Genius Loci en la Fundació Miró


Después de una espera tediosa mientras se hace de noche, rodeado de un público poco habitual en un museo, entro en la Fundació Miró y me dan una petaca con unos auriculares que, como todos, acaban fallando por la clavija de conexión, sintonizada con diversos canales de radio por donde van sonando, en bucle, las canciones de la exposición. Poco habitual en un museo.
El motivo: diez canciones, diez lugares asociados. Diez grupos calentándose la cabeza para conseguir plasmar físicamente los ambientes que trabajan con su música. El hilo conductor será la ruedecilla que cambia el canal de la petaca. Clic. Hidrogenesse. Clic. Mürfila. Clic. Mishima. Clic. La idea de reunir tantos grupos diferentes bajo este techo me hará brindar por Martina Millà, la comisaria, tan pronto como llegue a la barra libre final.
La discontinuidad, los cambios de ambiente, los compañeros de viaje extraños que se crean de este modo son el motivo, el nexo de unión.
Reconozco que, a la vista de esa especie de torre del homenaje octogonal que parece guardar ese monasterio (templo? Faro? Reducto?) de la cultura recelé. Las canciones son parte fundamental de nuestro paisaje mental. Sin ellas estaríamos tan muertos como si no comiésemos. Caminaríamos como zombis, trabajaríamos, dormiríamos, cumpliríamos con la sociedad sin pasar de ser unos autómatas sin consciencia y sin vida. El proceso de apropiación de una canción es activo. Más que escuchar, las interpretas. Asimilas sensaciones. Y ésta es la principal dificultad de la exposición. Las canciones son un lugar común, y este carácter de lugar común es lo que se ha querido plasmar. La exposición: cada grupo decidiendo a su modo el qué y el cómo. El donde y el cuando es otro de los hilos conductores.
Todo es diferente. Cada grupo ofrece un punto de vista diverso, cada canción encaja con su espacio físico como si cualquiera de ellos hubiese hecho este ejercicio toda su vida. Igual ha sido así. John Malkovich escribiendo una falsa carta de amor sobre la espalda de una Uma Thurman desnuda, pasada de edad pero da igual (aunque Faizura Balk tuviese más morbo) que luego se vuelve verdadera. Clic. Otra canción que cualquiera de estos grupos podría musicar.
Decidí preguntar a cada participante que conseguí pillar como lo había hecho para convertir un espacio sonoro en otro físico. Éste es el resultado.

Els Amics de les Arts
Visitar una exposición solo el día de su inauguración te deja con una cierta cara de desconcierto. Ésta se visita, en primera instancia, en el tiempo que duran las canciones. Terminé de los primeros, devolví la petaca y opté por sentirme el secundadio de una de esas pelis-con-escena-a-contraluz-retropenumbrada-por-un-paisaje-urbano, quizá la mejor vista de Barcelona que conozco, cada farola, cada ventana una especie de estrella parpadeante por obra y gracia de la contaminación, uno de los mejores filtros de Photoshop que conozco, intoxicándome a base de cervezas, casi solo en el patio exterior de la Fundació. A mi lado, solos también, els Amics de les Arts hacían lo mismo mientras iban charlando con la poca gente que había. Los abordé hablándoles sobre arquitectura, y su entusiasmo es la base de este artículo.
Dani Alegret abrió fuego contrapreguntándome la cuestión que les había planteado: ¿Cómo se relacionan música y arquitectura? Idiota de mí, no supe qué contestarle, limitándome a mirar una de los muros ciegos de hormigón blanco como si allí estuviese la respuesta. Que es obvia: la propia terraza, Barcelona al fondo, el marco del cuadro. Las sensaciones y cómo éstas se materializan y nos sacuden. El ritmo que se crea, el movimiento de la gente, algo que distraiga, algo que falle, un lugar donde sentirse cómodo. Lo mismo que una canción. Perdón por el retraso, Dani. Luego les tocó a ellos.
Empezaron planteándose la instalación preguntándose qué son. La respuesta es curiosa: si no hacen un concierto son un clic. Como la petaca. Play-stop. Estamos-no-estamos. Por tanto, inicialmente no está la creación de un espacio sino su negación. La cosa efímera. Para conseguirlo han tirado, con la ayuda de Eloi Tomàs, de multimedia, en forma de videoproyección sobre las cuatro paredes de una sala. Ahora-estoy-ahora-no-estoy. Clic.

