Ellos nunca lo harían

A sus 40 años, Le Corbusier construye en la Weiβenhoffsiedlung de Stuttgart dos (tres, en realidad) viviendas para una exposición de vivienda dirigida por Mies van der Rohe. A parte del mismo Mies, construirán también en ella Lurçat, Behrens, Scharoun y algunos otros arquitectos de Movimiento Moderno pre-International Slyle.
Durante el mismo 1927 (el año de la exposición), la marca de automóviles Mercedes edita en prensa un anuncio consistente en retratar un automóvil suyo delante de una de las viviendas (que en realidad son dos) de le Corbusier: modernidad con modernidad. Clase con clase. Espíritu del tiempo, sin más.

Hacia el año 2000, la Mercedes repite anuncio: un Mercedes último modelo ante la misma vivienda (que en realidad son dos) de Le Corbusier: modernidad con modernidad. Clase con clase. ¿Espíritu del tiempo?
Un día de este verano tomé una foto de este Mercedes, aparcado en una calle cualquiera de una urbanización cualquiera a cinco minutos de la playa. Las prestaciones de este vehículo no tienen nada que ver con las del Mercedes del año 2000. Ya no digamos con el del 27. El coche es cómodo, gasta poco. Sus líneas siguen siendo elegantes. Si diseño ya no está condicionado por el cociente aerodinámico: hace años que quedó fijado por la inutilidad que suponía seguir investigando un tema optimizado.

Dentro no tienes frío en invierno, ni calor en verano. En pocos minutos queda climatizado. La construcción de su chasis es una maravilla: anillos rígidos de acero o fibra de carbono, relativamente indeformables, paralelos al sentido de la marcha, que, en caso de impacto, absorben cantidades de movimiento astronómicas, plegándose los unos sobre los otros mientras dejan el habitáculo relativamente indemne y seguro. Lateralmente, la fuerza del impacto queda distribuida por la estructura como una caja de Faraday contra choques. Capas y capas de airbags. Cristales securizados. Ordenadores. Equipos de música. GPS.
La casa tras el Mercedes tiene algo menos de cuarenta años. Se restauró recientemente, y constituye un caso típico de diseño incremental: sobre su cubierta plana inicial se dispuso una a cuatro aguas. Su revocado inicial a base de cantos rodados y mortero de cal, todo pintado de blanco, ha sido arrancado y substituido por un monocapa color crema. Se han instalado rejas ante las ventanas, y la valla se ha recrecido con paneles de aluminio.
No se han aislado las paredes térmicamente. El algarrobo que había plantado delante, más que centenario, fue arrancado. Las reformas se hicieron en dos o tres paquetes sucesivos, sin ningún proyecto unitario.
Sus propietarios no han comparado jamás la casa y el vehículo. No han evaluado el proyecto, ni pensado en las potencialidades del edificio antes de ser reformado. Cada decisión tomada se ha evaluado independientemente de la anterior, y sin tener en cuenta las que vendrán más tarde. Intentad, por un momento, imaginar un Mercedes diseñado así.
Son obvias las diferencias de duración entre una casa y un coche. Las de mantenimiento. Las de uso, tanto por duración como por intensidad. Pero también es evidente que un vehículo se ha diseñado una sola vez, y se ha ejecutado siguiendo un modelo prefijado que lo llevará a ser un producto acabado y coherente.
Una casa debería de realizarse siguiendo un proyecto unitario. Hasta hace unas décadas se contaba, para hacerlo, con una tradición vivísima que obraba casi como un manual de instrucciones de vida. Ahora ha sido suplida por una convención vacía derivada de una serie de carambolas antropológoeconómicas que dictan como hay que vivir, marcan imposiciones sociales y distorsionan la ocupación de los espacios. Ejemplifico: aparecen zonas de día y zonas de noche. La chimenea atávica se suple por una TV. La altura de los techos viene dictada por una normativa hasta cuando esta no opera, siempre constante, plana, baja. Los propietarios de la casa se quedan sistemáticamente la habitación más grande para marcar jerarquía, incluso cuando hay miembros de la familia que la necesitan más. La disposición de las habitaciones de agua especializa el uso de las más neutras.
La libertad que los ingenieros exhiben hacia estas convenciones es muy alta: el motor y la tracción quedan escogidos en función del peso, del tipo de vehículo. Los espacios de almacenaje oscilan drásticamente de tamaño, y lo mismo el número de ocupantes. La ausencia de prejuicios es envidiable.
En estos tiempos post-todo (y ahora críticos) que nos han tocado vivir, tomar consciencia de estas fotos nos ayuda a posicionarnos. La que he tomado yo es la que tiene el coche más avanzado tecnológicamente. También es la más vulgar: esta lógica que permite aceptar que el último coche es el mejor ha desaparecido a la hora de examinar el fondo de la imagen.

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