Glenn Gould quería ser Steinway 1/4

1er movimento: Desaparecer

Eso que a veces la lías y luego piensas que la provocación se te salió de madre. Luego te armas de valor, lo contrastas y resulta que esa astracanada acaba teniendo más sentido de lo que te puedas llegar a pensar. El tema es que hará unos meses empecé una polémica en las redes sobre el Museo Abade Pedrosa en Santo Tirso, Portugal, obra de los arquitectos Álvaro Siza y Eduardo Souto de Moura. El museo consta de un cuerpo de nueva planta que entrega un convento existente y que aloja la parte del programa que no se podía meter allí necesaria para el correcto funcionamiento del conjunto. Sin cuestionar en ningún momento la calidad de la intervención pregunté públicamente que dónde estaba Souto, porque no conseguía verlo en ningún lugar. El debate dio lugar a toda una serie de réplicas interesantes e ingeniosas que profundizaron, concretamente o de un modo más abstracto, en la relación entre el autor y la obra. O, en este caso, entre dos autores de una gran personalidad y una obra concreta.

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Este mes de agosto tuve la enorme suerte de poder ser el quinto comensal de un almuerzo que juntó a Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta con Eduardo Souto de Moura. El arquitecto nos regaló unas horas de conversación distendida donde, riendo riendo, nos regaló una serie de reflexiones que darían oara diversos artículos interesantes.

En el momento oportuno puse sobre la mesa el museo de Santo Tirso para, armándome de valor, preguntarle directamente que dónde estaba él en esa obra.
Souto, con una sonrisa de oreja a oreja, me contestó que si no lo había encontrado es que lo había hecho bien. Que él, en esa obra, quería desaparecer.

Que allí tenía que desaparecer.

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El edificio rehabilitado y el de nueva planta. El alzado del edificio rehabilitado ha recuperado las dos ventanas simétricas, perdidas después de que una de ellas hubiese perdido las molduras convirtiéndose en una segunda puerta.

La explicación arranca en 1823, cuando Portugal inicia su Revolución contra el absolutismo, que llevará al país, en 1830, a desamortizar todos los conventos, que pasaron a ser propieda del Estado. Los conventos desamortizados pasarán a ser, en los buenos casos, lo que convenía más al territorio donde se enclavaban: ayuntamientos, escuelas, edificios administrativos museos(1). Las reformas posteriores de los edificios, sin embargo, no fueron hechas con todo el tacto que hubiese hecho falta. Y las reformas de las reformas, años a venir, todavía profundizaron más en esta desidia respecto de una arquitectura que, en gran cantidad de casos, era de una gran calidad. Es el caso del convento de Santo Tirso que aloja actualmente el museo de Siza y Souto. El encargo fue hecho directamente a Siza, que llamó a Souto para que rehabilitase y adecuase el edificio existente. Souto se encuentra con un edificio degradado, con estructuras tapadas y otras reformadas a lo bestia sin acierto ni sensibilidad. Con ventanas tapiadas y vueltas a abrir sin criterio. Con compartimentaciones ajenas al sentir del lugar.

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Convento de Santa Maria do Bouro, convertido por Souto en Posada. En la foto se puede apreciar como la clave del arco falta: se ha quitado, se han volcado las dos mitades y se ha rebajado para meter los conductos del aire acondicionado. El arquitecto se arrepiente de esta agresividad. Foto: Luís Ferreira Alves.

Su intervención ha consistido en retornar el edificio a su estado original. Hacerlo brillar en su estructura primigenia. Retornar los vacíos a su momento inicial, reconstruyendo, cuando hacía falta, los que se habían perdido de modo voluntariamente historicista y arqueológico: con esculturas y materiales originales, con ribetes de piedra vueltos a ejecutar: ir adelante es, en este caso, volver atrás prescindiendo del historial constructivo del edificio, actualmente uno de los rasgos más usados para enfrentarse a una construcción existente, por cierto.

