Paris, Texas: Memoria


El mismo hombre de espaldas enfrentado a un paisaje. Conduce un coche viejo, de lo que se deduce fácilmente que vuelve a tener memoria. Todo lo que lo envuelve es artificial y forma un conjunto de objetos desorganizado, caótico. Se está haciendo de noche. La luz que ilumina la escena, la que manifiesta el telón de fondo, la que indica que el coche no funciona, es también artificial. El espacio donde se desarrolla la acción no es arquitectura. No tiene fuerza ni voluntad para configurar un espacio urbano. Ni tan sólo para configurar espacio, aquí reconstruido por la cámara alucinada de Robby Müller, una pura composición pictórica que, desplazando el punto de vista unos metros en cualquiera dirección, se perderá irremisiblemente.
Entre las dos escenas reseñadas ha sucedido toda una historia. El hombre ha recuperado la memoria, un hijo, su mujer. Se ha vuelto a relacionar con su hermano. El entorno, a medida que ha ido reencontrando todo esto, se ha ido urbanizando progresivamente. Primero, urbanismo de caminos. Puntos de encuentro estrictamente funcionales: lugares donde comer, gasolineras. Carreteras discurriendo por paisajes como los del principio, recalificándolos, manifestando que es posible la actividad humana. Luego, agrupaciones de casas autistas, sin un urbanismo coherente ni estructurado: una urbanización suburbana como protociudad cuando apenas hay civilidad por encima de la escala familiar. Finalmente, la propia ciudad: un punto de encuentro, de actividad, de intercambio a una escala tan basta que cualquier interacción se vuelve terriblemente compleja, asociada a una reflexión paralela sobre los diversos tipos de compañía y soledad que posibilitan este tipo de espacios. Finalmente, una promesa de retorno, de agrupación. Subir al coche y marcharse.
La película se cierra como si fuese un ciclo: día-noche. Amnesia-memoria. Contacto con el suelo, contacto con el cielo: el parking es la cubierta de un edificio previsiblemente de parking, una cubierta en dos tiempos: una losa resistente, plana, sin apenas límites acotados, un cielo raso superior de farolas…
Entorno natural, salvaje, intocado-entorno artificial… tan salvaje y desestructurado como el entorno natural. La película se cierra manifestando que una ciudad construida edificio a edificio, sin más ley de agrupación que el precio del suelo, que las voluntades conjuntas de un grupo de promotores, que los movimientos del automóvil, puede asimilarse a un entorno natural hostil, donde el ser humano es incapaz de hacer otra cosa que no sea colonizar sin habitar. Y este es el principal subtexto de la película: tras esta reflexión arquitectónica perfectamente circular encontramos una voluntad, la voluntad del hombre de habitar por encima de la colonización precaria, inconsciente, acrítica de un territorio cuando todavía no sabemos muy bien qué hacer con nuestra vida. Un viaje personal e individual, único para cualquiera de nosotros (incluso al margen de los compañeros de viaje que hayamos hecho, o producido, por el camino) que, cuando no se hace, empobrece nuestra vida y contamina la de los otros vía el empobrecimiento del espacio que causará su uso inconsciente, producto de vivir por inercia una educación no cuestionada.

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