Mortadelo y Filemón, premios a mogollón

Francisco Ibáñez, el dibujante, tiene que ganar el Premio Princesa de Asturias. Esta petición ha sido apoyada desde hace unos años por políticos, artistas, periodistas y fans tanto del autor como de su creación más popular, Mortadelo y Filemón. Me gustaría reflexionar sobre por qué esta petición no sólo tiene base, sino que sería muy importante para el mundo de la cultura. Sí: también para el de la arquitectura.

     Ibáñez crea Mortadelo y Filemón en 1957 para la editorial Bruguera. El año siguiente el dúo empieza sus aventuras en las páginas de Pulgarcito. Estas historietas nacieron sin ningún tipo de pretensión. Los protagonistas son poco más que un arquetipo presente a lo largo de la historia: un dúo de un listo y un tonto donde el listo no es tan listo ni el tonto tan tonto. Mortadelo y Filemón son el típico dúo de clowns, el Augusto y el Blanco. Son Quijote y Sancho. Son Holmes y Watson. Son Oliver y Hardy, todos ellos literalmente. Su aspecto tampoco tiene nada de original: Mortadelo tiene sus orígenes en Fulmine, el gafe creado por el dibujante argentino Guillermo Divito para su prevista Rico Tipo a mediados de los cuarenta. Muchas viñetas y no pocas páginas están fusiladas literalmente de Spirou. Pasarán los años. Las historietas se sucederán a un ritmo frenético: páginas y páginas en sus versiones de cuatro, seis, doce y cuarenta y cuatro páginas. Es por eso que Ibáñez necesita todas estas referencias. Es por esto que necesita copiar. Plagiar, si se quiere. No puede haber vacíos creativos. No puede existir más inspiración que la que provenga de la más pura y alimenticia inmediatez: otros tebeos, la actualidad, la Enciclopedia Espasa. Las revistas del corazón. La calle. No se puede parar de dibujar. Jamás. Por acumulación, Ibáñez creará todo un mundo: un mundo de gags recurrentes, personajes extraídos de la actualidad y de la historia sin demasiada reflexión. Se creará una fórmula, que a mediados de los años ochenta será adaptada y repetida por toda una colección de negros literarios después de la caída en desgraciad e Ibáñez en Bruguera. Cuando se resuelva sus personajes vivirán una segunda juventud: dibujos apresurados, detallados, virtuosos. Los chistes seguirán siendo los mismos. La estructura de las historietas no variará. Las ambientaciones serán siempre iguales. Un piso de esos de protección oficial con espacios apretados, pasillos estrechos, rincones no demasiado limpios, ventanas cuadradas, un piso que puede simbolizar desde un palacio real a un edificio de oficinas moderno, desde cualquier tipo de vivienda a una agencia de información, un polideportivo, un aeropuerto o una tienda. El espacio urbano será siempre el mismo. Siempre. Una calle, una calle cualquiera, una calle del Carmelo o de Carabanchel o de la periferia de Ciudad Real o de Vic o de Portugalete. ¿Qué tienen, pues, los Mortadelos? ¿Qué tiene, pues, este dibujante, que merezca ganar el Princesa de Asturias?

Ibáñez tiene duende. Ibáñez nos hace reír. Y, cuando no, nos hace sonreír. Ibáñez siempre hace ilusión. Ibáñez es divertido. Ibáñez tiene ritmo, un talento natural para el gag, para la tensión narrativa, una combinación de recursos que hacen que vuelvas a reírte cada vez que te cuenta el mismo chiste de hace cincuenta años. Abrir uno de sus enésimos álbumes de cuarenta y cuatro páginas (tiene más de doscientos) es encontrarse con la misma aventura de siempre dibujada como siempre con el mínimo de novedad imprescindible para producir la ilusión de novedad. Ya está. Ibáñez es nuestro paisaje. Es algo recurrente a lo que volver.

     Y con esto es suficiente para ganar un Princesa de Asturias. De sobra.

Puedo resumir con una frase todo aquello que suele valorarse de nuestra cultura y, por extensión, en cualquier premio reconocido, desde los literarios a los de arquitectura: Aquello que representa la innovación.

     Sería interesante que un historiador escribiese sobre la relación de la innovación con los períodos de la historia donde se valora. Las vanguardias son hijas de la Primera Guerra Mundial, de un crash económico de proporciones planetarias, de la sordidez y del hambre. Las vanguardias, todas ellas innovativas, todas ellas conviviendo con ambientes muy conservadores, son hijas de la crisis. Actualmente estamos inmersos en un período de crisis muy diverso, sin embargo, del que acabo de describir: estamos en crisis pero seguimos viviendo bien, aunque este vivir bien va claramente a la baja. Vivimos peor que nuestros padres, que vivieron mejor que nuestros abuelos. La crisis del acceso a la vivienda y del acceso a los recursos energéticos necesarios para mantenerla nos amenaza seriamente no sólo como individuos, sino como civilización. Como sistema. Añoramos. Queremos cambios.

     A esto se le suma un marco cultural que está empezando a asimilar, digerir y valorar las vanguardias de la crisis de hace un siglo, y que lo está haciendo, hijos como somos de nuestro tiempo, en términos innovativos. Todo el arte publicado y la amplísima mayoría del arte estudiado durante el último siglo lo ha sido en términos de innovación.

