El Claro en el Bosque 1_2

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¿Puede un grupo humano morir en un territorio salvaje e inexplorado en el territorio de uno de los países con uno de los grados de desarrollo más altos del mundo? La respuesta (y la respuesta real, no ficcionada) es que sí, y con enorme facilidad. Es este el argumento de la impactante The Grey (Joe Carnahan, 2011). En España se conoció un tanto melodramáticamente como Infierno Blanco), una película que registra la aniquilación de un grupo que tiene un accidente de avioneta en el estado de Yukon, Canadá, en un desplazamiento de rutina desde Alaska al estado de Washington. La naturaleza, de múltiples formas, será la asesina implacable de estas desgraciadas víctimas del accidente, gente preparada y en buena forma física: nada que hacer contra un entorno hostil, indiferenciado, primario, inhabitable.

Este entorno es el bosque.

El bosque es un espacio donde no se pueden establecer referencias. Es un espacio puro, con cualidades, con belleza. Es un desierto sin horizonte, es la anticivilización, la inhumanidad. Es el lugar donde no es posible un establecimiento humano. The Grey es la enésima revisión del mito del boque como espacio inhóspito. Con el añadido que sacados los cuatro trucos de guion habituales en una producción más o menos cara, la película podría ser un documental. El bosque es el lugar terrorífico de los cuentos infantiles de los grandes autores canónicos. Es donde Hansel y Gretel casi mueren, es donde Caperucita se encuentra con el lobo(1). El bosque es el lugar del rebelde, de la sedición, del proscrito. Robin Hood se refugia en el bosque, así como Blancanieves(2). El bosque es el lugar del peligro, como tantos escritores nos han recordado. El bosque es el lugar de la magia y de lo inexplicable. El bosque es el infierno medieval. El bosque es la frontera. El bosque es el no-lugar que más que separar incomunica y convierte cada viaje que lo atraviesa en una aventura incierta y peligrosa.

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The Grey o el bosque primario como lugar que expulsa la vida humana.

Cuando en 1915 Erik Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz ganan el concurso para el Cementerio del Bosque de Estocolmo los arquitectos tendrá clara cuál será la decisión principal a tomar: vaciar el bosque.

La ubicación del proyecto lo convierte en uno de los ejemplos más puros y perfectos del vacío arquitectónico.

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Un claro artificial en el bosque(3) es un recinto perfectamente delimitado, un recinto que provee orientación y referencias. Un recinto que no está cerrado, ni la hace falta: pasar entre los troncos de los árboles es tránsito suficiente como para que te des cuenta de cuando se abandona sin ningún tipo de ambigüedad.

Un claro en el bosque tiene cualidades simultáneas de interior y de exterior, y es uno de los pocos espacios de los que se puede decir esto.

Finalizando la pequeña digresión sobre el Cementerio del Bosque: el claro tiene árboles, y los árboles del claro no son los árboles del bosque. Significan, están plantados uno a uno y tienen sentido de este modo. Finalmente el Cementerio se aprovecha del propio bosque para disponer algunas de las construcciones más emotivas requeridas por el programa, como la Capilla de la Resurrección (Lewerentz) o la Capilla del Bosque (Asplund: el nombre aquí lo dice todo): el claro no tiene lugar allá. Allá se busca precisamente anular el espacio circundante. Se busca lanzar al visitante en manos de una nada trascendente, una experiencia escatológica proveída por el espacio sin intermediaros ni artificios: tan sólo recordar el atrio que Asplund dispone ante su capilla: bosque contra el bosque.

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La Capilla del Bosque (E. G. Asplund, 1920): el nombre lo dice todo.

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La Capilla de la Resurrección (Sigurd Lewerentz, 1925, su reconstrucción particular de los Propileos): el bosque domesticado.

El Claro en el Bosque es el inicio de una pequeña exploración sobre el vacío en la arquitectura.

El vacío controlado, delimitado, significado, es el elemento clave para entender el arte de la arquitectura.

Aceptando el riesgo que comporta generalizar el vacío arquitectónico puede ser entendido de dos maneras opuestas: el vacío centrípeto y el vacío centrífugo.
A cada uno de ellos dedicaremos una parte de este artículo.

El vacío centrífugo es aquel que se deriva de la capacidad de relacionar de alguna manera un espacio cerrado sin cualidades ni atributos con lo que podríamos llamar el Espacio. Permitidme que vuelva al cine: la mínima expresión de este concepto(4), la más pura, es la puerta abierta de The Searchers (John Ford, 1956. Sí: Centauros del Desierto): un interior oscuro, anónimo, casi anodino, relacionado con el esplendor y la belleza del desierto.

