“Venimos de lo obsceno y vamos hacia lo macabro”: 10 libros que vale la pena leer.

Bouvard y Pécuchet (Gustave Flaubert. Ed. DeBolsillo)
Es el libro más complejo de Flaubert, y en el que estuvo trabajando más tiempo: en los inicios de su carrera ya hablaba de él, y estuvo escribiéndolo y reescribiéndolo hasta el final de su vida; lo dejó inacabado. Lo que hay: dos oficinistas parisienses se jubilan a los cincuenta años, compran una finca y se dedican a toda una serie de disciplinas que, hasta el momento, les han sido completamente ajenas: de la filosofía a la botánica, arquitectura, interpretación, literatura, religión. Se enamoran y desenamoran. Se pelean y despelean con los vecinos, su vida no deja indiferente a nadie. Tanto su actitud como su obstinación nos hablan de la estupidez humana. Del inconformismo vacío. Del sentido de la vida cuando sientes que no la has vivido.
El libro es una sátira cruel que, más que hacer pensar, va directo al centro de las emociones y nos rebela contra la vacuidad de algunas existencias. El libro es famoso, también, por ser una de las principales influencias de En Busca del Tiempo Perdido, de Proust, y del Ulysses, de Joyce.
Milenio Carvalho (Manuel Vázquez Montalbán, ed. Planeta)
Vázquez Montalbán siempre había querido celebrar los veinticinco años de Pepe Carvalho haciéndole dar la vuelta al mundo. Éste es el libro donde sucede, y, casualmente (o causalmente) el testamento de Pepe Carvalho, un hombre roto después del episodio anterior de la serie, el Hombre de mi Vida. Que Carvalho y su Biscuter den la vuelta al mundo es un gesto estúpido. Tanto que, de hecho, Vázquez Montalbán decidió convertirlos, para la ocasión, en Bouvard y Pécuchet. El gesto es absurdo. La actitud es absurda. Lo que ven es absurdo. Y esta absurdidad es vivida por ellos des del punto de vista de un observador neutro, imparcial, alejado de todo. Su presencia no influye. No cambia. Tampoco aprenderán gran cosa. Mientras tanto, su relación se define, se complejifica, se transforma y hasta se llega, por momentos, a invertir.
Carvalho es, junto con Holmes y Marlowe, mi detective privado favorito. Su serie es la más arriesgada literariamente de todas. Conan Doyle era un escritor de oficio, eficaz, sobrio, con un estilo que rallaba el folletín sin llegar a caer en él. Marlowe es el escritor de la economía: expeditivo, rápido, directo como un puñetazo. En su literatura no sobra nada, y es, precisamente, esta crudeza lo que la transforma en literatura. En alta literatura. Emociona imaginarlo ante la máquina de escribir (leed Houellebecq para saber más de la relación entre la máquina de escribir y la literatura) escribiendo Adiós, Nena, mientras su mujer agonizaba, sublimando su dolor, abstrayéndolo y, de un modo sutilísimo, convirtiendo el libro en un tiernísimo acto de amor hacia ella: sólo hace falta leer el título. Su mejor novela, por cierto. Vázquez Montalbán es otra cosa: escritor excepcionalmente dotado (según Sergi Pàmies, un poeta que, eventualmente, hacía prosa), de un estilo sobrio y económico que desborda un virtuosismo controlado que lo convierte en barroco no tanto por intención como poque, sencillamente, podía. Su saga tiene dos tipos de libros: experimentos literarios (como el primer libro de la serie, Yo Maté a Kennedy, adscrito a lo que él bautizó como “novelas subnormales”) y novelas negras al uso, de calidad extraordinaria, que, además, radiografían la historia local desde la muerte de Franco hasta prácticamente hoy en día. Milenio es un colofón digno, circunstancial (por la muerte repentina del escritor), triste, que deja en suspenso la saga y la emparenta, sólo con este gesto, con el Bouvard y Pécuchet tan querido por el escritor.