     El arte y la cultura no innovadores, el que se inscribe y propone a través de una corriente, de un estilo, que viene a ser el 99% del que se practica en el mundo, sencillamente no existe en términos culturales. Y no sólo eso: es muy difícil de juzgar. El Impresionismo se formó hacia 1860. Siendo hijo de su época, ciento sesenta años más tarde sigue plenamente vigente. Por belleza, por armonía, por capacidad de integrar lo que se dice tal y como se dice. El Impresionismo puede ser fácilmente el estilo de pintura más popular del mundo. Me pregunto si tenemos armas, como sociedad, para valorar un cuadro impresionista pintado en 2021. Ni tan sólo tenemos claro por dónde empezar. ¿Por una impresión general, nunca mejor dicho? ¿Por el tratamiento de la luz? ¿Por su grado de virtuosismo técnico? ¿Por la cantidad de horas empleadas? ¿Por su precio? Valorar un cuadro impresionista pintado hoy en día requiere de un ojo experto, de conocimientos técnicos, sentido de la narración, del tiempo. De juicio crítico. Es más fácil rechazarlo de plano y hablar de temas más estudiados. Es más fácil girar la cabeza a la enorme popularidad de este estilo. Es más fácil denostarlo. Es más fácil huir hacia delante y seguir insistiendo en la innovación.

     Ibáñez está fuera de todos los corrientes de innovación. Jamás lo ha sido. Ni tan sólo en 1957. Premiar a Ibáñez es premiar la regularidad. El trabajo bien hecho. Y, dentro de él, los altibajos más o menos evidentes. Es premiar la inspiración cuando se da y la capacidad de aguantar mecha cuando no. Es premiar una autoría difusa. Es premiar una tarea que no busca reconocimiento ni fastos. Una tarea destinada, sencillamente, a hacernos sonreír en un marco en que el arte es la expresión innovativa de la denuncia y el dolor y el sufrimiento.

La expresión de la cultura busca el elitismo. La distinción. La exclusividad. La cultura es, actualmente, la expresión de la división de clases. La alta cultura, ahora, no se presenta. Se representa. No se vive. Se ostenta. No se ejerce. Se usa. Si compositores como J.S. Bach, Haydn, Vivaldi, Mozart o tantos otros viesen cómo se interpretan sus obras no entenderían nada. Y probablemente lo rechazarían. Sus obras no fueron creadas con ninguna voluntad de trascendencia, sino como un objeto de consumo. Son más Mortadelo que Joyce, Bernhard, Musil o Faulkner, con permiso de maese J.L. Cuerda. Sólo tenemos que fijarnos en la arquitectura de los actuales templos de la cultura: un espacio de representación quasireligioso rodeado de salas de pasos perdidos, de espacios de relación que se miran a sí mismos, espacios de relación que son los que verdaderamente cuentan. Espacios que han sacralizado esta cultura, la han envarado, ritualizado y esclerotizado hasta hacerle perder la misma chispa que la originó. Y esta es la gran paradoja: en los espacios donde se valora esta cultura basada en la innovación no se valora la innovación. Como ya he dicho, se representa. Y, representándola, se la mata.

Sala de los pasos perdidos de la Filarmónica de Berlín. Hans Scharoun, arquitecto: un espacio que se mira a sí mismo donde el público pueda reconocerse.

     La cultura popular, en cambio, es una cultura viva. Confortable. De andar por casa. Divertida. Su rito asegura, precisamente, esta diversión. Es aquello que la torna previsible y, por tanto, disfrutable. Es una cultura que tiene la capacidad, la gracia, de los múltiples registros de lectura. Es una cultura que funciona por capas: puede ser trascendente. Puede ser ligera. Puede admitir lecturas profundas. Nos la podemos poner de fondo. Podemos ejercerla cansados. Crea comunión. Nos tensa. Nos alivia. Nos reúne. Crea yos colectivos. La arquitectura de los centros populares no discrimina entre espacios de paso y espacios de representación. Los mezcla. Los confunde. Cuando el público de una representación popular está motivado es allí donde se produce el espectáculo. La arquitectura de la alta cultura es un monumento a la jerarquía y a las clases. Es anisótropa. Focalizada. La arquitectura de los centros populares es un monumento a la horizontalidad. Es la arquitectura del rondo. Es anisótropa. Es difusa, multifocal, desordenada. Es la arquitectura de la celebración.

Auditorio Alfredo Kraus. Òscar Tusquets, arquitecto: espacio jerarquizado y focalizado. Foto: Rafael Vargas.
The Globe, el corral (reconstruido) donde William Shakespeare representaba sus obras, en aquel momento populares. La anisotropía, el espacio multifocal. La fiesta.

Francisco Ibáñez es un representante de esta cultura. Premiarlo supondría un acto de generosidad, un reconocimiento a todo aquello positivo, popular, divertido. Reconocerlo nos haría mejores como sociedad. Por no hablar de lo que ampliaría el marco de atención cultural. Supondría un acto de generosidad que (me temo) los garantes de la cultura no tendrán jamás por lo que significaría para ellos. No deberíamos dejárnoslo perder, pero eso es exactamente lo que va a pasar. Y, en un futuro próximo, lo vamos a lamentar.

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Acrónimos

Fotos que acompañan al artículo de Diario 16 sobre las bodegas Clos Pachem de Harquitectes en Gratallops, Priorat. Todas las fotos: Jaume Prat.

La parcela de la bodega antes de su construcción. Foto: Google Street View.
El acceso.
La nave de la bodega adyacente a la calle.
La secuencia del pasaje.
Imágenes del primer nivel.
La cubierta.
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