto más cervantesco de Mies. Quizá por el concurso de Lily Reich, coautora del proyecto, quizá porque todavía no lo había madurado lo suficiente.

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El pabellón reconstruido, poco después de su reinauguración.

De aquí su éxito actual.

El Pabellón de 1929 es una muestra del Mies que duda. Que duda con Reich, recordemos. Es un pabellón frágil, de construcción bastarda, muy alejado de la idea que se nos ha vendido de este pabellón(1): el modelaje del pavimento se va ajustando por grupos de piezas a unas medidas que no pueden ser exactas. La estructura metálica de la cubierta, mucho más esbelta que la actual, de hormigón, por cierto, se movía y cimbreaba, por lo que el arquitecto se ve obligado a tornar las pareces supuestamente ajenas a la estructura en portantes para arriostrar el conjunto(2). No hay suficiente material. La parte trasera no se aplaca de piedra, si no que se revoca. El pabellón es, por tanto, una escenografía. Que integra la columnata delantera levantada por Puig i Cadafalch, ahora reconstruidas con acierto por el arquitecto Luís Martínez Santa-María(3).

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El pabellón original. El ángulo de la foto cambia para integrar la columnata. El lucernario se tapó. El travertino no está completo (margen inferior derecho, pared larga trasera). Las losas son más delgadas. Hay plantas en el estanque… Sí: los detalles importan.

Como ya he dicho en más de una ocasión no se reconstruye el pabellón. Se reconstruye la idea que unos arquitectos perezosos y arrogantes tenían de lo que debía de ser el pabellón. Y se hace con un criterio conservacionista tan frágil y peligroso que, básicamente, consigue que la construcción se exprese a través de sus múltiples errores: cantos de forjado desproporcionados, módulos de obra negligidos. La decisión de usar, esta vez, todo el travertino que no se puso en 1929. De destapar un lucernario que no gustó a Mies y a Reich(4). Si el pabellón original es la representación que Mies y Reich hacen de su idea del pabellón la reconstrucción es la representación de la representación. Si Dios está en los detalles esta obra se encuentra completamente desamparada.

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Replanteo del pavimento original. El platonismo no tiene cabida aquí.

Souto, de manera constructiva, dio la solución a este despropósito.

Souto dijo que, sencillamente, se habían equivocado de pabellón.

Para él el Mies que se debía de reconstruir era el del segundo pabellón. El de inspiración neoclásica. El funcional. El que alojaba la colección que también diseñaron el arquitecto y Reich.

El segundo pabellón es un edificio Shakespeare. Es un edificio que crea vida, no que vive de manera autista. Es un escenario, no una escenografía. Es un mundo. El segundo pabellón es hijo de un sistema, más fácil de codificar, más sintético. Más potente.

El segundo pabellón sirve para todo, además. Se puede dar una conferencia en condiciones. Se puede montar un auditorio. Se puede hacer una exposición. Se puede usar, vaya: estaba preparado para eso.

Souto nos demandó que reivindicásemos la reconstrucción del segundo pabellón. La del primero no le gusta ni la encuentra necesaria. Depués me dijo (sic) que tenía que escribir alguna cosa parecida a este artículo.

Hay documentación. Se podría reencontrar su emplazamiento. Es complicado que haya algo relevante ahí. El propio Souto se podría encargar de su reconstrucción. Sólo se requiere voluntad y, más importante, valentía para admitir que la primera tentativa fue un error.
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El patrimonio de Mies en Barcelona, pues, podría existir con sentido, y no con esta idea pesebrista actual que degrada nuestra herencia genuina y que, en última instancia, nos ha hecho perder una consciencia de lo que tenemos que se debería de recuperar de modo urgente antes de que más obras maestras no acaben derribadas ante la total indiferencia de la sociedad y de un colectivo que piensa que si no firma él el proyecto de derribo sin protestar lo hará algún otro.

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El otro Pabellón de Barcelona. Y la cosa no acaba aquí.

(1) Aquí vuelvo a remitirme al Horror Cristalizado de Josep Quetglas y al magnífico artículo que Rodrigo Almonacid escribió al respecto. Casi todos los datos que doy se refieren a estas fuentes.
(2) Lo que quiere decir que mintió a Wright: interesante.
(3) Se mantienen las proporciones aunque se pierda el capitel. Y, más importante, es una intervención temporal que juega a verse temporal.
(4) En la foto de época que muestra la cubierta se aprecia claramente como este lucernario fue construido y, más tarde, tapado.

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