Las Benévolass (Jonathan Littell, ed. Farsalia)
Johathan Littell es un escritor joven formado en Nueva York, residente en Barcelona, con el francés como lengua vehicular. Esta es su segunda novela (no he conseguido todavía encontrar la primera: cuando lo haga la devoro). Aviso: este libro es excepcionalmente duro. La trama: la crónica, la historia, de un coronel de las SS refugiado en Francia, donde vive y prospera escondido, con una impunidad total, que jamás se ha arrepentido de lo que haya hecho. No luchó en primera línea: es un burócrata de salón, un gestor que sólo se ha dedicado a una cosa en toda la contienda: el exterminio de personas. Limpiezas étnicas. Asesinato de masas. Todo trabajado y descrito con tranquilidad, con tono de quien habla de su oficio haciendo una cervecita después de salir del trabajo, apoyado tranquilamente en la barra de un bar.
El protagonista sabe que se ha salvado por los pelos. Su sensación es más de prórroga que de alivio, y vive como un parásito el tiempo que el queda. Trabaja. Prospera. Se casa. Tiene hijos. Los educa. Todo le resbala mientras está sumergido en un nihilismo total y absoluto. Sólo reacciona cuando recuerda, con nostalgia, sus días de burócrata asesino de masas. Su vida persona está completamente sumergida en la hipocresía: homosexual en un momento y unas circunstancias en que no podía ser contado, misántropo, egoísta hasta límites desesperados. El libro constituye una reflexión descarnada, difícil, dolorosa, sobre la existencia humana, sobre la realización, sobre el sentido de la vida. Su estilo de escritura es virtuosos, maduro, muy alejado de lo que se esperaría de un segundo libro. Es larguísimo: casi mil páginas de descripciones minuciosas, casi científicas. No tiene suficiente explicando los crímenes: te los hace vivir casi en tiempo real y con cámara subjetiva, y llegas a saber perfectamente qué se siente alguien que acerca una lüger a la nuca de una persona arrodillada en el suelo completamente desarmada y aprieta el gatillo. Estremecedor. Obsceno. Y, simultáneamente, sublime.
Poderes Terrenales (Anthony Burgess, ElAleph Editores)
Quizá la mejor novela de este maestro, conocido sobretodo por una de sus primeras novelas: La Naranja Mecánica, título, por cierto, maltraducido: el original, A Clockwork Orange, es más, bien, Una Naranja de Relojería, llevada al cine en versión censurada por Stanley Kubrick. Burgess: literato central del siglo XX y una de las personas más políglotas de las que se tiene noticia: inglés, francés, alemán, italiano, castellano, ruso, chino, japonés y yo qué sé cuántos idiomas más. Llegó a unventar uno, incluso: el que hablaban los cavernícolas de la versión cinematográfica que Jean-Jaques Annaud filmó de En Busca del Fuego, extraordinaria novela del escritor francés Rosny. Burgess: músico. Pintor. Creador de novelas excepcionales. Todo lo que he leído de él excele. Poderes Terrenales sea, quizá, con permiso deLa Naranja… mi libro favorito de cuantos escribió. Es una novela tardía, de, una vez más, casi mil páginas, escrita sobre 1980. La trama: un escritor semijubilado, homosexual militante, millonario bohemio, que vive exiliado de su Gran Bretaña natal (personaje inspirado, al parecer, en Somerset Vaughan), es rogado para intervenir como testimonio de un milagro en el proceso de beatificación del último Papa, recién muerto. Antes que lo fuese eran amigos. Después se distanciaron. El final, inesperado, da, en tres páginas, la vuelta a las otras novecientas noventa y siete.
Burgess escribe como un virtuoso que no quiere serlo. Exige al lector, se rie de él, le da a vivir viajes iniciáticos que no llevan a ningún lugar, lo estimula, lo tortura, lo mima, juega con él. Burgess. El viejo cabrón travieso. Burgess. El que no quiso el Nobel. Burgess: conocerlo es quererlo. Y crea adicción.
Incierta Gloria (Joan Sales, ed.Planeta, versión castellana de Carles Pujol)
La gran novela catalana sobre la Guerra Civil. Y, obviamente, una de las novelas fundamentales sobre la Guerra Civil en cualquier idioma.Incierta Gloria es la novelización de uno de los textos centrales de Joan Sales, sus Cartes a Màrius Torres (jamás traducidas al castellano). La prosa del libro es bellísima, virtuosa, rica en léxico, ágil, atmosférica. La trama se desarrolla en dos planos temporales diferentes: plena Guerra Civil, en un frente dormido aragonés, y la inmediata postguerra, donde los supervivientes se encuentran y reconocen. Una de las claves del libro es uno de los personajes literarios más potentes que conozco: Soleràs, el mejor amigo del protagonista. Republicano, ateo, dotado de un sentido profundísimo de la moral que refleja un mundo interior muy propio, cambiará de bando cuando está claro quién ganará la guerra sólo para perderla él mismo. Sus reflexiones filosóficas profundas, su existencialismo, su vitalidad desordenada, son el motor del libro, por encima de un rosario de personajes muy potente, bien definido y mejor explicado. Incierta Gloria es, por todo esto, uno de los textos más importantes jamás escritos en catalán.
