Glenn Gould quería ser Steinway 2/4

Interludio: Shakespeare y Cervantes

Miguel de Cervantes nace en Alcalá de Henares en 1547. Diecisiete años más tarde nacerá, en Stratford-Upon-Avon, William Shakespeare. Los dos morirán en el día de San Jorge de 1616: vidas absolutamente paralelas(1).

Para muchos, Shakespeare y Cervantes representan la culminación de las letras universales. Es su calidad máxima y este curioso paralelismo entre sus vidas lo que consigue que sea relevalte compararlos.

La obra cumbre de Cervantes es El Quijote (1605), novela publicada en dos partes absolutamente inclasificable de la que ahora mismo sólo me interesa un rasgo: la presencia constante del autor en todas sus páginas. Cervantes firma una obra que, si nos la creemos, se limita a presentar exponiendo que su autor real es un tal Cide Hamete Benengeli, un infiel. Cide Hamete Benengeli es una traducción al árabe, o una versión, del nombre de Miguel de Cervantes. Nuestro Cide Hamete escribe en árabe, y un tal Morisco Aljamiado traduce la obra al castellano: otra vez Cervantes. Que se encontrará con que los Académicos de Argamasilla le han cedido todo el corpus poético que rodea la obra. Otra vez él. Muchos él. Uno de los personajes principales del Quijote es el bandolero Ginesillo de Pasamonte, más tarde convertido en Maese Pedro(2). Siempre Cervantes. Pero si vamos a la segunda parte la diversión se incrementa: un año antes de su publicación en 1615 Alonso Fernández de Avellaneda publicará una segunda parte apócrifa. Cervantes reescribirá la suya contra la de Avellaneda, convirtiendo de hecho la novela en un diálogo entre realidad y ficción que suma varias capas más de complejidad a una obra que ya versa, precisamente, de este tema. Cervantes estará presente en todo el proceso entrando y saliendo de la novela constantemente. Que, además, es facilísima de leer: las razones para leerla tantas veces como haga falta son infinitas.

Cervantes aparece en el Quijote constantemente. Se burla de él, lo anima, lo glosa, lo maltrata, lo quiere, lo vigila. No sé si Cervantes es el Quijote o si el Quijote es una especie de mascota o chivo expiatorio o tótem que el autor usa para medirse a lo largo de toda su obra. Los expertos lo dirán. Cervantes es, sin embargo, el principal exponente literario del autor presente.

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El Quijote por Antonio Saura. No conozco mejor representación.

En cambio, Shakespeare no está.

Shakespeare no está nunca.

Shakespeare: el autor sin una obra maestra definitiva. Shakespeare: un autor tan total que no la necesita. ¿Cómo puede una sola persona haber escrito las tragedias más crudas y algunas de las comedias más divertidas que se recuerdan siendo a la vez uno de los poetas máximos de la literatura universal? La facilidad con la que escribe, la abundancia de su obra, lo hacen único. Shakespeare: actor de segunda, personaje de una vida pública discreta, el único papel documentado del cual es el de un fantasma. El fantasma del padre de Hamlet, concretamente. No puede ser casualidad. Shakespeare el escritor. Shakespeare, el gran demiurgo. Las obras de Shakespeare son ventanas, mundos autónomos. Lear no es Shakespeare. Lear es Lear. Como Hamlet es Hamlet. U Otelo, o Romeo, o Julieta, o Goneril, Cordelia, Ofelia, Cleopatra, Lady Macbeth. Todos están vivos. Vivos al margen de su creador.
Se podrían aducir razones políticas, de supervivencia personal, si se quiere, para justificar este modo de operar: Shakespeare es un autor marcado por el asesinato en 1593 en Deptford de su rival y probable amante, el dramaturgo Christopher Marlowe, autor, por cierto, del primer Fausto (corred a leerlo. Ya.), un asesinato político en toda regla motivado, precisamente, por la notoriedad del personaje, que lleva a Shakespeare a refugiarse en un anonimato todavía más profundo. Discrepo. Shakespeare tenía muchas armas para estar, si quería, y protestar contra esto. Su actitud es, considero, más profunda. Shakespeare desaparece porque quiere desaparecer. Su obra es el equivalente literario a las esculturas en mármol de Miguel Ángel, no esculpidas por el autor, si no descubiertas, desenterradas por él: las esculturas ya están, escondidas dentro del mármol. La piedra, el material, dicta las normas. El autor es un demiurgo. Aquí, lo mismo. ¿Quién osa dudar, actualmente, de la existencia de cualquiera de los personajes shakespearianos?

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Tatsuya Nakadai como Hidetora Ijimonchi. Lear por Kurosawa: Shakespeare y sus mundos. (Fotograma de Ran, 1985)

Se podría postular fácilmente una división entre autores basados en estas dos maneras de hacer extremas: autores Shakespeare, autores Cervantes. Estos nombres convertidos en adjetivos sencillamente califican, no valoran. Hay grandes ejemplos de autores en las dos categorías. Ser incluido en una u otra no les quita nada de mérito.

Joyce, Beckett el gran mentiroso, Céline, Hamsun, Miller, Amis (el hijo), Durrell (los dos, si se quiere), Bolaño, Pla, Bukowski. Conrad: todos ellos Cervantes.
Dostoievski (y qué bien lo disimulaba), Brecht, Benet(3), Sales (Uncertain glory of an April day: el verso es de The two gentlemen of Verona), Faulkner, Tolkien y su homenaje explícito a Henry V, Chandler, que pondrá a su personaje querido el nombre del amante: Shakespeares. Tólstoi, a pesar de su odio por el británico, el más grande de todos.