La canción escogida ha sido Ai, Jean Luc, la primera de su disco. Una canción de desamor o de desengaño (el prefijo liga mucho con la intención inicial de negar el espacio) a un ritmo muy acelerado, casi un ska deliberadamente divorciado de una letra que aborda un tema nada obvio de ser musicado así. Con mucho humor nos hacen revivir una situación de lo que podría haber sido y no es, que es, también, un lugar común, que deja a quien lo haya vivido alguna vez despertándose a lastres de la mañana de alguna noche años más tarde con esa cara de idiota que se te queda cuando te preguntas cosas que no puedes contestar de ningún modo.
Para trasladarla al plano visible me hablaron de un mapa. De un mapa cálido contrapuesto a los mapas fríos, impersonales, que usamos para orientarnos donde sea que los necesitamos. Como aquí. Asociaban el mapa a la información, al exceso de información, al estatismo de un papelote impreso que se limita a ser útil, olvidándose de varias características nuevas que tienen que, cuando las recuerdas, van todavía más a favor de su instalación. De entrada los mapas están dejando de ser físicos. Cada vez más los móviles, el GPS, los ipad y todos estos aparatos (en el fondo diversas formas de presentar un ordenador) son los mapas, dinámicos, con diversos filtros para presentar tan sólo la información que interesa, actualizados en este concepto tan extraño que llamamos “tiempo real”. Cada vez más son personales, casi intransferibles, a medida de cada usuario y de nuestras voliciones. Y todos ellos, des de Google Earth a un mapa turístico de esos que reparte el Corte Inglés en cualquier ciudad de buena medida para que encuentres sus tiendas, permiten soñar. Imaginar nuevos mundos, incluso transformar la ciudad. El primer croquis que Gehry dibujó para el Guggenheim de Bilbao se muestra en muchas conferencias y, precisamente, está dibujado sobre un mapa turístico del Corte Inglés: sobre él se enunciaron las ideas que guiaron luego la construcción de todo el edificio. Clic.
Su mapa: tan dinámico como estos, un hermanito, en este caso sin ningún grado de interacción. No quieren que lo personalices: quieren que lo interpretes. No quieren que lo uses, quieren que lo disfrutes. No quieren orientarte, sino confundirte en un juego lúdico que te obliga a revisitarlo mil veces más, a fijarte en los detalles, a entenderlo. Justo como una de sus canciones. Juegan con las distracciones, las provocan y cuando han conseguido que fijes la mirada sobre un punto, en el otro siguen pasando cosas. El mapa sucede sobre cuatro paredes, en forma de O muy abierta o de C con un palito adicional a noventa grados. En el rincón proyectado fuera de la C está el grupo (“los Standstill fueron más consecuentes que nosotros”, me dijeron), proyectados, haciendo como que miran al espectador riéndose un poco de él. Las otras tres alas son dinámicas, y las imágenes se van sucediendo, algunas de ellas de pared en pared (como un tren que todos tienden a seguir con la vista, que aparece por la derecha y marcha por la izquierda mientras en la propia derecha siguen pasando cosas secretas que nadie mira porque están mirando el tránsito de los vagones).
Lo interpretas. No puedes abarcarlo todo a la vez, y has de escoger entre una mirada rápida a ritmo de la canción o si quieres entretenerte y repetir o seguir. Y esta manera de vivirlo se parece a cómo vives un concierto: mucha gente a tu lado que ve lo mismo y lo vive diferente. Siempre. Por si acaso, algunas de las imágenes proyectadas son, precisamente, de conciertos que probablemente más de uno que visite la exposición haya visto en directo.