Joan Sales fue, además, el padre de Pepe, el poeta que hemos conocido antes gracias a las versiones que Albert Pla hizo de sus poemas enCançons d’Amor i Droga. La relación entre los dos no podía ser fácil, pero lo que debía consolar al padre es lo mucho que su hijo tenía de Soleràs.
El Tercer Reich (Roberto Bolaño, ed. Anagrama)
Mi ignorancia de la actualidad, mis pocas ansias de seguir las novedades o de estar al día, me jugaron una mala pasada, que después se convirtió en la sorpresa literaria más grande de mi vida, a la hora de conocer a Roberto Bolaño. Circulaba por casa una copa de sus Detectives Salvajes, publicada, también, por Anagrama, donde, en la contraportada, se leía que ésta era la novela que Borges habría querido escribir. Sí, hombre, y qué más. Un día, con ánimo de destrozar semejante fantasmada, abrí el libro pensando que lo dejaría antes de terminar el primer capítulo. A las cuatro páginas tomé, por fin, aliento. Aparté la vista del libro y pensé “mierda, es verdad”. Efectivamente. Bolaño es uno de los escritores centrales en lengua castellana, a la altura del propio Borges, de Cortázar, de Benet, de Cela y pocos más. Bolaño es, indudablemente, uno de los escritores centrales de la literatura universal del siglo XX. Así de claro
El libro fue escrito en 1989 y publicado póstumamente hacia el Sant Jordi pasado. Discrepo de los que lo alejan de sus obras maestras (2666 para muchos críticos, pero el libro no pasa, para mí, por delante de sus Detectives Salvajes, uno de los dos o tres mejores que he leído en toda mi vida). Lo reseño aquí no tanto por sus valores literarios, consustanciales en un monstruo como Bolaño, como por lo que se cuenta. La trama es hipnótica: una pareja alemana viaja a una localidad de la costa catalana (Malgrat, quizá?) a veranear, a finales de agosto. Ella quiere tostarse al sol. Él quiere, además, una cierta tranquilidad para preparar un artículo sobre su máximo hobby: un juego de guerra llamado El Tercer Reich, que recrea la segunda guerra mundial con una precisión y unos detalles minuciosos, de cirujano. El juego se ocupa exclusivamente de temas militares, y obvia completamente todo el ideario nazi y los hechos paralelos al propio desarrollo de la guerra, que es lo que más la caracterizó, y lo que marcó el cambio definitivo de paradigma. El temple del protagonista ocupándose de él es total, y su consciencia está muy limpia respecto los dilemas éticos que puedan acompañar una partida en que tomas el mando de los ejércitos de Hitler para hacerles conquistar el mundo. Fuera de la habitación aparecen una serie de personajes (la dueña del hotel, personal del mismo, los amigos alemanes y españoles que van haciendo) que, lentamente, acabarán confundiendo el juego con lo que sucede fuera. Pasan hechos más o menos dramáticos. Las relaciones y las personalidades de los protagonistas cambian, hasta llegar a un desenlace completamente inesperado con unas repercusiones éticas brutales. El narrador es el protagonista, que va escribiendo, al final de cada día, con mucha disciplina, un diario. Pero no es un narrador omnisciente. El presento contínuo es el tiempo de la narración, y apenas le da tiempo para reflexionar sobre las cosas que van sucendiendo. Ni para pensar en las que podrán pasar en un futuro inmediato o a medio plazo.
Noches de cocaína (J.G. Ballard, ed, Minotauro)
El libro es, quizá, el mejor de la etapa final de este escritor fascinante y, todavía, poco conocido.
