El diablo está desnudo

Cuando la miras con perspectiva suficiente es imposible explicar la obra de un artista, y, singularmente, la de un arquitecto, si no se cruza con su biografía. Hacemos lo que vivimos, o hacemos lo que nos gustaría vivir. Trabajamos por consecuencia o por oposición o por frustración o por envidia o por admiración o por cualquier otra razón que se me escape. Porque trabajamos desde la subjetividad. Ninguna consideración social, ninguna consideración técnica, ninguna división de poderes, ninguna burocratización, ningún sentido de la responsabilidad puede acabar con este hecho indiscutible: nuestro trabajo es subjetivo. Así que, sin el hombre detrás, es imposible entender la arquitectura. Frase que se puede entender de maneras diversas. Sin el hombre detrás implica la figura del creador. Pero también implica la medida física del hombre. Implica el cuerpo humano y lo que de él se deriva: geometría, física, biología. Y, obviamente, el conjunto de reacciones químicas que configura nuestro cerebro, y el conjunto de interacciones entre diversos seres vivos de nuestra especie, más cuando el mecanismo biológico que nos asegura la supervivencia por encima de la de otros seres vivos dotados de mecanismos biológicos diversos al nuestro que podrían, que pueden, amenazar nuestra existencia(1), se vuelve tan complejo que crea un nuevo mecanismo que prepara al cuerpo humano para su adaptación, y en última instancia, para sobrevivir al su propio mecanismo de defensa(2).

Cuando empecé a trabajar sobre el hombre y la arquitectura entraron, casi a priori, las consideraciones semánticas propias de quien, como yo, odia desprenderse del principio de economía del lenguaje y hablar de hombres y mujeres como genérico. Por tanto, de un modo casi automático, seguí mis apuntes sustituyendo la palabra hombre por la más neutra persona.

Y me puse a pensar sobre el significado de esto.

Hombre. Hombre a usar, aquí, como genérico. Hombre implicará, en esta serie de artículos, hombre y mujer. El término, para mi, tiene un significado preciso: hombre se refiere, en este caso, a nuestro ser físico: compuestos derivados del carbono, 70% agua, una estatura que, en condiciones normales, define un abanico de aproximadamente medio metro, o sesenta centímetros, entre los 1,45 y los 2,05, que puede alojar un porcentaje de la población mundial importante. Ídem con otros parámetros como peso, relación de grasa corporal, altura de los ojos, envergadura de los brazos, largo de las piernas, etcétera. Hombre es, en este artículo, un hecho físico que, considerando este abanico, se puede estandarizar. Y, a través de él, puede conformar arquitectura de dos modos distintos: a través de la proporción y a través de la propia forma.

Persona. El término persona es genérico por sí mismo. Y conviene preguntarse por qué. Una consulta rápida al diccionario revelará que persona es una palabra griega que pasa sin variaciones al etrusco, al latín y a nuestro idioma. Es una palabra que ha variado poco en su pronunciación y está presente en muchos otros idiomas.

La definición original de persona era, es, la máscara que los actores griegos usaban para representar tragedias. Una máscara con tres características básicas: ocultar el rostro del actor, ofrecer una una y única expresión al espectador y amplificar el habla.

Es decir, el término genérico que usamos para definirnos no remite a nuestra realidad física, sino a un filtro. A un intermediario.

El artículo que preparaba tomó, a raíz de este descubrimiento(3) un nuevo aire. Se desdobló en dos: la arquitectura que remite al hombre y la arquitectura que remite a la persona. Es un artículo instrumental. Nada de lo que salga será un absoluto, ni una categorización rígida e indivisible. Los ejemplos podrán ser entendidos de dos modos. Y es deliberado, porque la arquitectura es un hecho complejo que, como hipótesis de trabajo, puede ser divisible en factores o en consideraciones más pequeñas. Sin olvidar que, si la dividimos demasiado, podemos darnos cuenta de que el problema a estudiar desaparece, porque hay problemas, o cuestiones, que sólo pueden ser abordadas desde la complejidad. Así, pretendo desdibujarla un poco (sólo un poco), sin perderla de vista, para investigar algunos de los rasgos relevantes de la arquitectura.

Un ejemplo(4): el año 1998 Robert LePage(5) y su grupo Ex-Machina crean La géométrie des miracles, una obra de teatro sobre los últimos días de la vida del arquitecto Frank Lloyd Wright. La obra, que vi representada en el Teatre Nacional de Catalunya, me causó un fortísimo impacto. Explicando el hombre, la persona, se daban las claves de su obra. Y no sólo eso: se daban las claves para releer su obra de un modo diferente, más rico, más preciso. Más complejo. Wright es visto como un personaje que ha hecho un pacto fáustico con el diablo a cambio de la eternidad(6).

Wright, en la obra, no es alguien que hable. Es de quien se habla. Es casi un objeto. Wright es analizado. Descuartizado. Juzgado. El hilo conductor de la obra, el personaje que la introduce y que, periódicamente, va saliendo hasta los créditos finales(7) es el diablo que ha hecho un pacto con el arquitecto.

El diablo es interpretado por un actor caracterizado por unos cuernitos, la cabeza rapada y una barbita mefistofélica. Nada más. Literalmente: está completamente desnudo.

La caracterización de este personaje resume a la perfección tanto las intenciones de este artículo como la propia arquitectura de Frank Lloyd Wright(8). La desnudez total remite, en crudo, al hombre. Al ser humano como genérico, como medida, motor, destinatario y creador de arquitectura. La máscara que lleva el actor para ser identificado como diablo remite a la persona. Al componente social de la arquitectura. A un componente social, interactivo, de la arquitectura tan capaz de crear forma como el propio cuerpo.

La arquitectura de Frank Lloyd Wright lo es todo: el hombre y la persona. No separadas. Juntas. Integradas.

La arquitectura sin adjetivos, sin actor, o sin este actor, también. Y esta es la base de esta reflexión.

geometryofmiracles

(1) Léase la inteligencia.
(2) Léase la sociedad.
(3) ¿Sabéis aquellos descubrimientos obvios que te hacen sentir un poco tonto cuando los encuentras? Pues eso. Bien, de hecho, desde siempre que una de las bases de este blog es el trabajo sobre la obviedad.
(4) O sea, lo mismo que habéis leído pero pasado por el cedazo de una obra completa. Lo que creo que es inexacto, pero cada vez me apetece explicarme menos. Lo que vengo a hacer cuando me toca hacer una rueda de prensa o hablar en público o algo parecido. Así me entreno.
(5) Inculto de mi, procuro llenar mis carencias investigando los créditos de lo que me gusta. Así, a través de las escenografías de Peter Gabriel llegué a este dramaturgo imprescindible.
(6) El arquitecto Enric Massip-Bosch, en una entrevista reciente, me aseguró que los buenos arquitectos no buscan ser sociales. Buscan ser eternos. Para después relacionar sociedad y eternidad de un modo tan interesante que merece un artículo aparte.
(7) Una escena alucinante que representa, desde el punto de vista del teatro, una de las fusiones más perfectas que jamás haya visto entre cine y teatro.
(8) Lo que introduce una derivada apasionante en este pacto fáustico: el diablo no da a Wright la posibilidad de hacer buena arquitectura. El diablo mismo es la arquitectura de Wright. Wright, por tanto, no tiene ninguna posibilidad de hacer algo diferente de lo que hace. El pacto fáustico no es, pues, a cambio de la libertad. Es a cambio de la calidad.

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