El espacio autoorganizado

(Fotos: Jaume Prat, excepto indicadas)
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Un arquitecto soluciona los problemas que se derivan de vivir en un entorno físico determinado, ocupado por un grupo de gente que tiende a la autoorganización independientemente del número de gente que conforme este grupo. Independientemente, incluso, de que este grupo de gente pueda ser considerado sociedad.

La solución a estos problemas se concreta en un proyecto que, eventualmente, está relacionado con la construcción. Llegado al final del proceso, el arquitecto en cuestión cierra su intervención (sobre todo si está satisfecho del resultado) explicando, promocionando, criticando, anunciando el proyecto y su resultado.

Sin embargo, este proyecto será, siempre, un pedazo de ciudad, una célula, algo parecido a un monema, que remitirá, en muchos casos, a una entidad superior para tener un significado concreto. Y puede ser que de la interacción de estas entidades surja un espacio, un segundo proyecto (un metaproyecto si se quiere) que, aprovechando las características del proyecto inicial a estudiar, tenga algunas diferentes que lo fundan en una entidad superior sin autoría definida que sólo podrá cualificarse de espacio autoorganizado: el equivalente físico al resultado (o a la estructura) del comportamiento humano.

Los espacios autoorganizados son la base de la ciudad.

Uno de los mejores ejemplos de espacio autoorganizado que conozco presentes en la ciudad de Barcelona es el creado por la interacción de cuatro proyectos diferentes integrados y gestionados por cuatro equipos de arquitectos que, con unas pocas reglas de juego muy sencillas, han creado un espacio difuso, de límites imprecisos, que no pertenece a ninguno de los cuatro arquitectos en cuestión. Lo que no niega ni su calidad como arquitectos, ni la autoría de los diversos proyectos individuales, ni la calidad (o el valor artístico) de cualquiera de estos proyectos como obra de arquitectura. De hecho, la organización de este espacio depende y bebe de modo directamente proporcional de la calidad de los diversos proyectos que interactúan entre sí.

El espacio en cuestión está situado al final de la Diagonal, en parte de los terrenos donde, en su día, se celebró el Fórum de las Culturas de Barcelona, el año 2004, y los proyectos implicados son el CCIB (en sí mismo un complejo de varios edificios y promotores enteramente diseñado por el estudio de Josep Lluís Mateo, llamado entonces MAP Arquitectes), el Edificio Fórum (ahora Museu Blau), diseñado por Herzog & de Meuron, la plaza intermedia y la torre Diagonal ZeroZero, diseñada por el estudio de Enric Massip-Bosch.

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El rasgo principal que marca el lugar es el final de la Diagonal, que en pocas decenas de metros pasa de marcar la cota más baja de la ciudad de Barcelona en el cruce de la calle Taulat y el final de la Rambla Prim, tan sólo cuatro metros sobre el nivel del mar, a morir sobre el mar a cota veinte, después que la calle (o lo que sea en que se haya convertido) se peatonalice y salte por encima de la Ronda del Litoral, culminando en una especie de acantilado de hormigón que choca violentamente contra el puerto deportivo de Sant Adrià.

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El lugar. La trama de calles, el mar, los grandes edificios.

El espacio a estudiar cabalga (y marca el límite) de lo que fue la línea de costa hasta fechas tan cercanas como los años ochenta, y actualmente queda a muchas decenas de metros del agua, tras la Ronda, como un límite de la ciudad edificada y habitada.

Los diversos autores que interactúan en la obra aportan una serie de reglas de juego sin las cuales sería imposible entender el resultado final. De ellos, tres equipos crean las reglas que el cuarto (el estudio de Enrip Massip-Bosch) se encontrará consolidadas en el momento de edificar su torre. Massip-Bosch, sensible a la nueva realidad, cambiará su proyecto para adecuarlo a ellas creando la pieza exacta para que el espacio se lea completo y coherente.

Josep Lluís Mateo, con una sensibilidad extraordinaria hacia el entorno, define el CCIB como tres franjas paralelas a la línea de costa que subrayan y construyen un límite físico entre la ciudad que contiene edificios de vivienda y los terrenos indefinidos que la alejan del mar. Una pieza análoga al negativo de una foto o a una figura de profundidad ambigua, que tiene un sentido como forma autónoma y otro diferente vista desde sus bordes.