Ballard es un ciudadano británico nacido en Shangai, donde vivió hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue separado de sus padres y encerrado por los japoneses en un campo de concentración durante todo el conflicto. Sus experiencias allí son bien conocidas gracias a su único libro verdaderamente famoso: El Imperio del Sol, llevado al cine de un modo brillante por un Spielberg que consiguió uno de sus mejores títulos, a parte de descubrir a este monstruo llamado Christian Bale. Después ejerció diversos oficios hasta contactar tardíamente con la literatura. Su primer libro, The Drowned World (el Mundo Sumergido) fue publicado pasados sus 40 años. The Drowned Word define lo que ha sido toda su carrera: la trama nos presenta a un médico solitario que vaga por un mundo que ha vuelto al triásico en veinte años, buscando su inconsciente biológico. Su grado de introversión es tan bestia que ya no tiene suficiente con indagar y llegar al fondo de su cerebro: necesita hacerlo al fondo de su ADN. Necesita sentirse dinosaurio. Ameba. Su prosa es económica y, simultáneamente, fascinante, hipnótica. Es un escritor diferente
Noches de cocaína es una obra mucho más madura, menos radical. El escritor no necesita recorrer a la ciencia-ficción para crear mundos asfixiantes, cerrados, opresores: le basta con desplazarse a Marbella. La trama trascurre en una de esas urbanizaciones que han crecido en la periferia de la ciudad, exclusivas para británicos, donde la excepción es encontrar a alguien que hable castellano, un mundo trasplantado, ni de aquí ni de allí. Un mundo sórdido, cerrado. Un mundo de jubilados que han colgado el cartel de happily ever after en sus hogares y en su vida. Un mundo de aburrimiento existencial. El protagonista se da cuenta que este aburrimiento, esta abulia, este tedio, pueden hacer fallar todo el negocio. Y, por tanto, hay toda una serie de individuos que luchan contra esto. El libro, escrito en el estilo alucinado caracerístico de Ballard, que funciona haciéndonos bajar al corazón de la trama en espiral, constituye una de las reflexiones más lúcidas que conozco sobre el momento y la manera de vivir pre-crisis.
La inspiración y el estilo (Juan Benet, ed. Alfaguara)
La Biblia, textualmente. Juan Benet, escritor, como mínimo, a la altura de un Cela, ingeniero de puentes y caminos de profesión, con estudio abierto que mantuvo toda su vida, lector voraz, amante de la literatura. Juan Benet, con la distancia suficiente hacia su pasión como para, aun estar plenamente sumergido en ella, ser capaz de mirarla en perspectiva. Juan Benet, dotado de un temperamento analítico que le hacía saber exactamente el por qué y el cómo escribía. Y ser capaz de explicarlo. De explicárselo, primeramente. Y de hacerlo comprensible a los demás.
El libro, un ensayo, recorre sus pasiones literarias (Poe, Conrad, Faulkner, Shakespeare, Cervantes) y explica por qué escribían como escribían. Antes que nada es un elogio del oficio y, a través de él, del estilo, los dos puntales que forman la estructura que soporta una obra inspirada. Benet aprovechará, también, par rebatir con ternura el texto que Poe escribió sobre la composición de su bellísimo The Raven, su poema más conocido, y ofrecer una explicación alternativa sobre por qué es mucho más convincente que la del propio Poe.
Adicionalmente: leed el libro y disfrutadlo. Cuando o hayáis terinado, si sois arquitectos, substituid la palabra “literatura” por “arquitectura” allá donde la encontréis, pensar en obras que os gusten de alguno de vuestros maestros y tendréis uno de los mejores libros de arquitectura jamás escritos.
Lo que hemos comido (Josep Pla, ed. Destino, col. Áncora y Delfín)
Pla será siempre uno de mis escritores favoritos, sobretodo por su alma de hooligan escondida tras la fachada de escritor novecentista máximamente juicioso. Es, quizá, el escritor central de los últimos setenta u ochenta años en lengua catalana: su léxico, su facilidad de escritura, su volumen increíble de obra, el no saber distinguir entre géneros (tan literatura es un artículo aparecido en un periódico como, pongamos por caso, sus Crónicas Parlamentarias, que se encuentran en castellano bajo el título La Segunda República Española, publicadas por Imago Mundo, pagadas por Cambó para socavar la República, como sus novelas o sus libros de viajes o cualquier cosa que no sean sus poemas, que son espantosos y, afortunadamente, no tiene traducción al castellano), la depuración extrema de su prosa lo hacen un escritor diferente. Único.