Dibujos:Roger Haus / Video: Eloi Tomàs

Dibujos:Roger Haus / Video: Eloi Tomàs

Dibujos:Roger Haus / Video: Eloi Tomàs
Illa Carolina
El recinto que aloja su instalación niega el resto de la exposición, subiendo unas paredes muy por encima de la altura de la vista. Justo al final de todo, una isla. Y, haciendo honor al nombre del grupo, tuve la suerte de encontrar a Carolina.
De entrada le pregunté dónde podría comprar sus canciones: el sonido es denso, compacto, fluido, dulce y poderoso a la vez. Evoca muchas cosas, todas simultáneas: rasgos contradictorios que en vez de restar multiplican. Son un grupo atmosférico, sensacional en el sentido literal de la palabra: van directos a la epidermis y te la levantan, poniéndote en muchos momentos la piel de gallina. Aun así no tienen discográfica. Con el argumento inmediato (y cierto) de todos los cafregrupos que sí la tienen me pondría demagogo demasiado rápido. Mejor me callo.
Su instalación es hermana de la de Standstill y la de Manos de Topo en un aspecto muy interesante: los tres grupos han escogido exponer en espacios de paso. O han escogido fabricárselos, vaya. El caso de Illa Carolina es el más radical: los ves marchándote. Su espacio es el último de toda la exposición, una especie de pasillo que gira 90º y te lleva de una de las alas del claustro a la salida donde dejas lapetaca. El grupo lo ha realizado en colaboración con Saeta Arquitectura.
Carolina Badillo definió el espacio como una habitación. Un recinto forrado de madera, cálido, un conglomerado de color oscuro perforado. Lo asocian al trabajo, por eso es basto, poco pulido. Por eso la estructura, de pino, está en el interior. Por eso de ella se pueden colgar objetos, símbolos, temas que tratan en sus canciones, motivos de tal o cual letra. Sensaciones, al final. Todos ellos se realizan en bloques de metacrilato tallado, teñido de un color ocre apagado, casi sucio, mate. A penas contrastan con la madera de atrás, cosa que te obliga a fijarte en ellos y alentece la marcha. Detalles. Como su propia música.
La iluminación es baja, más baja que la vista, y se hace a base de fluorescentes lineales que refuerzan el carácter de lugar de paso del recinto. Velocidad versus los detalles anteriores. Contradicciones que, de nuevo, multiplican más que restan. El resultado final es que el movimiento que realizas dentro del espacio es errático, arriba y abajo, de objeto en objeto, girando sobre ti mismo, mirando a través de los agujeritos de la manera, con las bóvedas de hormigón encima de ti. Saludando a quien encuentras, sin saber dónde mirar mientras la música se te va filtrando al cerebro a través de los auriculares de la petaca, si en ese momento funcionan. A eso se le llama bailar, al final.