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Figura de profundidad ambigua. La planta del CCIB encuentra su autonomía formal organizada tanto desde el centro como desde los bordes.

La primera de estas franjas constituye un frente sobre la calle Taulat en forma de edificios-pantalla de crujía muy estrecha (unos veinte metros) y una altura considerable que se acerca a los cien metros, acabados con materiales pétreos, brillantes, duros. Fachadas definidas por matrices o yuxtaposiciones de ventanas rectangulares o corridas, variadas cada pocos metros para dar la impresión de calle construida a lo largo de los años, fuertemente estratificadas en vertical (zócalo de cinco plantas con zócalo-del-zócalo, torres-dentro-de-la-torre culminando un conjunto que no se entiende sin un corte vertical que configura un vacío a escala urbana colgado a cincuenta metros sobre la ciudad) de modo que, en realidad, la primera franja es una metafranja compuesta por una sucesión de franjas entrecruzadas que definen cualquier cosa que pase dentro de esos edificios: las plantas, las fachadas, la sección. Esta franja es de una gran complejidad programática y tipológica, hasta el extremo de llegar a esconder el proyecto y parecerse, ella misma, a un espacio autoorganizado.

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La segunda está situada a unos setenta u ochenta metros de la primera y está formada por un edificio de medida más pequeña, una barra de formas sinuosas que se quiere relacionar con (o definir por) el mar, la línea de costa, cualquier fenómeno natural que suceda en el entorno cercano o lejano. Formalmente, esta franja funciona como una abstracción de la naturaleza. No sería extraño ni atrevido imaginarla batida por las olas si se hubiese respetado la línea de costa.

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La tercera, ubicada entre estas dos, es un enorme vacío. Un espacio llamado (o clasificado) por el propio Mateo como espacio basura, según una traducción libre del nombre con que Rem Koolhaas lo enuncia y nombra en inglés: junk space.

Traducción que niego.

Junk no tiene las connotaciones de la palabra basura. Junk remite, más bien, a un desorden, a un caos, a una desorganización que no tiene por qué estar formada por los componentes rechazados, podridos y rotos, que aquí llamamos basura. Junk remitiría, más bien, a la noción de residuo: reusable, reorganizable, transformable en energía. Junk no es una palabra (o un concepto) finalista, sino un estadio intermedio, inestable. Variable. Una sopa primigenia.

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Junk space interior del CCIB. Foto: Markus Brassler

Es bajo esta luz que la franja central del CCIB puede ser llamada junk space. Concepto que, entonces, podría traducirse como espacio residual. Intencionadamente residual. Este espacio se cubre con unos forjados soportados por unas cerchas que, sin ningún soporte intermedio, lo atraviesan en toda su anchura y lo pautan en toda su longitud, más teniendo en cuenta que la mayor parte de ellas es aire, y que una simple tapa transparente las puede convertir, sin coste adicional, en unos lucernarios eficaces.

Hacia el espacio público a estudiar, el CCIB proyecta unas pérgolas que vuelan muchos metros prolongando la cubierta lateralmente (y provocando un momento torsor importante en las cerchas principales, que lo absorben sin exhibicionismos, modificando sus proporciones sin alterar su geometría), desdibujando completamente los límites de este espacio residual (este junk space koolhasiano) hasta no saber cuando se está dentro o cuando se está fuera: el edificio no quiere tener ningún límite lateral fijo. Sistemas de puertas corredizas (también repetidas en el interior) que admiten múltiples configuraciones, fachadas laterales (testeros) a abrir totalmente o parcialmente, espacios climatizados y cubiertos, cubiertos por umbráculos, cubiertos por árboles o descubiertos.

La franja intermedia del CCIB es un espacio entre medianeras que, idealmente, podría irse extendiendo por todo el litoral, hasta el puerto o Montjuïc o el Besòs. Es un espacio mutable, definido por su cubierta, divisible a voluntad, pautable por sucesiones de elementos a escala pequeña. Un sistema que, de leerse de modo adecuado, podría ser apto para muchos programas y situaciones urbanas.

