Capelletes (capillitas)

Todas las fotos: Jaume Prat

Bernat Bastardas me contó muchas historias paseando mi tendinitis bajo la lluvia veneciana (sin paraguas) y una cantidad flipante de gente ha demostrado interés por el tema. Así que, gracias a todos ellos, ahí va:

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Aquí empecé a tomar consciencia de las capillitas. Foto: octubre 2010.

Nos hemos acostumbrado a mirar Venecia como una especie de meca de los viajes de bodas(1): aquel lugar decadente, tan exótico como se pueda pedir a un destino cercano, un lugar con ladrillos y Bellini y Spritz y siempre los mismos platos de pasta que, afortunadamente, suelen servir al dente. Venecia es un parque temático que es obligado mirar tan superficialmetne como se pueda(2). La ciudad, sin embargo, te da pistas continuas sobre su naturaleza profunda, nunca mejor dicho eso de profunda. Venecia es una ciudad construida con finalidades defensivas(3), industriosa, voraz y viva como pocas.

Venecia es el emplazamiento escogido para que un grupo de mercaderes se atrincherasen con toda su corte, hartos de que las rivalidades con todo el mundo(4) les impidiesen ejercer libremente su actividad. Mercaderes que consiguieron que los dejasen tranquilos por un rato mediante el sencillo procedimiento de escoger el peor sitio que fueron capaces de encontrar: unas marismas salubres infestados de malaria precariamente protegidas de las envestidas del Adriático por brazos de tierra siempre insuficientes. Un lugar literalmente aislado tan fácil de defender como difícil de habitar: estate siempre dragando fondos, consolidando perímetros, apilando pilotes de madera buena para cimentar cualquier cosa que se quiera levantar más arriba de la altura de la vista. Un lugar tan jodido que sólo podía ser viable si se convertía en una de las maravillas del mundo. Una maravilla en progreso constante: exprímete siempre el cerebro para idear y perfeccionar procedimientos ingeniosos de obra civil que canalicen las aguas altas para controlarlas mediante zonas de sacrificio y protección. Venecia, invadida por el turismo y todo, sigue viva. No puede estar otra cosa que viva. La ciudad es una lucha incesante contra los elementos. A veces imagino el Veneciano como una especie de idioma derivado del esquimal en que no tienen un término genérico para llamar al agua, sino cuarenta acepciones complementarias que se refieren a aspectos específicos del problema, a saber, la humedad, la sal, las corrientes, las olas, el reflujo. La marea. La capilaridad. Cada caso tiene su problemática específica que, imagino, debe de llenar diversos tratados muy gordos.

Venecia está viva porque, aun estando cargada de historia, no tiene pasado. No se lo puede permitir. Toda la ciudad vive en el presente(5), un presente continuo que, si deja de ser transitivo, borrará rápidamente cualquier huella humana: las marismas están ahí reclamando su naturaleza. Deja de dragar, deja de apuntalar, deja de reforzarlo todo y se volverá a ellas a una velocidad pasmosa. Venecia es un dedo presionando un trozo de caucho: si lo retiras vuelve a su posición original. La obra de Palladio, pues, tiene diez años, no quinientos. No la puedes dejar sola mucho más que eso.

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Edificio de Ignazio Gardella enfrentado al Redentor de Palladio en la Giudecca: Venecia contra los elementos. Foto: septiembre 2012.

Las capillitas, como toda manifestación religiosa, tiene su origen en una actividad humana intensa, en algún hecho que valga la pena poner en relieve. Las capillitas son la sacralización de esta lucha contra los elementos. Primera observación importante: suelen estar llenas de partes móviles que se conservan y mantienen. Algunas cuentan, incluso, con instalación eléctrica. Las cintas de colores permanecen vivas, nada deslavazadas ni deshilachadas. La fotografías no se decoloran.

Las capillitas están distribuidas uniformemente por toda la geografía de la ciudad(6). Mantenidas. Restauradas, Las capillitas son condensaciones de esa lucha tan visibles y cuotidianas que mucha gente se puede permitir el lujo de hacer que pasen desapercibidas. Las capillitas son lugares donde reflexionar sobre tu propia naturaleza.

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Peter Eisenman: Plan para el Cannaregio montado con el Hospital de Le Corbusier (no construido), 1978. ¿Y si fuese un mapa secreto de capillitas?

Y más: la sacralización es cómoda, porque permite abstraerse de todo esto. Porque le da una capa adicional de vida, de anécdotas e historias, de un amor que lo mismo no existiría de otro modo. La sacralización permite trasladar la lucha contra los elementos a otros tipos de lucha, como guerras(7), o permite, en última instancia, su reseculariación, o su deriva hacia otro tipo de sacralización para poderlas dedicar a los Comunistas, a los Siete Mártires o a la Partisana(8). Muchas capillitas son anónimas. Fantaseo con que algunas de ellas son obras secretas de los grandes arquitectos que han hecho de Venecia lo que es. Entrado el siglo XX se ha descubierto que es así gracias al concurso de arquitectos como Carlo Scarpa, que sabía una o dos cosas sobre la ciudad y sus excesos. Buscar relaciones entre su obra y el Harry’s Bar y preguntaos por qué.