el grupo, en concierto en su instalación
The Pinker Tones
Confío no arruinar la reputación de Míster Furia si hablo de él como de un tipo afable, divertido, simpático y muy inquieto. Nuestra presentación mutua consistió en interrogarnos sobre el número de Möritz Epidor que llevábamos en el estómago “sube más rápido, sabes?”. Gané yo. Sin dejar de sonreír en ningún momento, cuando le pregunté sobre el sentido de su instalación empezó a habla de arquitectura. Berlín. La emoción de exponer en un edificio tan parecido formalmente al Bauhaus Archiv, obra maestra de Walter Gropius cuando jugaba a firmar sin su nombre precisamente para que todos supiesen que era él quien proyectaba. Bien, no siempre, estafador espabilado. Ha conseguido quedarse con la autoría del Met-Life Building (antes Pan AM Building, el mismo que parte en dos Park Avenue allí en la Gran Manzana) después que Pietro Belluschi hiciese todo el trabajo, tanto el sucio como el limpio. Pero eso es otra historia. En fin, tenemos a Míster Furia en Berlín, visitando arquitectura, quedándose con los lucernarios del Bauhaus Archiv y relacionándolos con los nuestros. Sintiéndose a gusto con el espacio que le han regalado para exponer. Y vaya si se nota.
La cancio´n que lo origina todo se titula SAMPLÉAME, y es un juego divertido sobre las posibilidades de crear una obra de arte original a partir de fragmentos de otras canciones existentes, ya compuesta y editadas, pasadas por el cedazo de los Pinker Tones, inspirada, divertida, bailable. En fin, que me costó no empezar a botar allí mismo cuando la oí. Pero es que estaba solo y sobrio, todavía. Sobre esta canción, sobre el acto de escucharla, sobre si interpretación y reinterpretación pivota todo el espacio que han creado.
The Pinker Tones van tras els Amics de les Arts. ¿Sabéis esa sala con el suelo deprimido, en forma de C, con una pared que no existe, a la que se accede a través de una rampa y se sale a través de una escalera? Pues allí.
Espacialmente se han cargado la C panelando en rojo subido la pared frontal. Cruzada sobre las tres, aparece la palabra SAMPLÉAME hecha con 366 píxeles, uno por cada día del año y uno de propina, a no ser que lo contasen tras demasiadas cervezas. Cada píxel corresponde a la portada de un disco de vinilo diferente. De los Panchos a Lou Reed. David Bowie pulula por allí alejado de su examante. Queen. Frank Fontaine, Paul Weller, Pet Shop Boys, los Panchos. Algún recopilatorio de grandes éxitos. Un poco de todo, vaya. Y todo bueno. Todo bueno para escuchar. Todo bueno para samplear. ¿Hay diferencia?
Escuchar es interpretar. Y reinterpretar. Las reinterpretaciones, me dijo Míster Furia, tienden a infinito. Dos personas diferentes no pueden apropiarse de lo que la otra está interpretando, las experiencias son diversas, únicas. Por definición. Experiencia es una palabra que nuestro amigo usó literalmente. Por tal de plasmar esta irrepetibilidad de la experiencia, los Pinker Tones se han inventado un monolito (2001 y todo eso) que han plantado en medio de la C, en su centro geométrico (y qué bien que va para controlar el espacio, con esos lucernarios planeando por encima) con unos auriculares dentro, con pistas, con diversos fragmentos para que cada oyente se haga su propia canción. Pistas y pistas y pistas que puedes mezclar a placer teóricamente hasta ese infinito teórico de las interpretaciones. Material en bruto. Posibilidades de mezclas. Eso y un programa de mezclas y cualquiera de nosotros puede hacer la competencia a los Pinker Tones. Más honesto no se puede ser. Míster Fura al ataque, haciendo juegos de manos, explicándote el truco, no despeinándose mientras esa exhibición impúdica refuerza todavía más todo lo que este grupo tiene de bueno: te doy los ingredientes y no me atrapas. Al derecho de copia le queda medio compás, dicen. Al talento, toda una vida.