El Edificio Fórum llega a sus autores de rebote. Enric Miralles empezará a definirlo y muere antes de completar nada que no sea un desiderátum imposible de seguir coherentemente si su presencia. Finalmente, Herzog & de Meuron ganan un concurso internacional con un proyecto diferente del que finalmente construirán. La configuración del proyecto final, y su relación con la propuesta ganadora, indican cuál es el tipo de espacio propuesto. De entrada, el edificio negocia sus límites con una parcela de geometrías absurdas, tan retorcidas y torturadas que se hacen difíciles de seguir. Geometrías que obligan a un edificio exento, circuitable, de formas claras y reconocibles. El cubo original, flotando en medio de este magma, queda substituido por un triángulo equilátero que, literalmente, levita sobre algo parecido a una planta baja soportada por una serie de cajas de geometrías trapezoidales que contienen servicios, escaleras, patios y un enorme auditorio. Bien, y algún pilar necesario por razones de coste. Este triángulo es una de las formas más grandes insertables en la parcela y es producto de alinear el edificio con el testero del CCIB y el trazo de la Diagonal. El tercer lado cae, literalmente, donde toca para completar la geometría.

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La forma del edificio, en realidad, no es importante: tan sólo una excusa para extender una trama de patios de diversa medida que funcionan como lámparas que iluminan una planta noble, casi plana, elevada a distancia variable del suelo, que podría extenderse, idealmente, sin límite en cualquier dirección. El estudio de la fachada(1) permite entender perfectamente esta maniobra: es definida por la macla de algunos de estos patios, que la arañan haciendo perfectamente reconstruible su figura ideal en el aire. No son tanto fachadas como medianeras, límites a un sistema que configura un espacio residual muy parecido al que define el edificio de Mateo unos metros al oeste, con la diferencia que, por su estructura, por su configuración espacial, este sistema se extiende en todas las direcciones posibles… elevado sobre un podio. El Edificio Fórum es, pues, el más introvertido y difuso de toda la ciudad de Barcelona. Su límite es arbitrario: tres medianeras que tanto pueden ser un triángulo equilátero como una ameba como un cubo. Es un sistema: una estructura portante, una luz, un método de paso de instalaciones.

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Espacio bajo el Edificio Fórum: sistema de luz zenital, reflejos, ninguna transición entre interior y exterior. 

Más necesaria para su definición es su cubierta: una lámina de agua que deja la geometría de patios como islas en su interior. Una lámina de agua obliga a la cubierta a una planeidad perfecta. La definición de la línea horizontal de cornisa deviene la verdadera fachada. En un entorno pautado por una serie de torres y edificios en altura, el Edificio Fórum es una línea horizontal a una cierta altura, una cubierta gorda sobre un plano inclinado que no llega a tocar jamás.

El Edificio Fórum repite las tres franjas de Mateo en sección: la primera, el sótano, la segunda, la cubierta gorda (acabada con agua: la cubierta de la cubierta), la tercera, la franja intermedia (aire, en realidad, un espacio residual) entre estas dos, pautada por los correspondientes conectores estructurales entre ellas.

La primera relación que configura el espacio es entre estos dos edificios: la planta de uno es la sección del otro.

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Croquis conceptuales de la sección del Edificio Fórum y la planta del CCIB

José Antonio Martínez Lapeña y Elies Torres dan las reglas de juego para el espacio vacío entre estos edificios. Se trata de un sistema que se extiende muchas hectáreas a la redonda y que alguien ha llamado plaza. La arquitectura básica del lugar es un sistema de pendientes (que no de evacuación de agua, confiada a un sistema anodino que desvirtúa el proyecto) que uniformiza, suaviza y acomoda un pavimento continuo con un límite definido por la acera de la calle Taulat, desde donde se extiende como una mancha de aceite de formas imprecisas hasta llegar al mar. Esta explanada cubre como una manta las entrañas del puerto y parte de la depuradora adyacente, pasa por debajo del Edificio Fórum (que se la traga y la digiere con un gesto de una elegancia arquitectónica excepcional) y parece entrar y configurar el espacio residual (junk space, recordemos) del CCIB en un gesto (sobre todo cuando las puertas del espacio están abiertas) como mínimo tan elegante como el de su vecino.
El pavimento se formalizará con una especie de pintura abstracta producto de parcelar con hormigones o asfaltos de colores la superficie de la plaza. Herzog & de Meuron y Enric Massip-Bosch diseñarán parte de este espacio, cubriéndolo con asfalto negro los primeros y adaptando la paleta de colores y los materiales hasta estrellarlos contra su torre el segundo.
Lapeña-Torres tendrán, todavía, una segunda intervención decisiva para la naturaleza del espacio cubriendo de árboles la zona que les toca diseñar entre los dos edificios principales, introduciendo un filtro visual que añade, con brillantez, un grado más de complejidad al espacio.