Su alfa y su omega son dos libros hermanos: El Cuaderno Gris y Lo que Hemos Comido. El Cuaderno Gris tiene esa cosa fabulosa de ser un libro tramposo que tanto me gusta. Teóricamente son sus diarios de cuando tenía poco más de veinte años contando su bajada a Barcelona desde su Palafrugell nata, y terminando con la contratación por un diario (no estoy seguro de si era La Publicitat) que lo envió de corresponsal a Rusia (experiencia recogida, obviamente, en su Viaje a Rusia). En la práctica, el libro fue reescrito íntegramente a sus setenta años, así que no hace falta frustrarse si habéis pasado esta edad y no sois capaces de escribir a un nivel que deja pequeño el que tienen muchos premios Nobel.
Respecto a Lo que Hemos Comido: poco más a comentar que su título. Es, precisamente esto: un elogio de los ingredientes, de las maneras de hacer, de la cocina de su niñez (mucha de la cual se mantenía en su madurez, recuperada hoy en día por los restaurantes de nivel tanto de la zona como del resto de Cataluña). Opiniones singulares, entendidas, divertidas: se queja del marisco. Dice que su única virtud es que es fácil de pelar. Prefiere la corvina, según él, el mejor pescado del Mediterráneo. Ya somos dos a creerlo (para mas detalles, restaurante L’Empordà en Figueres o l’Arcada en Palamós, por poner unos buenos ejemplos). Habla de los estofados. Habla del Niu (Nido) (para quien no sea empurdanés: el niu es un guisado de tripa de bacalao, tordo, peixopalo (bacalao seco) y no sé qué más sobre un sofrito de cebolla confitada que tiene una elaboración de más de doce horas). Habla de las anchoas confitadas. De los rustidos. Del vino. Del café (y del café descafeinado). No es un recetario. No es un costumario. No es un libro exactamente nostálgico (sobretodo teniendo, hoy en día, Hispanias, Bullis (aunque lo amplíe Ruiz-Geli), Racons de Can Faves, Lluçanesos, Arcades y tantos otros que lo hacen bien y no son tan conocidos). Es un recordatorio de un modo de vivir. Una reivindicación de nuestra tierra, de unos ingredientes, de un modo de vivir el paso del tiempo, de relacionrse con un prójimo a través de la comida, de las sobremesas, de las conversaciones. En fin, uno de los libros más bellos de Pla.
Proyecto Nocilla (Agustín Fernández Mallo)
Esta reseña corresponde a una trilogía formada por tres libros:
Nocilla Dream (Candaya)
Nocilla Experience
Nocilla Lab (tots dos d’Alfaguara)
Fernández Mallo tiene una cosa en común con Benet: no es un literato a tiempo completo. Físico de formación, trabaja en un hospital de Mallorca y, en sus ratos libres, escribe. Está sucediendo ahora mismo: es tan así que Fernández Mallo tiene un blog muy recomendable, el Hombre que salió de la Tarta.
El Proyecto Nocilla: toma la afirmación de Borges que decía que un libro debía de tener un ochenta por ciento de cosas usadas y un veinte por ciento de novedad de modo literal y tendrás la trilogía. Está escrito como un collage literario. Referencias al cine, a los blogs, a otros libros, a manuales de instrucciones, a letras de canciones. El tema de la trilogía es el desierto. La soledad. Las experiencias humanas. Genéricamente tampoco sabría definir demasiado bien qué es. Teóricamente una nivela. Con toda seguridad, un collage. Y, para mí, poesía. Un poema en tres tomos, largo, denso, diferente. Fernández Mallo es un escritor que controla, sobretodo, el ritmo narrativo y hace con él lo que quiere. Frasea bien, sí. Tiene léxico, sí. Tiene cultura, sí. Pero sobretodo tiene ritmo. Toma el lector y lo sumerge, des del primer instante, como sucede cuando empiezas a escuchar un buen disco de ese con arranques memorables. Después te abandonas y, simplemente, disfrutas. Por su edad (tiene menos de cuarenta y cinco años) y lo que ha hecho hasta ahora, Fernández Mallo es uno de los escritores que más ilusión me hacen de todos los que conozco. Es un regalo.

(feliz navidad)

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