sampleo de imágenes
Mürfila
Mürfila tiene éxito, un novio modelo armario empotrado que queda muy mono en la cama, un piso guapo de esos que salen en esos libros de arquitectura todo fotos sin planos firmados por algún escritor amigo de un amigo, pasta y David Selvas con camisa abierta como mánager. Ay, perdón, que estoy empezando a caer en la costumbre de mi abuela Quimeta, que pasa de que los actores estén interpretando y siempre los llama por su nombre. Clic. La echan de la discográfica porque la Chari, una choni-cantante residente en Miami, mezcla de Belén Estéban, Aramís Fuster y la Tigresa del Oriente, peinado killo cola de caballo apretada, rubia pote con los pelos pegados al cráneo, vende más que ella. Una mezcla de tecno-reaggetón latino. Luego, lo de siempre: el novio la deja, los fans la abandonan, ha de buscar trabajo en una tienda de discos llamada Fnwgsdac o algo así y todo empieza a salirle mal por un rato… hasta que en su nuevo cuchitril, después de haberse jugado a suertes con su compañera de piso quién saca las jeringuillas del suelo del comedor y quién desincrusta con explosivos la mierda del wc y que le haya tocado esto sengundo, se encuentra con la Cucaracha Andrés, gafapastera con glamour, un guitar-hero macarra que vive en la bañera y que, a parte de ser capaz de sobrevivir a un ataque nuclear, cosa que probablemente ya haya hecho, presenta la caraterística nueva de poder hacer un solo épico sobre su espalda y volverse a levantar. Y es que las cucarachas se espabilan.
Clic. Un día, hace unos añitos, vi un clip de Natalie Imbruglia modelo chica sobre Cadillac de seis metros y trescientos caballos, catorce litros a los 100 km, así bien iluminada mientras cantaba un poco, filmado justo en el camino que tenía que hacer para ir des de mi casa al CAP cuando me encontraba mal, allí en el barrio de Santa Eulàlia. Ese CAO estaba situado, entonces, en una especie de tierra de nadie tan desolada que ni los yonquis iban a pincharse allí, tras una valla de ladrillo blanco sucio de un campo de fútbol de tierra. Cuando llovía, el CAP quedaba situado en una especie de piscina de barro insalubre que ahorró mucha pasta al Servei Català de la Salut cribando muchos enfermos, que llegaban allí a ser curados de un bonito color marrón. A eso ahora se le llama Plaza Europa. Y, para variar, me encuentro las descenturas de Mürfila situadas allí: se escapa de los fans en la Ciutat de la Justícia, está a punto de tirarse del puente de la Plaza Cerdà y su discográfica queda situada en la Torre Copisa de Tusquets (y qué bien que la han filmado, con esa especie de HDR hecho con cámara de cine muy parecido al que hice cuando la fotografié). Eso y mucho más en los tres primeros capítulos (y un viral) de I love U. Visitadla en www.murfila.tv
Cuando entras a la exposición te encuentras la instalación de Mürfila todo recto, aunque se supone que tendrías que girar primero a la derecha para visitar a los Hidrogenesse. El primer día estaban, por allí, la propia Mürfila en vestido azul y la Cucaracha. Más una guitarra enjoyada y un ambiente partido en dos. A la izquierda, el Chari-World sin Chari por eso de que nadie ha conseguido probar todavía la dislocación. A derecha el Mür-world y la Cucaracha y el baño donde vive y la guitarra que toca cuando entra a su banda y una tele de tubo. Por encima, los lucernarios de hormigón blanco de la Fundació planeando sobre los dos mundos. Nunca he tenido claro a cuál de ellos se ajustan mejor, pero sí recuerdo a Sert vestido de torero bajo su móvil de Calder, en su casa de Locust Island, esa de los bancos ibicencos incómodos, supuesta reforma de un pajar que en realidad era una casa de ricos que no estaba dispuesto a admitir que había comprado, en un ambiente que me hizo suponer que, de estar vivo, hubiese podido construir la casa de Chari en Miami. Mientras, Mür sigue cantando.