Souto quiere ese edificio digno que había hecho ciudad y había emocionado a quien lo visitase.

Siza, con su cuerpo de nueva planta, entrega este edificio a la realidad contemporánea.

Siza está.

Souto desaparece.

Sólo las vitrinas de dentro del museo indican su presencia(2).

Souto, en el convento de Santo Tirso, decide desautorizarse.

Busco la palabra desautorizar en dos diccionarios: el de la Real Academia de la Lengua Española y el del Institut d’Estudis Catalans.

En la RAE la definición de desautorizar es (sic) Quitar a alguien o algo autoridad, poder, crédito o estimación.

Mucho más interesante es, en este caso, la definició que da el IEC(3), en dos acepciones:
1_ Llevar autoritat (a algú). (Quitar autoridad (a alguien).)
2_ Declarar (algú) sense autoritat, competència, per a fer alguna cosa. (Declarar (algo) sin autoridad, competencia, para hacer alguna cosa.)

La primera acepción del IEC es la interesante en este caso. Eduardo Souto de Moura decide, en el convento de Santo Tirso, postular una arquitectura sin autor. No sin intención, obviamente. No sin personalidad. Su desautorización voluntaria obedece a una reflexión precisa y valiente: la de alguien que piensa que un edificio dado ya sirve para eso que se ha pedido. Arquitectura es, en este caso, aceptar unas condiciones dadas. Es no hacer nada.

… excepto que, en este caso, no había edificio dado. Habá algo que, pareciéndose a, aprovechándose de, degradando el edificio que había sido, ocupaba su lugar. Que se había apropiado de ese espíritu, de esas piedras. Que había alterado su atmósfera.

Souto vuelve atrás. Vuelve atrás activamente, intencionadamente, hasta encontrarse con un estado original, arcádico si se quiere, en que el edificio encaja perfectamente a sus necesidades, o a las necesidades del promotor, una municipalidad en este caso.

Luego diseña unas vitrinas y el trabajo ya está hecho. Bien, obviamente diseña vitrinas y repavimenta, y derriba, y consolida, y reconstruye y valora el espacio interior en su globalidad, hecho que ni tan sólo creo que haya contrastado que fuese así en principio. Uno no es un Pritzer por casualidad. No me interesan, en este caso, la cocina del proyecto, ni su profesionalidad, por mucho que las admire y valore: me interesa la decisión inicial que anima su aparato productivo. Esta decisión inicial consiste en, explícitamente, desautorizarse. Des-autorizarse: sacarse como autor. Souto no hace falta. Hace falta su intelecto. Hace falta su talento. Hace falta su valentía. Pero, en este caso, su expresión personal sobra. Es suficiente su capacidad de decisión.

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Las vitrinas de Souto, único elemento de su intervención con autoría.

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Sección constructiva: remodelar el edificio entero para que parezca que no has hecho nada.

Además, ya está Siza, decía Souto. Y seguía riendo.

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Siza en un edificio existente: Siza ante todo.

Fotos Museo Abade Tirso: João Morgado

(1) Ahora ha alguno que es un hotel o un edificio de viviendas, y la reforma la ha realizado el propio Souto. El hotel (la pousada, como se llama) es uno los proyectos que lo consagraron. Nos llamó mucho la atención que no está nada contento con ella. El arquitecto, relatándonos todas las trampas que había hecho para meter ahí ese equipamiento sin callarse nada, declaró que la intervención era demasiado agresiva, demasiado desnaturalizada respecto de la naturaleza del edificio. De hecho sus ideas sobre la desaparición empiezan con su valiente autocrítica de este proyecto.
(2) Con gran alegría por mi parte, ya que había manifestado públicamente en su día que sólo era capaz de ver a Souto en aquellas vitrinas. Mucho más bonitas cuando te las explica él, por cierto. Ojo también a los detalles de encuentro entre los dos edificios.
(3) Y mira que normalmente suele ser al revés.

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