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Esto va para la segunda parte del artículo. Ahora nos centraremos en el vacío centrípeto.

El vacío centrípeto es el vacío convocado.

El vacío centrípeto es el vacío controlado desde un hito, desde un elemento más o menos central. Desde un atractor capaz de convocar y significar de alguna manera su entorno. Convocar: todavía no hablo de ordenar. Este es el estado previo a ello.

El ejemplo extremo de esto es el menhir. El menhir es el mínimo hito humano posible para significar un vacío controlado. Un menhir es un signo de identidad. Un menhir crea un territorio.

Un menhir es una acción efectuada por alguien con consciencia de haberse apartado lo suficiente de la naturaleza como para significarse mediante un artificio. Un menhir es un punto en planta, una vertical y una línea recta: tres cosas normalmente no presentes en la naturaleza. Un menhir es un manifiesto: estoy aquí y esto es mío. No oséis pensar lo contrario.

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Ahora sofistiquémoslo.

Un menhir se puede desarrollar en dos direcciones radicalmente diferentes: el dolmen y el crómlech.

Las implicaciones del dolmen son tan salvajes que no me atrevo ni a insinuarlas: las dejo para un artículo aparte o para algo más ambicioso. Sólo hace falta que diga que las reflexiones sobre el dolmen llenarían el 90% de las lagunas dejadas en este artículo.
Pero ahora no me da la gana, mira.

Sigamos con el crómlech: imaginad poder entrar a un menhir y ya lo tenéis. Este espacio interior será por definición un espacio sagrado. Un crómlech es un espacio recintado, no cerrado. ¿Os suena?

Un claro artificial en el bosque y un crómlech son hermanos. Un crómlech representa el vacío capturado. El crómlech y el Claro en el Bosque representan la aparición del vacío en la arquitectura.
La mayoría de la arquitectura oscila entre el vacío capturado y el vacío significado.

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El crómlech de Stonehenge: cincuenta y dos siglos y sigue siendo sagrado.

Salto copernicano: ¿Habéis pensado por qué no se conocen fotos interiores de la Biblioteca de la Universidad de Eberswalde? Básicamente no hace falta que las haya. El gran valor de este edificio es convocar el lugar y trascenderlo. Este edificio solo, mejor todavía con su gemelo (un edificio de seminarios muy poco conocido aunque sea de tanta calidad como el primero), recinta el campus de la Universidad con su gesto indolente de alinearse a la calle(5). Luego las bandas horizontales, la vibración, la rotundidad afirmada y negada simultáneamente por la materialidad y por la luz: territorio convocado. El espacio interior (de hecho el 95% del encargo) es de oficio(6). Y es que se han de saber distribuir los esfuerzos.

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Biblioteca de la Universidad de Eberswalde y el aulario que le sirve de gemelo y cierra el recinto. (Herzog & de Meuron, 1994-1999)

La Biblioteca de la Universidad de Eberswalde se limita a actualizar la manera de funcionar de un templo griego, en realidad. Una cella, una cámara interior sin luz, un relicario, un secreto, envuelto por un perímetro poroso de columnas que soportan una cubierta más grande de lo que se necesita. Un templo griego es un edificio bastardo a medio camino entre el Claro del Bosque y la Cabaña Primitiva: un híbrido de crómlech y menhir que cumple el 99% de su función sencillamente estando allí.

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Siempre que se saca un templo griego a colación puede parecer que estemos hablando de historia antigua, de tiempos pasados con poco que ver con nuestra condición contemporánea.
Nada más lejos de la realidad.

El hito por excelencia de nuestra contemporaneidad es el rascacielos. Todavía.

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El Empire State Building (Shreve, Lamb & Harmon, 1930) lleva 87 años siendo el símbolo de la modernidad. Y lo que le queda.

Un rascacielos es la actualización de un menhir: una construcción donde el eje vertical predomina sobre los otros, sensiblemente esvelta: un faro, una talaya. Por encima de todo, una marca.
No son extrañas, pues, las dificultades para convertir este tipo edificatorio en un elemento urbano: no está hecho para esto. Su agregación da más un crómlech que una ciudad.

Porque, en el fondo, un rascacielos es un elemento sagrado.

Su función principal es trascender. Por encima de cualquier otra cosa.

