Crear un lugar

(Artículo publicado en Scalae el 12-03-13)

Ivo Andric relata, en su novela Un Puente Sobre el Drina*, escrita durante la Segunda Guerra Mundial y publicada el mismo 1945, cómo una construcción civil, una obra de arquitectura, es capaz no tan sólo de cualificar un espacio, sino de crearlo. La base del libro es un proyecto real, construido por el arquitecto otomano Sinan ibn Adülmennan, cristiano armenio de nacimiento, más conocido como Mimar Sinan (el arquitecto Sinan): el puente que conecta Visegrad con el resto de Bosnia sobre el rio Drina, cuyo curso forma una frontera natural entre este país y Serbia.
El argumento tratará el puente como el genius loci del lugar, personaje principal de una novela coral cuyo desarrollo glosará la vida del lugar a través de esta construcción, punto de encuentro, puerta de entrada a Europa, frontera del Imperio Otomano. Con la destrucción del puente, minado durante la Primera Guerra Mundial, el lugar dejará de existir.

Dicho puente, reconstruido al término de la Segunda Guerra Mundial, revitalizando la ciudad, es desde 2007, Patrimonio Mundial de la Unesco.

Norman Foster es un arquitecto próximo a los ochenta años. Tiene una edad y una posición económica y social que le permiten dirigir su carrera y elegir muy bien los proyectos con los que quiere despedirse. Lo que, una vez reajustada la maquinaria de su estudio, ahora una multinacional de la arquitectura con centenares de arquitectos a su cargo repartidos por decenas de países, está haciendo concentrándose en el espacio público.
El interés de Foster por la definición del espacio público a través de la arquitectura viene de antiguo. Su Banco de Hong Kong es un edificio en altura descolgado de unas gigantescas jácenas dispuestas a partir de unos pilares laterales que protegen una plaza situada en su planta baja, una prolongación de la calle. En Nimes, en Dallas, en Gateshead, ha situado edificios con calles en su interior, de un modo infinitamente más natural que el estudiado y reestudiado Carpenter Center de Le Corbusier, mero recurso formal sin uso real. Foster formula sus edificios a través de estos espacios comunes, halls sobredimensionados aposta que unen interés comercial con bondad urbanística, aportando un flujo constante de público a su interior (público que encuentra, a través de estos espacios, un atajo para sus rutas cuotidianas) que, eventualmente, consume lo que sea que vendan estas construcciones. Plazas, calles, pasillos, rincones: este será su legado.
Una de sus últimas construcciones es la rehabilitación del Puerto Viejo de Marsella. En la memoria de proyecto aparece nombrado como masterplan. Nombre absurdo teniendo en cuenta que no se trata de un plan de desarrollo, sino de un proyecto de ejecución en toda regla que unifica, condensa, arquitecturiza una visión política, una gestión a nivel urbano para liberar, descubrir, crear espacio donde antes sólo había un nudo viario permanentemente colapsado, serpenteando entre parterres malcuidados de acceso imposible, con el flujo peatonal apropiándose del espacio sobrante después de haber perdido el negociado con los automóviles.
Foster y su equipo estudian en profundidad el lugar, encuestan peatones, automovilistas, técnicos municipales para llegar a una solución no tanto de síntesis como de máximos. La pieza que falta al lugar para que éste exista, para que éste se convierta un condensador social. Lo que conseguirá sin apenas construcción. Pero Foster no renuncia ni a la inspiración ni a la belleza. El lugar quedará significado, celebrado, por una pérgola de canto mínimo acabada por su cielo raso en metal pulido. Un espejo que, según la posición relativa del peatón, será capaz de reflejar el cielo, el mar, los otros ciudadanos o al propio espectador. Un cobijo, un juguete, una marca geográfica. Una construcción mínima sin apenas peso que, jugando con la ambigüedad de su aspecto, celebre el lugar descubierto.

La arquitectura es la construcción física de un sistema político. Es la construcción del espacio político. Del espacio, por tanto, cívico. De la civilidad misma. Arquitectos como Sinan ibn Adülmennan o Norman Foster, separados por cinco siglos, sabían esto y, desde su posición próxima al poder, llevan el hecho arquitectónico a su máxima expresión.

(*) Las primeras ediciones en castellano de la novela tradujeron erróneamente el título como El Puente Sobre el Drina, singularizando un hecho que, tanto para Andric como para su contemporáneo Martin Heidegger, que publicará Construir, Habitar, Pensar, cinco años más tarde que la novela que nos ocupa, tiene condición universal.

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