Esta división se da también en arquitectura. Actualmente el mercado y la sociedad (pero esto está cambiando, diría) demandan Cervantes, Cervantes por un tubo: el autor por encima de todo. El autor vende. En autor hace ruedas de prensa. El autor va a las inauguraciones. Se puede reciclar para que diseñe para marcas de roba o de relojes. Se puede usar como ejemplo de demasiadas cosas. La arquitectura actual es cervantina. Como cervantina es esa arquitectura en que el autor se impone sobre el sistema, o que crea el sistema mediante gestos, remates personales. Siza(4), Le Corbusier: Cervantes. Enric Miralles: el gran Cervantes.

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Las sombras en Parets del Vallès: pérgolas bailando con los árboles y con el sol en los días felices de Miralles y Pinós. La personalidad como sistema: Cervantes. Foto: Jaume Prat.

La arquitectura shakespeariana es la que busca crear mundos al margen de su creador. La que hace ciudad. La que no chilla, ni por dentro ni por fuera. La que crea tejido, la que crece. La que muchas veces hace buenos los edificios de su alrededor. No tiene por qué ser discreta. No tiene por qué ser impersonal: tiene que ser arquitectura que viva por sí misma, animada al margen de su creador. Puro proceso condensado en un resultado que no necesita referencias. No es extraño que la Gran Bretaña del Barroco, la que nace tan sólo treinta años más tarde de la muerte de su autor, sea toda ella shakespeariana: la arquitectura de los Nash, Wren, Hooke, Adam, Wood. Incluso Hawkmore(5). Jefferson es Shakespeare. Y Olmsted. Herzberger, quizá más el que era que el que es ahora. La Ciudad Lineal. Los Taut de las Siedlungen. Actualmente (tan tramposos como Beckett), Herzog & de Meuron. Bien, a veces(6).

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Herzog & de Meuron creando un lugar a partir de los rastros de los que antes habían creado el mismo lugar. Y cuando hay que estar se llama a Ai Wei-Wei: Shakespeare.

También Mies.

Mies al que le salen nuevos proyectos de debajo de las piedras. Mies, casi imposible de vulgarizar. Mies aspirando a la Eternidad. Mies crea. Mies anima. Mies dispone plataformas donde la vida es posible, donde la vida sucede: flujo, estabilidad, proporción. Vida, mucha vida. No es extraño que uno de los mejores libros jamás escritos sobre él se titule ¿Dónde está Mies?

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Mies en New Jersey: un proyecto desconocido que ha creado lugar al margen de su autor.

Uno de los rasgos más miesianos de Souto de Moura es esta voluntad explícita de desaparecer. De animar. De crear mundos. Souto es también, Shakespeare.

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Eduardo Souto de Moura, Casa das Artes de Oporto: incluso es difícil de encontrar.

(1) Bien, de hecho todo esto es muy romántico y tal, pero inexacto. De entrada dicen que Shakespeare murió el 22 de abril, no el 23. De salida está el follón de los calendarios juliano y gregoriano. España, por una vez pionera de la modernidad, ha adoptado el calendario gregoriano en 1582. La Gran Bretaña no lo hará hasta 1752. Del uno al otro hay 12 días de diferencia, y, por tanto, los desajustes en las fechas son obvios.
(2) A quien Falla dedicó su Retablo: sacad conclusiones.
(3) Benet, el escritor que odia a Cervantes por haber marcado definitivamente la literatura española. Benet, shakespeariano convencido, hablará de la calidad del Quijote como del espejismo que ha matado la gran literatura nacional española: la obra es cínica, desencantada. Literatura de cárcel. El Quijote es la literatura del contrapoder, de la disidencia, de la ironía, de la irreverencia, de la desconfianza respecto del sistema. Shakespeare presenta, para Benet, todos los rasgos necesarios para construir una literatura nacional en positivo para un país primero y para un idioma después. Shakespeare construye. Es la época, es el sentido del humor, es la ambición literaria desatada. Los temas presentes en las literaturas de ambos, creo, son perfectamente comunes. La diferencia de tono es dramática: Cervantes es un grito de rabia tan angustiado que se ha transformado en risa. Shakespeare es la máscara de protección que revela todos los sentimientos y las pasiones humanas con más precisión que si no hubiese ningún filtro.
(4) Pero Siza tiene un punto dual que (punto).
(5) El Barroco es el primer estilo arquitectónico que se separa según la Reforma y la Contrarreforma. El Barroco de la Reforma es el sistema. Es la comunidad. Es la Sala, el espacio de reunión, la luz homogénea. El Barroco de la Contrarreforma es el Barroco de los genios, de la individualidad: Bernini, Borromini, Romano. Es el barroco del clarobscuro, el Barroco de la jerarquía. El de la exuberancia, el de la integración de las artes: es el Barroco del guerrero enfrentado al Barroco del ciudadano. Shakespeare opuesto a Cervantes de nuevo.
(6) Pensemos en su Serpentine Pavilion: animar el lugar buscando las trazas de los pabellones precedentes. Enterrarse para descubrirlas. Inscribirlas en un círculo. Esconder cualquier rastro de autoría co-firmando con Ai Wei Wei: Shakespeare.

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