la Chari en su Chariwolrd y la cucaracha Andrés

….y Sert no desentona. Sí, este tio diseñó la Fundació (gracias a Jordi Badia)
Manos de Topo
Manos de Topo. Un grupo frágil, diferente. Sus canciones son una radiografía descarnada del mundo de la pareja. Entré en contacto con ellos a través del excepcional clip que Kike Maíllo dirigió para su canción Es Feo. En él, Miguel Ángel Blanca canta una historia de desamor en que su parea ha huído con quien sea que la quiere menos, y que, incluso, folla peor. Igual es más egoísta y todo. Pero será que es diferente. Por qué a algunos seres humanos nos pierden las cosas diferentes? Vemos algo desacostumbrado y venga, hasta el fondo, sin importarnos si destrozamos por el camino la vida de quien nos acompaña. Como si dentro de cualquiera de nosotros viviese un Amudsen, un Richard Francis Burton que buscase las Montañas de la Luna dejando atrás estabilidad, experiencia, hipoteca, piso, Thermomix y los DVD de Sex and the City que, por fin, conseguiste que tu pareja quiera ver. O al revés.
Arrinconé a Miguel Ángel contra la pared de las escaleras que suben a la biblioteca, cerradas con una cinta de esas que no dejan pasar, mientras bebía una copa de cava que secundé para celebrar cualquier cosa. Preguntado por el sentido de su instalación me habló, sin dudar, del Túnel del Terror. De un Túnel del Terror de la pareja. Se me ocurre que en las ferias hay dos clases de túneles: los del Amor y los del Terror. Todos sirven para ligar, de modos diferentes. El del amor es más oficialista, y a él se entra con una pareja más o menos consolidada, sea por cinco minutos o por una vida. Al del Terror entras con quien quieras ligarte, con la esperanza que acabe aferrándose a ti por culpa de la bruja y sus escobazos, o de la pena que da el señor ludópata con peluquín que la interpreta. Incluso puedes acabar siendo tú el ligado por pena si te aferras a ella después de olvidar que el señor con peluquín lleva peluquín. Ah, el amor.
La instalación de Manos de Topo es un Túnel del Terror. Un Túnel del Terror que te enseña qué sucede cuando ya has ligado. Objetos cotidianos. Una cama deshecha. Una cocina. Una estantería baja. Una tele con DVD. Estamos en un hogar compartido, un hogar que tendría que ser acogedor, feliz. Está en penumbra, como cualquier Túnel del Terror. Los objetos que nos asustan están inmóviles, muy iluminados. Como piezas de museo. Representan los lugares donde las cosas se empiezan a torcer. La cama y sus silencios. La cocina y sus discusiones. El estar donde siempre se mira un programa que sólo gusta a uno de los dos mientras el otro se aburre y te aburre. Un canto a la tensión, a la rutina que la alimenta. A todas esas sensaciones que tienes cuando quieres que las cosas funcionen y no lo consigues. A la impotencia que eso crea cuando te pones nervioso y discutes y el mismo entusiasmo se vuelve veneno. Jugáis?

Standstill
Se presentan a la exposición con la canción Adelante, Bonaparte (parte1). Da título a un disco triple, el último del grupo hasta ahora, un disco excepcional des de la tipografía de la carátula hasta la última canción. El disco es triple por deseo expreso del grupo, porque la duración de los compactos podría hacerlo doble o, incluso, simple. De ser así no tendría el sentido que tiene partido, tres discos de 25 minutos aproximadamente, tres conceptos con una coherencia estilística total.
Adelante, Bonaparte es el último corte del primer disco. 22 minutos de preparación, de música contenida, ejecutada con virtuosismo, intensa, dulce, que nos va modulando la oreja dilatando los tiempos, tensando y destensando a base de una alfombra sonora que combina samplers con instrumentos acústicos, grabaciones familiares de hace años usadas de base. Melancolía. Una parte del cerebro está permanentemente atenta a los detalles, a las variaciones constantes. Y entonces estalla. La batería multiplica el ritmo por tres, la voz del cantante sube una octava y sonríes con el plan que se inventa para huír adelante. Luego corres a cambiar el CD.
Este tono a la vez frágil, opti e intimista, contrastado, se ha trasladado a la instalación reuniendo todos estos extremos y plasmándolos en un todo coherente, simultáneamente una broma y un manifiesto sobre qué ha de ser, actualmente, un museo: la exposición son ellos mismos. “¿Dónde podríamos estar mejor que aquí para trabajar?”, me decía Enric Montefusco, compositor, vocalista y multiinstrumentista. No sé si llegando primero que los otros, metiéndole más morro o teniendo las ideas más clars, Enric escogió el lugar preciso para exponer. Para exponerse.
Demostrando una percepción espacial digna de un buen arquitecto, me habló de un recinto partido en dos por una pared. Primera sutileza: el recinto, como buena parte de los de la Fundació, no está acotado, y, además, es un lugar de paso permanente, casi un panóptico que conecta la recepción con las instalaciones de los otros grupos. La estructura deja un vano de cristal más o menos limpio, y esto más el lucernario que le plana por encima es la única definición que hay del área. La pared está formada por un zócalo blanco, de algún material ligero, como melanina o un estratificado. Más o menos a partir de metro veinte pasa a ser metacrilato transparente, las dos partes conectadas visualmente sin la más mínima trava. Tan es así que el metacrilato es, de hecho, más transparente que el cristal, cuando es nuevo, con esa propiedad fabulosa que tiene de delar ir la luz que recibe por un lado exactamente por su opuesto. Menos reflejos.
La parte del recinto donde está el grupo es una jaula. Incluso desaparece el antepecho y el metacrilato llega hasta el suelo. La Fundació se transforma en un zoo. Standstill queda en la parte interior, entre la pared y la vidriera, tras suyo el claustro, el olivo, luz agradable para trabajar. Dentro, mesas, instrumentos musicales, ordenadores para mezclar y hacer maquetas. Ellos van haciendo. A un extremo del recinto (y como eso es un zoo), una caja y perforaciones en los metacrilatos. Así les tiras cacahuetes. O les pides cosas. O haces que cuelguen eslóganes. Y allá tú lo que escribes, porque ellos lo cuelgan, como lo demostraba una hoja donde decía “los Mishima son mejores”.
Todos somos un poco voyeurs. O mucho si eres arquitecto. La instalación juega con esto de un modo muy sutil. Allí tienes a los creadores de la música que escuchas, ya lejos de ella, enfrascados en otros proyectos, mientras tú escuchas lo que acaban de proponer. Desfase temporal. Reflexión sobre el espectador y el artista: a un lado, una fábrica. A otro disfrutas (o consumes) sus resultados.


