Los reyes son los padres

La arquitectura bioclimática es una tontería. Tan tonta como poner los aires acondicionados a toda mecha en el mes de agosto pretendiendo imponer las mismas leyes de etiqueta que en diciembre. Las maneras de vivir que los humanos conocemos tienen un componente de irracionalidad tan alto que dejan el surrealismo convertido en una manifestación artística banal por su simplismo absurdo.
Lo que nombramos como medio natural se ha convertido en una quimera hace tiempo. Milenios, quizá. Evocamos un pasado edénico en que los hombres éramos buenos y vivíamos en comunión con esta entelequia vaga que llamamos naturaleza, formada demasiadas veces tan sólo por virtudes morales asociadas a animales, vegetales y otras cosas como minerales o compestos químicos varios. Este pasado dejó de existir incluso antes de separarnos en dos especies hermanas, los Neanderthales y nosotros, y de comernos a los primeros en un “ellos o nosotros” que a pasado a ser uno de nuestros mitos fundacionales.
Vivimos los parámetros de confort como un hecho irrenunciable, y la única cosa que puedo percibir tras as inquietudes actuales por el medio ambiente es una preocupación por la factura. Hemos tomado (más exacto sería decir que hemos vuelto a tomar) consciencia sobre nuestra capacidad de alterar el medio ambiente, y de poder (o de no poder evitar) modificarlo hacia una dirección que altere nuestro equilibrio homeostático. A esto, pretenciosamente, lo llamamos “dañar” a la naturaleza. Pero todo es una gran mentira. Hipótesis desfavorable: Obama y Puttin aprietan, de una vez, el botón. Unos cuantos miles de bombas nucleares explotan en las capas bajas de nuestra atmósfera. Ciudades arrasadas, casi todos muertos. Un cristo, vaya. Pero, de hecho, a la Tierra no le pasaría nada. Cuatro terremotos. Unos grados de calor más o menos. Radiación. Hasta, según algunos físicos, una ligera modificación de la órbita terrestre. Y qué? Los escarabajos resistirían. Siempre resisten. Hay bacterias que desarrollan anticongelante. Hay formas de vida anaeróbicas, con base amoníaco o azufre. Etcétera.
En perspectiva: las preocupaciones que tenemos por la naturaleza son, simplemente, preocupaciones egoístas hacia nosotros mismos. Que,obviamente, comparto. Soy egoísta como el primero, y no dejaré el mundo a las luciérnagas sin resistir.
En la Tierra hay, actualmente, unos siete mil millones de personas. Nosotros (cualquiera que tenga la paciencia de leer estas líneas queda incluído en este nosotros) formamos la cúspide de la pirámide social mundial. Comemos suficiente como para tener que vigilar si padecemos sobrepeso, y bueno, y variado. No tenemos frío en invierno, ni calor en verano. A veces pasamos calor en invierno y frío en verano. Podemos aburrirnos. Podemos descansar. Cultivarnos. Escoger en qué empleamos nuestro tiempo, y llegar a cobrar mucho dinero por hacerlo.
A una minoría esto le va bien: piensan, desarrollan nuevas ideas. Crean. Gracias a esto tenemos arte. Filosofía. Ciencia. Esto legitima el sistema y permite que podamos llamarnos seres humanos. Otros hacen cojín, y un determinado porcentaje pierde el tiempo improductivamente, porque el ser humano como animal social funciona como un enjambre autoorganizado dejando de un 20 a un 40% de indivíduos bajo un lumpen improductivo que permite que los otros trabajen. Si nos los cepillamos en virtud de algún milagro, el resto vuelve a organizarse según estos parámetros. Para más explicaciones, leed “Josefina la Cantora o el Pueblo de los Ratones”, de Franz Kafka.
Vivimos muy bien. Mi padre, de joven, bebía vino. Ahora yo puedo escoger entre centenares de variedades de vino, des de un Syrah del Ticino a un Pinot Noir californiano pasando por un monovarietal del Pla del Bages elaborado con alguna variedad autóctona pre-filoxera recientemente recuperada. Todas las variedades de la uva provienen, por ingeniería genética desarrollada cruzando vides y vides en un enorme trabajo milenario, de una variedad primigenia de moscacel. Las naranjas son originariamente de la China. Ya lo dice el refrá, y aseguro que no es broma. Las higueras son autóctonas de la Capadocia. Uno de los desastres ecológicos más grandes que ha vivido jamás la península ibérica fue la introducción, allá por el siglo X, por parte de los árabes venidos del sur, de la caña de río, que desplazó violentamente gran parte de la vegetación de rivera, ya no del todo autóctona por esas fechas. Actualmente está tan incorporada a la cultura popular que ya no podemos concebir un río español sin ella.
Hablamos de agricultura ecológica, pero ésta vienen de la legitimación secular de la ingenería genética. Hace poco me llamó la atención la introducción en nuestras tiendas del pan de espelta, más sano, más nutritivo, mucho más caro. Luego llegó el de kamut. Con la espelta y el kamut europa habría muerto de hambre. El trigo que tenemos actualmente es una evolución de estas variedades, más rústicas, hipoalergénicas, pero con un rendimiento hectárea muy pobre. No podemos alimentarnos sin los transgénicos. Capricho pijo: la cerveza de espelta es de una calidad excepcional.
No hay marcha atrás: el estado actual de las cosas es el que es. Este estado actual se crea y se transforma continuamente, día a día, acto a acto, edificio a edificio, industria a industria. Procuremos, sencillamente, trabajar con honradez, sin ingenuidades, aceptando quién somos y cómo hemos llegado donde estamos. Aunque, quizá, no nos gusten nuestros padres, la consciencia de nuestros orígenes es la única manera coherente de no caer en una segunda inquisición laica o perteneciente a alguna religión con un dios todavía por inventar.

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