Elementos extraños

La literatura especulativa, y, más tarde, el cine de ciencia-ficción tienen un origen doble. El primero de ellos es puramente estilístico, y no tiene otra explicación que la voluntad de expresión del autor, que puede usarla como un marco para situar cualquier tipo de acción (transportar al espacio una novela o una película de cowboys o un drama romántico, por ejemplo) o puede trabajar este marco de modo que la acción transportada a un futuro más o menos lejano o a un presente paralelo tenga sentido por sí misma. El segundo origen de la literatura especulativa es el uso de tecnologías no presentes en el momento de la narración e, incluso, el propiciar que estas tecnologías puedan volverse reales: desde los submarinos de Jules Verne hasta los cibermundos de William Gibson o Neal Stephenson pasando por los bioclones de Philip K. Dick o las personas alteradas genéticamente de Aldous Huxley. Los submarinos, internet, el fax, los ordenadores personales o el GPS fueron antes recursos narrativos que inventos reales.
Un segundo rasgo de la literatura especulativa es la coherencia interna del mundo en que sucede la historia, que sólo tendrá sentido en función de su calidad, de las normas que lo definan y, según la habilidad del autor, de los puntos de coincidencia que estas normas puedan tener con nuestro propio mundo, y de cómo estos rasgos puedan poner en relieve los aspectos sociales que este autor quiera trabajar.
El tercer rasgo (muy relacionado con el final del segundo) es el grado de distancia que el autor decide poner respecto de nuestro mundo, y cómo esta distancia condiciona el lector/espectador, obligado a asimilar de modo activo unos códigos específicos para poder entrar en la historia.

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En 1979 se estrena Alien, escrita por Dan O’Bannon y Ronald Shusset y dirigida por Ridley Scott. La historia describe cómo la tripulación de una enorme nave de carga, el Nostromo (bautizada así en homenaje a Joseph Conrad), tiene un accidente en una misión de rescate en que un miembro de la tripulación se ve contaminado por un parásito que irá madurando en su interior (con el desconocimiento total del espectador, que se relaja pensando que lo peor ya ha pasado) hasta que sale de su interior reventándole, literalmente, la barriga. Después, el parásito irá matando lentamente a todos excepto a la tripulante Ellen Ripley, interpretada por Sigourney Weaver, que se verá obligada a destruir la nave con su carga, salvándose por los pelos a bordo de una pequeña nave salvavidas que quedará, al final de la película, navegando por el espacio a la deriva con un futuro incierto.
Alien es, pues, una historia de terror clásico. El guionista Dan O’Bannon, juntamente con el director John Carpenter y el artista Ronn Cobb, viene de rodar Dark Star, opera prima de Carpenter donde el mismo O’Bannon interpretará uno de los roles protagonistas. Esta película es una de las creadoras de la ciencia-ficción con pasado: todas las tecnologías que aparecen en la película, nuevas para el espectador, son viejas y consolidadas para los protagonistas, que las visten como si de una segunda piel se tratase, indolentemente, con la misma naturalidad que cualquiera de nosotros trata actualmente un teléfono móvil.

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Fotograma de Dark Star, película de bajísimo presupuesto donde se presenta un futuro tan desorganizado e indolente como el presente.

Es la clase de ciencia-ficción que incorpora al argumento la idea de domesticidad, clave para que una película como Alien funcione. Esta idea de domesticidad, de futuro acumulativo donde todo sucede mezclado, será potenciada inteligentemente por O’Bannon (que, en algún momento, llegó a aspirar a dirigir la película, antes de rendirse al tanento de Ridley Scott al visionar su opera prima The Duelists) y el director haciendo intervenir diversos artistas en el diseño del aspecto de la película: así, el pintor HR Giger se dedicará exclusivamente al diseño de la criatura alienígena, John Moll (siguiendo diseños de Chris Moss) a los vestidos, y Ron Cobb y Roger Christian trabajarán en el diseño de la Nostromo. Este modo de operar conseguirá el aspecto real de la película, ya que el mundo donde todo sucede no tiene una sola mente creadora, sino una nebulosa de autores descoordinados a favor de una mayor coherencia global: la que tiene cualquier entorno habitado, producto de decenas y decenas de artilugios, edificios y espacios de diversa autoría combinados según el humor que da la interacción de todo un colectivo.

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Todo esto es especialmente relevante, porque Alien puede ser vista fácilmente como una metáfora de la destrucción de la domesticidad. Primero, la nave: tripulada tan sólo por siete personas (dos mujeres y cinco hombres, con una edad media de unos cuarenta y tantos años), es una enorme nave de carga de tres kilómetros de largo y uno y medio de ancho que transporta una carga de veinte millones de toneladas de mineral. Es, por tanto, un entorno cerrado. Un microcosmos con dos características principales: la primera de ellas es su total aislamiento de un entorno hostil. La nave es una célula. La segunda característica es inherente a cualquier nave espacial real: está hecha a base de módulos y compartimentos estancos. Es, por tanto, un buen modelo de una casa, donde cada uno de sus siete ocupantes puede encontrar un rincón donde estar cómodo. Donde los recorridos son tortuosos. Donde aparecen compuertas y esclusas que, necesariamente, han de estar siempre cerradas, abriéndose únicamente cuando hay necesidad de paso. No demasiado diferente al funcionamiento de una habitación de adolescente o de un estudio donde alguien quiera estar tranquilo.

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Astronautas como camioneros del espacio

Este entorno, que, al principio de la película, se nos muestra amable, íntimo, cómodo, un punto monótono, hecho a medida del confort de la tripulación (también por la presencia de esta tecnología antigua, cómoda y domada por los protagonistas), hecho para ser habitado. El mejor ejemplo de lo que este entorno significa se verá al inicio de la precuela de Alien, rodada treinta y tres años más tarde, Prometheus, en que un robot, interpretado por el actor Michael Fassbender, pasa larguísimas horas solo buscando ocupar sus horas en cualquier actividad que lo distraiga de su inactividad casi absoluta. Este entorno, una vivienda en toda regla, se verá estorbado por la presencia de dos elementos perturbadores, uno externo, uno interno: el externo es el alienígena que da nombre a la película. El interno es un traidor, un miembro de la tripulación que ha engañado a toda la familia desde el primer momento: en realidad, Ash (interpretado por el actor Ian Holm) es un robot, conocedor omnisciente de toda la historia, con la misión específica de sacrificar al resto de la tripulación para llevar al alienígena a la Tierra para su uso como arma biológica definitiva.

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Prometheus (Ridley Scott, 2012)

El personaje de Ash será más importante que el propio alienígena para la destrucción de la familia, que, después de descubrirlo, sencillamente estallará, quedando convertida en una suma de individualidades precariamente cohesionada por unos líderes tan asustados, desbordados e impotentes como el miembro más débil de la tripulación.

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El robot Ash

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El alienígena

Alien no es una película de referencias arquitectónicas claras, ni quiere serlo. Sí, en cambio, lo es de una determinada actitud a la hora de habitar un espacio. Y sí lo es de la fragilidad de esta actitud, de la destrucción de un colectivo, de unos automatismos moviéndose por un lugar, de la sensación de domesticidad. Alien juega con un atavismo muy potente: la destrucción, más que de la vivienda, del habitar, sea por un enemigo externo, sea por uno interno.
Este mecanismo es el que, casi treinta y cinco años más tarde de su estreno, ha motivado que la película siga funcionando tan bien como el primer día, convirtiéndola en una de las mejores películas de su género y en un clásico del cine.

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