Standstill en su zoo
Mishima
Los miembros del grupo estaban en el patio de la Fundació, bebiendo cerveza mientras charlaban con Jaume Sisa. Si hubiese habido una cámara de fotos por allí me hubiese sentido, por un momento, protagonista del clip Aniversari. Em daba respeto decirles algo, pero, afortunadamente, una dosis de alcohol suficiente me hizo pasar de todo y abordar a David Carabén para que me explicase lo que habían hecho.
La canción que han escogido para representarlos es Quí
n’ha begut (en tindrà set tota la vida), una de las mejores de toda su carrera, aunque las otras estén a su altura. Para hablar de la instalación, David se me puso, casi al instante, a hablar de la canción. Un músico hablando de música: lujo total. Para él, la canción plantea un enigma. Escuchad la letra y lo entenderéis (hay quien las ha traducido al castellano. Se encuentran fácilmente en youtube): es deliberadamente ambigua, muy afectuosa. El cantante parece monologar, reflexionar sobre algo que le ha sucedido y que le ha cambiado la vida. Después pasa a preguntar a alguien querido si le ha paado lo mismo. Si también va a tener sed toda la vida. Alguien que no ha compartido de modo directo lo que le ha sucedido. Quizá la única persona en el mundo que no pueda hacerlo, y tiene la generosidad suficiente para preocuparse que ella lo pueda vivir también. Porque es ella, una mujer. A qué tendemos sino a eso, al menos a los que nos gustan.
La canción se instala en el mundo de las sensaciones puras. La felicidad, la esclavitud, la adicción. Todo lo que nos hace palpitar, acelerar el corazón, lo que nos hace felices hasta perder cualquier sentido de la medida. El placer y el pecado a la vez. Lo que nos recuerda constantemente que somos humanos.
La instalación sigue esta misma pauta. Es, antes que nada, una escenografía, un decorado, el de esa canción y, a al vez, el del lugar que la ha hecho posible. La canción, Mishima y tantos otros momentos de placer, pecado y adicción: el bar Heliogàbal, en Gràcia. Una barra, diversos licores de alta graduación, cervezas, taburetes, la penumbra, la limpieza dudosa. Tras un cristal, una mujer. Bien, un maniquí: todo está representado. Una mujer desnuda. Un coño, alfa y omega, origen seguro y destino si te gusta.
Un bar como paisaje definitivo donde suceden una cantidad importante de las cosas que nos marcan en la vida: allí charlamos, escuchamos música, conocemos, nos ilusionamos, cortamos, nos reconciliamos y vemos algún grupo tocar en directo. Si no faltase el barman, quizá los Standstill saldrían de la jaula.

Gracias als Amics de les Arts, Carolina Badillo, Míster Furia, Miquel Àngel Blanca, Mürfila, Enric Montefusco y David Carabén por sus intervenciones.
Gracias a Magda Anglès, Mercé Sabartés i Martina Millà de la Fundació Miró.

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