Koolhaas habla sobre el rascacielos americano: superposición de funciones, atrios, estructuras tan flexibles que son capaces de alojar empresas de mensajería, polideportivos, hoteles, vivienda, jardines verticales. Virtualmente de todo. Esta enorme flexibilidad interior sin límites aparentes conocidos es, en el fondo, prueba de la irrelevancia de este interior: tras una fachada genérica, común, tras una fachada que en el fondo texturiza y trata con la masa y que como mucho ejerce de intermediaria con la escala humana cabe cualquier cosa. Porque en el fondo lo que cuenta es el exterior. La marca. El paisaje.

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Downtown Athletic Club, Nueva York (Starrett & Van Vleck, 1930): su complejísima sección (nótese el polideportivo en la planta 11), nada excepcional, por otro lado, no se deja ver en una fachada que tiene otros valores.

La manera de convocar el espacio, de tratarlo, no ha evolucionado excesivamente después de tantos milenios. Pero tampoco se ha quedado inmóvil. La innovación, la evolución suele venir de la mano de los híbridos, de aquellas tipologías ambiguas. Suele venir de sacar partido de las imprecisiones del diseño. De los avances tecnológicos: torres altas, pero no mucho. Interiores francamente expuestos. Plazas elevadas. Movimientos de tierra cubiertos. Centros envueltos con formas retorcidas, reactivas a un contexto exterior que hace que puedan funcionar en dos direcciones: el Claro en el Bosque puede ser extrapolado, convertido en un Claro a secas y dotado de condición urbana. Puede ser, y ha sido, estudiado, retorcido, investigado desde su centro, desde sus bordes, desde cualesquiera de los elementos que lo forman, reflexionado, trascendido en forma dialéctica: está, se fija, se establece, se reflexiona desde un origen, se propone un avance y se vuelve atrás: la arquitectura, la música(7), la literatura, el mundo del arte en general se manejan de esta forma.

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Híbridos: Edificio Pepsico (SOM. Gordon Bunshaft, diseñador jefe, 1960): el rascacielos bajito revela unos valores urbanos insospechados.

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Híbridos: Aulario de la Universidad de Vigo (EMBT, 1999): el claro en el bosque artificial toma condición urbana.

Y es así como en 1915 Erik Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz pusieron el punto cero del vacío arquitectónico. No tanto por su idea como por la belleza sobrenatural con que la resolvieron y con que prevalece: toda una manera de entender la arquitectura es hija de este gesto.

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(1) Y de lobos va The Grey, curiosamente.
(2) Sirva este pequeño escrito para reivindicar las versiones originales de los cuentos infantiles en lugar de las versiones edulcoradas que se cuentan hoy en día a los niños para malacostumbrarlos: No hay madrastra de Blancanieves. Es su madre. No hay resurrección milagros de Caperucita: el lobo se la zampa y ya, que el cuento fue escrito para advertir de los peligros del bosque. Y no recordaremos crueldades retorcidas tipo Las Zapatillas Rojas porque aquí fliparíamos todos.
(3) Y me da completamente igual si el claro estaba o si hicieron un vaciado masivo de árboles para conseguirlo, aunque lo segundo molaría mucho más: el claro está debidamente artificializado (y, por tanto, arquitecturizado) y esto es más importante que su origen.
(4) Pablo Núñez Paz intuye este tipo de espacios en su libro Huecos pero, arquitecto interesante como es, traslada con toda intención el hueco a la esquina de la habitación en su primer capítulo: Vermeer, Coderch y tal.
(5) Y debe de ser uno de los pocos edificios de la ciudad que lo hace: el gesto más singular, el más radical, el más significante ha pasado desapercibido por la naturalidad con la que se ejecuta.
(6) Y sí: soy consciente de la drástica reducción de presupuesto del edificio que hizo que este interior quedase formalizado mediante muebles así baratitos y tal. No importa. Si miráis las plantas encontraréis que son brillantes tanto en su organización de la luz como en la disposición de las mesas, etcétera. El presupuesto reducido es una excusa. Lo importante es que el edificio no necesita interior por interés que este tenga.
(7) Toda. Sólo tenemos que recordar los viajes de cualquier rockero al delta del Misisipí en busca de aquel blues de barrio o de los espirituales que se cantan cada domingo en la iglesia.

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Una respuesta a El Claro en el Bosque 1_2

  1. Brillant article Jaume, enhorabona! Una mirada molt interessant del tema.

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