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Enric Massip-Bosch/EMBA diseñará, años más tarde, la torre Diagonal ZeroZero. El arquitecto había ganado un concurso para edificar, en la misma posición y solar, un hotel para el Fórum 2004. Los promotores desistirán y, años a venir, se le pide un edificio de oficinas. Massip cambiará el proyecto, erigiendo una torre con cuatro características básicas:

-Una volumetría extruida, acabada con una cubierta plana que marca el límite legal de altura. Un prisma perfecto, sin zócalo de ningún tipo, que arranca directamente del pavimento.

-Una compacidad extrema. La planta de la torre es producto de adosarla contra el límite de la parcela con la calle Taulat y la Diagonal, que se encuentran en ángulo agudo. La parte posterior definirá un trapecio parecido a una punta de diamante.

-La negación del resto de la parcela (en realidad de medida considerable, totalmente ocupada en planta sótano) haciendo pasar por encima de ella la plaza definida por Lapeña-Torres con voluntad explícita de cargar las tintas sobre la torre y hacer desaparecer el resto de la edificación.

-La sección más americana que un edificio en altura haya desarrollado jamás en Barcelona como mínimo y, quizá, en toda España: un poderoso atrio de sección irregular vacía parte de la torre hasta más o menos media altura. El resto de la volumetría no llega a estar jamás completa, cando como resultado un sólido que adapta la geometría a los requerimientos del programa y de la ciudad planta a planta. El volumen se restituye únicamente gracias a la fachada, creando unas interesantísimas vistas a contraluz. Capas y capas de estructura y filtros solares convierten esta fachada en un organismo complejo con una capacidad de diálogo con el entorno impresionante, sea reproduciendo como un eco la proa del Hotel Princess (de Òscar Tusquets), sea cambiando la percepción de su volumen prácticamente cada diez pasos.

La torre Diagonal ZeroZero, adicionalmente, se convierte en el complemento ideal perfecto para el Edificio Fórum. Parece formar parte de su sistema de crecimiento. Parece formar parte del mismo proyecto. Parece entender mejor el proyecto, de hecho, que si la torre hubiese sido proyectada por los propios Herzog & de Meuron. Enric Massip diseña una pieza tan inextricablemente unida al edificio bajo que, juntos, forman una unidad volumétrica: una mezquita y su minarete. Su relación geométrica restituye la caja urbana de la Diagonal sin romper la lógica del espacio-manta de Lapeña-Torres: es la tercera interacción perfecta del lugar.

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Foto: 14 de enero 2012

El espacio final, así, es producto y resultado de la interacción compleja de cuatro proyectos excepcionales entre sí. No está diseñado específicamente por nadie de ellos, pero la interacción de todos ellos no suma, sino que multiplica las bondades de las intervenciones originales. No estamos hablando, en este caso, de un diálogo de sordos entre cuatro proyectos descohesionados, como sucede demasiado a menudo en intervenciones contemporáneas de estar características, sino de un espacio nuevo, diferente, híbrido: un espacio autoorganizado que ha aparecido por generación espontánea. No una generación espontánea azarosa, imprecisa y casual, sino el tipo de reacción que un químico crea en su laboratorio, producto de la interacción de ingredientes de primerísima calidad.

Un espacio fluido, innombrable. No calle, no plaza, no avenida y un poco de todo. Un espacio que, ben gestionado (lo que precisamente no sucede en la actualidad) tiene un potencial insospechado para Barcelona. Un espacio que significa como ningún otro el espacio urbano contemporáneo, a estudiar y seguir definiendo. Un espacio modelo en el sentido literal del término: vamos hacia aquí, y, si somos capaces de hacerlo bien, será una meta capaz de crear interacciones humanas insospechadas.

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(1) Una fachada que, dada su calidad, el cuidado y la profesionalidad con la que está diseñada (y gracias, también, a la definición que Jaques Herzog dio de ella, una fachada que parece diseñada por Mies van der Rohe bajo el efecto de los alucinógenos) puede engañar al observador incauto induciéndolo a pensarla más importante de lo que es en realidad.

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