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Carlo Scarpa, Monumento a la Partisana (1961-1969). La capillita más atípica de todas al estar no tan sólo enfrentada a la laguna, sino dentro de ella.

Las capillitas se usan, y eso se nota: la pintura está fresca, brillante, la madera está saneada. Cuando se reparan las piedras de los pavimentos son sensibles a si hay alguna que pueda ser un exvoto(9). Puede ser que se haya olvidado la pequeña historia que ha construido más de una, pero importa relativamente poco: su existencia las ha superado.

Siempre están colocadas en lugares de paso. Siempre a la altura de la vista. Siempre en calles interiores, máximo enfrentadas, y gracias, a algún canal pequeño.

Jamás miran al mar o a algún espacio demasiado abierto. Eso se reserva para las grandes iglesias que dan la escala de la ciudad. Ahora sabemos por qué. Las capillitas son un mapa secreto de la intensidad de la actividad veneciana. Las capillitas nos indican cuál es la manera en que se habita la ciudad. Venecia es una ciudad de rincones. De patios ocultos. De secretos. Venecia es una ciudad de colores terrosos, cálidos, rojizos. Es una ciudad de izquierdas. Sólo así puede sobrevivir.

Los señores abrieron las grandes extensiones de terreno. Napoleón soñaba con grandes bulevares rectos, pero no te puedes saltar el Gran Canal. Los dictadores la conectaron con tierra firme con un buen gusto inesperado. Estaban demasiado ocupados para mirar las capillitas. Las capillitas son la intimidad. Son el rastro de los venecianos.

Preocupaos el día que no estén.

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Fotos: Mayo 2016

(1) Aunque ahora todo el mundo que se casa, que ya es decir poco, tiende a ir más lejos, hecho que por sí mismo ya da para un estudio. Hace tan sólo cincuenta años nos conformábamos con la Fonda Española de Montserrat o, si eras de comarcas, con un Viaje a Barcelona. Ahora incluso Tokio nos parece cerca. El único invariante de todo esto es la cara de desconcierto permanente del novio. Que, pobrecillo, ni fumar puede ya.
(2) El maestro Josep Lluís Mateo, poseedor de una enorme sensibilidad hacia la arquitectura clásica, me comentaba una vez que no se podía menospreciar la capa de vulgaridad que recubre todos estos grandes monumentos rollo Palacio Ducal o Basílica de San Marco que, indiscutiblemente, son hitos importantes en la historia de la arquitectura, y me invitó a considerarla parte integrante de estas construcciones. Ayuda bastante.
(3) Sólo hace falta fijarse en la importancia estratégica que conserva. Buena parte de la superficie del Arsenal sigue bajo control militar. Al lado mismo de San Giorgio Maggiore hay una base de embarcaciones militares ligeras. Ligeras pero que te matan igual, vaya. Algunas islas son propiedad del ejército y, no lejos, hay una base de la OTAN.
(4) Entendiendo por todo el mundo otras ciudades-estado, la Iglesia, con la que está en pugna permanente, países extranjeros (es decir, no italianoparlantes), etcétera.
(5) Un poco de antropología de salón a lo bestia, y generalizando, sobre la conducta de los venecianos lo confirma: trabajadores, fatalistas, simultáneamente expansivos e introvertidos, tendientes a excesos de todo tipo. En Venecia no se refieren nunca a la Dolce Vita, sino a la Bella Vita. El matiz es más fatalista de lo que parece.
(6) A veces fantaseo con que el plan de Eisenman para el Cannaregio es una especie de urbanismo hecho a base de un mapeo de la distribución de capillitas. Y de aquí a la Vilette.
(7) Hay unas cuantas para escoger. No hemos de olvidar que Italia fue un país beligerante en las dos Grandes Guerras del Siglo XX, y eso está presente en el imaginario colectivo de un modo que los cínicos de los españoles no podemos ni soñar.
(8) El Monumento a la Partisana, de Carlo Scarpa, actualmente encajado entre dos estaciones de vaporetto y delimitado, por tanto, por dos de esas pirámides de pilotes de madera, es uno de los más patéticos que jamás haya visto, lo que resulta un elogio teniendo en cuenta que es exactamente lo que se pretendía: consta del Cadáver De La Partisana abandonado en lo que es la abstracción de una playa, verde por las algas, exhibido entero cuando la marea está baja, bañado por las unas olas que ya no puede ahogarla cuando está más alta. Sufres mirándolo. El monumento es una de las obras mayores (y relativamente desconocidas) de Carlo Scarpa.
(9) En Castello existe una piedra roja bajo un pasaje cubierto que es muy fácil que pase desapercibida. Marca el límite de alcance superior de la peste del barroco. Vigilad cuando atraveséis por ahí, que pisarla da mala suerte. Mucha.

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